La esperanza más allá del llanto

Francesco Bertolina • Vía Fraternita e Missione • Publicado en abril 2010

Antes del verano, en uno de los pueblos en los cuales desempeño mi tarea pastoral, murió de forma trágica una joven madre. Se durmió con un cigarrillo encendido y el incendio la asfixió. Dejó tres niños, hijos de tres padres diferentes. Había sido bautizada, junto con su madre, dos años antes. Tenía dentro de sí el fuerte deseo de desintoxicarse del alcohol. Habíamos hablado sobre ello muchas veces, incluso durante los encuentros de catequesis para la preparación del bautismo. Habíamos hablado por teléfono pocos días antes de su muerte: quería saber a qué hora celebraría la misa de la Ascensión.

En la relación con aquella muchacha, que estaba llena de intenciones buenas y sinceras (que se quedaron en eso), surgió en mí la percepción de que el Señor me hacía entrever sus límites para mostrarme los míos propios.

La noticia de su muerte me alcanzó de improviso y lloré. Lloré por el vínculo que se había establecido con ella, en el que también yo me reconocía como mendicante y necesitado. He llorado por sus tres niños. Ellos vivían desde hacía ya dos años en un orfanato a unos doscientos quilómetros de distancia, pero pasaban con ella el verano. El día siguiente fui al pueblo de la mujer con la intención de pasar primero por el orfanato. Durante el viaje tenía previsto comunicar a los niños la terrible noticia. Pero ¿de qué modo? ¿cuándo?

Recé mientras me dirigía al orfanato. Sabía que la directora no les había dicho nada a los pequeños. Ellos tampoco se sorprendieron de que pasase a buscarlos, ya que era el penúltimo día de colegio. La más pequeña, de ocho años, se sentó en el coche y me dijo: "Mamá se alegrará de que lleguemos hoy". Me quieren mucho y me cuentan sus cosas con libertad. Al cabo de un rato, mientras mirábamos a través de las ventanillas el magnífico paisaje, de un verde intenso por las lluvias continuas, les dije que Dios es grande, que nos ha dado un mundo precioso. Comencé a hablar de la creación, del Creador, ayudándome con preguntas como "¿Quién ha creado todo esto? ¿Quién nos ha creado a nosotros?"

Y poco a poco comencé a hablar de la vida y de la muerte, recordándoles el fallecimiento y los funerales de su abuelo, dos años antes. "¿Dónde está ahora el abuelo? ¿Quién lo sabe? ¿Se llora en el Paraíso?".

Había llegado el momento. Paré el coche y les dije que su madre estaba volando hacia el cielo, y que era necesario rezar para ayudarla en aquel vuelo. Intenté hacerles entender que aquello que verían dentro de poco era sólo el cuerpo de su madre: ella había muerto a esta tierra, pero su alma sigue viviendo y algún día, cuando Dios quiera, volveremos a verla.

Después de un largo momento de silencio, durante el cual los niños se miraban entre llantos, la pequeña, llenándome de sorpresa, me dijo: "Mamá ahora está con el abuelo en el Paraíso". Aquellas palabras explicaban la certeza nacida en ellos: su madre ya no estaba, no podían verla ya, pero estaba viva. Esta certeza les acompañó durante el funeral y en los días siguientes, durante los cuales tuvieron que permanecer en el orfanato, a la espera de que su tía realizase los trámites para la adopción.

Aquella certeza es el mayor don que el Señor me ha hecho en esta circunstancia. Y ha conmovido a todos los que lo han visto. Por ejemplo, una señora del pueblo, amiga de la tía, me ha pedido un billete a Novosibirsk justo mientras estaba devolviendo a los niños al orfanato. "No entiendo cómo es posible que no lloren por su madre", me dijo maravillada, "yo lloraría sin parar". Le he contestado que en el corazón de aquellos niños el llanto había sido sustituido por la certeza de la vida eterna y la esperanza, inmensa, de poder volver a ver a su madre en el cielo.