¿Por qué permanezco en la Iglesia?

Joseph Ratzinger • Publicado en abril 2010

Los Padres, han aplicado el simbolismo de la luna a la Iglesia sobre todo por dos razones: por la relación luna-mujer (madre) y por el hecho de que la luna no tiene luz propia, sino que la recibe del sol sin el cual sería oscuridad completa. La luna resplandece, pero su luz no es suya sino de otro. Es oscuridad y luz al mismo tiempo. Aunque por si misma es oscuridad, da luz en virtud de otro de quien refleja la luz. Precisamente por esto simboliza la Iglesia, que resplandece aunque de por sí sea oscura; no es luminosa en virtud de su propia luz, sino del verdadero sol, Jesucristo, de tal modo que siendo solamente tierra (también la luna solamente es otra tierra), está en condiciones de iluminar la noche de nuestra lejanía de Dios: "la luna narra el misterio de Cristo".

La sonda lunar y los astronautas descubren la luna únicamente como una estepa rocosa y desértica, como montañas y arena, no como luz. Y efectivamente la luna es en sí y por sí misma sólo desierto, arena y rocas. Sin embargo, aunque no por ella, por otro y en función de otro, es también luz y como tal permanece incluso en la época de los vuelos espaciales. Entonces es lo que no es en sí misma. Pero esto otro, que no es suyo, forma también parte de su realidad.

¿No es ésta una imagen exacta de la Iglesia? Quien la explora y la recorre descubrirá solamente desierto, arena y piedras, las debilidades del hombre y su historia a través del polvo, los desiertos y las montañas. Todo esto es suyo, pero no representa aún su realidad especifica. El hecho decisivo es que ella, aunque sea solamente arena y rocas, es también luz en virtud de otro, del Señor: lo que no es suyo es verdaderamente suyo, su realidad más profunda. Su naturaleza es que ella no vale por sí misma sino sólo por lo que en ella no es suyo; tiene una luz que no es suya y sin embargo constituye toda su esencia.

Es la Iglesia la que no obstante todas las debilidades humanas existentes en ella nos da a Jesucristo: solamente por medio de ella puedo yo recibirlo como una realidad viva y poderosa, que me interpela aquí y ahora. Henri de Lubac ha expresado de este modo esta verdad: "Incluso los que desprecian la Iglesia, si todavía admiten a Jesús, ¿Saben de quién lo reciben? ... Jesús esta vivo para nosotros. Pero sin la continuidad visible de su Iglesia su memoria y su nombre, su influencia viva, la acción de su evangelio y la fe en su persona divina quedaria sepultada bajo una montaña de arena... Sin la Iglesia, Cristo se evapora, se desmenuza, se anula. ¿Y qué seria la humanidad privada de Cristo?".

Por medio de la Iglesia Él, superando las distancias de la historia, se hace vivo hoy, nos habla y permanece en medio de nosotros como maestro y Señor, como hermano que nos reúne en fraternidad. Dándonos a Jesucristo, haciéndolo vivo y presento en medio de nosotros, regenerándolo continuamente en la fe y en la oración de los hombres, la Iglesia da a la humanidad una luz, un apoyo y un criterio sin los cuales no podríamos entender el mundo. Quien busca la presencia de Cristo no la puede encontrar contra la Iglesia, sino solamente en ella.

No se puede creer en solitario. La fe sólo es posible en comunión con otros creyentes. La fe por su misma naturaleza es fuerza que une. Su verdadero modelo es la realidad de Pentecostés, el milagro de comprensión que se establece entre los hombres de procedencia y de historia diversas. La fe o es eclesial o no existe. Además así como no se puede creer en solitario, sino sólo en comunión con otros, tampoco se puede tener fe por iniciativa propia o invención, sino sólo si existe alguien que me comunica esta capacidad, que no está en mi poder sino que me precede y me trasciende. Una fe que fuese fruto de mi invención sería un contrasentido, porque me podría decir y garantizar solamente lo que yo ya soy y sé, pero no podría nunca superar los límites de mi yo. Por eso una Iglesia, una comunidad que se hiciese a sí misma, que estuviese fundada sólo sobre si misma, seria una contrasentido. La fe exige una comunidad que tenga autoridad y sea superior a mí y no una creación mía ni el instrumento de mis propios deseos.

Quien no se compromete un poco para vivir la experiencia de la fe y la experiencia de la Iglesia y no afronta el riesgo de mirarla con ojos de amor, no descubrirá otra cosa que decepciones. El riesgo del amor es condición preliminar para llegar a la fe. Quien osa arriesgarse no tiene necesidad de esconder ninguna de las debilidades de la Iglesia, porque descubre que ésta no se reduce solamente a ellas; descubre que junto a la historia de los escándalos existe también la de la fe fuerte e intrépida, que ha dado sus frutos a través de todos los siglos en grandes figuras como Agustín, Francisco de Asís, el dominico Bartolomé de las Casas con su apasionada lucha por los indios, Vicente de Paúl, Juan XXIII. Quien afronta este riesgo del amor descubre que la Iglesia ha proyectado en la historia un haz de luz tal que no puede ser apagado.