Cristo ha querido depender de mi generosidad

Alberto Hurtado • Publicado en agosto 2010

Es al amor a lo que aspiran las almas grandes que son las que construyen la Iglesia, las que la hacen vivir, ¡las que han tomado en serio su misión! Ser sal de la tierra, si la sal se desvanece, ¿quién dará sabor? Ser luz del mundo, si la luz titila ¿quién alumbrará? (cf. Mt 5,13-14), testigos de Cristo, si los testigos se alejan ¿cómo se reconocerá a Cristo? La Iglesia no se funda ni existiría sin el amor generoso.

La prueba de la fe es el amor, amor heroico, y el heroísmo no es obligatorio. El sacerdocio, las misiones, las obras de Caridad no son materia de obligaciones, de pecado, son absolutamente necesarias para la Iglesia y son obra de la generosidad. El día que no haya sacerdotes no habrá sacramentos y el sacerdocio no es obligatorio. El día que no haya misioneros, no avanzará la fe, y las misiones no son obligatorias. El día que no haya quienes cuiden a los leprosos, a los pobres... no habrá el testimonio distintivo de Cristo, y esas obras no son obligatorias... El día que no haya santos, no habrá Iglesia y la santidad no es obligatoria. ¡Qué grande es esta idea! ¡La Iglesia no vive del cumplimiento del deber, sino de la generosidad de sus fieles! ¡Qué grande es la confianza que Dios nos ha hecho al fiarse de nuestra nobleza, de nuestra generosidad y esperar que le respondamos!...

Si Él te llamara, ¿qué le dirías?

Para ello -dice el Señor- necesito tu cooperación: No puedo hacerlo solo. He escogido un plan en que el mundo está en las manos de mis Apóstoles, y me he entregado a ellos... Pero necesito tu cooperación... Es más noble y grande depender de la generosidad humana. Si se contentasen los hombres sólo con los mandamientos, moriría toda generosidad, se acabaría el sacerdocio, las misiones, hospitales. Al morir el último sacerdote se acabaría la Iglesia, y el sacerdocio no es obligatorio. ¡Cristo ha querido depender de mi generosidad!...

A primera vista parece extraño que Dios haya dejado, a nuestra libertad, a nuestra generosidad, la suerte de su obra; es extraordinario que la Iglesia pudiera perecer sin que se cometa ningún pecado, pero, ¡qué motivo de tanta alegría que Dios haya confiado tanto en la generosidad de los hombres, que haya hecho depender de ellos la vida, la existencia de la Iglesia!...

Hermanos en Cristo: Acuérdense que aún más valiosa que la honestidad y la piedad, es la generosidad. Recuerden que no han cumplido el deber si pueden decir solamente: no he hecho mal a nadie, pues están obligados a hacer perpetuamente buenas acciones. Está muy bien no hacer el mal, pero está muy mal no hacer el bien...

Reacciones amargas, desconcertantes de los jóvenes han llevado a algunos a pensar que no tienen corazón, que no saben amar. Aquí también la crítica puede ser superficial: quizás no es corazón lo que falte, sino desengaños los que sobran, cansancio ante tanto fracaso. Se ha abusado demasiado de los jóvenes con llamados sentimentales a la generosidad, que éstos desconfían de tomar todo compromiso, y si lo han tomado fácilmente recuperan su don. La vida dura y los hombres engañadores son los responsables de tanto cálculo en la edad del desinterés.

Pero a pesar de tanto cinismo como rodea al joven de hoy, su capacidad de amar está intacta. Sólo falta una causa grande bien claramente presentada, no sólo como una verdad intelectual, sino sobre todo vivida plenamente por quienes la pregonan y nuestra juventud sería capaz de dejarse matar por ella. Si Cristo viniera hoy a nuestra fábrica y liceos encontraría en ellos quienes lo siguieran con tanto ardor como en la primera generación cristiana.

¡Si Cristo encontrara esa generación! Si Cristo encontrara uno... ¿querrás ser tú?, el más humilde. El más inútil a los ojos del mundo, puede ser el más útil a los ojos de Dios... Yo, Señor, nada valgo... pero confuso con temor y temblor, yo te ofrezco mi propio corazón.

Necesito de ti... No te obligo, pero necesito de ti para realizar mis planes de amor. Si tú no vienes, una obra quedará sin hacerse que tú, sólo tú puedes realizar. Nadie puede tomar esa obra, porque cada uno tiene su parte de bien que realizar.

En la gran obra de Cristo todos tenemos un sitio; distinto para cada uno, pero un sitio en el plano de la santidad. En la cadena de la gracia que Dios destina a la bondad. ¡Yo estoy llamado a ser un eslabón! Puedo serlo, puedo rechazar, ¿qué haré?. La repuesta: Plantearme este problema a fondo ¡y responder con seriedad!

Muchos no tendrán el valor de planteárselo. Superior a sus fuerzas pero, ¿si pensaran en las fuerzas de Cristo? Si pensaran que con Cristo, ellos, él también podría ser un santo. ¡Que no se refugien en la cobardía del puro deber!