¡Mírame!

Lady Hernández • Publicado en octubre 2010

A la luz de lo que hemos descubierto en la escuela de Cristianismo, comparto con ustedes lo que me ha sucedido en mi trabajo.

Soy psicóloga y trabajo en un hospital para niños, es un hospital grande con distinta especialidades, yo trabajo en la unidad de psicología y además en un programa llamado anestesia, que se trata de hacer un acompañamiento para los niños que van a ser intervenidos quirúrgicamente, se supone que nosotras estamos ahí para acompañar, orientar y "sostener" a padres y niños en estos momentos que a veces suelen ser complicados.

Aquí llegan toda clase de niños para ser intervenidos. Como era de costumbre para mí los días martes, estaba afanada trabajando con los niños antes de que entraran a pabellón. Ese día llego un niño de 3 años quemado, las enfermeras a la distancia comentaban de él porque tenía varias quemaduras complicadas, y porque llego solo. Lo miraban desde lejos, compadeciéndose ya que al parecer venia sin sus padre debido a que estos también estaban quemados. Nadie se acercaba. Con mi compañera nos acercamos para conocer al niño, se notaba afectado, en su rostro había huellas de dolor, de sufrimiento, quisimos saber su nombre, preguntamos y nos quedamos un momento con él, así sin más solo observándolo. Después de unos minutos yo le dije a mi compañera que se quedara con él mientras yo iba a ver a los demás niños que estaban esperando entrar a su intervención. Después de un rato me di cuenta que mi compañera aun no lograba generar una respuesta en el niño y decidí acercarme. Comencé a jugar con él, a acariciarlo por donde pudiese tocarlo (ya que no sabía con certeza que lugares de su cuerpo eran los más dañados), y después de un rato él respondió, me devolvió sonrisas sin el temor que mostraba en un principio. Así estuvimos un rato, y de pronto el de la nada comienza a llorar, su llanto era fuerte y exigía la presencia de sus padres, yo intentaba consolarlo, pero el continuo llorado aun mas, mientras lloraba me miraba y me decía "mírame" mostrándome sus manos y cara, después se escondía y decía "no me mires". Mi compañera que estaba a mi lado, me miro y dijo yo no puedo y se corrió para un lado de la sala a llorar. El niño continuo llorando y exigiéndome una mirada, esta exigencia me sobrepaso, le conteste "te estoy viendo, te veo", en estos momentos no me reconocía, ¿Cómo yo puedo estar respondiendo de esta forma?¿qué es lo que no me permite huir como mi compañera? Todo esto pasaba por mi mente, mientras el niño seguía llorando. Pensaba como negar esta mirada, no puedo huir, yo también necesite y exigí alguna vez de esta mirada. En ese momento, en este dramático momento recordaba, y pasaban por mi mente todas las personas que me han entregado esa Mirada que mi corazón exigía, pensaba ellos no se negaron, ¿Por qué yo debía de negarme entonces? ¿Cómo puedo negar esta mirada que a mí se me dio?

Los ojos del pequeño eran tristes, su mirada exigía por algo mas, yo estaba absolutamente conmovida, pero no lloraba, seguía a su lado mirándolo, lo cubrí con una sabana y lo abrace, no sabía dónde podía tocar, pero no me importo lo abrace igual, sin temer tocar sus heridas, sin escapar del olor molesto que expelen los quemados, solo lo abrace. El comenzó a calmarse y se durmió. Me quede con él y lo acompañe todo el tiempo que fue necesario e ingrese con él a pabellón.

Cuando volví mi compañera seguía muy afectada por lo que habíamos vivido, me pregunto ¿cómo lo hiciste?, como refiriéndose a si yo tuviese algún conocimiento teórico que ella ignorara. No supe que responder, yo misma estaba asombrada de mi forma de reaccionar.

Ahora que han pasado algunas semanas, pensando en esto y con la ayuda de amigos y la escuela de Cristianismo he descubierto que lo que me permitió responder de esta forma es primero haberme dejado generar, es decir descubrir que la mirada de Cristo me corresponde, que esta mirada me abraza, me abraza con todo lo que soy, y gracias a este abrazo surjo yo. Todo mi camino, toda mi vida ha cambiado (se ha revolucionado) desde que recibí este abrazo, esta mirada. Soy lo que soy y estoy donde estoy gracias a este hecho. Desde aquí nace la gratitud necesaria para poder y querer responder a Cristo donde él me llama. Y como también hemos visto en la escuela de cristianismo, él no nos abandona, por el contrario es él el nos da la fuerza para responder, por eso es que me sorprendo de lo que logro hacer, porque en momentos tan dramáticos como este, salta mas a la vista que con mis recursos no bastaría, que es él el que actúa en mi.