Después de Jesús sin Jesús

Marta Cartabia • Publicado en diciembre 2010

Testimonio de MARTA CARTABIA
Profesora de Derecho Constitucional

1. «UN MUNDO DESPUÉS DE JESÚS, SIN JESÚS»

Vivir en el corazón de Nueva York –como hemos hecho mi familia y yo el año pasado– es como entrar en ese mundo moderno después de Cristo, sin Cristo, que describe Péguy en el pasaje que se leyó en los Ejercicios de la Fraternidad. Es cierto que todo Occidente podría entrar en esa descripción, pero mientras que Europa parece todavía un campo de batalla para el desmantelamiento de una civilización cristiana que resiste todavía, lo que más impresiona en Nueva York es que este proyecto parece terminado. Como dice Péguy, lo han logrado. Me atrevería casi a decir que lo han logrado estupendamente. Querría partir de este «lo han logrado», porque desde el punto de vista de la experiencia, esto es lo primero que salta a la vista al llegar allí: uno se ve deslumbrado por este logro.

Lo han logrado: Nueva York es una ciudad maravillosa, la naturaleza es preciosa, es impresionante la obra del hombre, todo funciona, y de forma inexplicable consiguen convivir allí millones de personas de todas las razas, que hablan más de sesenta lenguas distintas –y aquí debo confesar que yo misma y toda mi familia nos vimos conquistados enseguida–. El secreto de este éxito –por lo menos así lo veía yo en mi condición de huésped, de habitante por un año– es que todos los aspectos de la vida están tratados con una gran profesionalidad: el "dios trabajo" da sus frutos. Esto tiene grandes ventajas: se vive bien, se pierde menos tiempo en organizar la vida, todo está muy cuidado, etc. Pero hay un pequeño problema que querría describir con este episodio tomado de mi vida universitaria. El nivel de las universidades americanas es excelente, y yo, sobre todo en los primeros meses, estaba entusiasmada con ello. Me impresionaba que hubiera tanto espacio y atención a la dimensión comunitaria de la vida entre profesores y estudiantes –casi completamente ausente entre nosotros–. La Universidad de Nueva York, en la que yo trabajaba, me parecía un paraíso: colegas de altísimo nivel, gran cordialidad y posibilidad de compartir el trabajo, despachos maravillosos, con obras de arte en las pareces y música clásica de fondo todo el día. Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo, escuchaba cada vez con más frecuencia a mis compañeros lamentarse de un cierto cansancio: «Tengo nostalgia de mi casa –me decían–, aquí me siento solo y miserable». Miserable. Impresionante. Ni siquiera Nueva York es suficiente para el corazón del hombre.

Después de Jesús, sin Jesús: el otro hecho que se percibe nada más llegar a Manhattan es la separación clara entre la vida pública y profesional y la dimensión religiosa.

Este punto hay que entenderlo bien, porque la realidad americana es compleja. Los americanos son en realidad muy religiosos, probablemente mucho más religiosos que nosotros los europeos, y hay también muchos "católicos practicantes". Por ejemplo, era sorprendente ver a cientos de estudiantes asistir a la misa dominical en la universidad. Sin embargo, no había ni rastro de todos aquellos chicos durante la vida académica normal. Aunque la institución está muy atenta y bien dispuesta ante las asociaciones de estudiantes, especialmente ante las que tienen una base religiosa, en un año entero no he visto presentes ni una sola vez a esos cientos de jóvenes que abarrotaban la misa del domingo, no ha habido ningún juicio público ni signo alguno reconocible.

Entonces, ese "sin Cristo" no significa que falte la dimensión religiosa en la vida de las personas; sin embargo, por lo que he podido ver, se trata de una religiosidad invisible y carente de incidencia.

Un día, mientras leía un texto para mi trabajo, me topé con esta descripción de Ernest Fortin que encontré particularmente pertinente con respecto a esta situación: «Nietzsche nos advirtió hace tiempo que la muerte de Dios era perfectamente compatible con una "religiosidad burguesa" […]. Él no pensó en absoluto que la religión estuviese acabada. Lo que ponía en discusión era la capacidad de la religión de mover a la persona y de abrir su mente […]. La religión se ha convertido en un producto de consumo, en una forma de entretenimiento entre otras, en una fuente de consuelo para los débiles […] o un dispensador de servicios emotivos, destinado a apagar algunas necesidades irracionales que ella es capaz de satisfacer mejor que cualquier otra cosa. Aunque pueda parecer unilateral, el diagnóstico de Nietzsche ha dado en el clavo».

Esta descripción expresaba claramente lo que tenía ante mis ojos, es decir, que una sociedad sin Cristo es esencialmente una sociedad que, sin que nos demos cuenta, atrofia nuestra relación con Cristo, la hace muda y carente de incidencia en nuestra vida personal y en la vida social, la reduce a momentos emotivos o sentimentales de religiosidad o, peor aún, a esquemas de comportamiento.

El aspecto tal vez más sorprendente es que todo esto sucede en la patria de la libertad religiosa: en este punto la Constitución norteamericana es un modelo para todos, como ha señalado muchas veces el Papa. Nada ni nadie prohíbe las expresiones públicas de la propia religiosidad, no hay ley ni reglamento alguno que lo haga. Lo que lleva a esta situación no es una persecución, sino sobre todo un conformismo. Nadie lo prohíbe, pero nadie se atreve a vivir abiertamente su dimensión religiosa como forma de toda la vida. Como decía Solzhenitsyn en 1978, en su famoso discurso en Harvard: en los países totalitarios se sufre una absoluta falta de libertad; en cambio, en los países occidentales la libertad existe y es impulsada al máximo, pero si se mira atentamente, se descubre que ella expresa siempre «unas orientaciones uniformes, en la misma dirección (la del espíritu de la época), unos juicios mantenidos dentro de unos determinados límites, aceptados por todos, y quizá hasta unos intereses corporativos comunes, con lo que el efecto resultante no es el de la competencia sino el de una cierta unificación». La sociedad en Occidente es una sociedad "sin Jesús" no tanto por la falta de libertad formal, jurídica o política, sino por un extraño conformismo que hay en nosotros, por el que la vida está gobernada por la mentalidad dominante del ambiente en el que nos encontramos.


2. EL PODER Y LA REDUCCIÓN DE NUESTRA HUMANIDAD

Siendo consciente de este contexto, este verano me he quedado profundamente impresionada al leer los Equipes contenidos en la obra L'io rinasce in un incontro16. En todos ellos se refleja una preocupación constante, sobre todo desde el que lleva por título Chernobyl en adelante, por el hecho de que nuestra humanidad está expuesta a las radiaciones venenosas del poder y de la mentalidad dominante. Giussani veía en el "poder" o en la "mentalidad dominante" –los dos términos se usan muchas veces de forma indistinta– una amenaza seria y grave a nuestra persona, a nuestra experiencia y, de modo más profundo, a nuestra relación con Cristo: «El poder no puede impedir que se suscite un encuentro, pero trata de impedir que dé lugar a una historia», es decir, actúa sobre la prolongación en el tiempo, sobre la duración, sobre nuestra "permanencia".

¿Cómo lo hace? Debo decir que esto es lo que más me ha impresionado, porque es muy distinto de lo que yo pensaba sobre esta cuestión.

Voy a tratar de explicarme. Al considerar el clima cultural general, la civilización después de Cristo sin Cristo en la que vivimos, que tiene un odio evidente hacia la cristiandad, yo, creo que como muchos de vosotros, tenía en la mente una imagen del poder como algo externo a nosotros, algo que sustancialmente nos persigue. Tal vez por el tipo de trabajo que hago, he pensado a menudo que estamos atravesando un periodo de lucha, que somos incomprendidos por la mentalidad "liberal" o "radical" que está en la cresta de la ola. Digámoslo así, siempre he leído esta amenaza del poder, de forma apresurada y superficial, de modo "persecutorio": muchas veces he pensado que yo pertenecía a algo "distinto" del resto del mundo, y por eso era atacada y a veces también penalizada. Muchas veces nos hemos repetido entre nosotros que somos irreductibles a las lógicas de la mentalidad común y de los distintos poderes culturales, intelectuales, económicos o políticos. Simplificando, y tal vez enfatizando un poco, diría que nuestra relación con "el poder" se ha entendido así en muchas ocasiones: el mundo, la sociedad, la política, son enemigos, porque ellos son el poder que nos quiere destruir.

Esta actitud tiene probablemente una parte de verdad, pero lo que me ha resultado más interesante de la lectura de L'io rinasce in un incontro, es que en estos Équipes Giussani tiene fundamentalmente otra preocupación: Giussani ve que el poder debilita nuestra fe, disminuyendo la estatura humana de cada uno de nosotros. Describe el poder como algo que penetra en nosotros, que hace que dejemos de desear a la altura de nuestra humanidad y empecemos a correr detrás del dinero, del éxito y del poder, dentro y fuera del movimiento. Como todos.

¿Cómo lo hace? Giussani lo dice con mucha claridad: reduciendo nuestro deseo. El poder reduce los deseos aprovechándose de nuestra inclinación natural a la "debilidad afectiva" y a la "distracción". Y cuando el deseo está reducido, atrofiado, adormecido, vamos detrás de cualquier ídolo.

Cada edad y cada latitud tiene sus ídolos: trabajo, carrera, dinero, éxito afectivo, poder político o de cualquier otra naturaleza. De una forma u otra, vuelve a aflorar en nosotros y a dominar una posición humana por la que nuestra consistencia está en lo que hacemos, porque estamos demasiado ocupados en nosotros mismos. Es lo opuesto de ese Tú que domina, del que se hablaba en los Ejercicios de la Fraternidad: «Esta victoria del poder busca su espacio en nuestra vida diaria […], aprovechándose de nuestra fragilidad ante lo cotidiano. […] Por tanto, recordemos que en lo cotidiano nosotros servimos al poder o servimos a Otro, servimos al poder o al Misterio, que se sirve de nuestros brazos».

Así es como nos ataca el poder, no tanto (o no sólo) porque tiende a eliminarnos de la historia (quizá también por esto), sino, sobre todo, porque nos asimila a sí. Por eso, como se decía en la introducción, también nosotros podemos contribuir al desarrollo de esta civilización después de Cristo, sin Cristo. También nosotros podemos, sin darnos cuenta, vivir con la misma lógica del poder, aunque sigamos haciendo las cosas del movimiento y de la Iglesia. Lo que más me impresiona es que incluso nuestras iniciativas –que tienen en su origen un impulso genuino que quiere responder sinceramente a una necesidad, o mejor, a Otro que llama a través de la realidad– están siempre expuestas al riesgo de convertirse en un juguete nuestro, en nuestro ídolo, algo en lo que apoyamos nuestra consistencia como personas. Y esto se entiende muy bien por el modo con el que las "gestionamos": las iniciativas derivan en activismo, en un hacer agitado, como si faltase la conciencia de que hay Otro que obra realmente en la historia; en el fondo, nos medimos en base al éxito, como todos; cedemos a una autocomplacencia fastidiosa; nos cuesta tolerar la corrección; nos volvemos ideológicos y polémicos, y de este modo las iniciativas, más que una ocasión de testimonio y de presencia, degeneran en factor de división entre nosotros y con el resto del mundo.

Yo creo que Giussani quiere advertirnos de que el poder no es un riesgo sólo "para los demás". El poder nos atrae de forma tremenda. Estamos expuestos verdaderamente a sus seducciones, y por eso podemos llegar a ser fácilmente una de las muchas facciones existentes: en la política, en el ámbito académico, en el mundo económico, y así con todo. Un bando entre los muchos que hay (y en estos tiempos, entre otras cosas, un bando fácilmente perdedor). Y así perdemos lo que nos caracteriza y nos hace distintos.

Seguimos combatiendo contra un enemigo que creemos que está fuera de nosotros, mientras que ya ha vencido el asedio, ha tomado nuestra humanidad.

Leyendo estos Équipes he creído comprender que el punto más delicado es que el poder nos seduce, haciéndonos desear lo que nos puede ofrecer, y haciéndonos dudar de todo lo demás. Estamos tan pendientes de nosotros mismos, del problema eterno de nuestra afirmación personal, que nos convertimos inevitablemente en presa del poder y actuamos en función de él. O domina en nosotros un Tú o domina la lógica del poder.

En ciertos aspectos, esta inclinación no supone una novedad ni un motivo de escándalo: forma parte de nuestra condición humana. Creo que el punto más problemático es tal vez que no somos suficientemente leales con esta tendencia que hay en nosotros y no la juzgamos, reconociéndola como enemiga de nuestra humanidad. Tal vez no somos lo suficientemente conscientes de lo expuestos que estamos a las sirenas del poder. Es más, a veces nos consideramos exentos de esta tentación gracias al encuentro que hemos tenido y a la experiencia a la que pertenecemos. En este sentido, es impresionante la insistencia que hace Giussani en este libro sobre el trabajo personal (como se nos reclamaba también en la introducción a los Ejercicios), hasta el punto de que, para describir este trabajo, Giussani utiliza con frecuencia la imagen de la lucha, de la guerra, de la batalla: «Para librar esta lucha cotidiana contra la lógica del poder, para vencer día a día lo aparente y lo efímero, para afirmar la presencia constitutiva de las cosas, el destino de las cosas, que es Cristo, ¡qué clase de movimiento personal hace falta! Es la persona que se hace valer ante la alienación del poder. ¡Un movimiento personal!». Este trabajo cotidiano para liberarnos de los esquemas mentales del poder –dice más adelante– es un verdadero cambio de mentalidad, una metànoia.


3. "EL PODER DE LOS SIN PODER"

El reclamo que nos hace don Giussani con respecto a la influencia de la mentalidad dominante y del poder corrige nuestro modo de relacionarnos con el mundo y con la realidad –el mío desde luego–. Para ilustrar esto me gustaría contaros una última cosa que se me ha hecho evidente durante este año en Nueva York, a partir de mi trabajo.

Como he señalado antes, durante los últimos años me he visto inmersa en distintas batallas y polémicas culturales. Casi siempre, completamente inmersa en esta lógica de la "batalla cultural", me he movido esencialmente buscando aliados entre las personas más cercanas ideológicamente. Por decirlo un poco rudamente, buscaba a aquéllos que pensaban como yo. En Nueva York esto no era posible: con una cierta sorpresa y no poco desconcierto, me di cuenta enseguida de que me encontraba trabajando en un ambiente más radicalmente "liberal" de lo habitual.

La situación me empujaba a medirme verdaderamente con la "cultura dominante", y no podía hacerlo repitiendo un esquema de respuestas, por muy justas que fuesen. Tenía que trabajar con otros, discutir continuamente en talleres y seminarios, exponer en público de forma periódica los resultados de mi investigación, escuchar las críticas y las reacciones de colegas y estudiantes, en un contexto profesional en el que estaba rodeada de personas mucho más renombradas y preparadas que yo, casi todas insertas en la corriente principal de la cultura de moda.

A mi favor sólo tenía una cosa, un único gran tesoro: esa forma de mirar al hombre que todos nosotros hemos aprendido de Giussani y de Carrón, siguiendo la vida del movimiento.

He tratado de poner esto en juego en mi trabajo, tanto en las relaciones como en los aspectos específicos de mi investigación.

Cuando el día de Pascua llegó la carta de Julián Carrón publicada en la Repubblica ("Heridos volvemos a Cristo" de J. Carrón en archivo A&T sección "Actualidad") a propósito de la pedofilia, vi con claridad el camino del trabajo cultural que quería hacer: antes aún de buscar la respuesta justa a los problemas que tenía que afrontar, me interesaba comprender hasta el fondo la necesidad humana. Lo que más impresionaba de aquella carta es que no pasaba por encima de la necesidad de justicia (de las víctimas, de los culpables, de la sociedad), no la reducía ni la infravaloraba, en todo caso la amplificaba, hasta situarla de nuevo en sus proporciones originales. Aquella carta era distinta de cualquier otra posición, porque antes de buscar soluciones, se ocupaba de la exigencia humana que este triste asunto de la pedofilia había sacado a la luz. No se ponía a la defensiva, sino que se ponía totalmente de parte del hombre, aportando una novedad a la humanidad herida. Partía del hombre, y por tanto de su necesidad, mirada con verdad. Y si esto se podía hacer en el tema de la pedofilia –que es un problema bastante embarazoso– se podía hacer en todo. Don Giussani dice que en el encuentro, «cambia la lectura que hacemos de nuestras necesidades, […] el encuentro vence la sugestión de la sociedad, vence la sugestión del poder […]. Empezamos a leer nuestras necesidades según la verdad que hemos encontrado». Aquella carta "redefinía" la necesidad humana de justicia y restituía toda su amplitud, mirando la humanidad hasta el fondo. En aquel momento se me hizo evidente que nuestra diferencia no está en las respuestas distintas que podamos ofrecer, sino en la forma distinta, más profunda, más verdadera de mirar la necesidad humana. Vi con claridad que todos los reclamos políticos y sociales, aunque estén formulados de forma confusa, reductiva y en última instancia equivocada, pueden ser una gran ocasión para hacer un trabajo cultural que ya no puede limitarse a juzgar en términos de "acertado o equivocado", sino que requiere la paciencia de estar ante la exigencia que tales reclamos expresan, que exige que las preguntas se tomen en serio y se comprendan hasta el fondo, antes incluso de empezar a dispensar respuestas.

La situación "de frontera" en la que me encontraba me hizo también cambiar completamente el método de trabajo: me di cuenta enseguida de que la oposición polémica no me llevaría a ninguna parte, como tampoco la pura apologética de la posición católica. Teniendo en los ojos la grandeza de la forma de mirar al hombre que aprendemos en la vida del movimiento, traté de buscar por todas partes huellas de humanidad en los autores que leía y en las personas con las que dialogaba. Lo más apasionante fue ir en busca de los reflejos de la verdad en todos los autores de cualquier posición, y empezar a construir a partir de ahí, buscando un lenguaje y unos argumentos comprensibles también para los no católicos. Si me hubiese limitado únicamente a "atacar", liquidando apresuradamente la cultura mayoritaria, entrando "heroicamente" en polémica, creo que nadie me habría escuchado. La sorpresa ha sido darme cuenta de que este mundo tan secularizado puede ser una grandísima oportunidad, y que existe un deseo de verdad en muchísimas personas, más allá de cualquier barrera. Una de las novedades más bonitas de este año ha sido el descubrimiento de que se puede retomar la relación con cualquiera, pertrechados sólo con nuestra humanidad transformada por el encuentro que hemos tenido. Es verdaderamente admirable la promesa que describe Giussani: «Esa presencia te permite encontrar de nuevo la originalidad de tu vida. Paradójicamente, esta originalidad […] la encuentras cuando te das cuenta de que tienes dentro de ti algo que está también en todos los hombres, que te permite verdaderamente hablar con cualquiera, que no te hace ser ajeno a ningún hombre».

No es que esto implique dejar de juzgar ciertos ataques a la humanidad que proceden de la mentalidad contemporánea. Pero hay algunas formas de hacerlo que, en mi opinión, están embebidas de la misma lógica del "poder" que se quiere combatir –y entonces nos rebajamos a ser una facción entre las demás, contrapuesta a todos y probablemente una facción perdedora en este momento histórico–. Pero existe otra forma: la que se documenta de forma emblemática en la carta sobre la pedofilia. Comparado con la potencia de los medios económicos, políticos y mediáticos que tiene la mentalidad dominante, este método parece poca cosa. Puede que sea un camino que no nos lleve a dominar la historia y la política de forma inmediata, pero pone los cimientos para construir y mueve a las personas –como nos recordaba Julián Carrón hace algún tiempo, utilizando la expresión de Giussani: «Las fuerzas que mueven la historia son las mismas que mueven el corazón del hombre».

Este verano he vuelto a leer un texto: El poder de los sin poder, de Vaclav Havel. Tal vez alguien se acuerde del ejemplo del vendedor ambulante de fruta, que una mañana decide no volver a poner en su puesto los carteles con los eslóganes de la propaganda impuesta por el régimen. Havel se pregunta: ¿Por qué debería tener miedo el poder de un gesto tan banal? Un gesto aparentemente insignificante y carente de incidencia. Las amas de casa que van a hacer la compra –comenta Havel– se dan cuenta antes si faltan tomates o patatas que si faltan los carteles con los eslóganes del régimen. Sin embargo, ese vendedor de fruta y su familia serán perseguidos por el sistema, porque su gesto resquebraja el mundo de las apariencias de las que está constituida la ideología. El vendedor de fruta supone una amenaza para el poder porque, con su gesto de verdad, decide salir de la apariencia y de la mentira, y al actuar así arroja luz sobre la realidad que le rodea. Por este motivo, ese gesto puede tener consecuencias incalculables, porque tiene un potencial de comunicación y de difusión sin límite, y puede contagiar a un número imprevisible de hombres porque –como diríamos nosotros– corresponde al corazón del hombre. Como se ha dicho estos días, la partida se juega en el centro de la persona, pero tiene un alcance cósmico.

Entonces, ¿dónde puede verse la victoria de la fe, para nosotros que vivimos en este mundo después de Cristo, sin Cristo?

Creo que todos nosotros tenemos dentro esta pregunta y, como sucede a menudo, han sido algunos universitarios los que la han formulado con mayor lucidez. Al término de una conversación, uno de ellos me preguntaba: «¿Qué quiere decir en este contexto que "la fe sigue teniendo hoy día una oportunidad"? ¿Qué oportunidad podríamos tener?». Y otro me preguntaba: «Pero, en este clima cultural, ¿debemos contentarnos con el testimonio o podemos todavía pelear batallas culturales y políticas?».

Estas preguntas me han dado luz, y me han hecho comprender qué idea tenemos de la victoria de la fe en el mundo, como se decía en los Ejercicios de hace algunos años. En el fondo, tenemos una idea parecida a la que expresa la canción de Chieffo, Monólogo de Judas: «y su reino no llegaba» [No fue por los treintas denarios, sino por la esperanza que El había suscitado en mi aquel dia. Yo era un hombre tranquillo, vivía bien de mi trabajo y rendía también culto a al casa de Dios. Después un dia vino ese hombre, hablo de paz y amor; decía ser el Mesías, mi salvador. Por tierras aradas por el sol, por calles de muchos pueblos, nos ahogaba la gente con las manos tendidas, pero pasaban los días y su reino no llegaba; yo le había dado ya todo y… el me traicionaba. Se me hizo de piedra el corazón y la mirada huidiza, me había traído la angustia y debía morir. Colgado de un árbol un cuerpo que ya no era el mío; ahora lo veo en los ojos: es el Hijo de Dios] . Aquí también nos ofrece Giussani una lectura distinta: «No está escrito que los cristianos deban vencer. El problema es justamente éste: que vencemos siempre, incluso aunque siempre fuésemos derrotados, porque "vencer" es realizar una mayor humanidad, mientra que "ser derrotados" es no tener el poder. Como dijo una vez uno de vosotros en una discusión: "¡Nosotros aspiramos a una victoria sin poder!" Se refería a esto. Es la victoria de lo humano. Al afrontar la vida según la fe, nosotros ganamos en humanidad, nuestro gesto se vuelve más humano. Esto no significa que prevalezca nuestra acción en el campo político, económico, etc., no significa que nos hagamos con el poder». Dios podría concedérnoslo, pero no está escrito que los cristianos tengan que ganar.

Personalmente, creo que esto me sitúa ante un desafío continuo en mi vida, incesante y siempre nuevo: afrontar todo a partir de la lógica del poder (de mis planificaciones, estrategias y alianzas) o a partir del reconocimiento de que Otro actúa verdaderamente en la historia, en mi historia personal y en la del mundo.