«Mas me arrojé por el ancho mar abierto»

El Ulises. Cuando Dante cantó la estatura del hombre.

Pero él, Ulises, precisamente por la "altura" con la que había recorrido el "mare nostrum", al llegar a las columnas de Hércules, sintió que aquello no era el fin, sino que más bien era como si su verdadera naturaleza se desplegara a partir de ese momento. Entonces quebrantó la sabiduría y se marchó. No se equivocó por ir más allá: ir más allá estaba en su naturaleza humana, pues, al decidirlo, es cuando se sintió verdaderamente hombre. […] La realidad, en su impacto con el corazón humano, produce la misma dinámica que produjeron las columnas de Hércules en el corazón de Ulises y de sus compañeros, con los rostros tensos por el deseo de alcanzar algo distinto. Para aquellos rostros ansiosos y aquellos corazones llenos de pasión, las columnas de Hércules no representaban un límite, sino una invitación, un signo, algo que les invitaba a ir más allá de ellos mismos. Ulises y sus compañeros de navegación en la Odisea no se equivocaron por ir más allá. […] Ulises y sus compañeros fueron unos locos, no porque traspasaran las columnas de Hércules, sino porque pretendieron alcanzar el significado, es decir, atravesar el océano, con los mismos medios con que navegaban por las costas "mensurables" del Mare nostrum.

(L. Giussani, El sentido religioso, Ed. Encuentro, 1998, pp. 193-194, 201)


ATRIO

El canto de Ulises es un canto sobre la composición de la sangre humana, que contiene la sal del océano. El comienzo del viaje está ya dentro del sistema de los vasos sanguíneos. La sangre es planetaria, solar y salada.

(O. Mandel'štam, Conversazione su Dante, Genova, il melangolo 2003, p. 95)



La Comedia

La Comedia narra el viaje de Dante por el más allá. A cada reino de ultratumba le corresponde una parte (Infierno, Purgatorio, Paraíso), a su vez dividida en capítulos, llamados "cantos". Cada parte se compone de 33 cantos, excepto el Infierno que consta de 34 (33 más uno introductorio), hasta un total de 100 cantos.
En cada uno de los reinos del más allá Dante se encuentra con personajes insignes del pasado, de la historia y de los mitos, y muchos otros contemporáneos suyos. Sitúa a Ulises en el Infierno, en la región llamada "Malebolge", y habla de él en el canto XXVI.

Según la geografía dantesca, la entrada al infierno se encontraría en los alrededores de Jerusalén. Desde allí, después de haber bajado hasta el centro de la tierra, Dante sube hacia el otro hemisferio donde se alza la montaña del purgatorio, rodeada por las aguas del mar. Junto a Virgilio, Dante sube a lo largo de los escalones del segundo reino hasta su cima (el paraíso terrestre). Allí Virgilio le abandona y Dante se encuentra con Beatrice: con ella alza el vuelo y recorre todos los cielos del paraíso, hasta llegar a vislumbrar a Dios.

La obra tuvo un éxito extraordinario. Con Dante aún en vida, era conocida y tanto la gente culta como el pueblo la recitaban de memoria. En 1373, el ayuntamiento de Florencia encargó a Giovanni Boccaccio una lectura pública del poema en la iglesia de san Esteban de Badía.


El infierno

Lucifer, el más hermoso de los ángeles, se rebeló contra Dios y fue expulsado a la tierra por el arcángel Gabriel. Al caer Lucifer a la tierra, ésta se retrajò para no contaminarse al entrar en contacto con el ángel rebelde, creándose así la vorágine del infierno: un pozo inmenso con forma de cono invertido. Dante imagina que Lucifer está atrapado en el fondo de este pozo y lo describe como un ser terrible con tres caras y alas de murciélago.

Una puerta cierra el acceso al infierno. Sobre ella se encuentra una inscripción en la que se lee: «Vosotros, los que entráis, dejad aquí toda esperanza», porque aquí se hallan la «ciudad doliente», «las penas eternas» y la «gente perdida» (Inf. III 1, 2, 3).

En su infierno Dante muestra a los hombres definidos por lo que escogieron en su vida: los condenados tienen en común el haber vivido afirmando bienes parciales y falsos, rechazando a Dios; por ello, son castigados con penas proporcionales a la gravedad de sus pecados.

Las primeras almas que Dante encuentra son las del limbo. Allí están los niños que no pudieron ser bautizados y los grandes hombres que vivieron rectamente, pero murieron sin conocer el cristianismo (entre ellos, Virgilio). El infierno se reparte entre "incontinentes" (los que se dejaron arrastrar por una pasión sin someterla a la razón), "violentos" (los que maltrataron a los demás, a sí mismos y a Dios) y, en el bajo infierno, los "fraudulentos" (los que cometieron fraudes, como Ulises). En el centro de la tierra está Lucifer, «el emperador del doloroso reino» (Inf. XXXIV 28).


Dante Alighieri

Dante nació en Florencia, bajo el signo de Géminis, el 22 de mayo del 1265. Se casó con Gemma Donati, con la que tuvo probablemente cuatro hijos: Giovanni (cuya existencia es incierta), Pietro, Jacopo y Antonia (que tomará los hábitos bajo el nombre de Beatrice). Participó activamente en la vida política de Florencia, marcada en aquellos años por las luchas entre las distintas facciones. En 1302, volviendo de Roma, donde había llevado una embajada al papa Bonifacio VIII, a causa de una revuelta en el gobierno de Florencia, fue acusado de corrupción y condenado a morir en el destierro. Al no poder volver a su patria, Dante pasó la segunda mitad de su vida como huésped de las principales cortes del centro y norte de Italia (Forlì, Treviso, Padua, Lucca, Verona, Rávena). Murió en Rávena a los 56 años, el 14 de septiembre de 1321, donde fue enterrado. Más tarde, Florencia intentó, sin éxito, recuperar su cuerpo.


Ulises

Ulises – Odiseo en griego – es el héroe que protagoniza la Odisea de Homero. Siendo rey de Ítaca, participó junto a los demás soberanos griegos en la guerra de Troya. Tras diez años de asedio, la ciudad cayó gracias a la estratagema del caballo de madera urdida por Ulises. Al acabar la guerra, se embarcó junto con sus compañeros rumbo a su patria, donde le esperaban su mujer, Penélope, su hijo, Telémaco, y su anciano padre, Laertes. Sin embargo, a causa de la hostilidad de Neptuno, dios del mar, Ulises tuvo que vagar durante diez años antes de volver a Ítaca. Durante el larguísimo viaje, animado siempre por una sed ardiente de saber, Ulises conoció muchos pueblos y participó en innumerables aventuras. Según Homero, Ulises volvió finalmente a su isla, donde, después de haber luchado para reconquistar su trono, terminó sus días. Más tarde, se difundieron numerosas leyendas acerca de la muerte de este héroe del mar. Para muchos, Ulises se echó de nuevo a la mar y murió en una nueva aventura. Dante no sabía leer griego y conoció el Ulises de Homero a través de las fuentes latinas. Fascinado por este personaje, lo convierte en el protagonista del canto XXVI del Infierno, reescribiendo su último viaje.



PRIMERA SALA

VOZ EN OFF: Luigi Giussani relee con coraje y lucidez la figura del Ulises dantesco en su libro El sentido religioso. Sin la hipótesis interpretativa que ofrecen esas páginas, esta exposición no habría visto la luz.
«Pero él, Ulises, precisamente por la "altura" con la que había recorrido el Mare nostrum, al llegar a las columnas de Hércules, sintió que aquello no era el fin, sino que más bien era como si su verdadera naturaleza se desplegara a partir de ese momento. Entonces quebrantó la sabiduría y se marchó. No se equivocó por ir más allá: ir más allá estaba en su naturaleza humana, pues, al decidirlo, es cuando se sintió verdaderamente hombre. […] La realidad, en su impacto con el corazón humano, produce la misma dinámica que produjeron las columnas de Hércules en el corazón de Ulises y de sus compañeros, con los rostros tensos por el deseo de alcanzar algo distinto. Para aquellos rostros ansiosos y aquellos corazones llenos de pasión, las columnas de Hércules no representaban un límite, sino una invitación, un signo, algo que les invitaba a ir más allá de ellos mismos. Ulises y sus compañeros de navegación en la Odisea no se equivocaron por ir más allá. […] Ulises y sus compañeros fueron unos locos, no porque traspasaran las columnas de Hércules, sino porque pretendieron alcanzar el significado, es decir, atravesar el océano, con los mismos medios con que navegaban por las costas "mensurables" del Mare nostrum» (L. Giussani, El sentido religioso, Ed. Encuentro, 1998, pp. 193-194, 201).

GUÍA: Se sabe que Ulises, el héroe griego cantado por Homero en La Ilíada y La Odisea, era un hombre astuto y muy curioso. Ganada la guerra de Troya, vagó inquieto por mar durante diez años. Consiguió todas las hazañas que se propuso. Recorrió el mundo, conoció todo lo que estaba a su alcance, sufrió dolores innumerables y gozó amores divinos. Nadie sabe con certeza dónde acabó sus días: si en casa, en su isla, o en el mar, en una nueva aventura. Es el misterio por el que se pregunta Dante. Y Ulises cuenta su último viaje.
En sus Diálogos con Leucò, Cesare Pavese imagina una conversación entre Ulises y la ninfa Calipso. La diosa intenta en vano retener al inquieto héroe, prometiéndole la inmortalidad.


***


En un vídeo, dos actores recitan un fragmento de La isla, uno de los Diálogos con Leucò de Cesare Pavese.

CALIPSO: Odiseo, nada es muy diferente. También tú, como yo, quieres detenerte en una isla. Todo lo has visto y padecido. [...] Ambos estamos cansados de un destino tan grande. ¿Por qué continuar? ¿Qué te importa si la isla no es la que buscabas? [...] Aquí puedes vivir siempre. [...] Pero, ¿por qué esa obsesión por volver a casa? Sigues inquieto. [...] Pero si no renuncias a tus recuerdos y a tus sueños, si no depones tu obsesión y aceptas el horizonte, no te librarás del destino que conoces. [...] No aceptas el horizonte de esta isla. Y no huyes de la pena.

ODISEO: Lo que añoro es parte viva de mí mismo. [...]

CALIPSO: [...] desde que llegaste, trajiste en ti otra isla.

ODISEO: Desde hace demasiado tiempo la busco. Tú no sabes lo que es divisar una tierra y entrecerrar los ojos una y otra vez para engañarse. Yo no puedo aceptar y callar. [...]

CALIPSO: [...] ¿Qué ha sido hasta ahora tu errar inquieto?

ODISEO: Si lo supiera, me habría detenido. Pero tú olvidas algo.

CALIPSO: Dime.

ODISEO: Lo que busco lo llevo en el corazón, igual que tú.


***


GUÍA: Primer capítulo: La Partida.

LECTOR: …Cuando me separé de Circe,
que me mantuvo a su lado
más de un año, en Gaeta (Inf. XXVI, 90-92)

GUÍA: Ulises deja a Circe, la maga que, durante más de un año, lo había retenido junto a sí, casi sustrayéndole a sí mismo. Abandona un puerto seguro y se hace a la mar, yendo hacia una «navegación incierta, un largo camino y los peligros del mar furioso» (Ovidio, Metamorfosis XIV, 438-439). Junto a unos pocos compañeros fieles, parte hacia el último viaje.

LECTOR: Cuando me separé de Circe,
que me mantuvo a su lado más de un año, en Gaeta,
antes de que Eneas la llamase así,
ni la dulzura del afecto a mi hijo,
ni la piedad por mi anciano padre,
ni el amor que debía hacer feliz a Penélope
pudieron vencer en mí el ansia
que sentía de conocer el mundo (Inf. XXVI, 90-97)

GUÍA: El ansia… Ni siquiera los afectos más queridos retienen a Ulises. El «ansia» por conocer el secreto del mundo le impulsa a buscar. Por eso no se queda en su patria: le resulta intolerable la idea de «morir viejo, retenido en su isla» (L. Giussani, Mis Lecturas, Ediciones Encuentro, Madrid, 2005, p. 159). El ardor es el sello de esta inquieta figura. Es como un anhelo, una sed ardiente que lleva en el corazón, que devora a Ulises y no le da tregua. Debe obedecer a esta sed, si no quiere traicionar su propia naturaleza.

LECTOR: ni la dulzura del afecto a mi hijo,
ni la piedad por mi anciano padre,
ni el amor que debía hacer feliz a Penélope,
pudieron vencer en mí el ansia de conocer el mundo,
y los vicios y la virtud de los humanos;
mas me arrojé por el ancho mar abierto (Inf. XXVI, 94-100)


***


GUÍA: Capítulo segundo: Las columnas.

LECTOR: Mas me arrojé por el ancho mar abierto…
Vi una costa, y la otra hasta España,
y hasta Marruecos, y la isla de Cerdeña,
y las demás que aquel mar baña y circunda. (Inf. XXVI 100, 103-105)

GUÍA: Ulises y sus compañeros recorren todo el Mediterráneo. Lo han conocido todo. Dentro de los límites del Mediterráneo no queda por conocer ninguna tierra, ninguna hazaña por intentar. Pero sus días están llegando a su fin. En el ocaso de sus vidas llegan al extremo occidental del mundo entonces conocido: una «estrecha hoz» donde se elevan las columnas de Hércules. Más allá, el océano; más allá, una realidad que permanece misteriosa.

LECTOR: Mis compañeros y yo estábamos viejos y cansados,
cuando llegamos a aquella estrecha hoz
donde Hércules plantó sus columnas,
para que el hombre no fuera más allá (Inf. XXVI, 106-109)

GUÍA: La sed por conocer y «tener experiencia del mundo» se topa con una barrera invisible. Es el límite extremo puesto al hombre. La sabiduría humana advierte: todo intento de ir más allá está destinado al fracaso, al naufragio, a la muerte. Pero el "más allá" que Ulises busca con ardor, está inscrito en su mismo interrogarse. La sed que mueve a Ulises es una afirmación implícita de la existencia de una respuesta, ciertamente misteriosa, pero cierta. Ante el límite, nuestro deseo se acrecienta, nuestra sed se agudiza: por ello, intentar esa hazaña fue ser coherente con la naturaleza humana, a pesar de todas las prohibiciones.


***


GUÍA: Capítulo tercero: El Más allá.

LECTOR: «¡Oh hermanos! – dije –,
que a través de cien mil peligros habéis llegado a Occidente:
a la escasa jornada que les queda a nuestros sentidos
no le neguéis la experiencia de seguir detrás del sol
hacia el mundo inhabitado. (Inf., XXVI, 112-117)

GUÍA: El límite mismo se convierte en una invitación. Allí, en el «mundo inhabitado», debe encontrarse lo que Ulises ha buscado en vano por todo el Mediterráneo y que intuye que existe detrás de las columnas. Detenerse entonces abandonando el camino, habría significado renegar de sí y del viaje llevado a cabo hasta entonces.
Ulises advierte que la exigencia que tiene dentro implica la existencia de una realidad incógnita, que se le ofrece en la existencia de las cosas. Y no renuncia a buscarla porque no renuncia a su sed.

LECTOR: «¡Oh hermanos! – dije –,
que a través de cien mil peligros habéis llegado a Occidente:
a la escasa jornada que les queda a nuestros sentidos
no le neguéis la experiencia de seguir detrás del sol
hacia el mundo inhabitado. Considerad cuál es vuestra progenie:
no fuisteis hechos para vivir como los brutos,
sino para alcanzar virtud y conocimiento». (Inf. XXVI, 112-120)


***


GUÍA: Capítulo cuarto: El Vuelo.

LECTOR: Con estas breves palabras
desperté en mis compañeros tanto afán de seguir el viaje,
que apenas hubiera podido contenerlos;
así, volviendo la popa a levante,
hicimos de los remos alas para el loco vuelo,
dirigiéndonos siempre hacia el lado izquierdo. (Inf. XXVI, 121-126)

GUÍA: Los compañeros quedan cautivados. Deciden llevar a cabo la empresa, correr el riesgo de vivir como hombres, enfrentándose a los peligros del proceloso mar. Ulises y los suyos dejan a sus espaldas las columnas de Hércules y surcan el océano infinito. El barco emprende el vuelo, haciendo alas de los remos.


***


GUÍA: Capítulo cinco: La Locura.

LECTOR: …así, volviendo la popa a levante,
hicimos de los remos alas para el loco vuelo,
dirigiéndonos siempre hacia el lado izquierdo. (Inf. XXVI, 124-126)

GUÍA: Ulises emprende un vuelo que él mismo considera una locura. Locura, a pesar de que es toda su naturaleza la que le lleva a emprenderlo. Ulises choca contra un límite: está hecho para volar, pero no tiene alas. Es una condición paradójica, la aporía en la propia de la condición del hombre. Ulises no cuenta con los medios adecuados para realizar su travesía y alcanzar la meta. Y, sin embargo, no puede dejar de desearla. Emprender el viaje es fidelidad a sí mismo, a su naturaleza humana.


***


GUÍA: Capítulo sexto: La Montaña.

LECTOR: Cinco veces se había encendido y otras tantas apagado
la luz que nos presta la luna, desde que habíamos iniciado aquel viaje,
cuando apareció un monte oscuro en la distancia (Inf. XXVI, 130-133)

GUÍA: Tras cinco meses de navegación, Ulises y sus compañeros llegan a divisar la tierra deseada: «un monte oscuro», señal de aquel "más allá" inaferrable al que los navegantes tienden con todas sus fuerzas.

LECTOR: apareció entonces un monte oscuro en la distancia,
que me pareció tan alto como no había visto
nunca monte alguno. (Inf. XXVI, 133-136)


***


GUÍA: Capítulo séptimo: El Naufragio.

LECTOR: Nos alegramos, y pronto nuestra alegría se tornó en llanto (Inf. XXVI, 136)

GUÍA: Por un instante, los navegantes creen poder aferrar la meta. Pero la ilusión es breve: una violenta tormenta da comienzo y zarandea el barco, precipitándolo en el fondo del abismo.

LECTOR: Nos alegramos, y pronto nuestra alegría se tornó en llanto,
pues de la nueva tierra arrancó un torbellino,
que sacudió el barco por la proa:
lo hizo girar tres veces en las aguas;
a la cuarta levantó la popa en alto,
mientras la proa se hundía, como Aquél quiso,
hasta que el mar se cerró sobre nosotros. (Inf. XXVI, 136-142)


***


GUÍA: Epílogo.
El trágico desenlace es la consecuencia inevitable de la decisión de embarcarse en esa travesía careciendo de los medios necesarios, contando tan solo con «argumentos humanos» (Pur. II 31).

Macareo – de quien Ovidio habla en el libro XIV de las Metamorfosis – no quiso seguir a Ulises en sus nuevas aventuras y decidió quedarse en puerto seguro. De esto discute con un compañero que, por el contrario, siguió al héroe en su último viaje hasta el final.


***


En un vídeo dos actores recitan un diálogo entre Macareo y otro de los compañeros de Ulises.

MACAREO: Has visto, amigo mío. No podía ser de otra manera.

COMPAÑERO: Macareo, tú lo conoces. Decidió ir más allá y lo hizo.

MACAREO: No debía ir. Circe nos había advertido. Una navegación incierta, los peligros del mar, un camino interminable…

COMPAÑERO: ¡Tuviste miedo!

MACAREO: Tuve miedo, lo confieso. Y me quedé en la isla. Pero, lo ves, al final tengo razón. Su viaje os llevó a la muerte.

COMPAÑERO: No sabes lo que dices. Es la vida el problema, la muerte llega para todos.

MACAREO: Quizás tengas razón. Pero, ¿fue justo emprender un viaje sin retorno? ¿Abandonar a un hijo y a su anciano padre? ¿Y a Penélope que lo esperaba fiel?

COMPAÑERO: No entiendes. ¿Quizás debía quedarse y morir en una cama? Lo devoraba un ansia: ver con sus propios ojos las tierras lejanas, conocer a los hombres y al mundo, entender su secreto. Amaba a Penélope, pero no podía volver. Se habría traicionado a sí mismo. Y, al fin y al cabo, también a ella.

MACAREO: Fue sólo orgullo y soberbia. Atravesar las columnas y surcar el Océano… sabía que infringía un mandato divino. Y, ¿para ganar qué? Vacío y locura.

COMPAÑERO: No parecía loco. En tal caso no le habríamos seguido.

MACAREO: También os engañó a vosotros.

COMPAÑERO: Te equivocas. Tendrías que haberle escuchado hablar y ver sus ojos. "Sois hombres, no bestias" – nos dijo –. ¿No oís en vuestra sangre un reclamo, una sed de océano infinito?". Sólo entonces entendí que estaba vivo. No ir hubiera sido traicionarse a sí mismo.

MACAREO: Diez años vagando por el Mediterráneo, ¿no te bastaban? ¿Era necesario ir más allá?

COMPAÑERO: No es eso.

MACAREO: ¿Qué, entonces?

COMPAÑERO: Diez años, dices tú. ¿Qué habrían sido sin ese "más allá"? Diez años vagando hubieran quedado en nada sin ese último viaje.

MACAREO: Un viaje loco, hacia una tierra inalcanzable. Y os habéis hundido.

COMPAÑERO: Nos hundimos, pero aún no lo entiendo.

MACAREO: ¿El qué, amigo mío?

COMPAÑERO: No puedo entender, ¿teníamos otra opción?


***


GUÍA: Este desenlace sigue siendo hoy motivo de debate.


SEGUNDA SALA

En el aula, el profesor está en la cátedra y los estudiantes se sientan en los bancos.

PROFESOR: Considerad cuál es vuestra progenie:
no fuisteis hechos para vivir como los brutos,
sino para alcanzar virtud y conocimiento. (Inf. XXVI, 118-120)

Con su viaje, su búsqueda incansable, el Ulises de Dante encarna la estatura del hombre. Por eso no deja de fascinar. Todos reconocemos en nosotros mismos la aspiración que mueve a Ulises, su sed de totalidad, su «ardor [...] por tener experiencia del mundo» (Inf. XXVI 97-98). Pero, al mismo tiempo, Ulises muestra el fin hacia el que se encamina el hombre que intenta responder a esa sed con sus propias fuerzas.

ESTUDIANTE 1: Profesor, no lo entiendo. El juicio de Dante me parece otro: Ulises está en lo hondo del infierno, en un lugar llamado "Malebolge". Aquí, los condenados no parecen ni siquiera hombres.

PROFESOR: Continúa, te escucho.

ESTUDIANTE 1: Lo que quiero decir es que es un lugar ignominioso. ¿Por qué Dante levantaría un monumento a la estatura humana en este lugar infame? Si tanto admira a Ulises, ¿por qué lo condena?

PROFESOR: Si Ulises está en el infierno, si arde eternamente, unido a su compañero Diomedes, no puede ser un ejemplo al que admirar. ¿Es éste tu razonamiento?

ESTUDIANTE 1: Sí, así es.

PROFESOR: Pero, antes de llegar a conclusiones apresuradas, considera uno a uno los elementos del problema. ¿Te has preguntado alguna vez por qué Ulises se encuentra en el infierno? ¿Qué es lo que Dante condena de este personaje?

ESTUDIANTE 1: La soberbia desmedida, creo. Él mismo narra a Dante su culpa: el haber ido más allá de las columnas de Hércules.

PROFESOR: ¿Estás seguro?

ESTUDIANTE 1: Claro. El viaje es en sí mismo un acto de soberbia. Ulises debía detenerse. Hércules había plantado esas columnas «para que el hombre no fuera más allá» (Inf. XXVI 109). Franquear ese límite fue una blasfemia, un ultraje divino.

PROFESOR: Un ultraje, dices. En definitiva, una osadía que Dios mismo castiga…

ESTUDIANTE 1: Exacto. Hay además otros indicios de que Ulises no debía haber ido más allá.

PROFESOR: ¿Cuáles?

ESTUDIANTE 1: Eran pocos, ya viejos y con un barco pequeño, demasiado pequeño para desafiar al océano. Dios mismo interviene para castigar el ultraje y Ulises se hunde «como Aquél quiso» (Inf. XXVI 141).

PROFESOR: En tu opinión, entonces, el pecado de Ulises es su arrogancia…

ESTUDIANTE 1: Sí, creo que sí.

PROFESOR: Pero, cuidado, tú confundes los planos, como a menudo sucede con este personaje de la Comedia. Ulises no es Capaneo. Su viaje no es un desafío deliberado y consciente contra lo divino. Si queremos aclararnos, debemos responder antes a una pregunta: ¿por qué se encuentra Ulises en esta región del infierno? ¿Precisamente en ese lugar y no en otro?

ESTUDIANTE 1: No entiendo.

PROFESOR: Como bien sabes, el infierno de Dante obedece a reglas precisas, los condenados están distribuidos según una jerarquía de pecados. ¿Me sigues?

ESTUDIANTE 1: Por ahora, sí.

PROFESOR: Pero, ¿te acuerdas de cuáles son los pecados castigados en este lugar?

ESTUDIANTE 1: Sí, los consejeros fraudulentos y los mentirosos.

PROFESOR: Precisamente. Aquellos que usan el ingenio para engañar, para hacer el mal. Pero pasar las columnas de Hércules no fue para nada un engaño. Por lo tanto, si reflexionamos, no tiene sentido que Ulises esté allí, entre los fraudulentos, por este motivo. ¿Estás de acuerdo?

ESTUDIANTE 1: Sí, en efecto; nunca lo había pensado.

ESTUDIANTE 2: Perdone, profesor. Si Ulises es un estafador, ¿cuál es el engaño por el que se le condena? ¿No puede ser por el discurso que dirige a sus compañeros, la famosa «pequeña oración» (Inf. XXVI 122)? Me parece que estas palabras, aunque verdaderas en sí mismas, esconden un fraude, una estafa. Con estas palabras Ulises arrastra a sus compañeros hacia una muerte terrible e inútil.

PROFESOR: En este caso no se trataría de un engaño, sino de traición, ya que tenía la confianza absoluta de sus compañeros. Y quien traiciona a alguien que se fía de él, en el infierno de Dante está más abajo, en el…

ESTUDIANTE 1: En el noveno círculo.

PROFESOR: Sin embargo, Ulises es castigado como uno que ha engañado, no que ha traicionado.

ESTUDIANTE 3: ¿Cuál es entonces el engaño de Ulises?

PROFESOR: Lo dice Virgilio cuando presenta a los personajes. Ulises y Diomedes son castigados por los fraudes que han planeado juntos: el robo del Paladio, la estafa de Aquiles y el caballo de Troya.

ESTUDIANTE 3: Entonces, ¿el viaje de Ulises no tiene nada que ver con su condena?

PROFESOR: No. De hecho, Ulises está junto a Diomedes, que no participó en ese último viaje. La culpa se deja clara antes de que Ulises empiece a contar su historia, para permitirle hablar de otra cosa.

ESTUDIANTE 2: Perdone, ¿podría explicarse mejor?

PROFESOR: Ulises cuenta su último viaje, no el pecado que le llevó al infierno. Dante no quiere saber por qué está condenado, sino dónde ha muerto: «dónde le llevó a morir su dolor» (Inf. XXVI 84). Nadie lo sabía. Y, precisamente a partir de este misterio, Dante crea a su Ulises, símbolo de la inquietud y la sed humanas. El canto pone en escena la dinámica "escandalosa" del deseo y, al mismo tiempo, el fracaso del hombre que trata de responderlo por sí mismo.

ESTUDIANTE 1: Sí, profesor, ahora lo entiendo. Pero aún me quedan dudas.

PROFESOR: Dime entonces, para eso estamos aquí.

ESTUDIANTE 1: Estoy de acuerdo en que Ulises se encuentra en el infierno por sus engaños; pero me sigue pareciendo exagerado afirmar que Dante mire con aprobación este viaje: cruzar las columnas de Hércules no será fraude, pero sigue siendo impiedad. Por eso es «loco vuelo» (Inf. XXVI 125), y es castigado con un naufragio.

PROFESOR: Esa es una interpretación muy extendida. Muchos estudiosos manejan la figura de un Dante cristiano que juzga negativamente las aspiraciones y el ímpetu de Ulises. Su deseo tendría algo de pecaminoso: un "vuelo loco"; loco, esto es, desmedido, insensato y moralmente erróneo. Para muchos, Ulises es incluso un nuevo Lucifer que, deseando más de lo debido, habría traspasado el límite establecido y osado hacerse semejante a Dios.

ESTUDIANTE 1: Bueno, me parece una interpretación convincente.

PROFESOR: Sin embrago, puede que la cosa sea distinta. Me interesa que profundicemos en ello.

ESTUDIANTE 2: ¿Acaso las columnas de Hércules no son una prohibición de Dios? Y, traspasándolas, ¿no se rebeló Ulises contra Él o me equivoco?

PROFESOR: Efectivamente, si fueran una prohibición de Dios, tendrías razón. Pero, ¿acaso Hércules es Dios? En la tradición antigua y medieval, Hércules encarnaba más bien la sabiduría humana, con la que el hombre reconoce el límite que la existencia impone a su deseo de conocerlo todo.

ESTUDIANTE 3: Perdone que insista, pero el error de Ulises, ¿no fue precisamente despreciar dicha sabiduría? Razonable es quien acepta los propios límites y reconoce que no es Dios. Por eso podemos decir que el mismo deseo de Ulises es una locura, un exceso.

PROFESOR: De acuerdo. Es como decir: Ulises no sólo se equivoca porque decide ir más allá, sino, incluso antes, porque lo desea.

ESTUDIANTE 1: Claro, el hombre tiene que estar en su sitio. La locura de Ulises reside antes que nada en su deseo, en la voluntad de adentrarse en lo desconocido. El naufragio castiga justamente este exceso.

PROFESOR: No lo comparto. El naufragio no castiga el exceso del deseo, sino una presunción. La presunción de atravesar el océano infinito del significado confiando en los limitados medios de la propia razón. Es una presunción que Dante vio en sí mismo y en muchos de sus contemporáneos. Sin embargo, cuando Dante condena la descabellada pretensión de aferrar el misterio que está más allá con las únicas fuerzas del propio ingenio, no incluye en la condena ni la locura, ni el deseo, ni la decisión de seguir más allá, de adentrarse en lo desconocido.

ESTUDIANTE 1: Perdone, pero aún no me queda claro.

PROFESOR: Entiendo que es un punto muy delicado. Os pido que pongáis especial atención, porque llegamos al corazón de la interpretación que os propongo. El castigo final del viaje no debe atribuirse al deseo. Como si desde el origen desear fuera una culpa, como si querer conocerlo todo fuera un pecado. No. Para Dante este deseo es «la sed natural que no se sacia nunca» (Pur. XXI 1), algo que no se puede evitar.

ESTUDIANTE 2: Entonces, profesor, usted dice que la locura está en la presunción, en la pretensión con la que Ulises intenta cumplir un deseo auténtico. Pero entonces, ¿qué tendría que haber hecho?

PROFESOR: A Dante no le interesa presentar en este canto una alternativa. Su intención es otra. Es la de representar la dramática tensión entre un deseo original y constitutivo de conocer y la imposibilidad de cumplirlo únicamente con los medios humanos.

ESTUDIANTE 2: ¿Cómo se resuelve entonces dicha tensión? Más allá de la Comedia, ¿existe una alternativa a la pretensión de Ulises?

PROFESOR: Más allá del poema, si seguimos razonando podemos decir que la alternativa a la presunción de Ulises no es suprimir el ímpetu por el viaje, sino abrirse a otra posibilidad, pedir ayuda, reconociendo la insuficiencia de sus medios para realizar la empresa. Es una posición similar a la que Platón describe en el Capitulo 35 del Fedón. Todos recordamos sus palabras.
Por un instante el diálogo queda en suspenso.

ESTUDIANTE 2: No pensaba que el canto de Ulises fuera tan problemático. Pero, ¿a qué se deben interpretaciones tan diferentes, casi opuestas?

PROFESOR: Excelente pregunta. Has dado en el clavo. Estoy convencido de que lo que marca la diferencia es la concepción que se tiene del cristianismo y del deseo.

ESTUDIANTE 3: ¿Por qué dice eso? ¿A qué se refiere?

PROFESOR: Piensa, por ejemplo, en Petrarca, que reprende a Ulises porque "deseó ver demasiado del mundo" (Trionfo de la fama II, 18). En el fondo, dice algo que se repite a menudo: la sed por conocerlo todo es algo de lo que despojarse, sobre todo si, siendo hombres religiosos, queremos dejar espacio a Dios.

ESTUDIANTE 2: ¿Y Dante?

PROFESOR: Dante está de parte de Ulises.

ESTUDIANTE 1: Puede ser, en cuanto hombre y poeta. Pero como cristiano, le hace naufragar.

PROFESOR: Interesante. Sin saberlo propones la lectura de inspiración romántica que hizo Francesco De Sanctis, y que retomó después Benedetto Croce. Según Croce, Dante estaba dividido. Por una parte está el poeta, que admira a Ulises, por otra está el hombre fiel a las enseñanzas de la Iglesia, que debe castigarlo. Como gran "poeta", él amaba a su personaje y exaltaba su deseo. Sin embrago, como "cristiano", no podía más que mirar con hostilidad un ardor como el de Ulises.

ESTUDIANTE 1: Me parece una lectura persuasiva. Así se explica por qué Dante, a pesar de su simpatía por Ulises, lo condena.

PROFESOR: Pero, ¿de verdad te convence un Dante partido en dos? Atención: si se opone un Dante–poeta a un Dante–teólogo, ya no se comprende nada de la Divina Comedia.

ESTUDIANTE 1: ¿Qué quiere decir?

PROFESOR: Quiero decir que Dante pudo crear un personaje como el Ulises no "a pesar" de ser cristiano, sino precisamente "porque" era cristiano. He aquí el quid. Porque es cristiano, Dante puede exaltar el deseo del hombre como ese ansia extrema de verdad que Ulises representa.

ESTUDIANTE 2: Aún no me queda claro. ¿Podría explicarlo mejor?

PROFESOR: Lo voy a intentar. Imaginemos un diálogo entre Croce y Dante. El crítico toma la palabra en primer lugar: «El problema, querido Dante, es que tu posición es incoherente. Primero, siguiendo los dictámenes de tu fe, "juzgas como pecaminoso el ardor de Ulises que viola los dictámenes de Hércules y haces que una misteriosa fuerza religiosa de la naturaleza lo castigue, como ejecutora de la cólera divina"; después, cuando tu alma poética retoma el mando, lo presentas como un héroe, un símbolo de la grandeza humana. En ti hay dos identidades que rivalizan entre sí» (cfr. B. Croce. La poesía di Dante, Bari, Laterza, 1961, pp. 95-96).

ESTUDIANTE 3: Y en su opinión, ¿cómo se defendería Dante?

PROFESOR: Creo que Dante podría responder así: «No, profesor Croce, usted no entiende. La simpatía que profeso a Ulises, mi capacidad de retratar las más verdaderas aspiraciones del ánimo humano – cosa que usted generosamente me reconoce –, no son un descuido, un impulso del corazón que escapa al control del dogma religioso. Lo que usted no entiende es que sólo gracias a la experiencia de la respuesta se puede afirmar por entero la sed del hombre».

ESTUDIANTE 3: Pero, ¿en qué sentido sería la fe la que permite a Dante exaltar el ardor de Ulises?

PROFESOR: Piensa en tu experiencia. Se da la misma relación que existe entre el hambre y la comida: la presencia de la comida exalta el apetito. De la misma forma, delante de la presencia de la respuesta encarnada, se despierta en toda su profundidad original el hambre de conocer de Dante. Ese hambre manifiesta todo su alcance. Además, – fíjate bien –, redimensionar el deseo del hombre o vaciarlo, limitar la sed de la razón no le haría un gran servicio a Dios. Al contrario, la gracia de la Encarnación se haría literalmente incomprensible, al igual que la comida para quien no conoce el hambre.

ESTUDIANTE 3: Entonces, se equivoca quien opone el deseo a Dios, lo humano a lo divino…

PROFESOR: Por supuesto. El deseo es la llave maestra hacia Dios.

ESTUDIANTE 2: Ahora lo entiendo mejor… Con esta hipótesis, me gustaría volver a leer desde el principio el canto de Ulises y toda la Comedia.

PROFESOR: Bien. Esa es ahora vuestra tarea.


SALA TERCERA

En un claustro los estudiantes discuten entre ellos.

ESTUDIANTE 3: Es así, no hay nada que hacer; en el Infierno, este canto es una verdadera excepción.

ESTUDIANTE 2: Ya, tienes razón. Podemos desacreditar a Ulises todo lo que queramos, presentándolo como un pérfido engañador o una figura diabólica. Pero hay datos que lo cuestionan. No se puede fingir que no los veamos.

ESTUDIANTE 1: Es cierto, y hay que explicarlos.

ESTUDIANTE 3: Yo, al volver a leer la Comedia con la hipótesis del profesor, he hecho unos descubrimientos sorprendentes.

ESTUDIANTE 4: ¿Cuáles?

ESTUDIANTE 3: Por ejemplo, para ese episodio Dante elige un lenguaje elevadísimo. Y más de la mitad de los versos del canto sirven para describir la escena, como si quisiera preparar al lector para el encuentro con Ulises.

ESTUDIANTE 2: Y además, lo hace con un cuidado extremo en la expresión. Se crea una tensión casi exasperada: Dante hace experimentar al lector la impaciencia y la implicación emotiva que él mismo ha experimentado.

ESTUDIANTE 1: Efectivamente. Esta implicación queda patente también en el apremio con el que Dante le pide a Virgilio hablar con Ulises. Fijaos, utiliza las mismas palabras que atribuye a San Bernardo en la oración a la Virgen.

ESTUDIANTE 3: ¡Pero eso no es todo! Entre los pecadores de "Malebolge", Ulises goza de un trato de favor. Su pena – arder en una lengua de fuego – le permite conservar una dignidad que se le niega a los demás condenados de esta región infernal.

ESTUDIANTE 4: Hay otro aspecto que hace de este canto una excepción. He releído la Comedia buscando citas. Ulises reaparece continuamente y en lugares cruciales. En el primer canto, por ejemplo, Dante sale de la «selva oscura» (Inf. I 2) e intenta en vano subir a una colina iluminada por los rayos del sol. Como en el episodio de Ulises, se trata de un "viaje" hacia el bien, simbolizado por el monte. También Dante habría "naufragado" en su viaje de no ser por la aparición repentina e inesperada de Virgilio.

ESTUDIANTE 3: Más aún. Al principio de la segunda parte, Dante y Virgilio ven avanzar una embarcación. Sobre ella va el ángel que transporta las almas de los que acaban de morir hacia el monte del purgatorio. Virgilio destaca que la barca avanza sin remos.

Ves cómo desdeña los humanos medios,
y no quiere más remo ni vela que sus alas,
entre orillas tan remotas. (Pur. II 31-33)

Resulta evidente el paralelismo con el viaje de Ulises, que intenta la misma travesía sólo con medios humanos, con remos que pretenden ser alas. De hecho, el monte es precisamente el que el héroe y sus compañeros vieron a lo lejos antes de naufragar.

ESTUDIANTE 2: Otra cosa. En el segundo canto del Paraíso, Dante utiliza la metáfora de la navegación, en mar abierto con todos sus peligros, para poner sobre aviso al lector.

Oh vosotros, que en un pequeño navío,
deseosos de escucharme,
seguís detrás de mi barco que cantando navega,
volveos atrás, a vuestras playas:
no os adentréis en alta mar, porque tal vez,
si me perdéis, quedaríais extraviados. (Par. II 1-6)

Nadie puede acercarse al Paraíso con un "pequeño navío", es decir, sin contar con instrumentos adecuados. El lector se perdería cruzando unas aguas tan vastas y profundas.

ESTUDIANTE 1: Jamás me había dado cuenta. En la Comedia Ulises está mucho más presente de lo que imaginaba.

ESTUDIANTE 3: Así es. Las referencias son muchísimas. Por ejemplo, vuelve continuamente la imagen del vuelo, «el loco vuelo» (Inf. XXVI 125) de Ulises: sirve para indicar tanto el camino del hombre hacia Dios, como el vuelo de Dante hacia el Paraíso, atravesando los cielos, «aquella piadosa mujer que guió las plumas / de mis alas en tan alto vuelo» (Par. XXV 49-50).

ESTUDIANTE 4: Ése es el mismo vuelo que no pudo cumplir Ulises. Dante tiene muy claro que el hombre está hecho para el cielo, está hecho para volar, pero sus fuerzas no bastan para dicha empresa.

¡Oh humana gente!, nacida para volar tan alto,
¿por qué un poco de viento te hace caer? (Pur. XII 95-96)

ESTUDIANTE 1: Esta metáfora del vuelo retorna incluso en el último canto en las palabras del himno a la Virgen.

Mujer, eres tan grande y tanto vales,
que quien desea una gracia y no recurre a ti,
quiere que su deseo vuele sin alas. (Par. XXXIII 13-15)

Querer satisfacer el propio deseo sin dirigirse a María sería como pretender volar sin alas.

ESTUDIANTE 3: En fin, Ulises y todas las imágenes que a él se refieren traban el relato de la Comedia. Dante modela su viaje al hilo del viaje de Ulises. Y esto no sucede con ningún otro personaje con el que Dante se encuentra a la largo de su camino. Tan sólo con Ulises.

ESTUDIANTE 4: Es así, hay que admitirlo. El episodio de Ulises nos da una clave para leer todo el poema.

ESTUDIANTE 1: Sin embargo, muchos críticos insisten en que Ulises es un modelo negativo del que Dante quiere únicamente tomar distancia. Como si su objetivo fuera repetir: «Yo no soy Ulises… mi viaje no es una loca pretensión… un guía me conduce…».

ESTUDIANTE 4: Pero, de ser así, ¿le concedería tanta dignidad? Por mucho que tratemos de interpretar negativamente el personaje, las palabras que Ulises dirige a sus compañeros – «no fuisteis hechos para vivir como los brutos, / sino para alcanzar virtud y conocimiento» (Inf. XXVI 119-120) – quedan grabadas en nuestra alma, suscitan una simpatía irrefrenable y una identificación que no se puede contener.

ESTUDIANTE 3: Entonces, ¡si Dante escoge a Ulises no es, en primer lugar, para diferenciarse, sino para identificarse con él!

ESTUDIANTE 1: Explícate mejor.

ESTUDIANTE 3: Para la tradición anterior, Ulises era el astuto urdidor de engaños. Pero era también el hombre curioso, que durante diez años vagó lejos de su casa, explorando el mundo entonces conocido, viéndolo todo. Dante retoma las dos caras de este personaje, pero insiste sobre todo en la segunda. Su Ulises se consume por la sed de conocerlo todo. Para obedecer a dicha sed, está dispuesto a correr cualquier riesgo y desafiar el límite…

ESTUDIANTE 2: Esto ya ha quedado claro.

ESTUDIANTE 3: Sí. Pero el caso es que Dante convierte a Ulises en un buscador tan audaz porque su deseo de conocer los «vicios humanos» y su «valor» (Inf. XXVI 99) es también el del poeta. Desde este punto de vista, se puede decir que Dante es Ulises.

ESTUDIANTE 4: Es verdad. El poeta desterrado se identifica con la tensión de Ulises. Pensemos en el viaje de Dante. ¿Qué es sino un «conocer el mundo» (Inf. XXVI 98), llegando hasta la raíz última del ser? Ver y conocer todas las cosas, ¡incluso a Dios!

ESTUDIANTE 2: Tu hipótesis es fascinante, explica muchos más aspectos.

ESTUDIANTE 1: Se explica, por ejemplo, un detalle que nunca había conseguido descifrar.

ESTUDIANTE 4: ¿Cuál?

ESTUDIANTE 1: ¡Las sirenas! Esas criaturas mitológicas que con su espléndido canto atraían a los navegantes para que se estrellaran contra las rocas. Ulises las encuentra en su viaje, pero consigue escuchar su voz sin quedar atrapado.

ESTUDIANTE 4: ¿Y qué tienen que ver las sirenas con Dante?

ESTUDIANTE 1: En la Comedia representan las tentaciones que distraen también a Dante – y no sólo a Ulises – de la «recta vía» (Inf. I 3). El poeta cuenta su vida en los términos de la aventura de Ulises.

ESTUDIANTE 3: Y, si lo pensáis bien, la sed que empuja al héroe griego más allá de las columnas es la misma que anima el viaje de Dante al más allá y que le persuade para escribir el poema.

ESTUDIANTE 2: Esa sed, ese «ardor» culmina en el último canto del Paraíso, cuando Dante se encuentra cara a cara con Dios.

Y yo, que a la meta de todas mis ansias
me aproximaba, tal como debía,
puse fin al ardor de mi deseo. (Par. XXXIII 46-48)

Dante, por tanto, no renuncia a la sed de conocer de Ulises para emprender su camino. Todo lo contrario. Dante tiene que ser Ulises para llevar a cabo su viaje y escribir la Comedia.

ESTUDIANTE 3: Entonces Petrarca no lo entendió cuando dijo de Ulises que «deseó ver demasiado del mundo». No existe un "demasiado" para Dante. Este deseo no se contrapone a Dios, es su mayor aliado, el único camino para reconocerle. Y el verdadero motor de la Comedia.

A lo lejos se oye la campana. Los estudiantes recogen sus libros para ir a clase.

ESTUDIANTE 4: Por ello Dante llega a concebir la atrevida idea de un poema que culmina con la visión de Dios. Es él el verdadero Ulises que no renuncia a ir más allá de las columnas de Hércules, a conocer el misterio. Dante, con la ayuda de Virgilio y Beatrice, lleva a buen término el «loco vuelo» de Ulises, alcanza su propósito.


***


GUÍA: Nuestro recorrido llega a su fin. Como los estudiantes, asistiendo a la escena, también nosotros presentimos que la historia de Ulises tiene que ver con cada hombre: «todos los hombres que buscan y, en especial, nosotros» (P. Levi, Se questo è un uomo, Torino, Einaudi, 1989, p.102).
El mito antiguo desconocía al Ulises de Dante y su audacia de inquieto buscador. Su meta ya no es Ítaca, su isla, sino el misterioso más allá donde se halla el significado de la existencia. El viaje de Ulises no se presenta en la Comedia sólo como un viaje a lo largo del Mediterráneo, sino más bien como un viaje hacia lo alto, la profundidad última del ser. «Todo el caminar humano, todo el esfuerzo de "esa laboriosidad que nos mueve sin descanso" se resume en el conocimiento de Dios. […] Lo que motiva la razón, su fuerza motriz, es descubrir el misterio, entrar en el misterio que subyace en la apariencia, que sostiene lo que vemos y tocamos». (L. Giussani, El sentido religioso, Ed. Encuentro, 1998, pp. 192).


***


Una voz recita el canto de Ulises.

El extremo más alto de la antigua llama
empezó a oscilar murmurando
como agitado por el viento,
y moviendo la punta de acá y allá
como si fuera una lengua que hablase,
emitió palabra y dijo:
cuando me separé de Circe,
que me mantuvo a su lado
más de un año, en Gaeta
antes de que Enea la llamase así,
ni la dulzura del afecto de mi hijo,
ni la piedad por mi anciano padre,
ni el amor que debía hacer feliz a Penélope
pudieron vencer en mí el ansia de conocer el mundo,
y los vicios y la virtud de los humanos;
mas me arrojé por el ancho mar abierto,
solo, con una barca y unos pocos compañeros
que no me abandonaron nunca.
Vi una costa y la otra hasta España
y hasta Marruecos y la isla de Cerdeña,
y las demás que aquel mar baña y circunda.
Mis compañeros y yo estábamos viejos y cansados
cuando llegamos a aquella estrecha hoz
donde Hércules plantó sus señales
para que el hombre no pudiera pasar más allá.
A mi derecha, dejé Sevilla,
y a mano izquierda ya había dejado Ceuta.
«¡Oh hermanos! – dije –, que a través de cien mil
peligros habéis llegado a Occidente:
a la escasa jornada que les queda a nuestros sentidos
no le neguéis la experiencia de seguir
detrás del sol hacia el mundo inhabitado.
Considerad cuál es vuestra progenie:
no fuisteis hechos para vivir como los brutos,
sino para alcanzar virtud y conocimiento»
Con estas breves palabras
desperté en mis compañeros tanto afán de seguir el viaje,
que apenas hubiera podido contenerlos;
así, volviendo la popa a levante,
hicimos de los remos alas para el loco vuelo,
dirigiéndonos siempre hacia el lado izquierdo.
Todas las estrellas del otro polo
veía por la noche y el nuestro quedaba tan bajo,
que no aparecía apenas sobre el nivel del mar.
Cinco veces se había encendido y otras tantas apagado
la luz que nos presta la luna
desde que habíamos empezado aquel viaje,
cuando apareció un monte oscuro por la distancia,
y que me pareció tan alto
como no había visto nunca otro alguno.
Nos alegramos, pero pronto nuestra alegría se tornó llanto,
pues de la nueva tierra arrancó un torbellino
que sacudió el barco por la proa,
lo hizo girar tres veces en las aguas;
a la cuarta levantó la popa en alto
mientras la proa se hundía, como Aquel quiso,
hasta que el mar se cerró sobre nosotros.

(Inf. XXVI 85-142)


***


VOZ EN OFF: Observa Luigi Giussani: «La realidad, en su impacto con el corazón humano, produce la misma dinámica que las columnas de Hércules produjeron en el corazón de Ulises y de sus compañeros, con los rostros tensos por el deseo de alcanzar otra cosa distinta. Para aquellos rostros ansiosos y aquellos corazones llenos de pasión, las columnas de Hércules no representaban un límite, sino una invitación, un signo, algo que invitaba a ir más allá de sí mismo» (L. Giussani, El sentido religioso, Ed. Encuentro, 1998, pp. 193-194). Se trata, entonces, de aceptar esta invitación o de conformarse con una vida tranquila, de dejarse desafiar por las columnas de Hércules o quedarse en nuestro Mediterráneo. Pero la alternativa es tan sólo aparente. De hecho, esta orilla es soportable solamente si avivamos la tensión por conocer la otra. Aunque muchos digan que es una locura ir más allá…