Se te dejas amar por Cristo, cambias.

Y así cambia el mundo

Testimonio del Padre Aldo Trento • Meeting de Rimini 2008

El pasado 2 de junio, el padre Aldo Trento, párroco de la iglesia de San Rafael, en Asunción, responsable de la Casa de acogida para enfermos terminales San Ricardo Pampuri, recibió el título de Caballero de la Orden de la Estrella de la Solidariedad de mano del Presidente de la República Italiana.
Un reconocimiento oficial a la fecundidad de un hombre que en Rimini ha contado su historia

«Corazón maldito, ¿por qué palpitas?» dice Violeta Parra. Y dice también: «Gracias a la vida, que me ha dado tanto», para quitarse, poco después, la vida. ¿Por qué empiezo así? Porque querría rememorar las palabras de Giussani que me conmovieron hace muchos años: «Os deseo que nunca estéis tranquilos».
Julio de 2008, estoy con los bebés dándoles el biberón y llega Cristina, la que hace de madre y me ayuda con los niños, enfermos de sida o abandonados. Viene con las notas; les pongo en corro y se las leo (allí las notas van del uno al cinco): uno, uno, uno, uno... todos uno. Sonrío y les digo: «Os parecéis a mí. “Vuestro padre” tuvo siempre problemas en el cole y con las notas. Yo no era bueno en nada. Como dice la canción, “Plácido se llamaba” y espera llegar a ser santo. Pero estoy contento de todas formas y ¿sabéis por qué? Porque en la vida lo difícil no es pasar del uno al cinco, sino pasar del cero al uno, y vosotros, de febrero a julio habéis pasado del cero al uno». Después le expliqué a Cristina lo que quería decir.

«Ahora, estoy seguro de ti»
Bien, yo soy este niño de sesenta y dos años que, por pura gracia divina, quizás ha llegado al dos. Por eso, más que hablaros de las obras, he escrito un homenaje a don Giussani, porque yo vivo de él: es Él, es Dios a través de él, Quien está detrás de todo lo que podéis ver o leer.
«Padre Aldo –me dijo Giussani– ahora que te estás haciendo un hombre, he decidido mandarte de misión a Paraguay». «Pero, ¿cómo? Mi hermano piensa que lo mejor sería que ingresara en el hospital de Feltre para tratarme, vista la grave depresión que estoy sufriendo. Una enfermedad inesperada que me ha quitado las ganas de vivir; he perdido, de repente, cualquier gusto por la vida y se me hace muy duro, aunque no imposible, mantener el nexo con la realidad. ¿Y tú me quieres mandar de misión?». Giussani me miró como aquella vez Jesús miró con ternura al joven rico, a Zaqueo, a la Magdalena, a Mateo, y me dijo: «Pues sí, te mando de misión, porque ahora es cuando estoy seguro de ti. Ve. Te sacarán el billete y yo te acompañaré a Linate con ella y sus tres hijos». Era mayo de 1989, estábamos en Riva del Garda. Pero, ¿qué había pasado antes para que ahora sucediera esto, para que Giussani me llevara de la mano y me dijera aquellas palabras?

La vocación
A los siete años sentí con claridad la llamada a ser enteramente de Jesús. Hace cincuenta años, el 28 de julio de 1958, abandoné a mi familia, a la que no pedí permiso, sino que simplemente puse al corriente de mi decisión, y haciendo autostop me subí a un tractor que me llevó al seminario. Mi madre me miraba atónita e incrédula desde la ventana y lloraba, y yo le decía: «Mamá, ¿vendrás a verme?» mientras el tractor se alejaba lentamente, conduciéndome hacia un destino acerca del cual sólo tenía una certeza, aun dentro de mi agitación: Jesús me quería todo para Él. Muchos años después comprendí que todo esto se llamaba virginidad, que es la belleza, el estupor, la capacidad de conmoverse con la realidad, la paternidad, la plenitud afectiva.

«Il male di vivere»
En el seminario viví años difíciles, bellos y duros. Finalmente, en pleno ambiente contestatario del ’68, me ordené sacerdote en 1971. Dudaba de que me admitieran. Era totalmente de Cristo, pero la insatisfacción y el deseo de un mundo nuevo, la inquietud provocada por un vacío existencial y socialmente poco interesante, me llevaron a simpatizar con el grupo de extrema izquierda Potere Operaio. Paulatinamente, la ideología intentaba llenar aquel vacío, pero el sinsentido –«il male di vivere», dice el poeta Montale– se insinuaba ya en mi corazón y se manifestaba en forma de rebelión. Me confinaron a Salerno para que me ocupara de los hijos de los presos, para ver si entraba en vereda, en lo políticamente correcto, diríamos hoy. Estando allí, un día, cuatro chicos de Battipaglia cambiaron mi vida. Yo había participado en la preparación de una huelga contra el imperialismo en el Vietnam y, en lugar de religión, enseñaba la teoría de Paulo Freire. Aquellos chicos me dijeron: «Profesor, no es así como cambiará el mundo. El mundo cambiará sólo si usted cambia y usted cambiará si se deja amar por Jesús». Ese momento supuso un vuelco en mi vida, una nueva posibilidad apareció en mi horizonte: podía tomar en serio mi humanidad, sin miedo, sin censuras. Pero las cosas se precipitaron y mis superiores me devolvieron al norte, cerca de mi madre, para ver si sucedía un milagro en mi vida. Así que me establecí en Feltre, provincia de Belluno.

Dos años durísimos
La ideología y el vacío existencial seguían librando una lucha en mi interior, me debatía entre la pregunta sobre el sentido de la vida y una terrible aridez afectiva, porque mi corazón se había petrificado. Entonces, se decía que: «lo privado no existe, sólo cuenta lo político» (me lo había aprendido de memoria). Fueron dos años durísimos en los que sólo aquella chispa, que se había encendido en Salerno, mantenía viva una frágil esperanza.
Aún así mi desesperación iba a más, hasta que un día, un amigo me invitó a una asamblea con don Giussani en Padua. Lo recuerdo como si fuera ahora. Subió al escenario una joven mujer, muy guapa, que se había quedado viuda con tres hijos pequeños; leyó su testimonio sobre el drama que estaba viviendo y su fe. Aquello me removió por dentro y desde aquel enero del ’87 no tuve paz. Me había cautivado y, al cabo de unos meses, esa fascinación se convirtió en un profundo afecto. Me parecía estar soñando. Pero, dados nuestros respectivos estados de vida, esto desembocó en desesperación y más tarde en una depresión que ya nunca me abandonará. Por aquel entonces me asusté, porque no podía creer que mi humanidad fuera un compendio de deseos de amar y ser amado, de aspiraciones de infinito, de belleza y de justicia, y al mismo tiempo, de celos y de posesividad. Pero, ¿qué podía hacer? Pedir a gritos. Porque este pedir es el único gesto verdaderamente humano. Esta extrema pobreza me hizo mendigo, mendigo de una relación que me hiciese comprender que aquel afecto no era algo necesariamente incompatible con mi sacerdocio, sino que era el camino necesario para gustar la belleza de la virginidad, la posesión sin poseer que podía colmar aquel vacío afectivo que durante años había tratado de llenar con la ideología. Y fue así como el 25 de marzo de 1988, de rodillas y llorando, me presenté ante Giussani. Me acogió como él sabía hacer, porque en su corazón había sitio para cada uno, como si fuera el único. Me abrazó, me dejó llorar, me dio unos caramelos y, al cabo de un largo rato de sollozos, me dijo: «Qué maravilla, ¡por fin empiezas a ser un hombre! Lo que estás viviendo es una gracia para ti, para ella, para sus hijos, para el movimiento y para la Iglesia. Ve a verlos; toma, llévales de regalo este huevo de Pascua».

Como Jesús
A partir de ese día y hasta el día de su muerte estuvo a mi lado. Cuando iba a salir de su habitación de Milán me detuvo y me dijo: «Sería estupendo que este verano alguien te hiciera compañía». Le miré y le contesté: «Pero Giussani, ¿dónde encontraría yo un hombre, un cura dispuesto a pasar el verano con un desquiciado, un obseso, con todo lo que tienen que hacer?». Me miró fijamente, como Jesús: «Está bien, te llevaré conmigo». Durante dos meses, hasta que me fui a Paraguay, me tuvo consigo, pagándome todo y encargándose de transferirme desde mi primera congregación a la Fraternidad San Carlos. Don Massimo Camisasca (rector de la Fraternidad Sacerdotal de San Carlos Borromeo, ndr) vio llegar a este loco, este pobre hombre, que no valía para nada, y me aceptó en la Fraternidad. «Tomar en serio la propia humanidad sin censurarla –escribe Giussani en Huellas de experiencia cristiana– es el camino necesario para que vuelva a darse el encuentro con Cristo». ¡Pero qué terrible, qué bella es la propia humanidad, tan frágil, tan pobre y al mismo tiempo tan grande! Tenía miedo de mi yo. No pensaba que el ser humano fuese una mezcla de cosas tan bellas y tan desesperadas, que fuese a la vez ironía y desaliento. Y así, para que no perdiera lo que amaba, me acompañó al aeropuerto y quiso que viniese también aquel signo sacramental del amor divino con sus tres hijos. Recuerdo cuando, con los ojos enrojecidos, en la acera de Linate, viéndola sufrir, le dije a Giussani: «¿Qué va a ser de ella?». La miró y le dijo: «Te espero en el próximo retiro del Grupo Adulto (Grupo Adulto es el nombre con el que comúnmente se hace referencia a la Memores Domini, asociación que reúne a las personas de Comunión y Liberación que entregan su vida a Dios en virginidad, ndr)».

¿Por qué lo hizo?
Era el día de la Natividad de la Virgen cuando llegué a Paraguay. Pasó un año y el 15 de octubre, día del cumpleaños de don Gius, me llamó él por teléfono: «Padre Aldo, llámala y dile que el directivo del Grupo Adulto ha decidido aceptar su petición». No conseguí ni siquiera desearle un feliz cumpleaños por la conmoción que sentía, porque me sobrepasaba tanta ternura y tanta humanidad. ¿No podía hacerlo él, decírselo él? ¿Por qué se preocupaba de que fuera yo el que se lo dijera, estando a doce mil kilómetros de distancia? Sólo un hombre como él podía ser capaz de amar así. Desde aquel día pasaron quince largos años, en los que la compañía del padre Alberto, continuidad visible de la compañía de don Gius, fue lo único que impidió que acabara con mi vida, pues la carga se me había vuelto insoportable y cada día se agudizaba la depresión. Lentamente, me ayudó a comprender algo esencial para la vida: sólo un gran amor, un gran dolor, dentro de una fuerte y tierna amistad, por frágil que sea, hacen de un yo un hombre, es decir, un padre. El padre Alberto vivió durante diez años sólo para acompañar a un desesperado, que se debatía entre la percepción de que es posible amar y ser amado y la crueldad de la vida que parecía defraudarme.

El nuevo “párroco”
Pero la realidad, la situación humana concreta, de cada uno, nunca es enemiga del yo, ni siquiera cuando no te ahorra ningún sufrimiento. Porque puede ser terrible –os lo garantizo– tomar en serio la propia humanidad. Porque lo único que puedes hacer es pedir a gritos, mendigar, abandonarte, como no he dejado de hacer desde que tenía siete años.
Y así, un buen día, por motivos de salud, el padre Alberto tuvo que regresar a Italia; me vino a faltar su compañía y me quedé solo. Solo con mi drama, mi desaliento y el cansancio. El único sustento, desde ese momento, será la Eucaristía que nombré como “párroco y señor de todo” (Cf. entrevista a Paolo Sottopietra, en Huellas, abril 2006, pp. 50-52).
Desde la distancia, Alberto y monseñor Pezzi me guían cada día –«¡Aldo, ánimo!»– hacia la claridad acerca del Destino, a pesar de la confusión de la mente y de la sequedad del sentimiento; la percepción de la distancia como la condición necesaria para una posible plenitud afectiva, la única que hace que un hombre sea hombre; la posibilidad de amar virilmente a la que Dios me había puesto en el camino como inicio de un cambio. Todo esto es la virginidad y ha dado origen a esta pequeña ciudad de la caridad que, en compañía de Paolino y Ettore, se ha convertido en la comunidad de San Rafael, en Paraguay (Cf. Huellas, julio/agosto 2008, pp. 22-25).

La plenitud afectiva
La virginidad, o sea la caridad, es la plenitud hoy, es como el alba del yo al que se le da la gracia de experimentar ahora lo que un joven que se enamora dice, lleno de ternura, a su amada: «Tuyo para siempre, te querré siempre». En el fondo somos realistas, Camus tenía razón cuando ponía en boca de Calígula aquellas palabras: «Quiero la luna». O cuando Carl Marx escribía a su mujer: «Lo que hace de mí un hombre es mi amor por ti y el tuyo por mí». Se ama, se es padre, sólo si se es amado, viviendo todo el espesor de lo humano, con sus pliegues hermosos, dramáticos e irónicos.
Yo vivo haciendo compañía al hombre que grita porque está necesitado, ya sea niño, joven o enfermo terminal. Todo lo que ha nacido es obra de Dios. Es Él quien lo ha creado valiéndose de mi nada. Él lo ha querido para que yo pueda hacer con todos lo que Giussani hizo conmigo: ofrecer la compañía que necesitan. Por eso, la primera vez que encontré un cadáver abandonado en la calle, lo recogí, lo llevé a casa y lo lavé. Y así un día tras otro. He recogido a los moribundos, a los abandonados, a enfermos llagados. Y Dios ha querido crear este conjunto de obras que hoy cuentan con más de cien personas que trabajan, con un sueldo, y centenares de voluntarios. El hombre sano, fuerte, o llagado, no necesita consejos, sino alguien que le lleve de la mano. Tomar en serio el grito que somos. Confiar en quien Dios nos pone en el camino para indicarnos el Destino. Aceptar el sacrificio, el dolor, no como una enfermedad, sino como una gracia.

Un resquicio de libertad
Me acuerdo de un editorial que publiqué en un semanal hace muchos años, en Paraguay. Era en El observador de la semana: «La depresión no es una enfermedad, es una gracia». Un senador muy conocido, tras haberme buscado, vino a verme. Quería quitarse la vida y este editorial le había salvado. A partir de entonces se convierte en otro hombre. Preside la comisión Bicameral. Consigue incluir todas nuestras obras en los presupuestos del Estado. De este modo, un gobierno del tercer mundo aplica por primera vez un artículo en el que sostiene –financiándola con doscientos cincuenta mil dólares– una obra que nace de una realidad social que, ciertamente, no ha apoyado al gobierno actual. Es algo impresionante. Como todo lo que viene después. La depresión no es una enfermedad, es una gracia, porque te despoja de todo. Hoy la llaman enfermedad, pero hubo un tiempo en que la llamaban purificación, noche oscura del alma, camino posible a la santidad: para mí, aún es así. Por eso hoy recojo también a los locos. Hace años me daban miedo, porque creía tener todas las papeletas para ser uno de ellos. Hoy les miro con cariño y me río con ellos, porque incluso en su locura, he visto que en cualquier hombre existe siempre un resquicio de libertad. He experimentado que si esto no fuera verdad, tampoco existiría Dios, porque no existiría el hombre. El hombre sigue siendo libre incluso cuando pierde la razón. Tengo esa certeza porque lo he vivido en mi propia carne.
Quería decir que el dolor se convierte en una gracia, que te permite estar contento, cuando te enseña a amar, a vivir la virginidad, que es la única, real y concreta vocación del hombre: la plenitud de su yo. Porque, ¿qué es la virginidad? El yo que alcanza su plenitud afectiva ya en este mundo. ¡Gracias, Jesús, por todo el amor, por todo el dolor que me concedes vivir cada día! Abrazado a ti en la cruz para poder decir a cada uno: «Te quiero para siempre, así como tú, Jesús mío, me amas a mí ahora».

Profecía y realidad
Verdaderamente esa promesa se ha cumplido. A los sesenta y dos años soy un hombre contento, en el umbral de una plenitud que me hace mirar la muerte con serenidad. He acompañado a morir a más de quinientas personas en cuatro años. Todas han muerto con una sonrisa en los labios. Soy un padre para decenas de niños que no tienen a nadie y que me llaman papá: «Papá, ¿cuándo vuelves? ¿Por qué te vas?». Los acuesto por la noche, los levanto por la mañana y los acompaño al colegio. En mí la profecía de Giussani se ha cumplido: «Es una gracia para ti». También para ella, porque es una mujer feliz; para sus hijos, dos consagrados y uno casado; para todo el movimiento. Creo que lo que vivo puede servir de ejemplo para la Iglesia. Yo vivo por ello.
En Paraguay existe hoy un gobierno socialista, cuyo vicepresidente, aun conociendo la guerra que dimos para que no saliera vencedor el gobierno actual, me ha preguntado: «Padre, ¿puedo venir los lunes a las seis a rezar Laudes con usted?». Y desde su nombramiento, el 15 de agosto, todos los lunes por la mañana el vicepresidente reza Laudes conmigo y hacemos juntos un rato de adoración a la Eucaristía. Un milagro inesperado. Ha nacido incluso un partido transversal para los temas referentes a la defensa de la vida, a la defensa de los pobres. Porque también en esta suerte de socialismo del siglo XXI que quiere vaciar de Cristo al cristianismo, uno debe trabajar con inteligencia, con amor, con Cristo, sirviendo a Dios. Un prelado le dijo al Nuncio: «Yo respeto al padre Aldo y a los sacerdotes de la Fraternidad, porque lo que hacen desearíamos que se extendiera por todo Paraguay». Gracias y rezad por mí.