¿Mi obra? Es del Señor

Roberto Fontolan • Huellas N.7, Julio/Agosto 2008

Párroco en Paraguay, misionero desde hace veinte años, será uno de los protagonistas del ciclo «Se puede vivir así». He aquí su historia

La última vez que estuvo en el Meeting, en el 2005, el padre Aldo parecía un poco aturdido. No se esperaba tanta gente, tantos apretones de mano, preguntas, propuestas de encuentros e iniciativas. Además, entre un suspiro y otro, con su voz ronca de acento obstinadamente véneto, me dijo que quería volver en seguida a Paraguay: «A casa». Una némesis, la revancha del pequeño y desangelado país sudamericano sobre los majestuosos Dolomitas de la infancia y la familia. Un lugar donde el calor sofoca la frescura, el desorden al orden y la pereza al deseo. Némesis, porque durante largos años Paraguay ha sido para el padre Aldo una tierra difícil y áspera. Árida como el Chaco, un semidesierto que se extiende al oeste de Asunción, habitado por tribus raras y exiguas comunidades de mennonitas (tal vez parientes de los amish de Pensilvania). Y en donde el calor que cualquier hombre necesita fue durante mucho tiempo únicamente el del sol implacable.

No hace falta nada más
Hace unos meses estuve en su pequeño despacho de la parroquia de San Rafael, en Asunción. Mientras hablábamos, se acercaba una procesión de personas que con gestos un poco apurados pero muy afectuosos, entregaba el primer sueldo ganado (un joven), el pequeño ahorro guardado bajo el colchón (una anciana), la monedita conservada durante días (los niños). Me asombra la vida de esta parroquia, la gente, los voluntarios, la cantidad de obras de caridad, cultura y misión: la escuela, el café literario, la pizzería, el Centro de Ayuda a la vida, el ambulatorio, el sistema de asistencia médica, la distribución de alimentos y ropa, y por supuesto la joya de la corona, que es la clínica para enfermos terminales... Le pregunto cómo se apaña con el dinero. Responde con Manzoni: existe la Providencia. Cuando alguien me responde así, metafóricamente levanto los ojos al cielo y pienso: vale, está bien; la Providencia, de acuerdo; pero, ¿además? Enseña tus cartas: programas, fund raising, bancos... Le insisto sobre el tema. «Mira –contesta algo impaciente–, si por la noche me acuesto pensando que al día siguiente vence una deuda y ese pensamiento me aleja de Cristo, sé que es una auténtica tentación, que el diablo intenta separarme de mi Señor. Si la obra es mía, entonces es justo que se acabe, que se eche a perder, pero si es obra de Dios continuará, seguirá adelante, no te quepa ninguna duda. La Providencia no se ocupa de lo que yo hago, más bien se sirve de mí para Su obra en el mundo». De esta forma, charlando en un pequeño despacho de Asunción, comprendo que mientras muchos nos afanamos por realizar lo que deseamos y si no lo conseguimos acribillamos a Dios con exigencias y recriminaciones, otros consideran –viven de esta certeza– que no hay nada nuestro en la vida, que todo es Suyo. Y que no necesitamos nada más.
Me contaba que un día le llevaron a la parroquia a un niño moribundo. Esto se debe a la fama de la clínica “San Ricardo Pampuri”. Pero la clínica, cuidada y limpia como pueda estarlo un hospital de Estocolmo, no estaba preparada para recibir a niños. Por ahora, piensa Aldo. Pocos días después, lanza a sus parroquianos la idea de comprar el terreno contiguo, que por “casualidad” está en venta, para construir otro pabellón en el que albergar a niños enfermos terminales. Es inútil decir que “el que no corre, vuela” y que el pabellón se abrió mucho antes de lo “previsto”. Mientras, surge también la “Cabaña de Belén”, donde huérfanos y niños abandonados encuentran un hogar: actualmente son quince, entre los dos meses y los once años.
Programar sin programas, proyectar sin proyectos. ¿Es esto posible?

El «cristianismo feliz»
El padre Aldo, que se apellida Trento y es de un pueblo de la provincia de Belluno, se encuentra en Paraguay desde hace casi 20 años. Desde aquel fatídico 1989 que marca el cambio de rumbo nacional: el lúgubre dictador Alfredo Stroessner deja finalmente el poder después de 35 años. El país está postrado, la economía se encuentra bajo mínimos, la sociedad está anulada y el caos reina por todas partes.
Ese mismo año don Luigi Giussani le sugiere la posibilidad de ir a la misión, a Paraguay. Como Mateo en el cuadro de Caravaggio, Aldo se señala con el dedo y responde: «¿Yo? ¿Precisamente yo? ¿Estás seguro?».
No confía en sí mismo, no está tranquilo. Su historia está llena de altibajos, su alma, atormentada. Es una suerte de revolucionario post conciliar que con una palabra obsoleta se podría definir como “contestatario”. Lleno de rabia, había terminado enseñando en una escuela del sur de Italia, en Battipaglia, y la relación con un pequeño grupo de bachilleres le llevó a preguntarse radicalmente sobre el sentido ya casi olvidado de su vocación. Aldo volvió al norte, a un liceo de Feltre, y se vinculó a los estudiantes de GS en la época de las grandes batallas políticas. Panfletos, asambleas, manifestaciones. Una tarea recobrada, pero la inquietud y el tormento no le dejan. Una crisis honda y misteriosa. Llegó la invitación para ir a la misión. Aldo se defendía, a pesar de que era un antiguo ideal suyo: no estoy preparado, no soy digno, no soy capaz. Don Giussani le dio confianza, le dijo que estaba seguro de él, pues a pesar de todo nunca había puesto en duda su vocación de sacerdote, y pidió a don Massimo Camisasca que recibiera a Aldo en la Fraternidad misionera de San Carlos Borromeo. Y así, sin comerlo ni beberlo, el padre Aldo se encontró en el aeropuerto de Linate en compañía de don Giussani, que, al despedirse, le dijo que debía inspirarse en los jesuitas del siglo XVII y en sus Reducciones. Vaya idea, pensó Aldo. Ahora, después de Manzoni, debemos recurrir a Hollywood, porque fue la espectacular película La Misión la que difundió en el imaginario popular la historia de una experiencia tan olvidada como extraordinaria. Yo no he podido dejar de citar a Robert De Niro y a Jeremy Irons a todas las personas a las que he contado la vida de la parroquia de San Rafael. Por otro lado, en la estela de la consigna de don Giussani, «volved a dar vida a aquella experiencia», el padre Aldo se ha convertido también en un estudioso del «cristianismo feliz», según la célebre expresión de Ludovico Antonio Muratori. La pequeña editorial parroquial (también se dedican a eso) edita biografías de los jesuitas y textos históricos, muchos en versión para niños. Un día fuimos a las grandiosas ruinas de Santa Trinidad, que es la Reducción que más le gusta (duró poquísimo, unos 50 años). Tocando las enormes piedras rosáceas, admirando el genio hidráulico de los constructores, examinando la decoración de los ángeles músicos, Aldo nos hablaba de los insignes jesuitas Ruiz de Montoya y Antonio Sepp. Esa historia, la historia de este cristianismo, la historia de Paraguay, se había convertido en su historia.

Alguien vino a rescatarle
Pero todo esto no ha sucedido en un día. Es más, durante años, atenazado por “el mal de vivir” que no pasaba, Aldo no veía en Paraguay más que calor y polvo. Y viajes interminables en transportes destartalados, y gente que le engañaba, insomnio, noches en blanco. Como aquel mood, aquel sentido de agotamiento, aquel cielo implacable que relatara Graham Greene en El poder y la gloria. El padre Aldo no estaba solo, pero no lograba vencer la soledad que tenía dentro. Hasta que algo cambió. En 1999 el párroco de San Rafael, italiano y perteneciente como él a la Fraternidad de San Carlos, tuvo que volver a Italia por razones de salud. Ahora Aldo está en verdad solo, pero la nueva responsabilidad, absolutamente imprevista, viene a rescatarlo de esa sensación de aislamiento.
Recuerda don Massimo Camisasca: «Bernanos escribe que es preciso que una obra toque fondo para que nazca de verdad. Para el padre Aldo fue así. Cuando ya no tenía a nadie con él y yo estaba decidiendo cerrar nuestra misión en Paraguay, él empezó a ver de otra manera su vida, la misión y la gente que tenía alrededor».
Mirar con ojos nuevos la vida. «Acepté la prueba con alegría –escribe Aldo en una carta– como un don mediante el cual Dios me pedía todo, absolutamente todo. Me mantuve en pie sólo por que viví aquellos momentos de rodillas ante Él».
En la actualidad la “reducción” de San Rafael aparece como una original parroquia urbana, con ese aspecto de patchwork arquitectónico que encubre sin embargo una armonía: al fondo se distingue el perfil de un castillo medieval, con sus almenas y troneras, en el jardín las edificaciones parecen refugios dolomíticos, y a la entrada, rodeada de parterres floridos, se levanta la Iglesia.

«Dios elige a los ignorantes»
Todas las mañanas pululan por el patio doscientos niños de la escuela elemental, mientras que en el otro extremo continúan las obras para ampliar a cincuenta puestos la capacidad de la clínica. Están en plena actividad el ambulatorio (quince mil personas asistidas desde 2002) y la distribución de alimentos y ropa. Al igual que la hacienda “Padre Pío”, en donde se crían vacas y se alberga a los enfermos de sida, y la cooperativa financiera que funciona con un sistema de microcréditos. Por la noche se llenan las mesas de la pizzería, que da trabajo a ocho personas y asegura algunos ingresos. Si os pasáis por San Rafael un lunes, encontraréis delante del edificio del Café Van Gogh al padre Paolino Buscaroli (que vivió en Chile y ahora la Fraternidad ha enviado a Asunción) promoviendo los “lunes literarios”: conferencias y debates que van desde Dante a Isabel la Católica. Y los martes y miércoles, veréis trabajando a la redacción del Observador, un inserto semanal del diario Última Hora, que el editor solicita aunque a veces no comparta sus contenidos, porque entiende que en la parroquia hay algo muy interesante para Paraguay: las obras. Sí, pero también el pensamiento que las sustenta, un juicio útil y responsable que se ofrece a todos.
Decenas de personas trabajan en San Rafael, cientos de voluntarios están implicados. El abogado ordena las cuentas, el empresario repara las tuberías del agua, la responsable financiera coordina la catequesis, el ama de casa atiende a los enfermos. Pero todo, dice siempre el padre Aldo, nace del “verdadero párroco” que es el Señor, al que se reza y ama incesantemente en la capilla del Santísimo (cf. Huellas, abril 2006, pp. 50-52). Aunque parezca exagerado, hay que creerle: «Yo no tengo nada que ver. Dios elige a los necios e ignorantes para hacer lo que quiere. Nos elige a los pecadores. Él ha venido al mundo para trabajar, y su trabajo consiste en perdonarme y abrazarme». Lo dijo también el pasado dos de junio en la embajada de Italia en Asunción, con ocasión de la recepción en su honor por el nombramiento como “Caballero de la Estrella de la Solidaridad”, recibido del presidente de la República, Giorgio Napolitano, con la «facultad de exhibir las insignias de la Orden». Cómo haya llegado su nombre a la mesa del Quirinal es un misterio tan hermoso como el cielo de Paraguay, azul y cercano.