Antes de que yo existiera

Emma Neri • Huellas

Un niño pide cuentas a Dios. Y Dios responde, a través de un viaje vertiginoso desde el presente hacia atrás, más allá del tiempo y del espacio. La película de TERRENCE MALICK es Palma de Oro en Cannes. El Festival más laico del mundo vencido por una película «que es un milagro»

Archivemos a Kubrick y su sublime Odisea en el espacio, vertiginosa pero acabada. Archivemos a Bergman, todas esas preguntas que esperan respuesta. Archivemos a los ángeles de Wenders, obligados a elegir entre un mundo en colores y un cielo gris y vacío. En el Año de Gracia de 2011, el cine vuelve a empezar desde Terrence Malick y su The Tree of Life. Película imposible y definitiva, que se atreve a hacer lo que hasta ahora sólo Andrej Tarkovksi había intentado: un diálogo directo entre la tierra y el cielo, entre el hombre y Dios, entre el signo y el sentido. Malick, el director americano más esquivo de la historia, del que sólo circula una foto en toda la web, que ha realizado cinco películas en 40 años mientras traducía a Heidegger, ha ganado Cannes, el Festival más laico del mundo, con una película que es un milagro: audaz, atrevida, libre hasta correr el riesgo de hacer el ridículo en cada encuadre. Una película que se ha ganado todo el amor y todo el odio del mundo. Por poner sólo dos ejemplos, una película que «le habría gustado a Hitler», según el crítico del diario italiano Il Fatto, o una obra en la que, para Avvenire, hay un «Dios sideralmente distante de las praderas americanas» donde falta Cristo.
Para comprender a quién tenemos ante nosotros y cómo es su obra, partamos del comentario realizado en el telediario de RAI 1 por Roberto Benigni, hombre de corazón caliente y de humores veraces: «Ver una película así te cambia, te hace más bello…». Y añade: «Es como encontrarse dentro de una sinfonía eterna. Es como si Miguel Ángel hubiese acabado ahora mismo la Capilla Sixtina y nos dijese: “¿Queréis venir a verla?”. ¡Pero recién terminada, todavía fresca! Abres la puerta y te encuentras ante la grandeza, ante la historia del mundo, ante tu historia personal: desde una cucharilla o el nacimiento de los planetas hasta la consistencia del mundo o la belleza. No tienes que moverte: estás dentro de la Capilla Sixtina, todo se mueve y tú formas parte de ella». Y la invitación final: «Venid a ver esta película, The Tree of Life, dirigida por Miguel Ángel Buonarroti. Gracias, Miguel Ángel». Sólo hay que añadir una advertencia a la apología: no hay antídoto a esta película, cuidado con su uso.
El viaje de Malick había comenzado hace diez años. Un tiempo infinito para el cine pero no para el amor, pensemos en Gaudí, por ejemplo. Malick levanta su catedral casi en tiempo real. El que emplea el protagonista, el joven Jack, en crecer y asumir el rostro bello y un poco arisco de Sean Penn que, al mismo tiempo, realiza un viaje desde el pueblo de Smithville, Tejas, en donde pasó su infancia, en el patio en el que crece el gran árbol que da título a la película, hasta la ciudad de Houston, futurista y heladora en el esplendor deslumbrante de los edificios de cristal y acero que desafían al cielo. Jack es un homo viator, como sugiere la sinfonía El Moldava, que le acompaña en el viaje de su alma. Hombre de muchos dolores, como recuerda el epígrafe tomado del Libro de Job que abre la película: «¿Dónde estabas tú cuando cimenté la tierra?». «Un alma perdida en el mundo moderno», dice Malick: y es la única descripción que nos ofrece de su personaje. Para lo demás, contamos con la voz en off que, como en las anteriores películas del director (Malas tierras, Días del cielo, La delgada línea roja, El nuevo mundo), hace de contrapunto a las imágenes, favoreciendo una distancia que ayuda a juzgar: «¿Cómo te he perdido? Me he alejado. Te he olvidado».

Una petición que cambia.
Existe un dolor en la vida de Jack, un sentimiento de pérdida marcado por los toques a muerto de las campanas, que se insertan, en la banda sonora de Alexandre Desplat (El discurso del rey), con los Requiem de Tavener, Preisner y Berlioz: un hermano que desapareció con diecinueve años, el amor lleno de ternura por su madre (Jessica Chastain), en lucha desde siempre en su corazón con el miedo hacia su padre (un clamoroso Brad Pitt, también coproductor), esclavo de un rigor agresivo y estéril que recuerda muy de cerca a los hombres grandes y desesperados de Dreyer. Como Job, como su padre y su madre, Jack pide cuentas a Dios de este dolor: «¿Qué somos nosotros para ti?». Y Dios responde, a través de un viaje vertiginoso que parte del presente y se remonta hasta el principio, antes del tiempo y del espacio, para contar la formación del universo, el nacimiento de la Tierra, la creación de la vida, el gran desorden que deja su puesto a un orden nuevo, perfecto y conmovedor. Dios responde con la música de Bach y con el canto del Agnus Dei, con imágenes que cuentan cómo irrumpe la Gracia en la historia, antes incluso de que comience la historia, que hablan de una presencia poderosa y reconocible que, desde las eras de fábula habitadas por los dinosaurios, llega hasta tocarnos hoy, humanos demasiado humanos, bajo la forma de la cruz y del perdón. Un río de imágenes, sonidos y destellos, de profundísimos silencios que nos hablan con un lenguaje misteriosamente creíble, una pintura que debe mucho a la magia de un pionero como Douglas Trumbull (2001: Una odisea en el espacio), capaz de mezclar los efectos acuarela con las tecnologías digitales para producir una «belleza que atrapa corazón y razón». Habrá todavía algunas puertas que abrir, lágrimas que derramar, el ofrecimiento de la vida de un hijo y de un hermano, antes de que se abra ante los ojos de la familia O’Brien el esplendor de unos cielos nuevos y una tierra nueva. Pero, entretanto, la petición ya ha cambiado: «Protégenos. Guíanos hasta el final de los tiempos».
¿Una gran técnica? Desde luego, pero toda técnica remite a una metafísica: nos lo han enseñado Hitchcock y Godard. No hay un solo encuadre casual en la película de Malick, que tanto debe a los viajes de Rossellini. Esa cámara sobre el hombro que se alza para captar los rostros y, más allá de ellos, los árboles y, más allá todavía, el cielo, sabe bien a dónde va. Porque de esto se trata en la película: del hilo que une nuestra vida cotidiana, hecha de detalles y de heridas, con el sentido de la vida y del universo. Se trata del destino, de esa carrera para llegar al conocimiento de la verdad, de la Gracia que nos libera del mal. «El arte necesita de hombres conmovidos, no de hombres reverentes». Entonces, no nos avergoncemos de llorar al final de la película. Llevemos con nosotros este escándalo más allá de la pantalla, fuera de la sala.