Lutero: revolución, no reforma

Francesco Agnoli • Vía La Bussola • Publicado el 30-09-11

Cuando se habla de Lutero, en el imaginario colectivo creado por el arte de la propaganda interesada, el pensamiento corre inmediatamente a la corrupción de la Iglesia Católica del 1500. Muchos libros de colegio, en efecto, se detienen a describir las obscenidades de los Obispos y de los Papas de esa época, la venta de las indulgencia y mucho más para celebrar al vengador, al héroe bueno, al rebelde animado por el sentido de la justicia: Martin Lutero.

En verdad se trata de una caricatura. No porque la Iglesia de la época no fuera corrupta. Lo era seguramente. Es la misma historia que nos lo enseña: cuando escasean los sacerdotes santos la gente pierde la fe... la Iglesia de la época, entonces, estaba en pésimas condiciones. No nos asombra: por estar hecha de de hombres, tiene también ella sus días y sus noches.

La crisis se debía a causas internas, a costumbres relajadas, a los obispos que pensaban en viajar y en la bella vida, en la mediocridad de muchos sacerdotes, en la mentalidad renacentista y cortesana que había penetrado en el templo de Dios... y a causas externas: en muchos países de Europa, en esos años, los Obispos y los Abades no era elegidos por el Papa de Roma, sino por el poder político. Entonces más que hombres de Iglesia eran hombres del poder.

Hacía falta seguramente un reformador. Como lo fue por ejemplo san Francisco de Asís o san Ignacio de Loyola.

Reformador es aquel que reconoce el mal que está presente en la Iglesia y actúa no en contra de Ella, sino para que Ella sea más fiel a su misión divina. El reformador católico no inventa una nueva doctrina, no propone una receta suya, sino que saca el polvo y devuelve el brillo al sentido profundo de los Evangelio y de la Tradición, fiel a la Iglesia de siempre. Con humildad.

Lutero, en cambio, hizo todo lo contrario: no fue un reformador, sino un revolucionario. No buscó eliminar los problemas y los errores, sino que propuso una nueva religión, una nueva teología, una nueva antropología. No apuntó a Cristo sino a sus opiniones personales.

Recordemos, porque no se hace muy a menudo: su misma vocación fue insegura, poco espontánea y la vida religiosa, abrazada sin una conciencia adecuada, se reveló para él insoportable. Lutero era un hombre pasional, iracundo, impetuoso: intentó seguramente cambiar, se hizo violencia a sí mismo con penitencias y oraciones; quizás con demasiadas penitencias y oraciones, pero con pocos resultados. Lutero no lograba aceptar su límite, su miseria, típica de la condición humana. Escribió J. Maritain: “Se apoyaba, para alcanzar la virtud, en sus solas fuerzas, confiando en sus propios esfuerzos, en sus penitencias, en las obras de su voluntad, mucho más que de la gracia. Practicaba así aquél pelagianismo [la voluntad del hombre sería suficiente para alcanzar la salvación ndr] del cual acusará luego a los católicos, del cual en realidad él mismo no conseguirá liberarse. Prácticamente en su vida espiritual él era un fariseo que confía en sus obras, como manifiesta su estar encorvado en si mismo, lleno de escrúpulos. Se acusaba considerando pecado cualquier estimulación involuntaria de la sensibilidad y se esforzaba por adquirir una santidad de la cual fuera excluida la aunque sea mínima huella de la debilidad humana” (Los tres reformadores).

El fracaso, entonces, vivido con orgullo, desencadenó la rebelión y generó su nueva antropología: yo no logro hacer el bien, cada hombre es sólo malo. Esto es el pilar del pensamiento luterano: el pesimismo antropológico. El mismo pensamiento sostenido, en el mismo periodo, por Niccoló Machiavelli.

Sin embargo, si el hombre no es capaz de hacer obras buenas, entonces, ¿cómo se puede salvar? Si las obras no valen nada, concluye Lutero, la única cosa que nos salva es la Fe y la misericordia de Dios (la sola Fe, en contraposición al pensamiento de Santiago, según el cual la Fe sin las obras está muerta).

Desde aquí su celebre proposición: “Peca con fuerza pero cree con mucha más fuerza”. Desde aquí su critica a las indulgencias: no sólo a la corrupción sino a la misma posibilidad de que a una acción buena (por ejemplo una ofrenda para construir una iglesia o un hospital como se solía hacer) correspondiera un perdón de pecados. Desde aquí empieza la segunda parte de su vida: no más penitencias y austeridad sino, como testimonian cuadros de la época, parrandas, libertinaje,  vino...

Si el hombre es reducido a pecador sin posibilidad de bien, colgado sólo por el hilo de la fe, Lutero se dio cuenta de que había matado la libertad. Y lo escribió claramente en su “De siervo albedrío”: “Con respecto a mí, yo lo confieso: si la cosa fuera posible, no quisiera que me fuera dado el libre albedrío o que a mi disposición me fuera dejado algo, con el cual tender a la salvación, no sólo porque no tendría la capacidad de resistir y guardarlo entre tantas adversidades y peligros y entre tantos asaltos diabólicos, porque siendo un sólo demonio más fuerte de todos los hombres, ningún hombre se salvaría, pero también porque, aunque no existieran peligros, adversidades y demonios yo sería obligado a afligirme continuamente en la incertidumbre y a dar golpes al aire: en efecto mi conciencia, aunque viviera y obrara eternamente, jamás podría alcanzar una tranquila certeza de lo que debería hacer para satisfacer a Dios. Y cualquier obra haya cumplido permanecería siempre el escrúpulo si eso gustaría a Dios o si El pidiera algo más, así como prueba la experiencia de todos aquellos que se esforzaron en las obras y como yo he debido aprender con gran sufrimiento en tantos años. Pero ahora, como Dios tomó en sus manos mi salvación, quitándola de mi libre albedrío, y prometió salvarme no por mis obras o del curso de mi vida, sino por gracia y misericordia, yo estoy tranquilo y seguro de que él me será fiel y no me engañará, y además es tan potente y grande que ningún demonio, y ninguna adversidad podrán doblarlos y arrancarme de El” (Grande Antologia Filosofica, Marzorati, Milano 1964, vol VIII p. 1145-1146).

De esta idea deriva otra, aunque no tan explicita como sucederá con Calvino: no valen nada la buenas obras, o mejor, no pudiendo un hombre hacer algo bueno, de aquí consigue que el hombre está predestinado a la salvación o a la damnación, independientemente de su misma vida, por el juicio incuestionable de Dios.

Otro concepto fundamental introducido por Lutero para eliminar la necesidad de la Iglesia, fue la reducción de los sacramentos a dos y la proclamación del libre examen: cada hombre puede leer e interpretar libremente la Biblia, sin ninguna mediación. Este principio, sin embargo, se reveló devastaste: en efecto si cada hombre puede leer como quiere las Sagradas Escrituras, es consecuencia lógica que nazcan infinitas interpretaciones e infinitas sectas. Así con el tiempo surgieron calvinistas, socinianos, evangélicos, baptistas, anabaptista, episcopalianos... mormones, adventistas, testigos de Jehová... doquiera pseudo profetas se levantaban para afirma que habían comprendido el verdadero sentido de la Biblia (escondido durante 15 siglos desde la venida de Cristo hasta aquel momento] y empezaron, sobre el fundamento del libre examen a proponer la fecha del fin del mundo, a destruir dogmas y crear otros...
Junto a esto se añade el carácter durísimo de Lutero: para él, el Papa era el Anticristo y los católicos sus “siervos”; los campesinos rebeldes debían ser tratados con ferocidad: “Hacia los campesinos testarudos, tercos y obcecados que no quieren oír razones, ninguno tenga un poco de compasión, sino que los golpee, hiera, degüelle, mate como fueran perros rabiosos” (Scritti politici, Utet, Torino 1978 p. 515). Por lo que respecta a los judíos: “En primer lugar hay que quemar sus sinagogas o colegios; y lo que no se quema hay que enterrarlo, de tal manera que nadie pueda ver más sus restos”; además hace falta “de la misma manera destruir y desmantelar sus casas, porque ellos allí practican las mismas cosas que hacen en sus sinagogas. Entonces que se pongan bajo un cobertizo o en un establo, como los gitanos” [Degli Ebrei y de lle loro menzogne, Torino 2000 p. 188-190]
¿Por qué entonces Lutero alcanzó tanto éxito? Seguramente porque supo utilizar el pretexto de la corrupción de la iglesia para su revolución, pero sobre todo porque supo ganar para su proyecto antes a los príncipes alemanes y luego a otros soberanos de Europa: el rey de Suecia, Dinamarca, Inglaterra... fueron ellos que permitieron que el protestantismo despegara, poniéndose de su parte, con un fin bien preciso: volverse protestante significaba abolir a la Iglesia Católica de sus tierras [el pueblo debía convertirse a la religión del su Rey ndr], incorporar sus bienes, sumar en su persona el poder temporal y espiritual! Entonces si Lutero en campo religioso trajo la anarquía y el individualismo, en el campo político inventó la Iglesia de Estado y las iglesias nacionales. En la puerta de las iglesias de Inglaterra sigue presente este letrero: “Iglesia de Inglaterra”. Inconcebible para el pensamiento católico... fue la división de Europa, el fin del sueño imperial de unir pueblos distintos por idioma, culturas y tradiciones, fundándolos en la misma Fe.

Se podría decir mucho mas, pero falta espacio. Hace falta una conclusión. El protestantismo hoy está en crisis. En muchos lugares vive como oposición al catolicismo. En muchas naciones para no desaparecer se vendió al “espíritu del mundo” abriendo al sacerdocio femenino, a los Gay etc... pero sin ningún éxito, al contrario... pero el protestantismo, como se ha visto, está fundado sobre el libre examen y aunque esto llevó a tantas aberraciones, es también justo recordar que siempre hubo y también hay hoy protestantes más o menos cercanos a la tradición cristiana. Hay por ejemplo protestantes que luchan con gran valor, con determinación, también superior a la de muchos católicos, en la defensa de la vida y de la familia. Hay protestantes que renegaron muchas ideas de Lutero, desde la devaluación de las obras a la negación del libre albedrío. Con estos protestantes, como con todos los hombres de buena voluntad, se puede y se debe colaborar, conscientes de que la verdadera fe no es para nosotros una razón de soberbia sino una responsabilidad. Sin que esto lleve a una confusión en el plan doctrinal. Sin que ecumenismo sea sinónimo de indiferentismo. Nos separan teología, antropología, eclesiología, historia... pero la esperanza es que volvamos a “un solo redil” bajo “un solo pastor”, que se repita lo que sucedió en Inglaterra y en otras partes del mundo: volver a la Iglesia “una, santa, católica y apostólica”.