Trabajo, el camino para aprender a amar

Massimo Camisasca • Vía fraternidadsancarlos.org, el 17 de febrero del 2007 • Publicado el 01-11-2011

El Siglo XX hubiera tenido que ser el siglo del trabajo. Y, en un cierto sentido ha sido el siglo del trabajo. El trabajo se ha transformado en tema de estudio, de lucha, de guerra; ha marcado el nacimiento de partidos y de asociaciones. Movimientos que han atravesado todo el siglo se han inspirado en la promoción de los trabajadores, por ejemplo el movimiento comunista, el socialista y el mismo movimiento católico. También hubo un gran numero de trabajadores asesinados, porque no encajaban en el esquema de la revolución programada. Después vino el nazismo que hizo escribir de una forma sarcástica en las puertas de Auschwitz: “El trabajo nos hace libres”.
La iglesia católica también ha hablado del trabajo a los trabajadores. Sobretodo después del Papa León XIII, el trabajo empezó a tener un lugar muy importante en la doctrina social de la iglesia y esta se ha difundido a través de las grandes encíclicas de Pío XI, Pío XII, Juan XXIII y Pablo VI. Pero, en general, el siglo XX vio, sobretodo en su segunda parte, una perdida muy fuerte del sentido y del gusto del trabajo.
Pienso que este es uno de los males más graves de nuestra sociedad, porque, independientemente de la forma que tenga nuestra vocación, igual el trabajo es decisivo para nuestra existencia.
Cuando falta el trabajo, el hombre no puede expresarse, pierde su relación con la realidad, no se siente amado y no ama. Ha sido uno de los muchos meritos del magisterio de Juan Pablo II, obrero en los años de su juventud, volver a poner al centro de la atención de los hombres la realidad del trabajo y de su falsificación.
Ciertamente hay una profunda similitud entre lo que ha dicho Juan Pablo II y el corazón del magisterio de don Giussani sobre el trabajo, presente en el volumen El Yo, el poder y las obras.

Una relación creativa
Cualquier sea nuestro trabajo, no tiene que ver con aspecto marginal de nuestra personalidad. El hombre madura a través del trabajo, porque a través del trabajo toma conciencia de sí mismo y de la realidad, de la cual depende, pero que puede también colaborar a cambiar y transformar. Se entiende por lo tanto porque el trabajo coincide con nuestra vocación. Cuando la persona no ha sido educada a trabajar o de hecho no puede trabajar, permanece como anquilosada, se cierra en sí misma, ya no conoce la vida y la promesa de infinito, es decir la esperanza presente en la vida misma. En cambio a través del trabajo el hombre entra en relación con las personas y con las cosas. El hombre necesita siempre una relación creativa con la realidad. Conocerse a sí mismo y al mundo son dos aspectos que maduran juntos.

Purificación
Cuando Adán y Eva abandonan el Edén, echados, Dios, que había colocado al hombre en el jardín del Edén para que lo custodiara y lo cultivara (Gen 2, 15), les dice a ellos palabras muy significativas y al mismo tiempo terribles. Les dice que, a causa de su desobediencia, el suelo sería maldecido. Volvería a dar frutos, pero a través de un duro trabajo. El pan, desde aquel momento, necesitaría el sudor del rostro del hombre (Gen 3, 17 – 19).
Estas palabras nos explican la estrecha relación que existe entre el hombre, el trabajo y Dios. No solamente a través del trabajo nos conocemos a nosotros mismos, no solamente participamos en la obra de la creación, sino, más profundamente aún, realizamos esa purificación que nos hace volver a Dios.
Dios nos llama a servir su designio a través del trabajo. El trabajo por lo tanto no es solamente una condena, una fatiga, una carga. Es inevitable que sea también así, pero esto no representa la esencia del trabajo. Lamentablemente hoy en día muchos ven en el trabajo solamente este aspecto, es decir la fatiga, e intentan huir de ella y de esta forma huyen de la posibilidad de un crecimiento humano. En realidad el hombre no tiene nunca con la realidad una relación solamente intelectual o lúdica. No piensa solamente y no juega solamente, sino quiere también crear y transformar. Por esto Dios ha creado un mundo incompleto y le ha encargado al hombre la tarea de llevarlo a la completa realización.

Entrar en la obra de Dios
Aún más, para los que creen y han sido bautizados, el trabajo es un camino fundamental para participar en la edificación del cuerpo de Cristo. A través del trabajo, cuando es vivido en la memoria de Cristo, las cosas encuentran lentamente su lugar, las personas el sentido de su vida, la creación de la unidad perdida a causa del pecado original.
No es casual que San Benito haya unido la oración al trabajo, no viendo en estas dos dimensiones simplemente dos momentos sucesivos de la jornada, sino considerándolas dos expresiones de nuestra vida que se integran y se corrigen recíprocamente.
De hecho no podemos vivir solamente para trabajar; no podemos sacrificarlo todo por el trabajo. El trabajo no es un bien absoluto, es útil en la medida en la cual lleva al hombre a colaborar al designio del creador, a entrar en la obra de Dios, a participar a la edificación del Reino.
Por eso el silencio al comienzo del día tiene un valor decisivo y es aún más importante que el de la noche. El deseo del trabajo, junto con el deseo de un justo descanso, es la expresión de una vida cristiana sana. No puede haber vida cristiana sin deseo de trabajar.
Es para mí un dolor grande ver a personas que tienen como ideal de la vida trabajar lo menos posible y no sentir quemar dentro de sí la pasión por la falta de realización del mundo.

Servir a Cristo
El trabajo es un camino fundamental participar en la edificación del cuerpo de Cristo.Este es el sentido total de la vida: servir a Cristo. El camino para aprender a amar consiste en empezar a servir a Cristo. La cotidianidad del servir hace entrar en el ritmo del amor. El ritmo del amor verdadero, del amor maduro es la fidelidad. Solamente el hecho de servir hace entrar en este ritmo. Paso a paso ya no nos damos cuenta de que estamos sirviendo. Nos damos cuenta solamente de que estamos amando. A través de este camino - la cotidianidad del trabajo - se realiza la cosa más grande que existe en el mundo: aprender a amar a Cristo.