San Benito (480ca -547ca)

Relato sobre el santo • Descargar doc

En el siglo V d.C., el imperio romano se estaba desmoronando. Los Bárbaros (poblaciones nómadas) migraron hacia el occidente traspasando la frontera del río Reno (limite oriental del imperio romano) con todas sus tribus, mujeres, niños, rebaños, etc. En el año 410, Roma había caído, por primera vez en la historia las tropas de Alarico la habían saqueado, bajo el asombro general del mundo. Luego en poco menos de 50 años para el imperio romano llego la ruina total… se presento la terrible amenaza de Attila y de sus Hunos que venían desde el norte, y luego otro saqueo de Roma por los Vándalos de Genserico, que ya habían arrasado las tierras de España, las provincias de África, y por el mar habían conquistado Sicilia y Sardiña. Las ciudades del imperio se habían quedado por eso sin trigo. En el año 476 el último emperador de Occidente fue matado en la ciudad de Ravenna y el bárbaro Odoacre tomó el poder. En el año 490 Teodorico el grande toma el poder y funda en Ravenna el reino de los Godos de Oriente, intentando una síntesis cultural, entre la cultura romana y la cultura germana. Pero el intento fracasará en poco tiempo por la incompatibilidad entre la fe arriana de los godos y la fe católica de los romanos.

La fuente principal para saber del santo patrono de Europa es el libro “Los Diálogos”, una obra entre historia y reflexión teológica escrito por el papa San Gregorio el grande a los 50 años de su muerte. Para nosotros modernos una vida entrelazada de milagros nos parece un documento no muy interesante del punto de vista histórico, sin embargo la idea del papa Gregorio está bien clara: la historia de san Benito es evidente en su obra, en los monasterios que a lo largo de los años van surgiendo por toda parte en Europa, en la Regla que describe cuidadosamente un tipo humano inconfundible… Para san Gregorio un hombre como Benito no se conoce por medio de la crónica, pues sólo los milagros nos desvelan quien era de verdad. La sabiduría de este papa nos introduce al descubrimiento de este hombre, san Benito, a través de los testimonios de sus milagros no para evadir de la realidad, sino para ir hasta el corazón de la realidad misma.

Antes que fuera proclamado papa, Gregorio había sido el prefecto de Roma, embajador en Constantinopla, y como papa tuvo que enfrentarse con muchos problemas sociales, culturales, políticos y religiosos, por lo que no podemos tacharle de hombre idealista. En este momento histórico era la única autoridad que quedaba en los asuntos espirituales de toda la cristiandad, como también en reorganización de la vida social, administrativa, económica de Roma, así como mitigar los Longobardos con sus incursiones, intentar la conversión de los bárbaros hasta la lejana Inglaterra, así como impulsar la Schola Cantorum y la salmodia sacra (el conocido canto gregoriano).

Benito nace cerca de Norcia, alrededor del año 480; es aún un niño cuando se derrumba el Imperio Romano… pertenece a una buena familia de Norcia y jovencito se traslada en Roma para sus estudios humanísticos... Roma se encuentra aniquilada por las desgracias: caristias, epidemias, devastación del tejido social, administrativo y religioso: una ciudad en agonía. La ciudad eterna le parece mas un abismo de perdición donde es muy fácil perderse, e intuye que antes que nada tiene que “buscarse a si mismo”, realizando el ideal “habita en ti mismo” que es condición primaria de la salvación aunque todo parece hundirse. Huye de Roma, de aquel mundo tan desolador, lleno de vicios y que para el es un desierto; Benito prefiere pues un desierto verdadero, como sugieren las antiquísimas y puras tradiciones monásticas. Huye, “deseando serle agradable sólo a Dios”.

Tres años Benito vivió en una aldea a 70 kms de Roma, viviendo en una iglesia con la sola compañía de la nana. Empezó ahí su actividad taumatúrgica. Sin embargo es difícil vivir en soledad haciendo milagros y por eso Benito tuvo que volver a huir - ahora completamente sólo - y empezó su vida en una gruta inaccesible del monte Subiaco. Se quedó allí tres años, con la asistencia de otro monje que de vez en cuando le traía un poco de pan. Dios decidió que su soledad tenía que terminar después de tres años: el día de Pascua le sugirió a un curita que vivía cerca, y que estaba preparándose el almuerzo de la fiesta, que fuera a compartirlo con el ermitaño de la montaña. Luego fueron unos pastores que le llevaron un poco de comida y el jovencito solitario le agradecía con el nutrimento de su predicación.

Acababa de empezar la misión publica de Benito, aunque todavía faltaran las tentaciones y con ellas la definitiva purificación. Según los antiguos cánones de las “tentaciones en el desierto”, el ermita se vio asaltado por el recuerdo abrasador de una hermosa chica que había entrevisto en su breve estadía en Roma, y que le fue suficiente para inflamarle el corazón, la mente y los miembros. Benito apagó este fuego encendiendo otro fuego más material, más tormentoso: se tiró nudo entre espinas y ortigas hasta que su cuerpo se inflamó de verdad: “De afuera abrasó por el dolor, y adentro se apagó el fuego del pecado” - comenta el sabio pontífice.
Siglos después Francisco de Asís por el mismo problema adoptará inmergirse en la nieve helada. Los dos dieron prueba de tener una notable inteligencia, por lo que entendieron que no se puede nunca curar el ardor de los sentidos confiando sólo a las ascesis espirituales. Benito no se volvió maestro para los demás cristianos sin haber aprendido antes a dominarse por completo a si mismo.

No pasó mucho tiempo, que los monjes de Vicovaro (entre Subiaco y Tivoli) lo propusieron como su superior de su convento. Benito aceptó, después de muchas resistencias, pero los monjes se arrepintieron al tiro, en cuanto se dieron cuenta que él exigía una verdadera observancia de la regla. Buscaron un medio veloz para quitárselo del medio decidiendo envenenarlo, en el almuerzo, con una copa de vino. Se habían olvidado que era su costumbre bendecir la copa antes de tomarla, y fue así que - en cuanto hizo la señal de la cruz - la copa se quebró, porque “la bebida de muerte no podía aguantar el signo de la vida”. El milagro espantó los monjes, sin embargo Benito se dio cuenta que era mejor para él dejarlos, porque no quería “extenuar su fuerza” en el intento de corregir a quienes no deseaban verdaderamente ser guiados espiritualmente.

En poco tiempo, los discípulos fueron demasiado que Benito se encontró, casi sin darse cuenta, a ser el fundador de doce monasterios esparcidos en la zona: cada uno habitado por doce monjes. El numero perfecto y sabiamente bíblico (doce por doce) representa “el designio” de la harmoniosa arquitectura benedictina. Y eran ya monasterios en los que - según un uso que ha permanecido por muy largo tiempo - se acogían también niños, hijos de nobles, para educarlos. Así empieza la simpática historia-leyenda (en el sentido de una historia sin crónica, pero ejemplar) de la relación entre Benito, el “pequeño san Placido” y el “joven san Mauro”, discípulos que él cuida, educa, prefiere y los cría como sus propios y verdadero hijos y herederos.

De esta primera temporada el hagiógrafo nos narra unos episodios emblemáticos y prodigiosos. Hay la historia del monje que no logra hacer el monje, o sea no logra “habitar consigo mismo”: en los momentos de oración y silencio está tentado con el vagar ociosamente. Sólo Benito logra ver que aquel monje distraído y vagabundo en realidad es arrastrado por un pequeño y negro demonio, y el abad lo cura “con un buen y asestado golpe de verga”, pues no hay otra forma para vencer la “ceguera del corazón”. El golpe lo recibe el monje, sin embargo lo siente el pequeño demonio tentador que huye lejos para siempre.

Otra anécdota es la de los tres monasterios construidos en lugares con demasiada pendencia para tener agua al alcance, y que provoca la queja de los frailes. Es un gemido bíblico, como lo del “pueblo elegido” en el desierto, y Benito, como nuevo Moisés, cumple un milagro, despide a los frailes “con palabras dulces de consolación” y luego pasa la noche en oración en medio las áridas rocas sostenido por la intercesión del pequeño Placido, el monjecito más obediente.

Otra andanza es la que tiene como protagonista el “goto ingenuo” que pide acogida en el monasterio. Benito lo encarga que corte las zarzas de la orilla del lago, y el bárbaro con grandes golpes de hoz empieza la tarea hasta que el hierro no le sale de la empuñadura y se hunde en el agua. Detrás del chistoso episodio se esconde el tema de la convivencia en los monasterios entre los latinos civilizados y calificados y los bárbaros torpes e incompetentes. El ingenuo goto confiesa su culpa y el daño que hizo a la comunidad al jovencito Mauro, y se queda allí tembloroso. Luego Benito interviene: en cuanto pone en el agua la empuñadura de madera del hoz el hierro perdido sube del fondo y vuelve a recomponerse con el mango.
Este episodio tan sencillo y poético no solo enseña que Benito es el nuevo profeta Eliseo (cfr. 2 Reyes 6, 1-7) sino el invito acogedor por todos los bárbaros que acudían a los monasterios: “trabaja y no contristarte”.

Un día el pequeño Placido iba a por agua al lago y un poco torpe y distraído pone la balsa al agua con demasiada fuerza y se cae en el lago arrastrado por las aguas. Benito lo ve en espíritu desde su celda y envía al tiro a Mauro para salvarlo. En cuanto haya llevado a la orilla el pequeño hermanito, Mauro cae en la cuenta que había caminado sobre las aguas. Teniendo sagrado temor por el hecho, se lo cuenta al santo abad y Benito le explica que todo fue por la obediencia inmediata de Mauro, mientras este le contestaba que fue por su mando (de Benito). La solución de este virtuoso debate la dio el pequeño placido que hundiéndose - dijo - vio encima de su cabeza la capa del abad y había pensado que fuera Benito a sacarlo de las aguas. Así la obediencia y la autoridad se entrelazaban en armonía, y los discípulos entendían que Benito era como un nuevo Jesús que podía mandar a Pedro caminar sobre las aguas.

San Gregorio concluye este primer ciclo del relatos diciendo que “esos lugares (monasterios) se iban encendiendo por todas partes, de amor hacia nuestro Señor Jesucristo”(D,II,8).
La historia de Montecassino empieza luego en un momento difícil en el que el demonio parecía ganar y que Dios había permitido como prueba para un bien más grande.

Hubo un cura lleno de envidia que lo intentó todo para destruir la obra del santo: le envió pan envenenado y Benito alejó la amenaza; luego organizó un espectáculo lujurioso en la huerta del monasterio para envenenar los corazones de los monjes. Benito, comprendiendo que el odio era hacia él, dio un definitivo orden a esos monasterios, nombró unos buenos superiores y se fue dejándolos a su suerte y llevando consigo sólo unos pocos monjes. Inútil decir que en cuanto Benito se puso de viaje aquel cura malvado se murió por una desgracia, mas el santo patriarca retó a Mauro y le dio una penitencia porque le había comunicado la noticia con una cierta satisfacción.

A pesar de todo no volvió atrás, mas se fue hacia Cassino, una roca encima de un costado de un alto monte… en su cumbre aún se encontraba un templo dedicado al dios Apolo. En cuanto Benito se puso a destruir el templo y el altar paganos y a predicar a los nativos la Buena Nueva, la lucha con Satanás explotó con violencia. Los monjes decían oír un grito lamentoso: “maldito, no Bendito (Benito), ¿qué tienes en mi contra? ¿por qué me persigues?” Era el anuncio que la nueva fundación hubiera contribuido a la destrucción del reino de Satanás… pero les esperaban muchas pruebas.

En la construcción de la Abadía, los monjes, así como veían en cada ayuda la mano providente de Dios, así veían en las dificultades más arduas la mano opresora de Satanás. Se encontraban de hecho en una tierra sembrada de ídolos.

En estas circunstancias Benito intervenía con su oración, fuera que tenían que levantar una gruesa piedra que parecía enraizada en el suelo, fuera que apaciguar unas alucinaciones de los monjes, o un muro en construcción que se derrumbara de repente encima de uno de los chiquillos que la comunidad se le había entregado. El poder del santo se extendía hasta a devolverle la vida al niño fallecido por la maldad del demonio.

Otros milagros se le ocurrían, pues, para ayudar a los monjes en la observancia de la “Regola” (Regla). Así Benito sabía, por inspiración divina, si unos monjes que estaban de viaje no la habían cumplido comiendo afuera del monasterio o aceptando dones. Del mismo modo ponía a descubierto las intenciones y las tramas de quienes intentaba sobornarlo o las murmuraciones interiores de quien le desobedecía en su corazón.

El episodio más celebre en la historia fue lo del rey goto Totila, que se acercó a Montecassino curioso de la fama de Benito. Para poner a prueba el santo, el rey les envió a uno de su sirvientes vestido como rey, con todas las insignias y su escolta de nobles. Benito ni le dejo que se le acercaran. Desde lejos le gritó: “hijo mío, quítate esas ropas que no te pertenecen”. Cayeron todos impresionados más por la velocidad con la que habían sido descubierto que por el engaño en si mismo. En cuanto Totila fue de persona, no osaba ni a acercarse y permanecía arrodillado. Benito fue a por él, hizo que se levantara y directo le dijo: “el mal que haces es demasiado, y mucho más ya has hecho. Pon fin, de una vez, a tu maldad. Irás a Roma, viajarás por el mar, reinarás nueve años y en el décimo encontrarás la muerte”. Se dice que, desde entonces, Totila fue un poco meno cruel.

“A sus oídos volvían las palabras sólo pensada”, dice el hagiógrafo, que nos narra milagros aún más espirituales: intuición del alma y de las debilidades de los demás, premoniciones, sueños, autoridad sobre las almas hasta casi en el más allá, poder de intercesión en la tierra como en cielo.
La fórmula utilizada para explicar todo es esta: lo que actúa es “la gracia de Benito”. El santo es tan lleno de dones espirituales que puede dispensarlos con largueza, en toda dirección.

Milagros de curaciones y de “abundancia” de la “época mesiánica”: liberación de los endemoniados, curación de los leprosos, sosiego de los encarcelados y de los que sufren, remisión de los pecados, y abundancia prodigiosa de los aprovisionamientos (pan, aceite, etc.) en tiempo de caristia.
Además la caridad hacia los más pobres, a quienes Benito quiere “darlo todo en la tierra para no perder nada en el cielo”, hasta enfadarse en cuanto se da cuenta que el monje que tiene la despensa conserva celosamente la última ampolla de aceite.

Sólo una vez Gregorio describe Benito, en su doliente humanidad: no en el cumplimiento de milagros, sino mientras se abandona en un llanto inconsolable: así lo descubre un noble huésped del monasterio que sin avisar entra en la habitación del abad. A éste Benito confía: “todo ese monasterio que he construido y todas las cosas que he preparado para mis hermanos, por disposición de Dios Todopoderoso están destinada a acabar en las manos de los bárbaros. Con mucha fatiga he logrado que, de lo que aquí se encuentra, aún sean puesta a salvo las personas”. Y así pasó unos años después de la muerte del Patriarca, en tiempo de la invasión longobarda.

A ningún amigo de Dios está ahorrada la pasión y su noche. El último milagro que se nos cuenta ve por primera vez Benito casi temblar por la impotencia. Tiene delante un padre desesperado que lleva en sus brazos el cuerpecito del hijo muerto. “¡Devuélveme mi hijo!, ¡devuélveme mi hijo!”, le grita incesantemente, persuadido que, pidiéndoselo a Benito, el grito llegue a Dios. “¿Acaso te lo he quitado yo tu hijo?, pregunta turbado Benito, sin embargo en cuanto se da cuenta que se le pide el milagro de la resurrección, en seguida aleja los demás monjes: “¡Aléjense, hermanos, aléjense! ¡No son estos milagros para mi! ¡Sólo los santos Apóstoles pueden cumplirlos! ¿Por qué quieren poner sobre mis hombros una tal carga que no soy capaz en llevar?” Pues, el milagro acontece, pero Benito se lo pide a Dios “por la fe que este hombre tiene en pedirle la resurrección del hijo”.

Ahora que el hagiógrafo ha tocado la cumbre de su narración, nos cuenta, por primero y último, una derrota de Benito: “hubo algo que, aunque él lo deseaba, no logró obtenerlo”. Es así que saliendo de su área misteriosa y sublime, descubrimos algo sobre sus afectos íntimos. Benito tiene una hermana melliza muy querida por él, y que, como él, se ha consagrado a Dios desde su infancia. El venerable Patriarca le dedica un día al año: un entero día en visita al monasterio de ella, “hablando de santos asuntos”, hasta la cena. Así se nos cuenta lo que pasó en la última visita. Había llegado la hora de la noche en que Benito tenía que volver al monasterio (la regla prohíbe severamente dormir afuera), Scolastica le pide al hermano una excepción: “Esta noche no me dejes, te lo ruego, así podríamos hablar hasta mañana del gozo de la vida celestial”. El hermano casi escandalizado le repuso: “¿Cómo se te ocurre, hermana?” El cielo no tiene una nube. Scolastica entrelaza las manos en oración sobre la mesa y agacha la cabeza. Al tiro el cielo se llena de nubes y empieza una temporal con relámpagos y truenos y cataratas de agua que no permiten a Benito, en toda la noche, ni de asomarse a la puerta para salir. “Dios omnipotente te perdone, hermana mía”, le dice Benito, “¿qué es lo que has hecho?” Y Scolastica, con su lógica típica femenina, le contesta: “Lo ves, te he rogado a ti, y tu no me hiciste caso. Entonces he rezado a mi Señor y Él me ha escuchado. Ahora, ¡si quieres, vete!, ¡si puedes, vuelve a tu monasterio!”. Así que Benito se encontró a padecer un milagro.
El papa San Gregorio nos da dos razones por lo ocurrido.
El primero: en el cristianismo todo es un tema de amor. El mismo Dios es Amor, pues fue lógico “que pudiera más la que amó más”. Y así, con este único juicio conclusivo Gregorio relativiza todos los milagro que nos ha contado y todo – también para Benito, es cierto – es por amor.
El segundo: Dios sabía que aquel era el último encuentro entre los dos hermanos. Scolastica murió después de tres días. Benito envió sus frailes a tomar el cuerpo de su hermana para sepultarlo en el lugar que había preparado para si mismo. “Así que, como sus almas con vida habían estado siempre una cosa sola en Dios, tampoco sus cuerpos fueron separados con la muerte ni en la tumba” (D II,34).

Estamos al punto más alto de la historia, y necesitamos ir a la segunda fuente de la biografía de Benito, a la que el mismo Gregorio remite a su lector: “Dentro de los muchos milagros que dieron fama en el mundo a este hombre de Dios tenemos que hablar del esplendor de su doctrina. Pues, escribió una “Regla”, muy notable por su discreción, clara y hermosa en la expresión. Y si alguien quiere conocer más a fondo sus costumbres y su vida, en lo que enseña la Regla puede encontrar los actos con que él mismo vivió su propio magisterio, porque él no pudo enseñar de forma diferente de como vivió” (D II,36).
Que la Regola tenga a que ver con la vida de nuestro santo está evidente antes que nada allí donde describe las calidades y las tareas del abad que – dice Benito – “están ya todos en el nombre con lo que se le llama: “Padre!” (abbá => abad => padre, n.d.t.).

El corazón del acontecimiento del evangelio – la venida sobre la tierra del Hijo de Dios y el don de su Espíritu que nos capacita a invocar Dios con el nombre Abbá (“Padre”) – se vuelve así el corazón mismo del monasterio, vivido por hijos que se refieren a su Superior con este nombre.
Éste sabe que tiene el deber de trasmitir la voluntad de Dios, con palabras y con su vida, acordándose siempre “del nombre que lleva”: sabe que tiene que ser un padre “puro, sobrio, misericordioso” que deja siempre “que prevalga la misericordia sobre la justicia”.
A él Benito pide el difícil equilibrio de un amor que sea capaz, al mismo tiempo, de extenderse a todos y de privilegiar cada uno según su necesitad. Un padre reservado e indulgente, fuerte y sabio; no inquieto ni ansioso, no opresivo ni celoso; que sea capaz de ternura e infinita paciencia, y también de severidad y decisión. Un padre que “prefiere siempre la misericordia a la justicia”, sin embargo no descuida nunca la corrección. Un padre que observa atentamente sus hijos y sus diversas índole de modo que “los más fuertes tiendan siempre al ideal y los más débiles no se abatan”.

Los adjetivos, las imágenes, los proverbios siguen bajo el lápiz de Benito, de vez en cuando con un cierto humorismo, así como cuando exhorta el abad que no sea como aquel pastor que “haciendo correr su rebaño todo el día deja morir todas las ovejas en un solo día”, o cuando le aconseja “estar pendiente a que no se quebrante el recipiente a fuerza de rascar el oxido”.
Otros consejos tienen la hermosura de lemas programáticos: “El abad cuide más ser amado que ser temido”; “sepa que tiene que ayudar mas que mandar”; “sea discreto, sabiendo que la discreción es la madre de todas las virtudes”.
Detrás de muchas expresiones se pueden ver las experiencias personales de Benito: sus descubrimientos pedagógicos, los propósitos de buen gobierno que a lo largo de los años tuvo que elaborar, las delusiones que tuvo que subir y los logros tenidos con la ayuda de Dios.
Sin embardo la Regola es antes que nada la descripción del edificio que Benito a lo largo del tiempo iba construyendo. Se puede decir que él proyecte una construcción grandiosa, y al mismo tiempo increíblemente sencilla.

Es una época en que todo parece derrumbarse – la sociedad eclesial como la civil, la vida monástica como la laical – y Benito piensa en términos de “familia”: el monasterio es una sociedad que se organiza como una “familia”.En su plenitud, el monasterio tiene todo lo que sirve a la vida: “el agua, el molino, la huerta y las oficinas donde se ejercen los distintos trabajos…”
Por un lado el monje que ya no necesita de vagabundear por el mundo ni de buscar su sustentamiento para vivir, por el otro – en los oscuros siglos que se acercaban – será el mundo que se pondrá bajo la sombra y la protección del monasterio, buscando aquella paz, aquel orden, aquella perspectiva que será imposible encontrar en otro lugar.

En el monasterio benedictino se encuentran a vivir, como hermanos bajo la autoridad de un único Padre, todos los que lo desean, siempre que prometan obediencia y estabilidad. No se distingue entre libres y esclavos, ni entre hombres de armas y peones, ni entre ignorantes y doctos.
No se distingue tampoco por la edad: hasta los niños están admitidos; el monasterio tiene siempre una escuela en la que los niños – queridos como hijos – se preparan ya a la vida monástica; la Regola vale también para ellos, aunque toque al abad adaptarla a su edad y templarla. Tampoco se distingue sobre los que uno se esperaría: la previa evaluación de las disposiciones espirituales y la actuación de un discernimiento vocacional.
La Regola parece darlo ya por conocido, casi en cada página, que en el monasterio convivan, con el mismo derecho, monjes obedientes, capacitados, pacientes, buenos, virtuosos, inteligentes y otros malos, orgullosos, rebeldes, arrogantes, sin disciplina, inútiles…
Todo juntos ellos forman “el rebaño del abad”, y él tiene que pastorearlos dando a cada uno el justo nutrimento y el justo medicamento. Al fin del camino (… al fin de la Regola) Cristo los tomará todos juntos y “todos juntos los llevará a la vida eterna”.

En el prologo, Benito define su monasterio “una escuela para aprender a servir al Señor”; “una oficina” adonde todos trabajan, teniendo a disposición “las herramientas de las buenas obras”.
Si uno lee el largo listado de esas “herramientas aconsejada” (casi 74) no se asombre de encontrar en la lista juntos: los mandamientos (como, no matar y no cometer adulterio), las obras de misericordia (como “dar digna sepultura a los muertos”), las tentaciones contra de las cuales uno tiene que luchar (como, “no dar espacio a la ira”, “no tener rencor”, “no apoyar el engaño”), los vicios que uno tiene que eliminar (dentro de los cuales, no ser “perezoso”, “borrachín”, “dormilón”, “quejoso”), y las virtudes que uno tiene que cultivar (como, “venerar los ancianos” y “querer los más joven”).
El hecho de que Benito se extienda en enumerar recomendaciones a menudo pesadas, nos muestra que se considerara normal también la vocación de muchos pecadores arraigados: en estos tiempos no podemos imaginar el monasterio como refugio de almas elegidas y espiritualmente refinada, sino como lugar de salvación y regeneración de todo un mundo, solo en parte cristiano, que parecía hundirse.
Sin embargo, entre muchos reclamos pesados, resplandecen indicaciones de altísima vida mística, ofrecidas como relámpagos de ideal a quien “puede comprender”: del bellísimo “Confiar en Dios tu propia esperanza”, al sugerente “Desear la vida eterna con toda concupiscencia espiritual”, hasta el conclusivo y pacificador “No desesperes nunca de la misericordia de Dios”.
Tampoco podemos olvidar aquel esplendido lema: “No antepongas nada al amor de Cristo” que Benito pone al comienzo de la Regla y que retoma al final de ella con más fuerza aún.
Sobre todo tendrá que dominar la obediencia al abad, de manera especial aquella ofrecida “sin demora”, que es el rasgo de aquellos “que consideran no tener nada para ellos más querido que Cristo” y que llevará a los hermanos a un deseo humilde “de obedecerse recíprocamente”.

La existencia que la Regla describe y prescribe está toda organizada alrededor de un doble “trabajo” (opus): el trabajo para Dios y el trabajo de las manos. Los monjes, en efecto, son “obreros del Señor”. El “Opus Dei” (la obra de Dios es la oración común de todos los monjes) es un trabajo que tiene que ser cumplido “en presencia de los ángeles” y marca las horas del día y de la noche. Eso da una orientación vertical e purificadora a todas las tensiones de la existencia.
El “trabajo de las manos” es el trabajo en el cual todos tienen que aplicarse en los demás tiempos del día. En una época en la cual el trabajo es asunto de esclavos, Benito lo convierte en una cuestión de humana dignidad, fraterna solidaridad y de ofrecimiento espiritual.
Hasta las herramientas del trabajo se tiene que tratar “como los vasos sagrado del Altar”. Hasta el ecónomo de la casa tiene que cuidar la administración y vigilarlo todo según un criterio de profunda humanidad empapada por la fe: a él también se le pide comportarse como “padre de la comunidad” y su tarea tiene que apuntar a que “nadie se perturbe o se entristezca de la casa de Dios”.
“Ora et labora” (reza y trabaja): es esto el lema sintético, que después se volverá tradicional, que describe al monje que sabe que trabaja con Dios y para Dios, pero sabe que también Dios trabaja con él y en él.
De esta manera los monjes - guiados por esta Regla que Benito, al fin y al cabo, define “pequeñísima Regla para novatos” - aprendieron a volver “heroica la vida cotidiana, y cotidiana la vida heroica” con el mismo ritmo con el que aprendían “a roturar las tierras y a ofrecerlas a la civilización” después de haber roturado y ofrecido a Dios sus corazones.

Con el paso de los siglos “Europa estará envuelta por una red de haciendas modelo, de centros de criaderos, de centros de alta cultura, de fervor espiritual, de arte de vivir, de voluntad de acción, en una palabra: de civilización de alto nivel que se dilata en medio de la oscuridad. San Benito es sin duda el Padre de Europa. Los benedictinos, sus hijos, son los padres de la civilización europea”. Es lo que escribió Leo Moulin que amaba recordad que hasta las leyes de lo buenos modales que hoy respetamos en la mesa (manteles, servilletas, flores, silencio, limpieza, secuencia de las portadas, amabilidad mutua, manera de comportarse) fueron inventadas por los monjes que volvieron la comida “una pietanza”, algo que está conectado a la pietas: una comida recibida y consumida con gratitud y respecto.
En los tiempos de la primera abadía de Montecassino el trabajo se dirigía a la administración de la casa y de sus posesiones cercanas. Con el paso del tiempo los monjes aprenderán a roturar tierras, sanear, regar las tierras hasta llegar a gestionar verdaderas haciendas agrícolas, ganaderías, viveros, invernaderos experiméntales. Aprenderán y enseñaran la viticultura y la explotación de las forestas y el uso de las plantas medicinales. Se preocuparán de volver a copiar en sus frías mesas todas las obras de la antigüedad clásica que hoy nosotros conocemos sólo por su merito.
Los monasterios se volverán centros financieros, y durante siglos cumplirán también la función de banco de depósito y préstamo. Se dice que en Europa no hay lugares donde no sen encuentren huellas de las actividades de los monjes, y muchas ciudades tuvieron su primer centro en un monasterio.

La Regla está en el origen de todo esto: salvó y construyó Europa, no porque ofreciera un proyecto detallado e increíble de reconstrucción, sino porque transmitía un modelo de vida en el cual a la dignidad humana se le daba un reconocimiento cotidiano y esta dignidad era reconocida en cada acción del día, de la más sagrada a la más humilde.
La finalidad de Benito - y después de sus monjes - no fue la de suplir a las faltas de una sociedad que se derrumbaba, sino la de poder realizar la vocación que Dios dona al hombre.
Con otras palabras, Benito creyó que era posible también en el desierto (geográfico y moral) abrir “una escuela para aprender a servir al Señor”. Sin embargo comprendió que, en aquellos años y siglos, esta escuela tenía que hacerse cargo de enseñar todo, también todo lo “humano”: de la cortesía, del sentido de las cosas, de la ternura a la seriedad, del honor hacia Dios al honor hacia los hermanos y las propias responsabilidades.

Tenía poco más de sesenta años cuando Dios le hizo el último regalo. Una noche en que Benito rezaba silenciosamente, mirando de la ventana, una luz se difundió lentamente hasta que todo pareció resplandecer como en pleno día. Durante esta visión se verificó un hecho prodigioso, como él mismo explicó después: delante de sus ojos se presentó nada menos que el mundo entero como recogido bajo un único rayo de sol.
También a San Gregorio Magno que relata este episodio le cuesta explicar el significado de tal visión: “no fueron la Tierra y el Cielo a empequeñecerse, fue el alma del vidente que se dilató”. Esta es una nota que vuelve a aparecer en la experiencia de muchos santos y que merece ser subrayada: la última oración, la última visión se refieren a Dios Creador y a la belleza de todas las criaturas.

Ya el santo patriarca sabía que había llegado al termino de su camino, se hizo llevar al oratorio del monasterio, recibió la Eucaristía, y después con la ayuda de los discípulos que sostenían su cuerpo débil permaneció de pie con las manos levantadas hacia el cielo, hasta que expiró mormurando una última oración.
Murió como había vivido en la posición del Orante, mientras algunos monjes de monasterios lejanos recibían la visión de un camino, todo cubierto de alfombras, que se dirigía hacia el cielo, hacia Oriente, y una voz les explicaba: “éste es el camino por el cual Benito, querido por Dios, ha ascendido al cielo”.

Así termina el relato de la vida de aquel que fue “Benedicto” por nombre y por gracia.Hay un último relato de san Gregorio que puede servirnos como conclusión y enseñanza.
Había un eremita del monte Marsicano que, en aquellos mismos años, vivía encerrado en una cueva y que, para permanecer fiel a su propósito, había llegado a atar su pie a la roca con una cadena de hierro.
Benito, cuando lo supo, le mandó a decir: “Si eres siervo de Dios, no tiene que ser una cadena de hierro a tenerte atado sino la cadena de Cristo”. Quería decir - a él y a nosotros - que la única atadura indisoluble es el amor de Jesús.