Diario de una experiencia: trabajo y oración en compañía de las monjas de Quilvo

Daniel Medrano •  Publicado el 31-12-2011

Daniel Medrano

Día 1
Estoy conmovido. Creo que participo en la misa de manera muy mecánica, o mejor dicho, es mi vida la que vivo de manera muy mecánica. En este momento, me parece que la vida normalmente la reduzco a una serie de hechos que ocurren de manera sucesiva, dentro de los cuales no existe ninguno para detenerse a mirar lo que sucede, ser consciente de lo que uno está haciendo. Al venir aquí he notado una diferencia entre la conciencia que tienen las hermanas y el padre Jorge en su vida y la que yo tengo al enfrentar la mía
Cuando fuimos a la caminata de los Andes, me impacto el modo anti-mecánico con el cual caminamos. Además de que el ritmo de andar era pausado, se nos proponía a todos intentar darnos cuenta de aquello que estábamos haciendo, es decir, tomar conciencia del destino al que nos dirigíamos. En este monasterio me ha sucedido lo mismo. Estas personas no sólo son felices, sino que también son conscientes de lo que hacen y viven. Esta conciencia, además de reflejarse en la preocupación que tienen por los detalles y la belleza de todo, pareciera que les permite hacer cada momento y cada gesto más suyos. Viven como si todo fuera sagrado, y pareciese que cada una de éstas cosas hiciera vibrar hasta la última fibra de su ser; como una pieza que ha encontrado su espacio único y destinado en el universo. A lo mejor a eso se refería la hermana Susana cuando decía que entró a novicia porque en este lugar su corazón se sentía como en casa.
Nunca había escuchado cantos más bellos que los de hoy. Cuando las hermanas cantaban, su voz se asemejaba a un hilo que en las notas más altas se hacía más y más delgado, hasta hacerse infinito. Como si el universo fuera una gran orquesta y esas voces encontraran su único lugar en el coro.

Día 2

Sus cantos y proclamaciones de los salmos no dejan de impactarme. Percibo un atractivo frente al cual no puedo hacer la vista gorda.
Hoy cosechamos cerezas y celebramos misa temprano. Cuando llegué al templo, la hermana Susana me miró, pero no sólo a mí, sino también a cada uno de mis amigos. Nos mira a todos y también a cada uno, cómo Dios lo hace con su pueblo, con nosotros. Me dio vergüenza dejarme mirar, porque tenía cara de sueño; sin embargo ella me miro igualmente, inclusive más que ayer, con una sonrisa de júbilo. Su mirada encierra algo ardiente y manso al mismo tiempo, se le nota en los ojos.
En mi grupo cosechamos con ella y con una hermana de Corea, que tiene una voz fantástica. Comencé poniendo mucho cuidado en el trabajo, pero rápidamente me fatigué y comencé a recolectar como inercia. Las dos hermanas seguían allí, con el mismo y cada vez más amor en su tarea, como si cada cereza fuera un fragilísimo tesoro.
En el almuerzo, varios de mis amigos dijeron que les impactó la conciencia con las que trabajaban las monjas, un reconocimiento similar al que yo hice. Pero había una diferencia entre ambas posturas. Mientras yo me resistí un poco a mirarlas e intentaba valerme se mis fuerzas para mantenerme firme y despierto en el trabajo, muchos de ellos cedieron frente a ese atractivo y optaron por mirarlas y dejarse mirar. Esto me impactó porque mis amigos no hicieron esto porque las monjas se lo dijeran o porque fuera de buena educación: ellos se plegaron libremente a ellas porque entendieron que había una conveniencia en seguirlas y mirarlas a, que tenían una conciencia más grande. Vale la pena seguir a alguien así porque quienes lo hacen se transforman en hombres y mujeres más verdaderos. La verdadera autoridad es aquella cuyo ser produce un atractivo que te invita a seguirla. Mañana si miraré a la hermana Susana.

Día 3

A lo mejor de esto se trata un poco el atractivo de Jesucristo. Sólo algo verdaderamente atrayente es capaz de hacerte levantar a las 4 de la mañana e ir a la vigilia en el templo, para realizar una acción aparentemente inútil; sólo algo con esa atracción es capaz de darte el valor para defender la brecha, a propósito de la lectura de “3 Monjes Rebeldes”, que hemos hecho estos días. Al final, si no hay nada por lo que valga la pena entregar la vida en la brecha, nada verdaderamente amado que defender, ¿por qué debería hacer el sacrificio?
Cuando llegué al templo por la madrugada, la hermana Susana me miró con más cariño que las primeras veces, soltando una sonrisa y abriendo unos ojos llenos de regocijo. En un principio, no quise mirar su rostro ni tampoco dejarme mirar, porque sabía que me toparía con su cara radiante y que ella vería mi cara somnolienta: incluso así, ella quiso mirarme. Dios debe regocijarse así cuando ve a sus hijos ir a su encuentro, pero para ello debemos dejarnos mirar, cierto de su amor, sin importar que tan sombrío esté nuestro rostro. Cuando la hermana Susana me mira, Dios me mira.
Me impacta el silencio que ellas buscan en el trabajo. Hoy intenté mirar a la hermana Susana y ver como trabajaba; no deja de sorprenderme el amor que colocan incesantemente en este delicado trabajo. Mirándole a ella y a la hermana María Luisa, la de la voz increíble, el trabajo se me hizo más provechoso no sólo porque recolecté más fruta y con más rapidez, sino también porque lo sentí más mío. Hoy entendí porque San Roberto, el monje del libro, hacía tanto hincapié en el trabajo manual: porque el trabajo engrandece al hombre, lo educa en su relación con toda la realidad. El signo más evidente de esto es el silencio que en la vida de las monjas ocupa un lugar privilegiado. Mientras que para nosotros hablar es la regla, y de vez en cuando aparece el silencio, para ellas el silencio es la regla y de vez en cuando aparece alguna palabra, decía Padre Martino hoy en el almuerzo. El rezo de vísperas fue exorbitante.

Día 4.

Estamos de regreso. Tengo tristeza, pero no creo que la tristeza sea mala si uno la coloca en el lugar indicado. Es necesario hacerle preguntas a la tristeza.
Cuando nos despedimos en el salón, hubo un momento en el que quise salir rápido para evitar las lágrimas: nunca podré olvidar la mirada de esta comunidad, la mirada de la Abadesa, la mirada de la hermana Susana. Probablemente las vuelva a ver no dentro de mucho, pero por ahora, me voy con una certeza: la certeza de que conviene que el silencio y el orden se impregnen en toda nuestra vida, porque le dan a toda ella una profundidad sin precedentes. Te permiten introducirte en el misterio de Dios, al cual hacía referencia el Padre Jorge en la homilía de esta mañana. Quiero que esta sea la regla de mi vida. Me siento como un soldado que ha recibido la mejor instrucción para la batalla de la vida, como un soldado que, cierto de la pertenencia a su ejército, la Iglesia, tiene como tarea gritar al mundo que es posible vivir a la altura del deseo del corazón. Y este soldado no camina solo.