Diario de una experiencia: trabajo y oración en compañía de las monjas de Quilvo

María Jose Viedma  •  Publicado el 31-12-2011

María Jose Viedma

Durante toda esta semana he pensado en varias ocasiones en el gran encuentro que tuvimos con las hermanas trapenses. Descubrí en sus rostros el rostro y la mirada de Dios. No termino de entender como son capaces de mirarnos con tanta ternura, amor y paciencia, de sonreir libremente frente a nuestras equivocaciones, más aún sabiendo que no nos conocían y que por su forma de vida, tampoco llegaron a conocernos tanto como podría haberlo hecho otra persona en esos cuatro días. La única respuesta que encuentro para esto es su relación con Dios y la transparencia con la que viven. Ellas miran en cada actividad que realizan, en cada hermana a su lado reconociendo el rostro de Dios. Viven tan inundadas del amor de Dios, tan unidas a la fuente de Vida verdadera, que no temen compartirla, al contrario, es una fuente tan rica y abundante, que las desborda y les permite amarnos y mirarnos a nosotros. Nos incluyen en su amistad con tanta facilidad, porque son capaces de reconocer la grandeza de la fuente a la que están unidas, reconocen la infinitud de este amor y eso les da libertad. Yo también tengo el deseo de vivir así, de reconocer constantemente la grandeza de la fuente que me da la Vida, reconocerlo todos los días, porque una vez no basta y poder mirar al resto con la misma mirada con la nos miraron a nosotros las hermanas de Quilvo.
Este fin de semana en Quilvo me impactaron los horarios que mantenían las hermanas en el monasterio. No podía creer que a las 4.20 de la mañana ya estuviesen rezando. Lo veía casi como una tortura. Mientras cosechábamos las cerezas, le preguntamos a la madre Isabel por qué tenían que levantarse a esa hora. Sería mucho más cómodo levantarse un poco más tarde y acostarse también un poco más tarde. La respuesta que nos dio me sorprendió, “tenemos que velar durante la noche, porque es en la oscuridad cuando más entra el pecado en el mundo. Nosotras tenemos que cuidar del mundo”. 
Vuelvo a casa, vuelvo a mis estudios, a mi ritmo acelerado de vida nuevamente, pero no puedo volver igual que antes, porque ahora sé que hay alguien que está cuidándome y velando por mí. A través de la oración de las hermanas, es Dios quien me cuida, quien me vela. El amor de Dios con toda su ternura se me hizo concreto a través del rostro y la oración de las hermanas.