No has entendido tu humanidad

John Waters • Vía revistashuellas.org • Publicado el 17-02-12

Testimonio de John Waters - Periodista.

Julián Carrón: Estoy contento de presentaros a un amigo mío de Irlanda, John Waters, periodista y escritor. Si algo se puede decir de él, viendo el recorrido que ha hecho, es justamente lo que acabamos de cantar: «¡Qué hermoso es el camino para quien lo recorre!», porque viéndole caminar, viéndole dejarse tocar por la realidad, me sorprende cada vez que me encuentro con él. Siempre se emplea a fondo para buscar la palabra justa, para descubrir; siempre está inquieto, en el sentido bonito de la palabra, quiere comprender cada vez más. Por eso siento que es verdaderamente un compañero de camino, y por eso quiero presentároslo, y deseo que también vosotros podáis conocerle, porque tiene una experiencia que contar, ha recorrido un camino del que muchos podemos aprender verdaderamente. Le agradezco que haya aceptado estar aquí con nosotros esta noche. Si algo ha sido decisivo para él en su vida, es eso de lo que estamos hablando desde la Jornada de apertura de curso: lo que más le ha marcado ha sido el capítulo décimo de El sentido religioso. Ahora espero que os lo explique, porque es algo completamente distinto escuchárselo contar a él. ¡Gracias, John!

John Waters: Gracias. Ante todo quiero daros las gracias por este día, gracias a Aquel que hace todo y a cada uno de vosotros; quisiera daros las gracias por vuestra presencia, en el sentido último del término.

Hoy estaba sentado en primera fila, mirando muchas veces la pantalla, las imágenes, escuchando la música; al principio la sala estaba vacía y luego se ha llenado, pero todo ha sucedido en silencio, y me he conmovido de verdad. Venir a un evento de Comunión y Liberación es siempre para mí una ocasión excepcional. Hoy experimento algo especial, porque advierto un silencio intenso, de escucha, una atención a todo, que me conmueve de forma profunda. Y me pregunto: ¿qué os puedo dar?, no tanto para restituiros algo pero me pregunto: ¿cómo puede ser mi relación con vosotros esta noche? Hoy por la tarde pensaba: si pudiese volver atrás treinta y cinco años, si fuese uno de vosotros mientras alguien habla de sí mismo ante mí, de su propia experiencia de vida, ¿cambiaría algo en mi vida? Lo que yo pudiera escuchar de esa persona, ¿cambiaría mi sendero, mi camino? En un cierto modo creo que no, porque no creo que las palabras, por sí mismas, puedan llevar a un cambio de este tipo. Solo podemos comunicar comparándonos. Cuando os cuento mi experiencia, pienso que lo que sucede es que, al iluminarse dentro de mí, al comprenderla mejor yo, algo nuevo de mi experiencia puede llegar a vosotros. Las palabras son solo la energía de la comunicación, pero en sí mismas no son la comunicación.

Me impresiona el tema, «La inexorable positividad de la realidad». Esta palabra – «positividad» – la hemos escuchado muchas veces, incluso al Papa últimamente, en el Bundestag, y hemos escuchado hablar del prejuicio del positivismo. Me impresiona mucho que estas dos palabras sean casi idénticas, en cierto sentido, pero en realidad son opuestas. Aquello a lo que nos referimos cuando hablamos de la positividad de la realidad es en verdad lo contrario, es lo opuesto al positivismo del que hablan el Papa y Giussani. Creo que mi lucha con la realidad, mi intento por comprender la realidad, se centra justamente en esto.

Os cuento un poco la historia de mi vida. Crecí en Irlanda en una familia católica, y vivía una experiencia muy intensa, más que cualquier otro niño de los años 60-70. Ahora es fácil mirar atrás y pensar que faltaba algo, pero si hiciese esto, me equivocaría, porque ha sido una experiencia verdaderamente rica desde muchos puntos de vista. Tal vez, en un cierto sentido, era demasiado sentimental, o bien moralista, pero al mismo tiempo era verdaderamente real, se trataba de una relación verdadera y real con Cristo. Nunca dudé de Su existencia, de Su presencia. Él me acompañaba en todo momento como un hermano, como un padre, como un amigo, me llevó de la mano toda mi infancia, me hablaba siempre y yo le hablaba. Esta experiencia que hice era real, pero tal vez faltaba algo, había un bloqueo de algún tipo que me impidió crecer y, cuando llegué a la adolescencia, le dejé un poco atrás.

El primer signo de que me estaba haciendo adulto es que me parecía lógico y natural dejar atrás estas cosas de la infancia y de la adolescencia. Durante muchos años he pensado así, he pensado que se trataba de un asunto de niños. Otra forma de Describir esto es que, en un momento dado, me di cuenta de que el mundo era algo que estaba en oposición a mi infancia católica. En los años 70, en Irlanda, lo que al principio era una cultura cerrada empezó a abrirse, a mirar fuera de sí misma, y llegaban muchas influencias nuevas: la música pop, el rock, la televisión, el fútbol, la fama, las celebridades, muchas cosas que me seducían como adolescente y me ofrecían una libertad que nunca había imaginado, y me parecía – ahora, si miro hacia atrás, puedo describirlo de forma detallada, pero en aquellos años no – que había un conflicto, algo incompatible entre mi relación con Cristo y este mundo nuevo, esta libertad; creía, de algún modo, que tenía que elegir entre ambos: dejar atrás uno para quedarme con el otro. Las dos cosas no podían coexistir. Sin embargo, no es que rechazara a Cristo, nunca le di la espalda a mi relación con Él, a mi amistad con Él, a mi cercanía con Él. Por lo menos, si se produjo, no lo hice con el pensamiento de estar haciendo algo bueno. Le di la espalda, pero lo hice con un sentimiento de culpabilidad, me avergonzaba de este hecho, pero al mismo tiempo la seducción de la libertad era tan poderosa, que me parecía que no había otra opción, y me parecía que emprendía un viaje que me llevaba al mundo. Si me quedaba en la relación infantil, no permanecía en la realidad, y este viaje me parecía el único tipo de libertad posible.

Ahora puedo describir esta experiencia con algunas palabras, la he descrito en un libro: Lapsed Agnostic. En él he seguido un hilo conductor para contar mi experiencia, sobre todo la del alcohol. Ha sido una experiencia real para mí, pero es también una metáfora de la libertad, porque todas las condiciones de esta idea de libertad, que me seducía, estaban presentes en la relación con el alcohol. Cuando llegué a los veinte años era muy tímido, estaba cohibido, era incapaz de relacionarme con los demás, de conversar, de bailar... no era capaz. Una noche entré en un pub, bebí una cerveza y descubrí que cambiaba totalmente: era como la parte que me faltaba, como si cuando me entregaron a mi madre en el hospital, se hubiesen olvidado de darle también la botella que habría completado el “pack”. Cuando bebía me sentía completo, realizado: podía conversar, bailar, hacer todas las cosas que antes me resultaban imposibles de hacer. Era como poner gasolina en la moto. Esto fue el comienzo de un sentimiento de libertad, un nuevo sentimiento de libertad que me parecía que no tenía coste alguno y que no tenía fin, era algo que podía funcionar para toda la vida. Pero mi experiencia fue distinta y descubrí que no era así.

Si escuchamos cómo describe la cultura positivista a alguien como yo, cómo describe esta experiencia, parece como si se tratara de un problema exclusivamente médico, una patología que afecta solo a algunos individuos. Pero, en cierto sentido, esto es lo extraño del positivismo: es casi idéntico a la realidad, pero la oscurece completamente. Tú puedes mirar la misma imagen, la misma persona, y puedes ver la versión que te viene de esa cultura (una persona, un ciudadano, un trabajador), o bien ver detrás de esa apariencia una persona creada. Las imágenes parecen estar pegadas una a la otra. En nuestra cultura una eclipsa a la otra, y es posible vivir la propia vida y no darse cuenta de que hay una imagen detrás de la apariencia que la cultura pone ante nuestros ojos. Pasa lo mismo con todo lo que nos sucede. Nuestra cultura lo describe de forma reducida, y por tanto mi problema, el alcoholismo, también se reduce. Simplemente, los que padecemos este problema llamado alcoholismo, necesitamos seguir una terapia. Si queréis seguir las terapias para alcohólicos, estas son cosas importantes para salir de la vorágine.

Pero hay otra explicación más profunda. Lo que me ha sucedido a mí es que me había malinterpretado a mí mismo en la realidad, había malinterpretado mi humanidad. La seducción de aquella cerveza que me había hecho sentirme yo mismo, me había hecho sentir de un modo falso. No quiero aburriros ahora con mis “batallitas”, pero una mañana me desperté sin dientes y no recordaba nada. Después me contaron lo que había pasado: había ido a bailar, estaba en el borde de la pista y empecé a imaginarme que era una piscina. Entonces me tiré a la “piscina” y perdí los dientes. ¡Esto es una mal interpretación radical de la realidad!

Con frecuencia me digo: esta libertad, este cumplimiento que intuía al principio cuando bebía, creía que me llegaba a través de la cerveza, pero cada vez parecía más lejos, y necesitaba beber cada vez más, y nunca conseguía llegar a ese punto. Así es como llegué al fondo de esta forma de vida. Podemos decir que fue una suerte. Yo lo llamo una bendición; fui bendecido. Me encontré al borde de un abismo y observé que había otras personas que habían recorrido el mismo camino que yo, que empezaron a hablarme de lo que yo también vivía, sin usar las mismas palabras de la medicina y la patología: usaban palabras que no me resultaban familiares, que no entendía. Me decían: «Has malinterpretado tu naturaleza, tu estructura», y yo me repetía: «No, no»; me parecía que era algo inconexo, inconcebible, irrelevante, que no tenía nada que ver. Luego pensé que se trataba de un camino puritano, moralista: me había divertido hasta entonces, había antepuesto la diversión a cualquier otra cosa, pero ahora tenía que pagar por ello. Así es como pensaba. Ellos me decían: «No, no es así. Tú has malinterpretado la relación con la realidad, la naturaleza de tu ser, no has entendido bien tu dependencia en la realidad». Os estoy contando todo esto en poco tiempo, pero duró meses, años, fue algo muy doloroso para mí. Siempre volvía allí con mis preguntas, tenía que mirar de nuevo la experiencia que había tenido y que seguía teniendo.

Otro ejemplo: la oración. Yo no rezaba tal vez desde los quince años. No conseguía imaginar cómo, habiendo desertado de Cristo, habiéndole dejado, fuera posible rezar. ¿Cómo podía hacerlo? Parecía una ignominia, incluso una presunción, que Él hubiese querido verme después de todos estos años. No digo que no fuera capaz de rezar, simplemente no podía hacerlo. Un día me preguntó alguien: «Pero, ¿tú rezas?», y yo respondí: «No, no, no», y me dijo: «¡Venga, inténtalo!». Entonces intenté decir alguna palabra... fue un proceso muy lento, poco satisfactorio, y un día me dijo: «A lo mejor deberías arrodillarte para rezar». Yo le dije: «No, es impensable»; era imposible la idea de que yo solo, sin nadie a mi alrededor, pudiese ponerme de rodillas; era algo físicamente imposible, mis rodillas se negaban a doblarse. Entonces se lo conté, y él me dijo: «Te entiendo. Yo ya he visto esto». Y me dijo: «Tengo una solución. Por la mañana, cuando te pongas los zapatos, tira uno debajo de la cama. Entonces tendrás que arrodillarte para buscarlo. Cuando estés ahí, de rodillas, acuérdate de rezar». Parece absurdo, pero yo lo necesitaba. Cuando Carrón se refiere al positivismo como un virus, es verdad, es un virus que entra dentro de tu ADN, de tus músculos, no es una metáfora abstracta, es un fenómeno que sucede, es real.

Este fue el comienzo de una relación nueva con la realidad, el comienzo del descongelamiento de mí mismo. Es como cuando quieres descongelar la nevera: tienes que desenchufarla, y al principio no pasa nada, no pasa nada pero de repente oyes un crack, y luego nada, y más tarde, después de algún tiempo, otro crack. De forma gradual se fue produciendo este proceso de darme cuenta de que arrodillarme no era algo terrible, de que era más feliz de rodillas. Luego miro mi vida, y la gente me dice: «¿Cómo te van las cosas ahora?». Yo digo: «Mejor, van mejor». «¿Sabes por qué?». «No, no sé por qué, pero van mejor», y esto es algo evidente, es una evidencia. La cultura del positivismo no permite que esto sea una evidencia, pero es una experiencia, y una experiencia es algo evidente. Aunque no comprenda bien las razones, digo que es una evidencia. No puedo decir que mi vida no haya mejorado, y esto debe tener que ver con algo que ha sucedido, con algo que ha cambiado en mí.

Este fue el comienzo del viaje de vuelta a mí mismo, no todavía al catolicismo y tampoco a Cristo, porque esa es una historia distinta, es un largo relato, pero volveré sobre ella. Quería contaros esto para ilustrar algo sobre nuestra cultura. Es como la idea de que una imagen de la realidad pueda superponerse a la realidad verdadera, y parece explicar todo, pero en realidad penetra en nuestra conciencia de tal modo que lo que es verdad resulta inconcebible, debe ser descartado, debe ser marginado. Todos podemos comprender lo que ha dicho Giussani. Y estamos abiertos, podemos hablar con la gente que niega todo esto y entrar en relación con todos. Cuando Cristo le dice a Pedro: «Antes de que cante el gallo, me habrás negado tres veces», y Pedro le dice: «No, no, no», esto a mí me sucede todos los días. Soy consciente de que evito formular frases que comuniquen a los demás lo que yo soy, tengo miedo de parecer irracional.

Os pongo un ejemplo que tiene que ver con mi experiencia, pero es un tema público. Amy Winehouse, la cantante pop desaparecida el verano pasado, se envenenó con el alcohol, y murió por haber bebido demasiado. En nuestra cultura, la noticia se presentó desde puntos de vista distintos. Por ejemplo, después de haberse curado de su alcoholismo, se ha matado bebiendo (es el titular de un periódico). Pero si quisiésemos decir la verdad, tendríamos que decir: «Amy ha muerto porque ha malinterpretado su naturaleza». Esta es una intuición mía, que viene de mi experiencia.

Durante años la he seguido, y creo que era un genio. Venía de la tradición de Billie Holiday y Ella Fitzgerald, la voz de la humanidad, una voz que expresaba el alma de la humanidad, y sin embargo vivía una vida de la que la prensa hablaba según un cliché, el del rock and roll: las estrellas de rock beben alcohol, toman drogas... todo es normal. ¿Por qué deberían ir de la mano el alcohol y la droga? ¿Por qué una persona que conduce un autobús o un tren debe beber menos que una estrella de rock? Mientras la miraba cantar pensaba que era verdaderamente frágil, y sin embargo, cuando cantaba tenía una potencia dentro, una potencia que no parecía ser suya, ella parecía tan solo el vehículo de esta potencia, como el filamento de una bombilla, que cuando hay electricidad se enciende y produce una luz fuerte. Parecía que ella era así, igual que muchos artistas, pero me parecía también que no entendía lo que le pasaba. Estaba en el centro de esta potencia, y no sabía lo que le pasaba, no sabía dónde estaba y qué le sucedía, y esto significa estar destinada a un final terrible, porque cuando la luz se apaga, no puedes salir. Como me sucedió a mí con el alcohol. La intuición de esta correspondencia es el motor que hay en mi interior, el objetivo de mi deseo; como seres humanos, tenemos ese objetivo, este deseo dentro de nosotros, pero existe siempre esta otra posibilidad: una persona con dones excepcionales, con una gran potencia y capacidad, que al final se destruye, porque no ha comprendido lo que tenía dentro de sí. Alguien debía decirle: «No te preocupes, te está pasando esto». Todos nosotros – que escuchamos este asunto en los medios de comunicación – redujimos enseguida la tragedia de Amy, como si fuese inevitable: es una estrella, por tanto es natural que beba, que se drogue... es normal. En cierto sentido lo es, pero por un motivo distinto, justamente porque describimos la experiencia de forma reducida en vez de preguntarnos: ¿cuál es mi naturaleza? ¿Cuál es mi deseo? ¿Cuál es la finalidad de mi deseo? ¿Qué testimonia mi voz? Incluso aunque no lo sepa.

Tenemos ejemplos de ello en nuestra cultura todos los días. La cultura nos da una lectura de la realidad que parece atenerse a los hechos, que parece explicar todo, pero sin embargo deja fuera muchas cosas. En este caso, la humanidad de la persona, es decir, el hecho de que muriera cuando no estaba sobre un escenario. Acababa de desayunar unas tostadas. Se metió sola en la cama por última vez, y allí fue encontrada por su chófer. Hay una historia humana detrás de lo que escuchamos en los medios.

Hay muchos ejemplos de este tipo en nuestra cultura, casi todo es ejemplo de esto. Ahora hablamos de crisis financiera, utilizamos términos técnicos, deuda, propuestas, soluciones, unión fiscal... y luego hay otra voz, que es la voz de la izquierda que quiere destruir todo, dar un paso atrás, rechazar todo, que dice que no paguemos nada, que no paguemos nuestras deudas. Lo que falta es una versión humana de las cosas, una versión que refleje lo que sucede desde un punto de vista humano.

Si pudiésemos pintar la deuda de Italia y la de Irlanda, no sé cuál sería mayor. La deuda es una expresión de nuestro deseo, que ha sido alterado y dirigido en la dirección equivocada. Hemos malinterpretado cuál era nuestro deseo. ¿Cuál es la deuda? Es tomar prestado algo que pertenece a la generación que viene por detrás. Yo quiero la respuesta ahora, pero tiendo hacia el futuro para atraerlo hacia mí, como hice con una jarra de cerveza, como hizo Amy con la botella de vodka junto a su cama, son formas distintas.

Si yo voy a la redacción de un periódico y hablo de este tema como de la mal interpretación del deseo, me dicen: «¡Estás loco! ¡La religión se te ha subido a la cabeza!». Debemos ser conscientes de lo que sucede en nuestra cultura: la versión falsa de la realidad es la que parece más razonable, más racional. Nos ha sucedido algo, el mundo ha influido tanto en nosotros que lo que percibo como naturaleza de mí mismo es la estructura que me viene impuesta. Para vivir y hablar dentro de nuestra cultura yo debo excluir la versión verdadera, no puedo hablar de ella, debo aceptar en cierto sentido la imagen de mi condición tal como es definida por los médicos. Esta idea me aterroriza: la verdad es inaccesible en términos culturales. Esta idea me aterroriza personalmente y también como padre. ¿Debo dejar que mi hija, que tiene quince años, entre en un mundo en donde la verdad es inaccesible? Es un pensamiento que me asusta. Por eso me conforta mucho veros aquí hoy, ver vuestra sinceridad, vuestro modo de comportaros.

Quiero decirlo sinceramente: para mí es un signo de esperanza lo que Giussani me ofrece, su intuición, la forma en que la ha desarrollado, por primera vez en mi vida se convierte en capacidad para comprender nuestra cultura, y también en el antídoto, en el método con el que podemos vencerla. El método es muy sencillo, esta sencillez choca, pero es, en verdad, sencilla. Es la primera página del capítulo décimo de El sentido religioso: «Suponed que nacéis, que salís del seno de vuestra madre, con la edad que tenéis en este momento, con el desarrollo y con la conciencia que tenéis ahora. ¿Cuál sería el primer sentimiento que tendríais, el primero en absoluto [...] Si yo abriera de par en par los ojos por primera vez en este instante, al salir del seno de mi madre, me vería dominado por el asombro y el estupor que provocarían en mí las cosas debido a su simple “presencia”. Me invadiría por entero un sobresalto de estupefacción por esa presencia que expresamos en el vocabulario corriente con la palabra “cosa”. ¡Las cosas! ¡Qué “cosa”! Lo que es una versión concreta y, si queréis, banal, de la palabra “ser”. El ser, no como entidad abstracta, sino como algo presente, como una presencia que no hago yo, que me encuentro ahí, una presencia que se me impone».

Esta es la historia de mi vida. Todo lo que me ha sucedido en el tiempo me ha llevado hasta el momento en que encontré este párrafo y pensé: «¡Ah! Es posible salir fuera de esta cultura, ver con ojos claros, recuperar, recuperarme; ¡es posible volver a ser niño!». El proceso que he descrito, la implicación que está en el corazón de este relato, el marcharme del lado de Cristo, buscar la libertad, hacerme adulto, todo esto implica que yo dejé atrás las cosas de niño, y esto es verdad, pero nuestra cultura nos dice que es algo bueno, que es positivo llegar a ser más “realistas”, más “racionales”. Pero lo que he descubierto en mi vida es que es verdad lo contrario: me había vuelto menos “realista”. Si creo que el lugar en el que estoy bailando es una piscina, no puedo creer que soy realista... La cultura me ha desviado de forma completamente extrema, el virus ha influido en mí hasta el punto de que me he perdido de vista a mí mismo.

Pero esto me pasa todos los días. El método que sugiere Giussani de volver al momento del nacimiento no lo aplico una vez al mes, sino, en cierto sentido, todos los momentos, me renuevo a mí mismo en todos los momentos, porque también la cultura es inexorable en su intento de desviar mi camino. El Papa ha dicho que el hombre ha creado un búnker sin ventanas y lo ha hecho para poder vivir en él y decir: «Yo he creado este búnker», pero es un búnker cerrado, nos cierra a la luz y nos cierra a la comprensión de nosotros mismos, nos convertimos en máquinas, nos mecanizamos, y creemos que en esto consiste el progreso.

Hace un par de meses participé en un encuentro sobre el poeta Patrick Kavanagh, que es parecido a Leopardi, es un poeta que mira la realidad y penetra en ella con gran profundidad, de forma muy religiosa. Él se llamaba a sí mismo poeta católico, pero no quería decir con esto que iba a misa o que seguía las reglas de la fe, sino que, cuando miraba un árbol, una flor, veía una presencia creada. Cada palabra de su poesía refleja esta forma de pensar. Aunque es celebrado como poeta irlandés, el único después de Yeats, tiene una extraña “reputación”: puedes escuchar discursos sobre Kavanagh, pero nadie habla de su ser católico, de su sentido del mundo creado. Hablaba del flash, que para él quería decir la intrusión de Otro en la realidad. Cuando sucedía, las palabras se volvían poesía. Os decía entonces que estaba hablando de este poeta no en la iglesia, no a un público católico: había muchos laicos, y percibía un malestar en el público. Al final un señor se me acercó y me dijo: «Yo no he venido aquí a escuchar una lección sobre el catolicismo, he venido para escuchar hablar de Patrick Kavanagh», y entonces le dije: «No creo que sea posible hablar de él sin hablar de su ser católico». «Pero, ¿no te das cuenta de que el hombre ha llegado a la Luna?».

Después de estas palabras, inmediatamente después, comprendí en un instante, de forma casi imposible de explicar, reconocí que esta frase ejemplificaba el positivismo del que hablan el Papa y Giussani. Este hombre parecía decir: «Hemos dejado atrás todo esto porque hemos hecho progresos, estamos descubriendo todo, casi hemos llegado, hemos estado incluso en la Luna, comprendemos casi todo, hay poco más que añadir, y sabemos ya que todo esto es un sinsentido». Yo le pregunté: «¿Has estado en la Luna?». «No». «¿Conoces a alguien que haya estado en la Luna?». «No». «Entonces, ¿qué diferencia supone para ti que otro haya estado en la Luna? ¿Cómo te cambia este hecho? ¿Por qué piensas que este descubrimiento es tuyo? ¿Qué quiere decir para ti?».

No entendió lo que quería decirle, y en ese momento tampoco yo entendía muy bien lo que quería decirle, pero me parece que tiene que ver con lo que sabemos sobre nosotros mismos, sobre nuestra condición. Siempre nos dan informaciones sobre el progreso del hombre, y la seducción se halla en el hecho de que todo indica que la omnisciencia está detrás de la esquina, que casi hemos llegado, que solo nos faltan por saber algunas cosas, y entonces entenderemos todo y el hombre se convertirá en maestro de sí mismo. ¡Yo no me fío de esto! No quiero minimizar los resultados a los que ha llegado el hombre, la ciencia es algo maravilloso, el saber es una cosa fantástica, y yo estoy convencido de que no hay conocimiento que pueda minar lo que yo creo, pero decir: «El hombre ha estado en la Luna», ¿qué significa dentro de la vastedad del universo? Es un resultado maravilloso visto desde aquí, pero desde el punto más lejano del universo, ¿qué quiere decir? Imaginad que un niño que no camina todavía está aquí en el suelo, debajo del escenario, gateando. Imaginad que el niño consigue llegar hasta aquí, junto a mí, en el escenario. Este resultado es mucho mayor que el hecho de que el hombre haya ido a la Luna, en términos reales. No minimiza el resultado, pero le da otra perspectiva. Lo que falta en esta idea de omnipotencia de la que se habla es una perspectiva, la perspectiva a la que solo se puede llegar de rodillas. Solo así podemos ver el universo en su perspectiva justa.

Una de las cosas que me dijeron cuando me hallaba al borde del abismo, para describir mi condición, es que yo había quitado a Dios de su trono, había visto que el trono estaba vacío y me había sentado en él. Entonces descubrí, habiendo destronado a Dios, habiendo eliminado a Dios de mi existencia, que tenía la responsabilidad de Dios en mi vida y no tenía Su poder, Su potencia. Eso hizo crecer el miedo dentro de mí. Por tanto, el proceso por el que comenzó todo esto, la búsqueda de la libertad a través del alcohol, hizo que, para extinguir mis miedos, tuviera que beber cada vez más, y esto aceleraba el ciclo de forma exponencial, hasta que llegué al borde del abismo.

Esto es lo que os ofrezco hoy, la historia breve de mis errores y la alegría de vivir al verlos por lo que son de verdad, la alegría de poder leer este libro de Giussani. Es un libro extraño, muy difícil, y sin embargo no puedo decir que contenga algo que no supiese ya de algún modo, que no me fuese familiar. La novedad que contiene es que, al leerlo, se han despertado las intuiciones que tenía dentro de mí. Es el trabajo de un genio, el libro más radical que he leído nunca, porque me describe, describe las condiciones en las que vivo, las tendencias que hay en mí, y me ofrece el camino para volver. Gracias.

Carrón: Escuchando a John se comprende perfectamente por qué insiste don Giussani en que el problema de la vida es un problema de conocimiento, porque lo que está verdaderamente en discusión – como hemos visto hoy – es la naturaleza del “yo”. Lo que nuestra cultura ha malinterpretado es nuestra humanidad, pensando que es un problema de enfermedad, o de otra naturaleza; haber malinterpretado cuál es la relación verdadera con la realidad y conocer a alguien como John, que nos ayuda a comprender esto de verdad, es una gracia, porque nos hace conscientes del alcance del camino que estamos haciendo juntos. Él nos ha testimoniado que si no comprendemos esto, no nos entenderemos a nosotros mismos y estaremos expuestos a equivocarnos de nuevo. Por eso se comprende por qué El sentido religioso es un libro que le acompaña.

Yo le he visto llevarlo a la televisión o a la radio, cuando le llaman para hacerle una entrevista, porque – como nos ha dicho: no lo lee de vez en cuando, sino siempre – le acompaña, que es distinto de leerlo como si fuese un deber: es la posibilidad de poder entenderse a sí mismo, y por eso dice que es el libro más radical que ha leído nunca. Por eso le damos las gracias, porque hemos visto en él qué quiere decir renovarse, volver a uno mismo, teniendo delante una historia, un camino, una persona que ya ha recorrido el camino. ¡Gracias!