Napoleón y el cristianismo

 Mariano Soler • Publicado el 12-04-2012

EL GRAL. BERTRAND Y NAPOLEÓN BONAPARTE

NADIE ignora los esfuerzos supremos hechos por la impiedad para quitar a Jesucristo la aureola de la divinidad y desprestigiar el cristianismo considerándole como una de las múltiples creaciones re­ligiosas del fanatismo de las edades. Voltaire no titubeó en apellidar a Jesucristo con el más sacrílego mote, "el infame". Strauss le calificó de mito y Renán pre­tendió reducirle a las simples proporciones de un genio incomparable, negando, empero, que fuese el Verbo encarnado, el Hombre-Dios. Y de tal manera se ha ex­traviado el criterio de la mayor parte de los eruditos a la violeta, escritores y críticos improvisados, filósofos racionalistas y sectarios, comunistas, bolchevistas, etc. que se hace necesario insistir aunque más no sea so­meramente sobre las pruebas de la divinidad de Jesu­cristo; y ya que la Masonería se esfuerza en confundir al cristianismo con las demás religiones falsas colocándole en la misma categoría del Brahamanismo, Budismo, Mazdeísmo  y  demás  religiones  antiguas, es más que nunca necesario recordar las razones que hacen resaltar la divinidad del cristianismo por poco que se reflexione con espíritu levantado; y ponerlas al alcan­ce de todo el mundo: ésto bastará para convencer a todo el que haga uso de un poco de buena fe.
La obra que ofrecemos a los lectores no es un tra­tado teológico; con ella preferimos dirigirnos alas per­sonas «de buen sentido, cediendo la palabra al gran Na­poleón, en las reflexiones que, sobre esta materia, hizo en Santa Elena a su fiel amigo el General Bertrand; lo preferimos para honra de la memoria del prisionero deSanta Elena y porque dilucida con naturalidad y destreza suma las objeciones que vulgarmente oponen los racionalistas contra la divinidad de Jesucristo. Es­tamos ciertos de que se leerán con gusto, por ser un rasgo sublime de ese genio...
La relación que vamos a insertar es una prueba más del hecho de que ningún hombre de genio que haya meditado concienzudamente sobre el Hijo del Hombre ha dejado de caer a sus pies y decirle con el hijo de Jonás o con el Centurión: "Tú eres verdaderamente el hijo de Dios".

***

Se hablaba bastante a menudo en Santa Elena de religión.
Un día se trataba de un tema muy elevado; se di­sertaba sobre la divinidad del Cristo. Napoleón defen­día la veracidad de este dogma con firmes argumen­tos y la elocuencia habitual.
El general Bertrand era entonces su antagonista y el que le llevaba la contra.
—"No concibo, Sir, dijo, que un gran hombre co­mo vos pueda admitir que el Ser Supremo se haya mostrado jamás a los hombres bajo una forma humana, con un cuerpo, una cara, una boca y ojos, en fin, seme­jante a nosotros. Que Jesús sea todo lo que se quiera, la más vasta inteligencia, el corazón más moral, el le­gislador más profundo, y sobre todo el más original que haya jamás existido, lo concedo; pero es simple­mente un hombre que ha adoctrinado discípulos, sedu­cido gentes crédulas; como Orfeo, Confucio, Brahma. El Dios judío ha renovado el prodigio de los tiempos fabulosos; ha destronado, reemplazándolas, las divini­dades griegas y egipcias.
Un gran hombre sucediendo a otros grandes hom­bres; Jesús se ha hecho adorar, porque, antes que él, sus predecesores, Isis y Osiris, Júpiter y tantos otros, tuvieron el orgullo de hacerse adorar.
Tal ha sido el ascendiente de Jesús sobre su época, el ascendiente de esos dioses, de esos héroes de la fábu­la. Si Jesucristo ha apasionado y uncido a su carro las muchedumbres, si ha revolucionado el mundo, no veo en ello sino el poder del genio y la acción de un alma que invadió el mundo por la inteligencia, como han hecho tantos conquistadores, Alejandro, César, como vos, Sir, como Mahoma que lo hizo con la espada".
Napoleón respondió.
—Conozco a los hombres; y os digo que Jesús no es sólo un hombre.
Los espíritus superficiales ven una semejanza en­tre el Cristo y los fundadores de Imperios, los conquis­tadores y los dioses de otras religiones. Esta semejanza no existe.

Hay entre el cristianismo y cualquier otra religión una distancia infinita

Y continuó Napoleón.
—Cualquier individuo resolvería la cuestión como yo, con tal que tenga un verdadero conocimiento de las cosas y la experiencia de los hombres.
¿Quién de nosotros, al encarar con ese espíritu de análisis y de crítica que poseemos, los diferentes cultos de las naciones, no podrá decir a sus autores: No, vos­otros no sois ni dioses, ni agentes de la divinidad; no, vosotros no tenéis ninguna misión del cielo? Vosotros sois más bien los misioneros de la mentira; de seguro que habéis sido formados con la misma arcilla que el resto de los mortales. Vosotros poseéis vicios y pasiones que os son inseparables, a tal punto que ha sido nece­sario deificarlos con vosotros. Vuestros templos y vues­tros sacerdotes proclaman vuestro origen. Vuestra his­toria es la de los inventores del despotismo. Si exigis­teis de vuestros súbditos el culto y los honores que no son debidos sino a Dios, fuisteis inspirados por el orgu­llo inherente al rango supremo. Y ciertamente que no fue ni la libertad ni la conciencia que os obedecieron entonces, sino la bajeza y la superstición; he ahí vues­tros primeros adoradores.
Este será el juicio, el grito de la conciencia, de cualquiera que interrogue a los dioses o los templos del paganismo.
Reconocer la verdad es un don del cielo y el carác­ter propio de un espíritu superior; pero no hay persona que no pueda rechazar desde el primer momento la mentira. Lo que es falso y repugna se conoce a simple vista.
Pues bien; se levanta un cúmulo, creciendo sin ce­sar, de objeciones contra la verdadera religión. Sea así. ¿De dónde proviene que no se hace ninguna contra las falsas? Es que, sin titubear,  todo el  mundo las cree falsas.
Jamás el paganismo fue aceptado como verdad ab­soluta por los sabios de la Grecia, por Pitágoras o por Sócrates, por Platón, por Anaxágoras o por Pericles. Estos hombres se recreaban con los relatos del buen Hornero, como con las visibles imaginaciones de la fá­bula, pero no los adoraban.
Acontece todo lo contrario, después de la aparición del cristianismo, los espíritus más elevados han tenido fe, y una fe viva, una fe práctica en los misterios y en los dogmas del Evangelio, no solamente Bossuet y Fenelón, quienes se encontraban en las condiciones de los predicadores, sino Descartes y Newton, Leibnitz y Pascal, Corneille y Racine, Carlo Magno y Luis XIV. ¿De dónde proviene esta singularidad, que un símbolo tan misterioso y oscuro como el símbolo de los apósto­les haya sido aceptado con un profundo respeto por nuestros más grandes hombres, mientras que las teogonías desenterradas de las leyes de la naturaleza y que no eran sino explicaciones sistemáticas del mundo, no han podido imponerse a ningún hombre instruido? ¿Quiénes son los que han maldecido más al Olimpo pa­gano, sino los mismos paganos?
La razón es muy natural; detrás del velo de la mi­tología, un sabio percibe en seguida la marcha y las leyes de las sociedades nacientes, las ilusiones y las pasiones del corazón humano, los símbolos y el orgullo de la ciencia.
La mitología es la religión de la fantasía. Los poe­tas, deificando sus sueños, siguieron la pendiente na­tural de nuestro espíritu, que exagera su potencia has­ta adorarse a sí mismo, porque ignora sus límites.
Todo esto es humano, todo está diciendo a voces: soy la obra de las criaturas. Eso salta a la vista; todo es imperfecto, incierto, incompleto; las contradicciones hormiguean.
Toda esta maravilla de la Fábula halaga a la ima­ginación, pero no satisface a la razón. No es con me­táforas ni poesías que se pueda explicar a Dios, que se habla del origen del mundo o que se revelan las leyes de la inteligencia.
El paganismo es obra del hombre.
Esos dioses tan mentados, esos legisladores griegos o romanos, esos Numa, esos Licurgo, esos sacerdotes de la India o de Menfis, esos Confucio, esos Mahoma, ¿qué saben más que los demás moríales? Absolutamente nada. Han hecho un verdadero caos de la moral; pe­ro ¿hay alguno de entre ellos que haya dicho algo nue­vo que se relacione con nuestro destino futuro, con nuestra alma, con la esencia de Dios y de la creación? Los teósofos no nos han enseñado nada de lo que nos conviene saber, y no conservamos de ellos ninguna verdad esencial.

II LA LEY NATURAL Y EL PAGANISMO

HAY una verdad primitiva que se remonta al ori­gen del hombre, que se encuentra en todos los pueblos, escrita por el dedo de Dios en nuestra alma: la ley natural, de la que se deriva el deber, la justicia, la existencia de Dios, el conocimiento de que el hombre es un compuesto de un espíritu y un cuerpo. Una sola religión acepta plenamente la ley natural, sólo una se apropia los principios, sólo una basa en ellos una enseñanza perpetua y, pública. ¿Cuál es esa religión? El Cristianismo.
La ley natural era, por el contrario, casi desconocida a los paganos, desfigurada, modificada por el egoísmo, dependiente de la política; se la toleraba, pero no se la reconocía ningún carácter sagrado. Esta ley no tenía ni templos, ni sacerdotes, ni otro asilo que el lenguaje, donde Dios la conservaba por una sabiduría de su pro­videncia.
La mitología es un templo consagrado a la fuerza, a los héroes, al placer, a los beneficios de la naturaleza. Los sabios no tienen allí sitio: en efecto, los sabios son los enemigos naturales de esta idolatría que diviniza la materia.
Penetrad también en los santuarios; no encontra­réis allí ni el orden ni la armonía, sino un verdadero caos, mil contradicciones, la guerra entre los dioses, la inmoralidad de la escultura, la división y negación de la unidad, el desmembramiento de los atributos divi­nos, alterados o negados en su esencia, los sofismas de la ignorancia y la presunción, las fiestas profanas, el triunfo da la bacanal, adoradas la impureza y la abo­minación, todas las clases de corrupción entre espesas tinieblas como un trozo de madera podrida, el ídolo y sus sacerdotes. ¿Es acaso eso lo que glorifica a Dios o lo que lo deshonra?
¿Y son esas religiones con sus dioses las que se pueden comparar con el Cristianismo?
Lo que es por mí, digo que no. Cito al Olimpo en­tero ante mi tribunal. Juzgo a los dioses, pero estoy le­jos de prosternarme ante sus vanos simulacros. Los dio­ses, los legisladores de la India y de la China, de Roma y de Atenas, no tienen nacía que puedan imponerme. No quiere esto decir que sea yo injusto para con ellos, no, los desprecio porque conozco su valor.
Sin duda alguna, los príncipes cuya existencia se fija en la memoria como una imagen del orden y del poder, como un ideal de la fuerza y la belleza, no fue­ron hombres ordinarios. Pero también es necesario te­ner presente en estos resultados la ignorancia en esas primeras edades del mundo.
Esa ignorancia fue grande, porque los vicios fueron adorados a la par que las virtudes; tal era el papel principal que la imaginación tenía en esta seducción curiosa. Así es que la violencia, la riqueza, todas las se­ñales del orgullo, del poder, el amor del placer, la vo­luptuosidad sin freno, el abuso de la fuerza, son los caracteres salientes de la biografía de los dioses, tales como la Fábula y los poetas nos los presentan.
No se ve en Licurgo, Numa, Confucio y Mahoma, sino legisladores que teniendo el primer puesto en el Estado, han buscado la mejor solución al problema so­cial; pero no veo nada en ellos, que revele a la Divi­nidad; ellos mismos no se han elevado a pretensiones tan altas.
Es solamente la posteridad la que ha divinizado a los primeros déspotas, héroes, príncipes de naciones e institutores de las primeras repúblicas. Para mí, reco­nozco que los dioses y esos grandes hombres son de la misma naturaleza que la mía. Su inteligencia, con todo, no" se distingue de la mía sino en cierta manera. Han desempeñado en su tiempo un gran papel, como yo lo he hecho en el mío. No hay nada en ellos que nos anun­cie que son seres divinos; al contrario, veo que entre ellos y yo, existen muchas relaciones y descubro seme­janzas, debilidades y errores comunes que les acercan a mí y a la humanidad. Sus facultades son las mismas que yo poseo; no hay más diferencia entre ellos y yo que el uso que hemos hecho de ellas, según los dife­rentes fines que nos hemos propuesto y según el país y las circunstancias.

No sucede lo mismo con Cristo

Todo en El me sorprende; su espíritu me abisma y su voluntad me confunde. Entre Él y cualquier otro personaje del mundo no hay término posible de comparación.
Es verdaderamente un ser aparte: sus ideas y sen­timientos, la verdad que anuncia, su manera de conven­cer, no se explican ni por la organización humana ni por la naturaleza de las cosas.
Su nacimiento y la historia de su vida, la profun­didad de su dogma que lleva verdaderamente a la ci­ma de las dificultades, y de las cuales es la más admi­rable solución su Evangelio; la singularidad de ese ser misterioso, su aparición, su imperio, su marcha a tra­vés de los siglos y de los reinados, todo es para mí un prodigio, no sé qué misterio insondable... que me su­merge en un sueño del cual no puedo salir; misterio que está ahí, bajo mis ojos; misterio permanente que no puedo negar, y que tampoco puedo explicarme.
En esto no veo nada del hombre. Cuanto más me acerco a ello, cuanto más lo examino de cerca, todo es­tá muy por encima de mí, todo es grande, pero de una grandeza que me anonada, y cuanto más reflexiono, menos me doy cuenta de nada...
Su religión es un secreto que le pertenece por en­tero y proviene de una inteligencia que ciertamente no es la inteligencia del hombre. Hay en ella una ori­ginalidad profunda que crea una serie de palabras y de máximas desconocidas.

Jesús no toma nada de ninguna de nuestras ciencias

No se encuentra sino en El, absolutamente, la imi­tación o el ejemplo de su vida. No es tampoco un filó­sofo, puesto que procede por los milagros, y desde el comienzo sus discípulos son sus adoradores. Los per­suade más bien por un llamado al sentimiento que por un explayamiento fastuoso de método y lógica; tampo­co les impone ni los estudios preliminares, ni el cono­cimiento de las letras. Toda su religión consiste en creer.
En efecto, las ciencias y la filosofía no sirven de nada para la salud, y Jesús no vino al mundo sino para revelar los secretos del cielo y las leyes del espíritu. Así es que El todo lo refiere al alma, y no se ocupa sino de ella, y es a ella solamente a quien ha traído su Evangelio. El alma le basta, así como él basta al alma. Hasta que El apareció, el alma no era nada, la materia y el tiempo eran los dueños del mundo. A su voz, todo entró en el orden. La ciencia y la filosofía no son sino un trabajo secundario. El alma ha vuelto a conquistar su soberanía. Todo el aparato filosófico ha venido al suelo como un edificio en ruina por una sola palabra: LA FE.
¡Qué Maestro, qué palabra la que opera una revo­lución tal! ¡Con qué autoridad enseña a los hombres la oración! ¡Él impone sus creencias! y en esto nadie pue­de contradecirlo, primero porque el Evangelio contiene la moral más pura, y después, porque el dogma, en lo que es oscuro, no es otra cosa que la proclamación y la verdad de lo que existe allá donde ningún ojo alcanza y a donde ningún raciocinio puede llegar.                   
¿Quién será el insensato que niegue al viajero in­trépido que relate las maravillas de los picos nevados que sólo él ha tenido la audacia de visitar? El Cristo es ese viajero intrépido. Se puede seguir siendo incré­dulo, sin duda alguna, pero no se puede decir: eso no es así, no es cierto.
Consultad a los filósofos sobre esas cuestiones mis­teriosas que son la esencia del hombre y también la esencia de la religión; ¿cuál es su respuesta, cuál es el hombre de buen sentido que haya jamás comprendido nada en los sistemas metafísicos tanto antiguos como modernos, que no son en verdad sino una ideología vana y pomposa, sin ninguna relación con nuestra vida doméstica, con nuestras pasiones? Sin duda a fuerza de reflexionar, se llega a conseguir la clave de la filosofía de Sócrates y Platón; pero para ello se necesita ser metafísico, y a más de algunos años de estudios, es preciso tener una aptitud especial. En cambio para llegar a comprender el Cristianismo no se necesitan sino el buen sentido del corazón y un espíritu recto.

El Cristianismo es una regla de vida

La religión cristiana no es ni una ideología ni una metafísica, sino una regla práctica que dirige las accio­nes del hombre, que lo corrige, lo aconseja y lo ayuda en toda su conducta.
La Biblia ofrece una serie de hechos y de hombres históricos, para explicar el tiempo y la eternidad, de una manera tal que, ninguna otra religión ha llegado a ofrecer. Si ella no es la verdadera religión, queda uno excusado al equivocarse de esa manera, porque todo ello es grande y digno de Dios.
Busco en vano en la historia alguien que se aseme­je a Jesucristo, o algo que se aproxime al Evangelio. Ni la historia, ni la humanidad, ni los siglos, ni la na­turaleza me ofrecen nada con que compararlo o expli­carlo En él todo es extraordinario; cuanto más lo con­sidero, más me afirmo en la creencia, que no hay nada en él que no esté por encima del orden de las cosas y no sea superior al espíritu humano.
Los impíos no han osado jamás negar la sublimi­dad del Evangelio, el que les inspira una especie de veneración forzosa.
¡Qué bienestar procura ese libro a los que creen en él! ¡Cuántas maravillas admiran los que en él han me­ditado!
En él todas las palabras están unidas entre sí y son solidarias las unas de las otras, como las piedras de un mismo edificio.
El espíritu que liga las palabras entre sí es un manto divino que a cada paso descubre el sentido o lo oculta al espíritu. Cada frase tiene un sentido comple­to, que demuestra la perfección de la unidad y la profundidad del conjunto; libro único donde el espíritu en­cuentra una belleza moral desconocida hasta entonces, y una idea de lo infinito superior a la misma que su­giere la creación. ¿Quién sino Dios podía producir ese tipo, ese ideal de perfección igualmente exclusivo y ori­ginal, que nadie puede criticar, ni agregar, ni separar una sola palabra: libro diferente de todo lo que existe, absolutamente nuevo, sin igual que le preceda como tampoco igual que le suceda?

III
LA TÁCTICA DE DIOS

HABLÁIS de Confucio, de Zoroastro, de Numa, de Júpiter y de Mahoma; pero hay entre ellos y el Cristo esta diferencia: que todo lo que él ha he­cho ha sido obra de un Dios, mientras que por el con­trario, no hay nada en ellos que no sea obra del hom­bre. La acción de los mortales fue circunscrita a su vi­da, y fue durante su vida que establecieron su culto, ayudados por las pasiones, por la fuerza y el favor de los acontecimientos políticos.
El Cristo espera todo de su muerte; ¿es esa acaso la táctica de un hombre? No, por el contrario, es una marcha extraña, una confianza sobrehumana, una rea­lidad inexplicable. Contando apenas con algunos discí­pulos, el Cristo fue condenado a muerte; su muerte es objeto de la cólera de los fariseos y judíos y del des­precio de su nación; muere abandonado y negado por los suyos.
¿Y cómo podía acontecer de otra manera a aquel que había predicho lo que sucedería?
Me prenderán, me crucificarán (decía él); seré abandonado por todo el mundo, mi primer discípulo me negará al principio de mi suplicio, dejaré que los malvados obren; pero después, habiendo satisfecho a la justicia divina, habiendo expiado el pecado original por medio de mi suplicio, la unión del hombre con Dios se­rá renovada y mi muerte será la vida de mis discípu­los. Entonces serán más fuertes sin mí que conmigo, puesto que me verán resucitado; subiré al cielo y de allí les enviaré un Espíritu que los instruirá: el espí­ritu de la cruz les hará comprender mi Evangelio; en fin, ellos creerán en él, lo predicarán y lo harán acep­tar por el universo entero.
Y esta promesa loca, tan bien llamada por San Pa­blo la locura de la cruz; esta predicción de un misera­ble crucificado, se ha llevado a cabo cumplida y literalmente. .. ¡Y la manera como se realizó es quizás más prodigiosa que la promesa!
No es ni un día ni una batalla que han decidido. ¿Es acaso la vida de un hombre? No; es una guerra, un largo combate de trescientos años, empezado por los apóstoles y mantenido por sus sucesores y la falange sucesiva de generaciones cristianas. Comenzando por San Pedro, los treinta y dos obispos que le sucedieron en el primado fueron martirizados como lo fue él. Así es que durante tres siglos, la cátedra romana fue un cadalso que ofrecía la muerte al que fuera llamado a ella. Y con raras excepciones los demás obispos, du­rante este período de trescientos años, tuvieron un fin mejor.

El signo de la Cruz

En esta guerra se encuentran de un lado todos los reyes y todas las fuerzas de la tierra, y del otro no veo ejércitos, pero sí una energía misteriosa, algunos hombres diseminados acá y allá, en todas las partes del mundo, no teniendo más signo de unión que una fe común en el misterio de la cruz.
¡Qué símbolo extraño!, los discípulos se han ar­mado con el instrumento del suplicio del Hombre-Dios. Llevan por el universo, la cruz unida a su convicción, llama ardiente que se propaga de uno a otro polo. "El Cristo, Dios, dicen ellos, ha muerto por la salud de los hombres". ¡Qué lucha, qué tempestad levantan estas simples palabras en derredor del humilde estandarte que sirvió de suplicio al Hombre-Dios!
¡Qué cantidad de sangre derramada por ambas partes! ¡Qué encarnizamiento! Pero de un lado están la cólera y todos los furores del odio y la violencia: del otro, la dulzura, el valor moral, una resignación infinita. Durante trescientos años el pensamiento lu­cha contra la brutalidad de las sensaciones, la con­ciencia contra el despotismo, el alma contra el cuerpo, la virtud contra los vicios. La sangre de los cristianos co­rre a mares. Mueren perdonando a sus verdugos. El alma es la única que triunfa mientras que el cuerpo es entregado a todas las torturas. ¡Por todas partes los cristianos sucumben, y por todas partes son ellos los que triunfan!
Vos habláis de Alejandro y de César, de sus con­quistas y del entusiasmo que supieron despertar en el corazón del soldado para llevarlo consigo a expedicio­nes aventuradas; pero es preciso reconocer ahí el pre­cio del amor del soldado, el ascendiente del genio y de la victoria, el efecto natural de la disciplina militar y el resultado de una dirección hábil y legítima. Pero ¿cuántos años duró el imperio de César? ¿Por cuán­to tiempo mantuvo, Alejandro, el entusiasmo de los soldados? Disfrutaron de estos homenajes un día, una hora, durante el tiempo de su mando o, cuando más, lo que duró su vida, según los caprichos del número y de la suerte, según los cálculos de la estrategia, en fin, según los percances de la guerra... Y si la victo­ria infiel les hubiera abandonado, no dudéis que el en­tusiasmo hubiera desaparecido en seguida. Os pregun­to: ¿la influencia militar de César y Alejandro se pro­longó más allá de su tumba? ¿Concebís a un muerto haciendo conquistas con un ejército fiel y reconocido únicamente a su memoria? ¿Concebís un fantasma que tenga soldados sin sueldo, sin esperanzas en este mundo y que les inspire la per­severancia y el sufrimiento de todo género de privacio­nes? ¡Ah! El cuerpo de Turenne estaba aún caliente y su ejército se desbandaba delante de Montecuculli...

¡ A mí me han olvidado…!

Y a mí, mis ejércitos me olvidan aún en vida, co­mo el ejército cartaginés olvidó a Aníbal. ¡Ved ahí nuestro poder, nosotros los grandes hombres! Una sola batalla perdida nos abate, y la adversidad se lleva con­sigo nuestros amigos. ¡Cuántos Judas no he visto a mi alrededor! ¡Ah! si no he podido persuadir a esos gran­des políticos, a esos generales que me han traicionado, si ellos han desconocido mi nombre y negado los mila­gros de un verdadero amor por la patria y aún la fide­lidad... a su soberano... Si yo, en quienes, a menu­do conduje a la victoria, no he podido, viviendo aún, dar calor nuevamente a esos corazones egoístas, ¿cómo o por qué medio, cuando me encuentre helado por la muerte, conseguiría hacer revivir y matener su celo?
¿Llegáis a concebir a César, emperador eterno del Senado romano, gobernando desde el fondo de su mau­soleo, el imperio, y velando sobre los destinos de Ro­ma?
Tal es la historia de la invasión y de la conquista del mundo por el Cristianismo, he ahí el poder del Dios de los cristianos y el milagro perpetuo del progreso de la fe y del gobierno de su Iglesia. ¡Los pueblos pasan, los tronos se derrumban y la Iglesia permanece inmó­vil!
¿Cuál es, pues, la fuerza que hace mantener de pie esta Iglesia combatida por el océano furioso de la có­lera y del desprecio del siglo? ¿Cuál es el brazo, que desde mil ochocientos años hace, la preserva de tantas tempestades que han amenazado tragarla?
En cualquier otra existencia que no sea la del Cris­to, ¡cuántas imperfecciones, cuántas vicisitudes! ¿Cuál es el carácter que no decae abatido por ciertos obstácu­los? ¿Cuál es el individuo que no se modifica por los acontecimientos o por los lugares, el que no se resien­ta de la influencia del tiempo y que no transija con las costumbres y las pasiones, con alguna necesidad que le entorpezca?

Jesucristo no tiene igual

Desafío a que se me cite alguna existencia igual a la del Cristo, exenta de la menor alteración de ese gé­nero, que esté libre de esas mudanzas y de esas vicisi­tudes. El es el mismo, desde el primer día de su vida, hasta el último, siempre el mismo, majestuoso y simple, infinitamente severo e infinitamente dulce; en un co­mercio de vida, por decirlo así, público, Jesús no da jamás motivo para la menor crítica; su conducta suma­mente prudente, es siempre la admiración del mundo por una mezcla de fuerza y dulzura. Que ya hable u obre, Jesús es luminoso, inmutable, impasible. Lo su­blime, se ha dicho, es un rasgo de la divinidad: ¿qué nombre se puede dar a aquel que reúne en sí todo el ideal de lo sublime?
El mahometismo, las ceremonias de Numa, las instituciones de Licurgo, el politeísmo y aún la ley mosaica son más bien obras de legislación que de religión. En efecto, cada uno de esos cultos tiene más relación con la tierra que con el cielo. Se trata en ellas sobre todo de un pueblo y de los intereses de una nación. Y ¿no es evidente que la verdadera religión no podría es­tar circunscripta a un solo país? La verdad debe abar­car el universo. Tal es el Cristianismo, la única religión que destruye el nacionalismo, la única que proclama la unidad y la fraternidad absoluta de la especie humana, la única que es espiritual; por fin, la única que asig­na a todos, por verdadera patria, el seno de un Dios creador.
El Cristo prueba que él es el Hijo del Eterno, por el menosprecio que hace del tiempo; todos sus dogmas significan una sola y misma cosa: la eternidad.
¡De la misma manera el horizonte de su imperio se extiende y se prolonga a lo infinito! ¡El Cristo rei­na más allá de la vida y más allá de la muerte! El pasado y el porvenir le pertenecen por igual; el reinado de la verdad no tiene ni podría tener, en efecto, ningún otro límite que la mentira. Tal es el reinado del Evan­gelio, que se extiende por todos los lugares y por to­dos los pueblos. Jesús se ha apoderado del género hu­mano: ha hecho de él una sola nación, la nación de las gentes honradas, que llama a vida perfecta. Los ene­migos del Cristo le pertenecen tanto como sus amigos por la sentencia que impondrá a todos el día del juicio final.

IV MAHOMA

MAHOMA, sin duda, proclama la unidad de Dios; esta verdad es la esencia y el dogma principal de su religión, lo reconozco; pero todo el mundo sabe que él no lo afirma sino plagiando a Moisés y a la tradición judía. Todos los otros dogmas del Corán son debidos al espíritu o más bien a la imaginación de Mahoma, libro lleno de confusión y oscuridad, debido a un innovador apasionado que se atormenta por resolver las cuestio­nes que están más elevadas que el genio, y no alcanza, en verdad, sino a las torpezas. ¡Es tan cierto que nin­guna persona, aún el hombre más grande, puede decir nada satisfactorio respecto a Dios, al Paraíso y a la vida futura, si Dios no le ha instruido de antemano! Así es que lo que encontramos en Mahoma de verdadero es únicamente aquello que se apoya en la Biblia y en el sentimiento innato de la creencia de un Dios.
En lo demás, el Corán no es verdaderamente sino un sistema atrevido de dominación y de invasión polí­tica.
Por todas partes encontramos en Mahoma al hom­bre ambicioso. ¡Vil adulador de todas las pasiones más acariciadas por el corazón del hombre!, ¡cuán cariñoso es con la carne!, ¡cómo se rebaja en lo que se refiere a la sensualidad! ¿Es acaso hacia la verdad de Dios a donde quiere conducir al Árabe o hacia la seducción de todos los goces permitidos como una esperanza y re­compensa en la otra vida? Era necesario sublevar un pueblo; el llamado a las pasiones fue necesario, lo con­siguió, pero la causa de su triunfo será el origen de su ruina. ¡Tarde o temprano desaparecerá del mundo y la cruz permanecerá en él! El sensualismo en definitiva mata a las naciones, tanto como a los individuos que tienen la locura de fundar en él la base de su existen­cia.
Aun hay más, ese falso profeta se dirige a una so­la nación, y ha conocido que le era necesario desempe­ñar dos misiones: el papel político y el papel religioso. Consiguió efectivamente todo el poder del primero; en cuanto al segundo, si bien ha conseguido el prestigio, no lo tuvo en realidad. Jamás dio prueba alguna de la divinidad de su misión. Una o dos veces que quiso os­tentar un milagro, dio fiasco vergonzosamente. Nadie cree en sus milagros, porque el mismo Mahoma no creía en ellos, lo que prueba que no es tan fácil como se ima­gina el imponerse bajo ese sentido.
Si el título de impostor se adapta tan fácilmente al nombre de Mahoma, repugna de tal manera al refe­rirse a Cristo, que no creo que haya habido ningún enemigo del cristianismo que haya osado dirigírselo. ¡Y sin embargo no hay término medio: o Cristo es un im­postor o es Dios!

Jesucristo no fue un político

Cristo no tiene ninguna ambición terrestre; se de­dicó exclusivamente a su misión celeste. Le hubiera si­do muy fácil, transformándose en un hombre político, ejercer una gran seducción junto con el poder; todo se prestaba y lo encontraba por delante, si lo hubiera que­rido.
Los judíos esperaban a un Mesías temporal, que debía subyugar a sus enemigos, un rey cuyo cetro atraería bajo su dominación al mundo entero. Cierta­mente, había en ello una tentación difícil de rechazar, y un elemento natural y pronto para una gran usur­pación. Jesús es el único que se atreve a atacar públi­camente la interpretación errónea de las Escrituras.
Se esfuerza en demostrar que las victorias y con­quistas de Cristo son victorias espirituales, que no tra­ta sino de la represión de los vicios, de sujeción de las pasiones y de la dominación pacífica de las almas; y que si las Escrituras anuncian la sumisión sorprenden­te del universo, esta sumisión absoluta se refiere a un acontecimiento posterior, que sucederá al fin del mun­do. Jesús tiene un cuidado particular en inculcar esta explicación enteramente espiritual a sus discípulos. Se quiere, en varias ocasiones, apoderarse de él para ha­cerle rey; separa la corona de su frente, no la quiere: prefiere otra que su madre la Virgen le ha preparado: la ceñirá el día del gran sacrificio.
Jesús no armoniza tampoco con las demás debili­dades humanas. Los sentidos, esos tiranos del hombre, son tratados por él como esclavos hechos para obedecer y no para gobernar. Los vicios son el objeto de su odio implacable. Mortifica sus pasiones, que son el elemento natural de los grandes acontecimientos. Habla como maestro a la naturaleza humana degradada, como maes­tro que exige una aceptación. Su palabra, austera co­mo lo es, se insinúa en el alma como un aire sutil y puro; la conciencia se penetra de ella y se persuade silenciosamente.
Jesús deja de un lado la política, que es cosa superflua para los verdaderos cristianos que adoran el dogma de la fraternidad divina.
Verdaderamente, ved ahí a un hombre especial, ved ahí a un pontífice y una religión que se separa de todas las otras.

Los Misterios del Cristianismo

Es cierto que Cristo presentó a nuestra fe una se­rie de misterios. Manda con la obligación de creer en ellos, sin dar otra razón que esta palabra terrible: soy Dios.
¡Lo declara! ¡Qué abismo establece por esta decla­ración entre él y todos los hacedores de religiones! ¡Qué audacia, qué sacrilegio, qué blasfemia, si no fuera cier­to! Digo más: el triunfo universal de una afirmación semejante, si ese triunfo no fuera realmente triunfo de Dios, sería el mayor de los absurdos, un contrasentido que envolvería la más completa negación de la razón humana.
Por otra parte, Cristo al proponer los misterios es consecuente con la naturaleza de las cosas, que es profundamente misteriosa. En efecto: ¿de dónde vengo?, ¿qué soy? La vida humana es un misterio, en su ori­gen, en su organización y en su fin. En el hombre y fuera del hombre, en la naturaleza, todo es misterio, ¡y se pretende que la religión no fuera misteriosa! La creación y el destino del mundo son un abismo impe­netrable, tanto como el destino y la creación de un solo individuo. El Cristianismo, por lo menos, no elude esas grandes cuestiones, ataca de frente, y sus dog­mas son una solución para el que cree.
Los paganos no negaban que la naturaleza de las cosas no fuese misteriosa. Los tenían de todas clases: misterios de Isis, misterios de bacanales, misterios de sabiduría y de infamia.
Es en este caso en el que se puede protestar de la noche impura y profunda que envolvía el santuario.
¡Qué amalgama heterogénea de principios contra­dictorios se encuentra en la teología caldea, griega y egipcia! ¡Qué océano de ideas mal digeridas, unidas sin ligazón, ni jerarquía! ¡Qué muestra de lo sublime y absurdo, de lo sagrado y lo profano! En lo que se nota menos oscuridad es en lo que se relaciona con el ori­gen de las sociedades, con su historia y sobre todo con la de los principios, mientras que el dogma se remon­ta a las mismas creencias o más bien a los mismos erro­res de una tradición perdida. Y el santuario pagano es en realidad el receptáculo tenebroso de las falsas ala­banzas de los sentidos, la cita impura de mil delirios de la imaginación y el asilo consagrado de todas las lo­curas del corazón y de todas las aberraciones de los siglos.
¿Semejantes templos, y semejantes sacerdotes pue­den ser acaso los templos y sacerdotes de la verdad? ¿Quién lo osaría sostener? No: los mismos paganos ja­más lo creyeron seriamente.
Sólo el Cristianismo ha ostentado esta pretensión desde su nacimiento, y sólo él tiene el derecho de ha­cerlo, porque su dogma es consecuente y está de acuer­do con esta pretensión. El politeísmo cuando atacó con tanto furor al Cristianismo tuvo su presentimiento. La voz del Cristianismo fue oída como un grito poderoso de la ciencia, que venía a despertar la conciencia. Tan pronto como la idolatría se sintió atacada por su base, y, no teniendo nada que oponer al ataque de ese grito generoso, la idolatría, amenazada en su existencia, res­pondió con un grito de rabia. Esta rabia no era produ­cida por la convicción, sino por la desesperación de aquellos que iban a dejar de vivir, porque sus vidas es­taban ligadas a la vida de sus ídolos.
Tal es la actividad de la mentira, que no tiene en sí nada de fijo. ¿Cómo podría ser que sobre la rama movediza del error pudiera germinar una creencia, una convicción? No: los paganos no creían en el paganismo, y, en nuestros días, un herético no puede ni debe te­ner sino una falsa confianza en los errores que le se­paran del catolicismo; pero cree con la misma seguridad que nosotros en los artículos comunes a las dos comu­niones, y es la creencia común la que explica la dura­ción de las herejías. No se puede explicar los resulta­dos obtenidos por Lutero y Calvino sino debido a las pasiones de los hombres y al socorro que recibieron de la política de los príncipes y de los grandes, quienes se sirvieron de la herejía como de un arma contra el po­der real y contra la autoridad eclesiástica. Pero, ¿cómo puede un hombre de buen sentido continuar siendo protestante en estos tiempos? El protestantismo existe hoy día más bien por sus conquistas pasadas que por su fuerza presente.

Gobierno de las almas

¿Cuál es la religión que sea absoluta, que aclare, que dirija y tranquilice la conciencia como la fe cris­tiana? Las falsas religiones dejan al espíritu, como un navío sin piloto, errar a la ventura. El mismo protes­tantismo muestra bien tristemente su origen por el abandono que hace del gobierno del alma.
Concibo que Lutero y Calvino hayan tenido mie­do de esta carga.
Sí, concibo que un hombre retroceda siempre an­te la dirección de las conciencias. ¡Dios sólo ha podido tomarla como un cetro que sólo a él le pertenece!
Todas las religiones, salvo la religión cristiana, arrojan el alma en el comercio de la vida común. Confucio propone a los chinos la agricultura, Licurgo y Numa creyeron contener a sus ciudadanos por el sa­bio equilibrio de las leyes y por la armonía de una so­ciedad bien organizada, Mahoma impelió a sus discípu­los a la conquista del mundo por el sable. Todas preci­pitaban al hombre hacia las cosas exteriores.
¿Qué relación hay, acaso, entre esta actividad y el sentimiento religioso? Veo en ellos, ciudadanos, una nación, un legislador, un conquistador, pero en ningu­na parte un pontífice.
¿Y quién sino Dios podía afirmar, con esa certi­dumbre absoluta, capaz de tranquilizar la conciencia, verdades tales como la existencia de Dios, la inmorta­lidad del alma, la creencia en el infierno, en el paraíso; esos dogmas que son las premisas de todas las religio­nes? Cuando el Cristo los anuncia como la esencia de su doctrina, lo hace con todo el imperio y absolutismo propios de su carácter de Hijo de Dios...

V SENCILLEZ DEL DOGMA CRISTIANO

UNA vez admitido el carácter de la divinidad del Cristo, la doctrina cristiana se presenta con la pre­cisión y la claridad del álgebra: es preciso admirar en ella el encadenamiento y la unidad de una ciencia.
Apoyada sobre la Biblia, esta doctrina es la que mejor explica las tradiciones del mundo; ella las aclara y los otros dogmas se le relacionan estrechamente co­mo los anillos engarzados en una misma cadena. Convengo en que la encarnación, vida y muerte de Cristo, del principio al fin, es un conjunto misterioso; pero éste resuelve todas las dificultades que se encuentran en todas las existencias; rechazadlo, y el mundo es un enigma; aceptadlo, y tendréis una admirable solución de la historia del nombre y de la humanidad.
El cristianismo tiene una ventaja sobre todas las filosofías y sobre todas las religiones: los cristianos no se hacen ilusiones sobre la naturaleza de las cosas. No se les puede echar en cara ni la sutileza ni el charlata­nismo de los ideólogos, que han creído resolver el gran enigma de las cuestiones teológicas, con vanas diserta­ciones sobre estos grandes objetos. ¡Insensatos, cuya locura se parece a la de un pequeñuelo que quiere to­car el cielo con la mano, o que pide la luna para sus juegos, por curiosidad! El Cristianismo dice con senci­llez: "Ningún hombre ha visto a Dios, sino Dios. Dios ha revelado lo que era. Su revelación es un misterio que ni la razón ni el espíritu pueden concebir pero des­de que Dios ha hablado, hay que creer en ello". Todo esto es de un gran sentido común.
No sé qué virtud secreta, qué eficacia posee el Evangelio, como un calor que obra sobre el entendi­miento y que a la vez encanta el corazón; se experi­menta al meditar en él lo que cuando se contempla el cielo. El Evangelio no es un libro, es un ser viviente, con acción, y una potencia que invade todo lo que se opone a su ensanche. Ved aquí sobre esta mesa este li­bro por excelencia (que el Emperador tocó con respe­to), no me canso de leerlo, y todos los días con el mis­mo placer.
Cristo no varía, no trepida jamás en su enseñanza, y la menor afirmación que hace está marcada con un timbre de simplicidad y de profundidad que cautivan tanto al ignorante como al sabio, por poco que presten atención.
En ninguna parte se encuentra esta serie de bellos pensamientos, de bellas máximas morales, que desfilan como los batallones de la milicia celeste, y que produ­cen en nuestra alma el mismo sentimiento que se ex­perimenta cuando se considera la extensión infinita del cielo resplandeciente, en una hermosa noche de verano, cuando brillan los astros en todo su esplendor.
No solamente nuestro espíritu se preocupa con esta lectura, sino que se deja dominar por ella. Una vez dueño de nuestro espíritu, el Evangelio nos ama con fidelidad. El mismo Dios es nuestro amigo, nuestro pa­dre y verdaderamente nuestro Dios. Una madre no tie­ne más cuidados con el hijo a quien le da el pecho. El alma seducida por el Evangelio no es más dueña de sí, Dios se apodera enteramente de ella; dirige todos los pensamientos y todas las facultades: ella le perte­nece por completo.
¡Qué prueba de la divinidad del Cristo! Con un imperio tan absoluto, no tiene sino un fin, el mejora­miento espiritual de los individuos, la pureza de la conciencia, la adhesión a la verdad, la santidad del al­ma. Veo ahí verdaderamente una religión, y reconozco en él a un pontífice.
Y lo que encanta a la convicción, son todas las ventajas y el bienestar que se reportan de una creen­cia semejante. El hombre que cree, es feliz. ¡Y vos ignoráis lo que es creer! ¡Creer, es ver a Dios, porque se tienen los ojos fijos en él! ¡Dichoso aquel que cree! ¡No cree todo aquel que quiere! Tal es el Cristianismo que satisface plenamente a la razón de aquellos que han aceptado su principio, que se explica por sí mis­mo por una revelación de arriba, y que explica natu­ralmente mil dificultades, que no tienen solución posi­ble sino por la fe.

Soy Dios

Finalmente, y es mi último argumento, no hay Dios en el cielo si un hombre ha podido concebir y ejecutar con un éxito completo, el propósito gigantesco de atraerse a sí el culto supremo, usurpando el nombre de Dios. Jesús es el único que se ha atrevido, y es el úni­co que ha dicho con claridad, afirmando sin turbación de sí mismo: Soy Dios: lo que es muy diferente de es­ta afirmación: Soy un Dios; o de esta otra: Hay dio­ses. La historia no menciona ningún otro individuo que se haya calificado a sí mismo con este título de Dios, en el sentido absoluto. La Fábula no establece en ninguna parte que Júpiter o los otros dioses se hayan divinizado. Eso hubiera sido de su parte el colmo del orgullo y una monstruosidad, una extravagancia absur­da. Ha sido la posteridad, han sido los herederos de los primeros déspotas quienes los han deificado. Siendo to­dos los hombres de una misma raza, Alejandro pudo decirse hijo de Júpiter; pero toda la Grecia se sonrió de esta superchería: y aún las mismas apoteosis de los emperadores nunca fueron tomadas a lo serio por los Romanos. Mahoma y Confucio se hicieron pasar simplemente como agentes de la divinidad. La diosa Egeria de Numa no ha sido sino la personificación de una inspiración nacida en la soledad de los bosques. Los dioses Brahmas de la India son una invención psicoló­gica.
¿Cómo es, pues, que un judío, cuya existencia his­tórica ha sido más averiguada que cualquiera de los sabios de los tiempos en que él vivió; él solo, hijo de un car­pintero, se presenta ante todos como Dios, como el ser por excelencia, como el Creador de todos los seres? Abroga toda clase de adoraciones. Forma su culto por sus propias manos, más no con piedras, sino con hom­bres. Uno se extasía con las conquistas de Alejandro. ¡Pues bien, ved ahí a un conquistador que conquista en provecho propio, que une, que incorpora a sí, no una nación, sino la especie humana!

El amor de los hombres

¡Qué milagro!, el alma humana, con todas sus fa­cultades, viene a quedar rendida a la existencia del Cristo.
¿Y de qué manera? Por prodigio que sobrepasa a todo prodigio.
Quiere el amor de los hombres; esto es, lo más di­fícil que se puede obtener en el mundo, lo que un sa­bio exige en vano de sus amigos, un padre de sus hi­jos, una esposa de su esposo, un hermano de su her­mano, en una palabra el corazón: es eso lo que quiere para sí, lo exige absolutamente, y lo consigue de se­guida.
Reconozco su divinidad. Alejandro, César, Aníbal, Luis XIV, con todo su genio, no lo consiguieron. Conquistaron el mundo, pero no pudieron tener un ami­go. Puede ser que yo sea el único en nuestros días que ame a Aníbal, César, Alejandro... El gran Luis XIV que esparció tanto brillo en Francia y en el mundo. Es verdad que amamos a nuestros hijos, porque obedece­mos a un instinto de la naturaleza, a una voluntad de Dios, a una necesidad que aun las bestias reconocen y cumplen: pero, ¿cuántos hijos hay que son insensibles a nuestros cariños, a tantos cuidados que les prodiga­mos?, ¿cuántos hijos ingratos? Vuestros hijos, general Bertrand, ¿os aman? Vos los amáis, y no estáis seguro que se os devuelva ese cariño... ¡Ni nuestros benefi­cios, ni la naturaleza, arribarán jamás a inspirarles un amor tal como el que los cristianos tienen por Dios! Si vos llegaseis a morir, vuestros hijos se acordarían de vos mientras gastasen vuestra fortuna, sin duda alguna; pero vuestros nietos apenas sabrán que habréis exis­tido.. .. ¡y vos sois el general Bertrand! Y vivimos en una isla, y no tenéis otra distracción que la vista de vuestra familia.
Cristo habla, y sin embargo las generaciones le pertenecen por lazos más estrechos, más íntimos que los de la sangre, por una unión más sagrada, más imperio­sa que ninguna otra unión. El inflama la llama de un amor que hace morir el amor de sí mismo, que preva­lece sobre todo otro amor. En este milagro de su vo­luntad, ¿cómo no reconocer al Verbo creador del mun­do?
Los fundadores de religiones no tuvieron siquiera la idea del amor místico, que es la esencia de Cristianis­mo bajo el bello nombre de Caridad...
Así es que el milagro más grande de Cristo, sin contradicción alguna, es el reinado de la Caridad. Sólo él ha conseguido levantar el corazón de los hombres hasta lo invisible, hasta el sacrificio del tiempo; sólo él, creando esta inmolación ha formado un lazo entre el cielo y la tierra.
Todos los que creen sinceramente en él se resien­ten de este amor admirable, sobrenatural, superior; fe­nómeno inexplicable, imposible a la razón y a las fuer­zas del hombre; fuego sagrado, donado a la tierra por este nuevo Prometeo, al cual el tiempo, este gran des­tructor, no puede gastar la fuerza ni limitar su dura­ción. Yo, Napoleón, es lo que más admiro, porque he pensado en ello a menudo, y es lo que prueba en ab­soluto la divinidad de Cristo.
He arrastrado a las muchedumbres que morían por mí. Líbreme Dios de hacer ninguna comparación entre el entusiasmo de los soldados y la Caridad cristiana, que son tan diferentes como sus causas.
Pero, era necesaria mi presencia, la electricidad de mi mirada, mi acento, una palabra mía; entonces alumbraba el fuego sagrado en sus corazones... Ciertamen­te, poseía el secreto de ese poder mágico que eleva el espíritu; pero no lo podía trasmitir a nadie; ninguno de mis generales lo recibió de mí; tampoco tengo el secre­to de eternizar mi nombre y mi amor en los corazones y de obrar en ellos prodigios sin ayuda de la materia.

Ahora me encuentro solo en Santa Elena

Ahora que estoy solo y clavado en esta roca, ¿quién pelea y conquista los imperios para mí? ¿Dónde se en­cuentran los cortesanos de mi fortuna? ¿Piensan acaso en mí? ¿Quién se interesa por mí en Europa? ¿Quién me ha sido fiel? ¿Dónde están mis amigos? Sí: dos a tres de vosotros, que vuestra fidelidad inmortalizará, me consoláis en mi destierro.
Aquí la voz del emperador tomó un acento particu­lar de irónica melancolía y de profunda tristeza. Sí: nuestra existencia ha brillado con todo el esplendor de la diadema y de la soberanía, y la vuestra Bertrand, re­flejaba este brillo, como la cúpula de los Inválidos do­rada por nosotros, refleja los rayos del sol... Pero han venido los reveses, el brillo poco a poco desaparece, la lluvia de la desgracia y de los ultrajes con que me abru­man cada día, se llevan los esplendores. Ya no somos más que plomo, general Bertrand, y pronto no seré si­no tierra.
¡He ahí el destino de los grandes hombres; el de Cé­sar y de Alejandro, y se nos olvida! Y el nombre de un conquistador, así como el de un emperador, no llega a ser sino un tema de colegio. Nuestras hazañas caen ba­jo la férula de un pedante que nos alaba o nos insulta.
¡Cuántos juicios distintos se permiten sobre el gran Luis XIV! Apenas muerto el rey, fue dejado solo en el aislamiento de su cámara de Versalles... olvidado por sus cortesanos y quizás objeto de risa. Ya no era el superior,  era un cadáver, un féretro, una fosa y el horror de una descomposición inminente.
Pocos momentos más veréis la suerte que me toca­rá... Asesinado por la oligarquía inglesa, muero antes de mi tiempo, y mi cadáver también será arrojado a la tierra para ser pasto de los gusanos.
Ved ahí el destino muy próximo del gran Napo­león... ¡¡Qué abismo se levanta entre mi miseria y el reino eterno de Cristo, predicado, amado, adorado, vi­viendo en todo el Universo!... ¿es eso acaso morir? ¿No es acaso vivir? ¡He ahí la muerte del Cristo! ¡he ahí la muerte de Dios!
El emperador se calló y como el general Bertrand guardara igualmente silencio: "¡¡Si vos no comprendéis repuso el emperador, que Jesucristo es Dios, me arre­piento de haberos hecho general!!...

Pues bien, diremos nosotros, si el lector después de haber meditado atentamente estas sublimes reflexiones de Napoleón, no ha desvanecido la duda de que Jesucristo no es un puro hombre, nos arrepentimos de ha­berle reputado capaz de comprender el genio del gran emperador.

 

Tomado de la obra: "Sentimien­tos de Napoleón sobre el cristianis­mo, conversaciones religiosas re­cogidas en Santa Elena".

Con las debidas licencias.
Vol. XXXVII.