El desafío de la paternidad

Andrés Bello • Vía Revista Huellas • Publicado el 14-06-12

«Porque me lo pide él»
Desde el pasillo se escucha claramente un altercado con voces de alumnos y profesores en el aula de 4ºA. Voy camino de mi departamento y me detengo porque la profesora de matemáticas siempre tiene jaleos en la clase y suelo ir a echarle una mano.
Esta vez el problema es gordo. La profesora desde su sitio y el profesor de guardia junto a ella están conminando a un alumno para que salga de la clase porque ha sido expulsado del aula. Al entrar, veo que el alumno en cuestión, Eduardo, sigue sentado en su pupitre y repite continuamente que es una injusticia y que él no sale de allí. El asunto es feo. Se está jugando la expulsión del Instituto. Pido permiso a los profesores que están en el aula y me dirijo a Eduardo: «¿Puedes salir conmigo, por favor?». Nos miramos a los ojos y, tras un instante donde todos contienen la respiración, Eduardo se levanta y se dirige a la profesora de matemáticas y al profesor de guardia: «Es una injusticia pero yo salgo porque me lo pide él». Se refería a mí.
Al día siguiente en la clase de 4ºA hablo de lo sucedido. Delante de todos, que confirman que era inocente de lo que se le acusaba, le pregunto a Eduardo: «Entonces, ¿por qué saliste cuando yo te lo pedí?». Me responde: «Porque es distinto si usted me lo pide». Le digo a todos: «¿Comprendéis?». Silencio. «Se ha movido fácilmente, cuando ni el mismo Director con la policía lo hubiera conseguido. ¿Por qué?». Silencio. «Porque ha empezado a reconocer una autoridad de hecho. Empezáis a seguirme porque en la relación conmigo vuestro “yo” se siente por primera vez comprendido y tomado en serio. Cuando esto ocurre, esa persona se convierte en autoridad para nosotros, aunque no tenga ningún poder. En la medida que este seguimiento se dé, os sorprenderéis obedeciendo con alegría a cualquier otro profesor, aunque en ocasiones lo que diga sea “injusto”».

Ayose recapacita. Kimberli sonríe
Dios existe, Dios no existe. Es la discusión que se plantea en una clase de Bachillerato. Todos hablan al mismo tiempo y se forma un barullo. Tras un rato de inútil discusión, intervengo: «Esto sólo lo podréis juzgar desde vosotros mismos, es decir, mirando vuestra experiencia cotidiana. Por ejemplo: «Ayose —me dirijo a un alumno a quien había visto con una chica de la mano por los pasillos—, tu novia, ¿te quiere?». Responde rotundamente: «Claro, profe». «Pero tú dices que Dios no existe», continúo yo. Ayose: «Claro, profe». «Pues esas dos afirmaciones son contradictorias. Si Dios no existe entonces el hombre —es decir, tú, tu novia— es pura materia, es totalmente fruto de la evolución de la materia que ha llegado hasta vosotros a través de los genes de un padre y de una madre, genes que, como has estudiado en ciencias, lo determinan todo, y todo está determinado de antemano. No hay espacio para la libertad. Si en el origen del hombre no hay una voluntad libre que le crea, la libertad no existe». Ayose me mira extrañado: «¿Qué quiere decir con eso?». «Quiero decir que, en el supuesto de que Dios no exista, tu novia no te quiere. En realidad se trataría sólo de una substancia en su cerebro que le obliga a quererte. Nada más. Cuando la reacción química cerebral disminuya, ya no te podrá querer». Reflexionan todos en silencio. Yo continúo: «Mira tu experiencia. ¿Te es suficiente con que el amor de tu novia sea una reacción química cerebral e involuntaria? ¿Quieres que tu novia te ame sólo por una reacción química?». «¡No!». «¿Esperas ser amado libremente?». «¡Por supuesto!», dice ahora casi protestando. «¿Cuántas veces al día le pides que te diga que te ama?». «Muchas, profe», me responde poniéndose un poco colorado delante de toda la clase. «Y ¿eso no es una impertinencia?», le digo yo. «¿No te basta con que te lo haya dicho hace un año?». La respuesta de Ayose ahora ya es casi un susurro: «No». «Porque necesitas que hoy, esta tarde o esta noche, se vuelva a dar la respuesta libre de tu novia: “Te quiero”».
La clase se queda suspendida en silencio. Ayose se queda pensando: «¡Profe, yo no puedo renunciar al amor de mi novia!». «Entonces es que toda tu humanidad grita a Dios. Yo tampoco estoy dispuesto a renunciar a mi propia humanidad que le grita a Él».

Tras la clase salimos al recreo. Yo me voy a una cafetería cercana al instituto donde me suelo ver con algunos estudiantes de Bachillerato para desayunar. Nada más sentarme delante del café, llegan unas alumnas a quienes conozco sólo de vista porque no son de mi asignatura. Un tanto alteradas se dirigen a mí para preguntarme por lo que acabo de decir en clase. «Pero ustedes no están en mi clase», les digo extrañado. Resulta que son amigas de mis alumnos y Ayose les has explicado hace unos instantes la conversación sobre la libertad y el amor de su novia. Una de las chicas, Kimberli, se declara atea: «Yo no tengo ningún problema con eso, porque el amor son sólo sentimientos que vienen y van». «Si no tienes ningún problema, ¿por qué vienes a buscarme ahora?, ya que no estás en mi clase y nunca hemos hablado hasta hoy». Me mira y no responde. De nuevo repito lo que acabo de decir en clase hasta que llega la hora de volver al instituto. Kimberli se despide diciéndome: «Nada es para siempre».
Ha pasado un mes. Por los pasillos veo a Kimberli, a quien desde la conversación en la cafetería saludo con especial afecto. Veo que hoy tiene mala cara, y me rehúye la mirada. Un poco indiscreto me voy hacia ella pensando que está enferma. No dice nada. La amiga que la acompaña es más indiscreta que yo: «Profe, es que la ha dejado su novio». «Kimberli, ¿no quedamos en que nada es para siempre?», le pregunto de manera provocadora. Kimberli no contesta. «Pero no es verdad. No tendrías esta cara de tristeza si antes no hubieras percibido claramente la promesa de bien, de “para siempre”, desde el momento en que te enamoraste, antes incluso de que él se te declarara. Tu corazón grita un Amor del cual el amor de tu novio era sólo un pobre signo. Por eso decir que eres atea es algo artificial en ti. Cuidado con que o das crédito a tu propia humanidad, o, de lo contrario, cedes a la ideología que te rodea, a lo que dicen los demás». Kimberli no me ha vuelto a hablar del asunto. Pero ahora cuando me ve sonríe.

Mario enseña, los chicos aprenden
Hace un año que conocí a Mario, un rumano sin trabajo que tiene una familia con su mujer, sus dos niñas y sus padres, todos dependientes de él. He estado alguna vez en su casa porque me ha invitado. Limpia los cristales de los coches junto a un semáforo para poder llevar comida a casa. Cuando llego al semáforo charlo un rato con él, aprendo algo de rumano, le pregunto por su familia y le dejo algún dinerillo de ayuda.
Al terminar las clases algunos alumnos vienen conmigo en el coche de vuelta a casa. Esta vez me acompañan Manute y JP. Después de pararme en el semáforo de Mario empiezan a protestar: “No es bueno dar dinero así a la gente. Además es el gobierno quien debe solucionar este problema. No deberías darle, profe, te puede estar engañando”.“¿Sabéis por qué le ayudo?”, les dije. “No porque yo sea mejor que los otros conductores que están en el semáforo, sino porque una vez un amigo me hizo darme cuenta de que yo también soy pobre, porque lo que más necesito no puedo dármelo a mi mismo. Tengo que mendigarlo cada día, soy un mendigo como Mario”. Él me recuerda cada día cuando nos vemos.
Al día siguiente volvemos a casa juntos en el coche. Al pasar Mario no está junto al semáforo, así que sigo adelante. De repente Manute y JP empiezan a gritarme: “¡Para! ¡Frena! ¡Mario está al otro lado!”. Efectivamente, viene corriendo desde la otra acera para saludarnos.
Ahora, cada día, al salir de clase los chicos me recuerdan: “¿Tenemos hoy algo para Mario? Luego puede que el semáforo esté en verde y no podremos parar.”

Cuando alguien nos entiende de verdad
“Para reconocer a Jesús lo primero de todo es darnos cuenta vivamente de nuestras experiencias, mirar con simpatía lo humano que hay en nosotros”, leo el texto de la clase de 2º B de la ESO. Ricardo es un chico inteligente y nervioso; levanta la mano inmediatamente para intervenir: “Profe, yo no pude venir a clase la semana pasada porque se murió mi tía”. Le pregunto cómo está. Empieza a contar delante de los compañeros la tristeza que tiene, la desgana para todo, el desánimo; habla de la relación con su tía, una segunda madre para él. Otro alumno salta intempestivamente para reprochar a Ricardo que cuente esas cosas en público. Se nota que le está tocando lo que cuenta Ricardo. “Fijaos cómo nos cuesta pararnos en las cosas que realmente nos suceden, nos resultan incómodas, incluso para los que nos escuchan”, comento yo. “Hay toda una censura que soportamos y ante la que cedemos, que nos impide mirar con simpatía nuestra propia humanidad”. Por esto los primeros discípulos se pegaron a Jesús, porque Él les entendía, y les explicaba lo que les pasaba o les acompañaba para que ellos lo entendieran por sí solos. Sus experiencias eran comprendidas totalmente.
Al día siguiente, me avisan de que hay una madre esperando para hablar conmigo. Es la madre de Ricardo. Yo me temo cualquier cosa. Pero la madre de Ricardo viene a darme las gracias: “Estoy preocupada por mi hijo, he pensado en llevarlo a un psicólogo, está sufriendo por la muerte de su tía y no quiere hablar de lo que le sucede”. Cuando volvió ayer del instituto, noté que algo había cambiado, y que venía más contento. Me dijo lo que había sucedido en su clase”. Le pregunto a la madre: “¿Qué le dijo usted a su hijo cuando murió su tía?” Me responde: “Qué tiene que aceptarlo”. “¿Ve usted – le dije – por qué su hijo no quiere hablar de lo que le pasa? Porque no encuentra una respuesta a la pérdida de su tía. Señora, su hijo necesita lo mismo que usted y que yo, la certeza de que la vida es buena, tiene un destino bueno. Esto es lo que ha empezado a intuir, por eso salió de clase más contento”.

La familia, el fútbol y la nostalgia
Es la última hora de clase. Los alumnos de bachillerato se han ido de visita con el profesor de Economía. Pedro es el único que no pudo ir. Este es el tercer curso que hace conmigo. El primer año estuvo ausente durante meses; la clase no tenía para él interés y venía porque estaban allí sus amigos. Dedicaba la clase a leer algún que otro libro o a escuchar música. Una vez me respondió: “Profesor, en la vida sólo hay dos cosas que valen: la familia y el fútbol”. Efectivamente se le daba muy bien el fútbol.
Pasado algún tiempo, un buen día entra en clase, sin percibir que yo venía detrás de él. Le estaba comentando a su compañero que la vida es una porquería. Una vez ya en la clase, con los alumnos sentados en sus sitios, le desafié para que dijera en voz alta lo que venía diciendo al entrar: “La familia y el fútbol, ¿han desaparecido de tu vida o es que nunca fueron suficientes?”, le pregunté. Desde entonces, las clases ya nunca fueron igual que antes para él.
Hoy el sol está cubierto de nubes. El día es gris y está lloviznando. Como resulta que estamos los dos solos en clase, nos vamos, y, al llegar a mi coche, Pedro me pide que le acerque a su casa. Por el camino me dice: “Profe, antes estos días grises era terribles para mí, me producían una nostalgia insoportable”. “¿Y ahora?”, le pregunto. “Ahora la nostalgia no me impide ser feliz. Al contrario, me recuerda que mi vida tiene sentido porque Él está. Se que Dios existe y tengo nostalgia de Él”.

El viernes Paxon hizo pellas...
A todos mis alumnos, cuando se fugan de clase, les pido que hagan un breve trabajo, un juicio sobre por qué se fugan, qué es lo que buscan y si ha merecido verdaderamente la pena perder la clase e irse por ahí. Si lo hacen y me lo entregan, incluso les sube la nota aunque hayan faltado a clase sin justificación.
Paxon es una alumna de bachillerato. El viernes ha hecho novillos. Cuando volvemos a vernos en clase, le pregunto qué ha hecho el día de su fuga, cómo ha pasado su tiempo, si ahora está más contenta. Le recuerdo que me tiene que entregar escrito su juicio sobre su experiencia en ese día.
Hoy, al terminar la clase, Paxon me entrega un folio escrito a mano, explicándome que el juicio lo ha hecho sobre otra cosa que le ha sucedido después. Llego a la sala de profesores y comienzo a leer. Un amigo de la pandilla de Paxon ha tenido un accidente en la autopista, está muy grave y su pronóstico es incierto. Al final de la carta escribe: «Me siento tan mal que es ahora, Profe, cuando me paro y pienso que si yo no vivo en primera persona y soy leal conmigo misma, nadie lo va a ser en mi lugar. Tengo que darte las gracias porque sin tus clases nunca hubiera podido ser tan leal con mis cosas, nunca las habría mirado a la cara».
Quedamos en que la próxima vez que nos veamos tendremos que mirarlo juntos y enjuiciar las cosas tal como son. Pero, por primera en su vida, el dolor para Paxon ya no es la última palabra.

Fabián busca porque Otro ya le ha buscado
Hace días que veo a Fabián, de primero de Bachillerato, un poco más serio, pensativo. Es un buen alumno, aplicado, quiere estudiar Medicina. Este curso ha empezado a participar de la Escuela de comunidad de los bachilleres, fuera del instituto. Hasta hace poco su padre le prohibía acercarse a la parroquia porque, así dice, «esa gente está a favor de los ricos».
Es la hora del recreo y me encuentro con Fabián en el jardín, dando cuenta de un bocadillo con otro compañero. «¿Cómo estáis?», les saludo. Ya saben que no es una mera formalidad porque son alumnos míos desde hace más de dos años. Fabián me responde: «Tengo un problema en casa, porque mi padre piensa que o bien estoy fumando droga o bien tengo un problema psiquiátrico». «¿Y eso?», le pregunto extrañado. «Es que mi padre me ha notado triste y le he dicho que es porque me salió mal un examen». Me sigue contando: «Esta empeñado en llevarme a un médico porque dice que nunca me había visto triste por un examen». «Y tú qué dices, ¿qué juicio tienes sobre tu tristeza?». Me responde: «Es verdad que empecé a notarla desde que suspendí el examen. Pero es otra cosa. Antes pasaba por encima de lo que me sucedía, pero ahora me paro a mirarlo; me he dado cuenta de que no hay proporción entre lo que me sucede y el examen. Definitivamente es otra cosa. Por eso estoy yendo a la Escuela de comunidad, quiero saber si es verdad que estoy bien hecho, y qué es lo que me falta». Vuelvo a constatar cómo incluso con el deseo de bien de un padre puede adolecer de censura y negación. La experiencia cristiana no consiste en convencer a mis alumnos de ciertas doctrinas, ni mucho menos en apuntarlos a un registro de asociados, que sólo daría gloria a la nada. El valor de mis clases y de toda la convivencia en el Instituto está en que compruebo que hay una Presencia real despierta lo humano que hay en cada uno de nosotros. Esta es la victoria que vence al mundo.

Un lugar que sólo ocupa el Señor
Jaime es de los alumnos que siguen con mayor atención la clase. Es hijo de inmigrantes americanos. Sin embargo noto que hay un cierto enigma en nuestra relación, como una distancia. Al salir del instituto me pide que le acerque en coche al lugar donde trabaja su padre. En el trayecto va fluyendo la conversación y, en un momento dado, me revela su pequeño enigma: en realidad pertenece con su familia a una comunidad cristiana Pentecostal. «Mis padres no querían que fuera a clase de religión por miedo a que dejara nuestra comunidad». «Y tú, ¿por qué sigues asistiendo a mis clases después de tres cursos?», le pregunto. «Porque me ayuda a comprenderme a mí mismo y me muestra qué tiene que ver la fe con mi vida. Eso me gusta, me ayuda, y se lo repito a mis padres que siguen un poco preocupados».
De nuevo volvemos a encontrarnos a la salida del instituto. Me estaba buscando: «Tengo un problema que hablar con usted». «Hace tiempo que estoy saliendo con una chica y me doy cuenta de que los domingos cuando nos despedimos hasta la semana siguiente siento una tristeza enorme». «Eso no es nada malo, ¿no?», le pregunto. «Es que a mí me han enseñado que el Señor es lo primero y ahora tengo miedo a que ella ocupe el lugar que sólo es del Señor». «Jaime – le digo –, la tristeza que sientes los domingos por la tarde es la prueba patente de que el Señor es uno solo. La tristeza que sientes es el síntoma de que te falta algo, de que hay un vacío que ella no puede llenar. Ella es un signo – ahora el más potente en tu vida –que Jesús te pone delante para que tú le reconozcas a Él. En Jesús el Misterio infinito de Dios y el signo coinciden. Cuanto más la mires a ella por lo que verdaderamente es, como un signo que te remite a Otro, tanto más te adherirás al Señor que aparece en tu vida de este modo y la querrás a ella más verdaderamente. Si la miras bien, ella no puede separarte de Jesús, al contrario, a poco que seas leal, te conduce a Él».
Cuando nos despedimos siento que se va respirando. Rezo un Memorare por él y me doy cuenta de que yo no decido dónde debe estar cada uno, que Jaime debe verificar la tradición en la que ha nacido para poder ver por sí mismo a dónde el Misterio bueno de Dios lo conduce.

El descubrimiento de Jimmy
Jimmy es un excelente estudiante de 16 años. Todos están contentos con él por su buena actitud en clase y en familia. Siempre le estoy oyendo decir que él no siente ninguna necesidad, ninguna exigencia más allá de tomar las cosas tal como son. Para Jimmy la vida está bien tal como es. Cuando me dice esas cosas yo me sonrío mirándole a los ojos y él instantáneamente siempre me retira la mirada.
Un día me dice: «Profe, ten paciencia conmigo, me he acostumbrado desde niño a censurar todo cuanto me podía herir. Para mí la vida consistía en responder a todo lo que me pedían mis padres o mis profesores para que estuvieran contentos conmigo». «Tienes todo el tiempo que quieras, y piensa en que cada paso que des es como un punto de certeza sin retorno», le aseguré yo.
Un año después de esta conversación, Jimmy se me acerca y me suelta sin más preámbulos: «Necesito confesarme». Le provoco: «¿Y qué extraña necesidad es esa que tienes? ¿No será que estás deprimido o con gripe?». «Necesito ser perdonado y no me basta con el perdón de los demás, ni consigo perdonarme a mí mismo».
«Jimmy, ahora ya has comenzado a reconocer la Presencia de Dios, porque la grita tu humanidad; te sientes herido, vulnerable, frágil y experimentas tu verdadera necesidad: ser afirmado incluso más allá de tu error, ser amado por ti mismo y no como resultado de hacer las cosas bien o como los demás lo esperan de ti. Por eso no vienes a mí para hablar un rato de tu vida, vienes a pedir lo único que ni tú ni yo podemos darnos a nosotros mismos: ser perdonados, para volver a nacer de nuevo de Uno que sigue afirmando tu ser instante a instante».
Quedamos para confesar al día siguiente. Ahora sí que me mira fijamente a los ojos.

Martín vuelve al instituto
Martín siempre sale el último al terminar la clase. Le queda una última pregunta que hace cuando todos los alumnos ya han salido. «Usted está equivocado», me dice al final. Y añade «La mayoría de la gente piensa de otra forma». Y siempre le respondo lo mismo: «Si yo no tengo razón, ¿por qué me persigues con tus preguntas y me repites día tras día lo mismo? La mayoría de la gente, como tú dices, no hace eso».
Al comenzar el curso Martín no está, se ha marchado lejos, para ir a vivir con su padre. Casualmente cada día, para llegar al instituto, tengo que pasar por delante de la casa de su madre, dónde él vivía, y pienso en qué será de él y de la pregunta que lleva dentro. En ese momento, pido por él cada día, porque la contienda que se entre él y yo todavía sigue sin resolver. Me parece que estoy esperando cada día, como el padre del hijo pródigo, la libertad de un hijo que se ha marchado lejos.
Llevamos dos meses de curso. Salgo del instituto para tomar un poco el aire en un intermedio de clase y, contra toda probabilidad, me encuentro a Martín en la puerta. Me da un fuerte abrazo y me cuenta que viene a trasladar de nuevo la matrícula a nuestro instituto porque se viene a vivir otra vez aquí. «¿Le sorprende que haya vuelto, profe?», me pregunta. «Martín, ciertamente yo no sabía qué iba a pasar, pero sí estaba seguro de que algo ha sucedido entre nosotros y que todavía tus preguntas no tenían respuestas satisfactorias. ¿Quién te ha alcanzado y ha abierto en ti todas esas preguntas? Durante todo un curso te has rebelado de una forma u otra frente a las cosas que digo en clase. Es hora de que las mires a la cara. Podemos hacerlo juntos». «Sí», me responde, «yo también lo sé, por eso me alegro de haber vuelto».

¿Basta con conformarse?
Se acerca un alumno porque quiere hacerme una consulta. No lo conozco, es de los mayores, pero llegó al instituto este curso. Edgar, así se me presenta, escribe novelas y quería conocer algunos datos del catolicismo para incluirlos en su último libro.
Como la vida urge, a los pocos minutos estamos hablando de lo que más nos interesa. Me cuenta su historia personal, de padre ateo y madre creyente, con una novia de la que está muy enamorado. Asistió durante años a clase de religión católica empujado por su madre, pero ya había abandonado esa posibilidad. Me dice: «Yo reconozco en mí esa exigencia infinita de la que usted habla; pero esto le sucede a todos los seres humanos; es un error que padecemos y que tenemos que corregir». «Edgar, —le respondo— el anhelo más profundo que hay en ti, ¿es un error? Es afirmar que tú eres un ser fallido, porque en el fondo tú eres ese anhelo. Las consecuencias de esta afirmación son un impedimento para vivir una vida realmente humana, ¿te das cuenta?». «He aprendido desde hace años a practicar un conformismo —me explica Edgar—, a fijarme pequeñas metas a corto plazo que estén a mi alcance, de este modo nunca me siento defraudado, y soy feliz».
Yo no podía pensar en ese momento que antes de 24 horas tendría la siguiente conversación con un alumno que hasta entonces no sabía ni que existía. Me encuentro de guardia en la sala de profesores. Las guardias son siempre una buena ocasión para ayudar a los alumnos a enjuiciar ciertas situaciones, con frecuencia conflictivas, que están viviendo. Edgar ha abandonado la clase. Como él es más maduro que el resto de sus compañeros, le cuesta el comportamiento infantil de los otros, que le han gastado una broma pesada. A pesar de haberse dirigido ya al jefe de estudios, viene a mí para decirme que necesita hablar: está enfadado y siente la necesidad de una justicia que no se ha satisfecho ni con la intervención del jefe de estudios. Me cuenta que en otro instituto ya tuvo un problema por estas cosas: una pelea violenta a la salida del instituto que le costó el expediente de expulsión. «¿Qué hago?», me dice. «¿Me preguntas “qué haces”?», le respondo, «¿no me dijiste ayer que tenías la solución para salir al paso, que era la de conformarte en la vida? Pues ¡confórmate!». Al instante, me doy cuenta de haberle propinado un golpe bajo casi sin querer, así que añado inmediatamente: «Amigo, no estás mal hecho, la exigencia infinita de justicia que experimentas no es un error a corregir ni a refrenar. No puedes pasarte la vida reduciendo antinaturalmente tu propia humanidad. Esto ni es humano ni es sano. Haz cuentas con la amplitud de tu humanidad, que te llevará a ampliar también la estrechez de tu razonamiento. Por fuerza debe existir lo que responde a la totalidad de lo que tú eres».
Puedo decir que cuando nos saludamos ahora hay una cierta simpatía entre nosotros. Antes éramos extraños, ahora estamos en el mismo camino. Por supuesto, no hubo pelea a la salida del instituto.

Positividad, que no positivismo
En la clase de 4º hemos estado estudiado el positivismo: las cosas son lo que son, no hay nada más allá de lo que podemos medir y conocer mediante nuestra razón “científica”. Es lo propio de la cultura que predomina hoy. «¿Qué os parece? ¿Es verdad?», desafío a la clase. Diferentes respuestas forman una algarabía. «Pues yo tengo un problema», me lanza Albano. «La vida es una madeja de problemas, bienvenido a la gran aventura», le respondo. «He comenzado a salir con una chica —prosigue— simplemente porque me gustaba y esto por sí mismo me satisfacía, no deseaba nada más. Ahora han pasado dos meses y resulta que empiezo a tener miedo». «¿Tan peligrosa es la chica?», le digo riéndome. «¿A qué puedes tener miedo?». Albano: «A perderla». «Veamos, empiezas a salir con una chica, pero ya sabes que nada es para siempre y que —según pensáis algunos— te basta con mantener una relación por lo que da de sí. Pero ahora resulta que aparece en ti un deseo mucho mayor, que aparece un deseo que está antes del miedo; el miedo aparece después, una vez que empiezas a desear que sea para siempre, porque ni tú ni ella podéis responder con seguridad a este deseo». Albano escucha en silencio. «Por otro lado, ¿cómo una chica, por maravillosa que sea, puede despertar un deseo en ti que es infinitamente mayor que ella, que es a todas luces desproporcionado? ¿Quién despierta en ti este deseo? Es como si la chica fuera un reflejo, un signo de otra cosa, ¿o no?». Albano sonríe y recuerda lo estudiado en clase: «Me doy cuenta de que tengo una exigencia de eternidad que ella despierta en mí; ella me es dada». Y añade: «Ahora me quedo contento, esta tarde se lo voy a decir a ella».
Al mediodía llego a casa. Tengo unos mensajes en el chat de una alumna de 4º: «Profe, a mí me pasa lo mismo que a Albano, me lo tienes que explicar». Quedamos para vernos el día siguiente. El positivismo se cae con solo mirar la experiencia.

Jordi, Malena y yo
Es media mañana. Me encuentro en la calle a un antiguo alumno que tuvo muchos problemas y fue expulsado de varios institutos. Una historia de profundas heridas desde la infancia: un padre en la cárcel, una madre a quien le retiran la custodia de sus hijos, y el duro recorrido por distintos centros de acogida. Jordi ya tiene 18 años, recibe una paga del Estado y su única ocupación es obtener el carnet de conducir. Nos saludamos con afecto, como siempre, y le pregunto por su vida. «Profe, estoy mejor que nunca, disfrutando sin hacer nada y cobrando una paga; hago lo que quiero». «Bueno, Jordi, – le digo – te recuerdo que estás hablando conmigo, y que yo sé de qué va tu corazón. ¿No cambiarías lo que tienes ahora, la paga y el carnet de conducir, por la experiencia de ser amado verdaderamente?». «Profe – me contesta Jordi – ya sabes que sí lo haría, pero ni siquiera he encontrado una chica que me quiera de verdad». «No sería mal comienzo, pero el sufrimiento que has vivido te enseña que necesitas mucho más». Y añadí: «Ya sabes dónde me tienes siempre. Te espero». Me da la mano y se va.
Por la tarde. Una pequeño grupo de Escuela de comunidad al que asisten algunos alumnos de mi instituto. Una chica, Malena, comienza diciendo que por una serie de cosas que le han sucedido durante la semana se ha sentido fatal y ha pensado que ella no sirve para nada, que nadie la quiere. Le pregunto: «¿Cómo puede ser que una chica como tú, con unos padres y una familia que se preocupan por ti, con amigos y amigas a tu alrededor que vienen contigo a clase, con unas posibilidades económicas y sociales muy superiores a la media, puede sentir que no es amada?». Le cuento lo que me ha sucedido con Jordi esa mañana y cómo le pasa lo mismo que a ella. «Se puede entender que un chico con una herida de abandono tan profunda, con todo un cúmulo de situaciones tristes y además carente de medios económicos, pueda sentirse no querido, ¿pero tú? ¿Qué puedes tú tener en común con un chico como Jordi?». Dejo que se lo piensen un rato. Luego. «Pues tenéis el mismo corazón, la misma humanidad que, al igual que la mía, exige ser amada de un modo incondicional». Malena responde inquieta: «Y ahora ¿qué?». «Ahora escucha esa exigencia de tu corazón, sin reducirla rápidamente. Estoy seguro de que te sorprenderás haciendo esta experiencia: puesto que no me doy la vida a mí misma pero existo, vivo porque “alguien” quiere mi vida en este instante. Pregúntate si acaso esto no quiere decir que eres amada, querida de verdad, instante tras instante. Lo comprenderás tú sola».

Pedro tiene algo que contar
Pedro no está muy ducho en francés porque es la primera vez que tiene esta asignatura. La profesora ha organizado una visita por la ciudad acompañados por un guía y los alumnos han tenido que preparar las explicaciones en francés para sus compañeros. Pedro ha asistido a la actividad.
Al día siguiente, veo a Pedro en el recreo que viene corriendo hacia mí. Tiene algo que contar. «¿Qué te ha pasado, Pedro, que te veo tan contento?». «Profe, he comprendido qué es una presencia, he tenido la experiencia de estar ante una presencia». Me explica: «Ayer hicimos la actividad de francés y mis compañeros, que llevan años estudiándolo, han preparado la explicación de los lugares de la ciudad que íbamos visitando. Estaba todo tan bien preparado, lo hicieron con tanta seriedad, era tan bello, que poco a poco me fui dando cuenta que estaba delante de otra cosa distinta que ellos, estaba ante una presencia, ante alguien que hacía todo aquello para mí».
Yo también estoy sorprendido por lo que me cuenta, sé que Pedro podría inventarse muchas cosas pero nunca ésta, por eso no quiero dejar la cosa ahí y le provoco a afinar el juicio: «¿Qué tuviste que hacer para darte cuenta de esa presencia. ¿Tuviste que esforzarse mucho, concentrarte quizá? ¿Cómo sabes que era real y no imaginada por ti?», le pregunto yo. Respuesta de Pedro: «Porque me sorprendí. En vez de volcar mis ideas sobre lo que estaba sucediendo, como suelo hacer, me dejé sorprender por algo que no hacía yo, que estaba allí, que se me daba y que se correspondía conmigo. Al terminar, me fui a mi casa contento y agradecido».

¿Por qué les miran sin pestañear?
A los alumnos de 2º les toca hacer una visita al centro histórico de la ciudad. Uno de los profesores encargados se ha puesto enfermo y me piden de la dirección que le sustituya. Todo está programado pero no está cubierto todo el tiempo. Yo sugiero para terminar la visita entrar en un monasterio de clausura que nos coge de camino.
La guía nos va llevando por casas y palacios en los que entramos con su correspondiente explicación. Al cuarto de hora los alumnos ya se aburren, y la guía se pone cada vez más nerviosa porque no consigue centrar su atención a pesar de la ayuda de los profesores. Nada más terminar nos dirigimos al monasterio. Pienso que tal como están los chicos, cansados de tanta explicación, lo prudente es hacer una visita rápida, saludar a las monjas y dejarles tiempo libre. Con esta intención entramos en el locutorio. Los chicos ven las rejas y se acercan expectantes. «Es la curiosidad inicial – me digo a mí mismo –, algo nuevo para ellos, ver unas monjas de clausura por primera vez; pero en un cuarto de hora salimos porque se van a aburrir». Están callados, pero cuando entran las hermanas en el locutorio el silencio ya es absoluto. Son unos cuarenta alumnos y no hay sillas para tantos así que las monjas les invitan a sentarse en el suelo. Se apiñan como pueden y los de la primera fila se agarran a las rejas de hierro. Es todo un cuadro. Tenían delante cinco monjas de todas las edades que empiezan a hablar de su vida, de su vocación. Los chicos les miran sin pestañear. Hasta los más conflictivos escuchan atentamente. Pasa el cuarto de hora que yo había fijado de antemano y los chicos siguen ensimismados y empiezan a hacer preguntas, un diálogo entre un lado y otro de la reja. Al cabo de una hora, tengo que avisar a las monjas y a los chicos de que tenemos que marcharnos pero allí nadie se mueve, así que me veo obligado a terminar. Parafraseando a Eliot, que mis alumnos ya conocen, digo: «¿Dónde está la vida que buscamos y perdemos continuamente y que estas mujeres tienen dentro de estos muros? La vida se nos da para perseguir lo que ellas tienen, aquello por lo que realmente merece la pena vivir». Salimos y todavía tengo que despegar a los últimos que quedan imantados en la reja del locutorio. Los chicos están contentos. Una chica que no está en mi asignatura me dice: «Ha sido lo más bonito de toda la mañana». «¿Por qué será? Porque tu corazón sabe lo que le corresponde, sabe lo que espera. Tu corazón reconoce fácilmente a Aquel que ha salido hoy a tu encuentro».

Pedro tiene algo que contar
Pedro no está muy ducho en francés porque es la primera vez que tiene esta asignatura. La profesora ha organizado una visita por la ciudad acompañados por un guía y los alumnos han tenido que preparar las explicaciones en francés para sus compañeros. Pedro ha asistido a la actividad.
Al día siguiente, veo a Pedro en el recreo que viene corriendo hacia mí. Tiene algo que contar. «¿Qué te ha pasado, Pedro, que te veo tan contento?». «Profe, he comprendido qué es una presencia, he tenido la experiencia de estar ante una presencia». Me explica: «Ayer hicimos la actividad de francés y mis compañeros, que llevan años estudiándolo, han preparado la explicación de los lugares de la ciudad que íbamos visitando. Estaba todo tan bien preparado, lo hicieron con tanta seriedad, era tan bello, que poco a poco me fui dando cuenta que estaba delante de otra cosa distinta que ellos, estaba ante una presencia, ante alguien que hacía todo aquello para mí».
Yo también estoy sorprendido por lo que me cuenta, sé que Pedro podría inventarse muchas cosas pero nunca ésta, por eso no quiero dejar la cosa ahí y le provoco a afinar el juicio: «¿Qué tuviste que hacer para darte cuenta de esa presencia. ¿Tuviste que esforzarse mucho, concentrarte quizá? ¿Cómo sabes que era real y no imaginada por ti?», le pregunto yo. Respuesta de Pedro: «Porque me sorprendí. En vez de volcar mis ideas sobre lo que estaba sucediendo, como suelo hacer, me dejé sorprender por algo que no hacía yo, que estaba allí, que se me daba y que se correspondía conmigo. Al terminar, me fui a mi casa contento y agradecido».

Cantando un bolero
En la clase de 4º estudiamos las actitudes irrazonables que el hombre puede asumir frente al interrogante último sobre el sentido de la vida. Yo lanzo la provocación: «¿Podéis afirmar tranquilamente que las preguntas y las exigencias más profundas de vuestro corazón son una trampa biológica, algo que está en nosotros para empujarnos ciegamente a ponernos al servicio del progreso de la especie humana, sin que tengan un cumplimiento para nuestra propia persona? ¿Satisface esto a la razón?».
De nuevo Martín, el chico que ha vuelto al colegio como el hijo pródigo, comienza una discusión que anima a toda la clase. «A mí sí que me satisface. Sé que nada es para siempre, disfruto del momento, sabiendo que un día se terminará y punto. No necesito más». Otros alumnos salen a responderle, pero él sigue argumentando todo lo que puede y más. Termina la clase y se acerca a la mesa del profesor mientras algunos alumnos le rodean interesados: «Usted no puede pretender tener razón. Yo lo veo de otra forma. Para usted es como si la vida no mereciera la pena, como si fuera una excusa para otra cosa». «Eso no es así — le respondo —, más bien es al contrario. Mira, la diferencia entre tú y yo es que yo vivo en el viernes por la tarde y tú vives en el domingo por la tarde». Me ha entendido perfectamente, cualquiera de mis alumnos sabe cuál es la diferencia entre las primeras horas del fin de semana y la tarde del domingo cuando ya tienes que volver a clase al día siguiente.
Días después, Martín me busca en el patio, quiere hablar conmigo un rato. «En lo que yo sostengo sólo hay un problema — comienza diciendo —, ¿por qué siento tristeza cuando pienso que lo que tengo y disfruto se va a terminar? ¿Y por qué siento continuamente que me falta un horizonte mucho mayor, que todo me parece poco?». La conversación continúa ahora ya delante de otros alumnos que escuchan atentamente. «Entonces — le digo —, ¿es razonable afirmar que la vida es una trampa biológica, una artimaña de la naturaleza y nada más?». La chica de ojos verdes me escucha esperando la respuesta, y yo recuerdo el viejo bolero “El reloj” que comienzo a cantar ante la sorpresa de los chicos: «Detén el tiempo en tus manos, “haz esta noche perpetua” para que nunca se vaya de mí». Martín asiente.

Hijo de tu hijo
La noticia se extendió rápidamente entre los alumnos. Esta mañana, tras una brevísima enfermedad de dos semanas, ha fallecido una profesora del Instituto vecino, donde dí clase hace tiempo. Era especialmente querida por los alumnos y profesores, dotada de una bondad natural y de un carácter dulce y discreto. Me lo cuenta Damián, que fue alumno suyo en ese instituto hasta el curso pasado, y ahora es alumno mío. Viene apresuradamente a darme la noticia. «Profe, ¿se ha enterado ya?». Efectivamente yo todavía no me había enterado. «¡Qué injusticia!», exclama.
Más tarde nos encontramos en la clase. «¿Por qué sientes que es una injusticia, Damián?». «Porque era la profesora más buena que había en el instituto, la que mejor nos trataba. ¿Tenía que ser precisamente ella la que se muriera?». Recordando la entrevista al filósofo Rossi (en Las arañas y las hormigas, Crítica, 1990, pp. 217-218), les dije: «Podéis pasar de la demostración de la existencia de Dios, pero todos sentís una piedra en el estómago cuando os dais cuenta que, al negar la posibilidad del más allá, la exigencia de justicia que todos tenemos queda insatisfecha. De hecho, no existiría la justicia. Con eso tenéis que hacer las cuentas».
En el cementerio están todos los profesores. Creyentes y agnósticos, favorables y contrarios a la Iglesia. Los conozco a todos desde hace años. Me sorprende que me estuvieran esperando, necesitando un significado que no se pueden dar a sí mismos. Se me acercan también mis antiguos alumnos con esa mirada que mendiga una respuesta. Los saludo uno a uno en silencio. Constato cuánta confusión prueban los hombres hoy, jóvenes y adultos.
En la celebración les cuento cómo Damián me dio la noticia y sigo: «Todos tenemos en común un grito que es exigencia de justicia. Si hoy podemos mirar juntos esto sin esconderlo es porque Cristo, una vez que ha entrado en la historia, ha hecho suyo este grito en una cruz. Independientemente de la ideología de cada uno, de su forma de pensar, lo que está sucediendo aquí y ahora entre nosotros, atestigua que necesitamos su Presencia para que sea posible la justicia que anhelamos». Al terminar el entierro son los profesores más alejados de la fe los primeros que vienen confirmar la correspondencia que han sentido al escuchar mis palabras. Gracias a Damián yo he podido hacer el camino completo desde el dolor a su significado. Una mirada atenta y tierna, que siente el peso de una piedra en el estómago, te permite acercarte a los otros en cualquier condición en que se encuentren. Y es que a veces uno es hijo de sus alumnos. Porque para ser padre, hay que ser hijo.

El disgusto de María Jesús
En estos últimos meses hemos estudiado el planteamiento del problema humano. Son alumnos de 2º de secundaria. Para terminar el trimestre vemos una película que nos ayude a darnos cuenta de nuestras experiencias. La historia nos presenta a una mujer y a un niño que viven una aventura para encontrar al padre del chico. En los personajes aflora todo el problema humano, el deseo, la soledad, la tristeza, la necesidad de un sentido y la nostalgia. Los alumnos han seguido la película atentamente a pesar de no estar acostumbrados a ver un tipo de cine con un ritmo pausado, diálogos y poca acción. Nada de efectos especiales.
La película ha terminado. Nadie se mueve de su sitio, en silencio. María Jesús es la primera en reaccionar mostrando su disgusto: «¡Profe, la película no debería acabar así!». Y es que al final, una vez encontrada la familia del niño, los protagonistas se separan y la mujer teme que un día el niño también se olvide de ella como la había olvidado su propio padre. «No puede terminar de esta manera», empiezan a clamar otros alumnos en lo que ya es un clamor unánime. Me cuesta hacer un poco de silencio en la clase para hacerme escuchar. «¿Por qué os molesta tanto cómo termina una película? Al fin y al cabo es sólo una película, ¿no?», consigo decir cuando lo alumnos se han calmado. «María Jesús, habrías preferido que la historia tuviera un final feliz, sin drama, para irte tranquila a tu casa. Es tu propio drama el que queda abierto, tu propia humanidad que echa en falta otro final». En la clase ya no hay protestas sino expectación. María Jesús responde bajando la mirada: «Sí, es verdad».
Ha tocado el timbre, yo concluyo la clase: «Chicos, hoy hemos puesto una pica en Flandes, una pequeña victoria. Ahora podéis mirar con simpatía todo lo humano que hay en vosotros, porque Cristo llega precisamente ahí, a vuestra humanidad herida como la de los personajes de la película».

Partir de la realidad
Es domingo por la noche. Recibo un mensaje en el chat y es Jimmy, alumno de bachillerato que me pide que le preste una Biblia. Pienso que esto merece una conversación más detenida. «¿Para qué quieres una Biblia?». «Quiero leerla para comprender mejor», me dice. «Para comprender tiene que suceder algo, tienes que tener algo real delante de ti, porque el cristianismo es un hecho que las palabras de ese Libro te ayudan a comprender. De lo contrario lo único que te queda es una interpretación abstracta». «¿Y no puedo empezar por una interpretación abstracta?». «Veamos – le respondo – imagina que un chico no se ha enamorado, pero quiere enterarse de lo que es el amor leyendo las cartas de amor de su primo. Nunca se enterará de verdad, confundirá el amor con sus interpretaciones». Jimmy se ríe en el chat y contesta – «¡Qué buena esa!». Yo sé que Jimmy ya ha tenido un encuentro, así que le invito a seguirlo seriamente para comprender en la Escritura lo que ya ven sus ojos.
Sin embargo ahora se produce un silencio y yo me doy cuenta de algo que ha estado ante mí todo este tiempo: tiene miedo. Sigo la conversación: «Tu problema Jimmy es que te defiendes con uñas y dientes. Te asusta volcar toda tu persona en Otro, tienes miedo a arriesgar, sientes vértigo, y prefieres encerrarte en tu casa a leer cartas de amor que tú puedas interpretar a tu gusto». – «¡Qué bien me conoces, profe! Creo que a partir de ahora me voy a tomar en serio la Escuela de comunidad. ¿Qué toca para el viernes?».