Partimos de un vacío o de un pleno

Marco Aleo • Publicado el 15-06-12

Nosotros no podemos relacionarnos de una manera verdadera con nada si no partimos de una Presencia, de una sobreabundancia que se nos dona, de la experiencia de Alguien, de que ilumina la noche de nuestra soledad. De otra manera pretenderemos que sean los demás o lo que hacemos a iluminar nuestra noche. Esto me desilusiona a mí y aplasta al otro. Sin este punto de partida donado, todo desilusiona y termino para aplastar el otro.

Pensemos en nuestros amigos de Brasil, Marcos y Cleuza. Durante 20 años acompañaron a las familias “Sin Tierra”, que no tenían ni siquiera una media agua para dormir, en las afueras de San Pablo. Cleuza y Marcos comienzan a construir casas para estas familias. Cleuza piensa: cuando lo logre, seré feliz. Después de 20 años construyeron 40 mil casas. Cuarenta mil! Cuarenta mil familias que dormían al aire libre por fin tenían una casa.

Cleuza y Marcos cuentan: “Nosotros íbamos a ver a estas familias, después de años de batallas y le preguntábamos: “¿Están contentos, ahora que tienen casa?” Y ellos estaban más tristes que antes. “Pero ¿por qué? Hemos respondido a su necesidad, hemos construido las casas y ahora las tienen”. “Sí, pero seguimos siendo pobres. Estamos tristes porque nuestros hijos seguirán pobres, porque no tenemos la plata para que estudien”. Y Marcos y Cleuza vuelven a empezar. Hinchan los músculos, hacen un gran esfuerzo y lo logran: hacen convenios con 16 universidades de San Pablo...16! Para que los hijos de los “Sin Tierra” puedan estudiar allí.

Entonces vuelven donde las 40 mil familias y les preguntan: “Oh, ¿ahora están contentos? Sus hijos estudian en la universidad!” Y aquellos seguían tristes. Pero también Cleuza y Marcos seguían tristes. Iban a separarse e iban a dejar la asociación. Habían hecho lo que todos nosotros juntos lograríamos hacer en no sé cuántas vidas. Cleuza y Marcos cuentan: “Tristes ellos, tristes nosotros. Si no hubiéramos encontrado a Cristo dentro de una comunidad concreta -porque a Cristo como fuente de inspiración social lo conocían, pero no bastaba, no le quitaba la tristeza- lo habríamos dejado todo, empezando por  nuestra relación”. El punto de la vida es la relación con éste -Cristo- que responde al deseo que tengo en el corazón, no hacer 40000 casas, lograr todas las metas buenas que nos mueven.

Cleuza cuando nos visitó a la parroquia nos dijo: “Descubrí que yo no soy dueña de los problemas de las personas, soy dueña de mi sí. Todo los días renuevo mi sí. La mayor construcción no fue la construcción de una obra, sino la construcción de mi yo. Si no construyo mi yo, tampoco puedo ayudar”.

Todas las veces que nosotros respondemos -a nuestro deseo de plenitud a al de las personas que encontramos- con otra cosa que Él, hay un resultado: se llama desilusión. Pero hay otro camino...

Es por una plenitud que hago lo que hago. Mi vida se apoya en un “ya”, en un pleno, en una Relación en la cual me adentro todos los días más, es una relación que custodio como lo más precioso. Es a partir de esto que después Dios puede construir algo bello, sólido. Si se nos permite, también alguna obra. Esto cambia el mundo. Porque el mundo lo cambia un pueblo que muestra y expresa la plenitud del vivir que le ha sido y le es donada.

Si partimos de una Presencia que nos toma de la mano, nuestro mirar y actuar se vuelve caridad. Se vuelve caridad nuestro ir a trabajar, estar con el esposo, lavar la loza, estudiar, compartir con los demás. La generosidad es algo que parte de nosotros y se cansa pronto.

La verdadera caridad -la virginidad- es algo que nace de un don que recibimos: “Te he amado de un amor eterno y he tenido piedad de tu nada”. Si encuentro alguien que tiene esta mirada para conmigo -la comunidad y la oración son los lugares donde vuelvo a encontrar Su mirada- yo estoy tan conmovido por esto que, bajo la presión de esta conmoción, abrazado por esta conmoción, abrazado por esta presencia, yo puedo tratar todo de una manera nueva y verdadera.

La novedad no nace en primer lugar de nuestro quehacer, sino del reconocer esta novedad: “Te he amado con un amor eterno”. Esto hace posible que nuestro quehacer y nuestro hablar sean significativos: esta conmoción por un “ya”, por Su presencia entre nosotros. De otra manera, ni un brillo. Ni un brillo en nuestro quehacer y hablar. A pesar de nuestra generosidad y de nuestro afanarnos.