Un tesoro que custodiar

Paola Bergamini, Anna Leonardi, Paola Ronconi • Publicado el 23-06-12

Sin amar a Cristo, la Belleza hecha carne, más que a la persona amada, esa relación se marchita, porque es Él la verdad de esa relación, la plenitud a la que se remiten uno al otro y en la que su relación se cumple. Sólo permitiéndole entrar en ella es posible que la relación más bella que sucede en la vida no decaiga y, con el tiempo, muera. Tal es la audacia de su pretensión”
Julián Carrón de La transmisión de la fe en la familia, 2006

«Ésta es la paradoja del amor entre el hombre y la mujer: dos infinitos se encuentran con dos límites. Dos infinitamente necesitados de ser amados se encuentran con dos frágiles y limitadas capacidades de amar. Y sólo en el horizonte de un amor más grande no se devoran en la pretensión, ni se resignan, sino que caminan juntos hacia una plenitud de la cual el otro es signo. Sólo en el horizonte de un amor más grande evitarán devorarse en la pretensión, cargada de violencia, de que el otro, que es limitado, responda al deseo infinito que ha despertado, haciendo así imposible el propio cumplimiento y el de la persona amada. Para descubrirlo es necesario estar dispuestos a secundar la dinámica del signo, abiertos a la sorpresa que ésta nos pueda reservar».
Julián Carrón de La experiencia de la familia. Una belleza que hay que conquistar de nuevo, 2009

Al comienzo o después de cuarenta años de matrimonio la pregunta sigue siendo la misma: ¿por qué estamos juntos? No hay afinidad, proyecto, buenas intenciones, que sostengan la relación de matrimonio sin el don total de sí. Por amor a Otro. Cinco familias hablan de sí mismas.

ANNA LISA Y PASQUALE
Todo parecía estar bien definido para Pascual y Anna Lisa. La oposición a la magistratura de él, el examen de abogado de ella. Sí, estaba el problema de la distancia: uno en Salerno, en el sur de Italia, y la otra temporalmente en Milán por las prácticas. Verse una vez al mes no era lo mejor, pero todo se resolvería después, con su regreso a su ciudad natal. Entonces se casarían. Y en cambio… En cambio, en marzo de 2008, durante una comida, Pasquale conoce a Alessandro Mele que le habla de las familias que comparten la experiencia de la acogida en la Cometa de Como, de la que es director (v. Huellas n. 1/ 2005). Al final, la invitación: «Ven a verme cuando estés en Milán». Pasquale visita Cometa un domingo con Anna Lisa. Les sorprende la belleza del lugar, los niños… Pero lo que más les impresiona a ambos es la relación entre los matrimonios de los que Cometa ha nacido, entre Erasmo y Serena, Cente y Marina, entre marido y mujer. Cuenta Pasquale: «Pensé que yo también quisiera tener esa mirada dentro de veinte años». Surge un atractivo por la obra. Vuelven a visitarles cada vez que él está en Milán. Añade Anna Lisa: «Las imágenes que teníamos de nuestra relación, cerrada en él y en mí, poco a poco, se hacían añicos. En ese lugar, con esas personas, estaba el cumplimiento de nuestra felicidad». Todo cambia. Hasta la decisión, una vez superados la oposición y el examen, de no volver a Salerno. El 4 de octubre de 2009 se casan en Como.
Después de veinte días, la primera petición de hospitalidad para un chico que frecuenta la escuela Oliver Twist de Cometa. A esta le siguen otras en pocas semanas. Después, en enero, hacen la primera petición de otorgamiento de la tutela de un menor, Mahmoud, desembarcado en Italia, 17 años, musulmán egipcio. No tiene a nadie y le gustaría tener una familia. «Quería que alguien le ayudase a hacerse hombre», explica Pasquale. Y ellos, jóvenes esposos, dicen que sí. Continúa Anna Lisa: «La adopción es una experiencia de gratuidad total, pero a diferencia de la simple hospitalidad, exige que asumamos la tarea de padres, implica una paternidad. Decir que “sí” lleva dentro la gracia de Dios que cambia tu medida. Con la ayuda de las familias de Cometa, todo esto se hacía posible. La relación entre marido y mujer adquiere una radicalidad extrema». Mahmoud pregunta las razones de cada elección, de cada decisión. No es siempre fácil responder a sus provocaciones. Algunos meses después, contando su historia en el pequeño periódico del colegio, escribe: «Doy gracias a mi familia adoptiva porque me ha enseñado qué quiere decir amar la verdad». Esto es la paternidad. «Lo único que se le puede ofrecer a un hijo, biológico o adoptado, es aquello por lo que vale la pena vivir».
En julio del mismo año su familia acoge a Marco (un nombre imaginario), de siete días de vida. No hay razones suficientes para explicarlo. Marco tiene necesidad de todo. «Yo, que no sabía cómo se cambiaba a un recién nacido, me encontré cuidándolo por la noche», recuerda Anna Lisa. Le ves crecer, decir sus primeras palabras… Pero sabes que lo estás acompañando a entrar en otra familia. «Humanamente sería imposible sin la conciencia de que el bien de ese hijo no eres tú». Marco se queda con ellos durante un año. Después, la separación. Hay un dolor, pero no les escandaliza. Se trata de acompañarle a su destino, y eso para ellos pasa también por ayudar a los nuevos padres adoptivos a conocerle, a estar con él. «Esto es lo paradójico de la acogida: se logra su objetivo cuando tú desapareces». Vuelven a verlo en el Bautizo, después de tres meses con su familia adoptiva. Marco busca los brazos de la nueva mamá, no los de Anna Lisa. «Parece imposible, y sin embargo en aquel momento tenía el corazón en paz».
Hoy Anna Lisa y Pasquale esperan un hijo biológico. Se ríen cuando les dicen: «Ahora por fin tendréis un hijo vuestro».

TERESA Y ALDO
Su primer encuentro fue en 1966, en una reunión del Partido Comunista Italiano. «Ella era la más guapa», dice Aldo. “Ella” es Teresa De Grada, hija de Raffaele, famoso crítico de arte y relevante exponente del partido, criada con pan y cultura. “Él” es Aldo Brandirali, comunista hasta la médula, fundador de “Servire il popolo”. Para ambos el partido es el ideal encarnado de un bien al que darle todo. Por eso Teresa, poniendo en acto el “principio de colectivización”, con el consentimiento de su padre, pone a disposición del partido todo su patrimonio; se venden cuadros, obras de arte y hasta su apartamento, con gran escándalo del mundo cultural milanés. A ella no le importa, todo por ese ideal.
En 1972 se casan. No en la iglesia, ni en el ayuntamiento. El propio Aldo celebra el rito ante los compañeros del partido. Recuerda Teresa: «Queríamos afirmar que nuestra unión servía para acrecentar nuestra capacidad para la revolución, para los demás. Por eso era para siempre». «Buscábamos una experiencia humana que, aunque de forma equivocada, apuntaba a la verdad», refuerza Aldo. Pero ese ideal de hecho no tiene carne; es sólo ideología que corre el riesgo de perder el equilibrio y deslizarse al terrorismo. Aldo se da cuenta y en 1975 disuelve “Servire il popolo”. El mundo parece venirse abajo. «Yo quería dejarlo todo. Hasta a Teresa, pero ella, luchando, seguía diciéndome que en la vida hay certezas, que la verdad existe». «¿Por qué nos habíamos casado? La pasión termina. Nuestra relación era darse el uno al otro. Tendíamos a un ideal tal vez confuso, sin nombre». No tienen dinero, trabajo ni casa. Vuelven a empezar desde el principio.
En el 82 Aldo invita a don Giussani a un encuentro en un sótano de la calle Torino bajo el título: “Relación entre revolución y religión”. Unas pocas palabras y Giussani exclama: «Lo más maravilloso que tienes es tu entusiasmo». «Precisamente lo que sentía apagarse en mí», cuenta Aldo. «Me conocía más de lo que me conozco yo. Esa mirada me había atravesado el corazón». Ya no le suelta. Empieza la amistad y las discusiones encendidas con los nuevos amigos. Y el camino de la conversión. Teresa lo sigue de lejos: «Estaba algo recelosa, pero contenta porque este era un ámbito más humano. Estaban esas preguntas tan importantes: ¿por qué estamos en el mundo? ¿Quién soy? Leí, releí y amé El sentido religioso. Acompañaba a Aldo a misa en las bodas, bautizos y demás. Siempre había una frase del Evangelio dicha a propósito para mí».
En 1994 se casan por la iglesia. Una ceremonia mixta, porque Teresa todavía no se había convertido. «Habíamos seguido el curso prematrimonial y yo reconocía que la conversión, la fe, habían llevado a Aldo una humanidad más rica, más completa». Teresa llora durante toda la ceremonia. «Reviví toda nuestra historia. Y cuando le vi tomar el sacramento, entendí que el Señor me estaba cogiendo de la mano también a mí». Algunos días después le dice a don Giussani: «Me he casado con Aldo pero no me he convertido todavía». Y él: «Siéntete totalmente libre». Para Teresa es un desafío. «Ya no era la hija de De Grada, la mujer de Brandirali. Era Teresa, abrazada por una paternidad amorosa. Te puedes fiar, y te fías porque alguien vela por ti. Alguien que nos había querido juntos, a nosotros que éramos tan distintos. No había que inventar nada». Esa tensión a lo humano que nunca nos había faltado había encontrado su camino. Teresa recibe la Confesión, la Primera Comunión y la Confirmación. Es el tiempo de la paz, que siempre había buscado y ahora se le daba. Y continúa. Hoy Aldo, tras abandonar la vida política institucional, sigue viviendo su compromiso con la realidad cotidiana. Ha emprendido nuevos trabajos, entre ellos, el de ser educador en una comunidad de rehabilitación para drogodependientes. Teresa, que es psiquiatra, continúa presidiendo la asociación “Diversamente”, dedicada al apoyo de familiares de personas con enfermedad mental.

MARCIE Y PETER
Marcie se enjuga las lágrimas mientras mira a través del enorme ventanal de la cocina. Fuera, en el patio de la casa de madera sobre el río de Serpent Lake en Minessota, hay casi cien personas. Han venido de Crosby, de St. Paul y de Rochester para una gran barbacoa. «Estaban todos alrededor del fuego cantando, mayores y pequeños. Entendí, contemplando aquel momento, que mi familia y yo éramos parte de un pueblo y me conmoví». Junto a la conmoción está el agradecimiento por aquel día de 1984 en que ella y Peter se casaron. En estos años han tenido siete hijos, muchos momentos felices y algunos difíciles, pero lo que emerge de la narración de estas nueve vidas es la presencia de otro protagonista, «Otro con mayúscula», dice Marcie. «Otro se ha puesto a nuestro lado y nos ha sostenido en el tiempo. Cuando la vida se ha complicado, Dios nos ha mostrado su fidelidad al permitir que nuestro corazón no se cansase de desear».
En 1998 la familia Stokman se vio obligada a mudarse de Crosby a St. Paul por motivos de trabajo. «Entonces tenía ya seis hijos, el mayor, Jim, tenía doce años; Margaret, la más pequeña, sólo cuatro meses. Peter estaba totalmente dedicado a su especialización en cardiología y yo creía que le interesaba más su carrera que su familia. Sobre todo, sufría mucho porque acaba de morir mi padre. Me sentía abandonada, paralizada. Buscábamos una parroquia donde pudiésemos hacer algún amigo. Pero yo quería más, quería un lugar al que pertenecer. Todas las mañanas, nada más levantarme, rezaba: “Señor, ¡dame un lugar para mi familia en tu gran Iglesia!”». Y así sucedió. Unas semanas después, Marcie, Peter, y sus seis hijos se encuentran en el coche camino a Rochester. Bill Vouk, al que habían conocido unos días antes en un bautizo, les había invitado a un encuentro. «Hubo una lección sobre el “asombro” y después nos fuimos de excursión. De vuelta a casa me preguntaba quién diablos era esa gente y qué tenía que ver todo ese discurso sobre “lo humano” con la fe. Sí, sin duda, habíamos estado a gusto, pero seguía perpleja». Peter, en cambio, no tiene dudas. «Me dijo que tenía que mirar con seriedad la necesidad que advertía para nosotros y para los chicos. Fue la decisión más importante para nuestra familia, porque de allí nacieron cosas que no habríamos podido ni imaginar».
Su casa se llena. El Book Club, un momento de lectura y reflexión en común, atrae a vecinos y amigos. «Entre todos teníamos más preguntas que respuestas, pero eso nos fascinaba, y a nuestros hijos, que nos veían vivir por algo más grande que nuestra familia, les encantaba. Y después Peter y yo dejamos de preocuparnos de ser la familia perfecta. No es que antes fingiéramos, pero quizá nos faltaba la certeza de este Otro con nosotros y pensábamos que ser cristianos significaba esforzarse por ser una familia modelo».
Marcie lo entiende sobre todo en la relación con sus hijos: «Hubo una época dura en casa. Uno de nuestros hijos pasaba por un periodo algo salvaje. Peter y yo discutíamos continuamente sobre cómo llevar el asunto. Pero el verdadero problema era yo, porque estaba escandalizada. Entendí que tenía que volver a abrazar a mi hijo en el momento en que vi cómo lo abrazaban mis amigos».

FIORELLA Y ORESTE
«¿Por qué no estáis en el hotel con los demás?». Fiorella, sentada con una amiga sobre el pequeño muro frente a la iglesia de Varigotti sostiene la mirada sobria del chico que tiene delante. Nunca lo ha visto antes y el tono de la pregunta no es de los mejores. Lo desafía: «No tenemos dinero para el hotel, pero queríamos venir al Triduo pascual con don Giussani. Dormimos en Finale. Nos trasladamos haciendo autostop». No tenían problemas económicos, pero a ella le gustaba distinguirse de los demás. Exactamente lo contrario que Oreste, que al día siguiente la había estado buscando para darle algo de fruta para comer. Dos años después, el 25 de febrero de 1967 subían de nuevo el sendero que va de Varigotti a la iglesia de San Lorenzo para casarse. Poco más de veinte años, muy distintos de carácter, sólo les une un rasgo: el encuentro con el cristianismo. Pero eso para ellos es todo, porque ha tomado su vida de manera inesperada, llenándola. «En el fondo, Fiò, sólo por eso hemos seguido casados durante 45 años», dice en voz baja Oreste.
Se van a vivir al barrio Olme, en la extrema periferia de Milán donde no conocen a nadie. El cambio es radical. «Enquistada en ese lugar, lejos de los amigos. Me sentía perdida». De repente estalla la diferencia del otro, la dificultad de estar juntos. La vida cotidiana lleva dentro, para ambos, el chirrido de esta diferencia. El sueño idílico de una vida de pareja donde los dos se entienden al vuelo, el amor como afinidad electiva, poco a poco se desmorona. Y la idea de que el uno le basta al otro. Sobrevienen las discusiones y los silencios pesados. Fiorella trata de compaginar a la perfección casa, trabajo y los hijos que han tenido con el tiempo. A veces parece que sus vidas discurren paralelas: los encuentros, los Ejercicios, las amistades… Pero «no es vivir, es sobrevivir». Y esto de todas maneras no se sostiene. Ahoga. Queda la compañía paterna de don Giussani que, entendiendo hasta el fondo su dolor, no da tregua al deseo de bien que han encontrado. Querían que les diera respuestas, reglas para “poner en orden” la relación. Pero él nunca les dice lo que hay que hacer. Un día le dice a Fiorella, descontenta de todo y con ganas de romper: «El enamoramiento es la ocasión que Dios te da para que te des cuenta del otro. Sin Oreste tú no estarías contenta. Sin él no te salvas». Es una espada que te atraviesa y rompe definitivamente la idea de que puedes cambiar al otro según tus sueños. Porque Oreste es más. «Pensé que no había afinidad ni intereses comunes que pesaran más que el amor que nos tenía ese hombre. ¿Cómo no darle crédito? Me dije: este es mi tesoro». La vida no se simplifica, pero tampoco se aplana. Cae la pretensión sobre el otro y, ganas una libertad total porque ya no te esperas de él nada distinto de lo que es, y así emerge una franqueza, una ironía al afrontar las discusiones y los problemas que antes te ponían de los nervios. Es un camino que lleva a lo esencial de sí y de la relación. No siempre fácil, no siempre tan claro.
Un día Fiorella va a ver a don Giussani. La habitación está fría y ella enciende la pequeña estufa que hay en un rincón. «Esto es lo que tienes que hacer con Oreste: encender la pequeña estufa, quererle por lo que es. Un gesto gratuito que parte del bien que el otro es».
Hace cuatro años Oreste enferma. Es el momento para ambos de encender la estufa. La enfermedad les vuelve a echar a cada uno en los brazos del otro. Vuelven a encontrarse hablando, comiendo, riendo, discutiendo… Custodiándose. «Ahora puedo decir que no me arrepiento, este camino ha sido y es la mejor para mí. Porque no lo he elegido yo. Mis sueños eran mucho menos que la realidad». ¿Y tú, Oreste? «Sin ella me habría hundido en el barro».

CHIARA Y SAMUELE
Hay que preparar la boda. Decidir el menú y la prueba de vestido. Él, ingeniero agrónomo, ella, bióloga. Dispuestos a iniciar una vida juntos. Después, el imprevisto: una propuesta de trabajo de la ong AVSI, en Burundi, un proyecto para hacer más productivo el trabajo agrícola. De golpe, las prioridades del día de Chiara y Samuele dan un vuelco. «Teníamos poco tiempo para decidir, y miles de dudas en la cabeza», cuenta Chiara ante un café, en casa de sus padres, en Varese.
Su amigo el padre Michele y Patricia, que ha vivido en África durante años con su marido Alberto, les animan con afecto. Son una buena compañía para no sentirse solos ante una oportunidad más grande que cualquier otra expectativa.
Chiara y Samuele deciden: en septiembre de 2010, dos meses después de la boda, están ya en Ngozi, al norte de la capital de Burundi, Buyumbura: mucha pobreza, ningún amigo, un trabajo que inventar. Y ellos dos, recién casados. Una condición que, nos cuenta Samuele por teléfono desde Burundi, «te “obliga” a hacer cuentas con tu mujer. En Italia tenía mil compromisos, mis espacios. En África sólo tengo mucho tiempo». O el uno es para el otro instrumento para reconocer al Señor y a lo que llama a ambos o su aventura de África es una gran pérdida de tiempo. Incluso porque «a menudo volvía a casa insatisfecho del trabajo. No veía los resultados que esperaba, sobre todo con la gente del lugar con los que trabajaba». El padre Michele va a verle: «“No tienes que cambiar África”, me dice. “Tan sólo tienes que responder a lo que hay, con paciencia».
Una de las primeras personas con las que hacen amistad es sor Bruna, que dirige un centro para niños y chicos de la calle, «uno de los poquísimos lugares cuidados y limpios», dice Chiara. «La obra se llama Giriteka (traducido significa “recupera tu dignidad”) porque a ella le interesa que estos niños lleguen a ser hombres». También por ella deciden instalarse en Ngozi y no en la capital.
«Diciembre: descubro que estoy esperando un niño. Tengo que estar en reposo y dejar de ocuparme de las adopciones a distancia. Soy inútil, pensaba continuamente. Pero en casa, entendí lentamente qué es la misión: no es tanto “hacer” sino estar donde el Señor te pone y como Él quiere». En agosto nace Giacomo, en Italia. El tiempo necesario para aprender a “manejar” al recién llegado, y Chiara regresa a África. Siendo tres, la vida es distinta. Giacomo acompaña a su mamá aun cuando Chiara va a ayudar a sor Bruna en los aspectos burocráticos de su obra.
Después, en enero, mientras están yendo a ver a sus amigos de Uganda, Giacomo se pone enfermo. Tiene problemas de corazón. Se le traslada en un avión privado primero a Nairobi y después a Italia. Una vez más se barajan las cartas. ¿Por qué? «¿Qué me está pidiendo el Señor aquí, alejada de mi marido?», se pregunta Chiara, que desde entonces vive con el niño en su casa de Jerago, Varese, mientras que Samuele sigue allí, en lo profundo del continente africano. Raramente y sólo por breves periodos consigue volar a Italia. «Antes de casarme tenía una idea bien distinta de la vida con Samuele. Pero ahora digo que el matrimonio no es lo que tenemos nosotros en mente». Tanto que a pesar de la dificultad y la distancia, «este año y medio no ha sido una jugarreta y nunca hemos pensado: “Si las cosas hubiesen sido de otra manera…”». «Nunca estoy sólo. Ahora, por ejemplo, ha venido un universitario a hacer su tesis», nos dice Samuele. «Pero mi lugar está con mi familia. Tenemos el deseo de volver a estar los tres en Ngozi, por las personas que hemos conocido y las cosas que han pasado. Burundi es verdaderamente nuestra casa. Como nos ha dicho el padre Michele, aquí hemos experimentado la plenitud del amor de Cristo. En breve tendremos que decidir: África o Italia. Depende mucho de la salud de Giacomo. Pero algo es seguro: iremos donde el Señor nos quiera llevar».