¿El búnker de Benedicto?, lo vemos también en la red

John Waters • Publicado el 29-07-2012

La ‘‘cultura del positivismo’’ puede alcanzar su apogeo en internet, porque cambia nuestra manera de leer y de pensar

Recuerdo que, hace muchos años, me quedé perplejo delante de una afirmación del escritor John McGahern, que muchos consideran el mejor novelista irlandés de la segunda mitad del siglo XX. Al final de su vida, McGahern se hizo ateo; sin embargo, se negó categóricamente a sumarse a la ola de calumnias contra la Iglesia católica que, en estos últimos años, se ha convertido en un must cultural para escritores e intelectuales. Al contrario, él parecía conservar un profundo afecto por el catolicismo. Leí una entrevista en la que hablaba de la importancia de la Iglesia para su madurez intelectual. «La Iglesia – decía – ha sido mi primer libro». En aquella época, esa frase me sonó bastante rara. Para mí, que quizás tengo una mente demasiado literaria, un libro es un objeto con unas cuantas páginas y una portada, mientras que la Iglesia es una institución fundada por Cristo para continuar su obra en la Tierra. Sin embargo, me acordé hace poco de la imagen de John McGahern, leyendo un libro llamado The Shallows, del escritor estadounidense Nicholas Carr (edición española: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? Superficiales, Ed. Taurus, Madrid 2011). Carr sostiene que internet está cambiando nuestra manera de leer y, por consiguiente, de pensar, escuchar y recordar. Subraya cómo la predisposición que nos transmite implícitamente la web puede obstaculizar el proceso de ‘‘lectura a fondo’’, mediante el cual la sensibilidad humana profunda lleva alimentándose desde que se inventó la imprenta. Lo cual está poniendo en crisis el modo en que nuestra memoria ha llenado sus cajones con conocimientos específicos y complejas asociaciones de ideas que, entre otras cosas, nos permitían identificarnos con el prójimo. En cambio, hoy nos enseñan a memorizar y pensar mecánicamente, a saltar rápidamente de una cosa a otra, a considerar internet como un banco de memoria externo. Esto, dice Carr, nos está reduciendo a personas “sin espesor”, sin consistencia, a humanos privados del recuerdo de sus antepasados. Leyendo The Shallows, me ha vuelto a la cabeza también la imagen del búnker, que Benedicto XVI utilizó en su discurso en el Parlamento alemán, el año pasado. Carr, de hecho, afirma que la cultura del positivismo, contra la que el Santo Padre nos ha alertado con palabras muy claras, ha alcanzado ya su apogeo con Internet, que nos ofrece una forma de conocer que nos puede llevar a modalidades reducidas de ver y pensar, proponiéndose al mismo tiempo como un progreso radical con respecto al pasado. Una vez más, el hombre ha creado un sistema y después, en seguida, empieza a imaginarse a sí mismo como un reflejo de ese sistema. Pero, esta vez, el sistema elaborado tiene el poder de cambiar la mente, excluyendo todas las posibilidades ajenas a su concepción. Carr insiste en que internet no es ‘‘una obra del demonio’’, pero tampoco es una creación divina que ofrezca mejores condiciones de vida a la humanidad, como Google intenta hacernos creer. El libro de este escritor no es ‘‘religioso’’ en el sentido más simple e inmediato del término, pero su inquietante mensaje nos hace volver atrás, a la palabra tal y como está escrita en el libro más antiguo del mundo, esto es, a los deseos que, hace mucho, empujaron a los hombres a dar forma a sus preguntas más recónditas, incidiéndolas en tablas de piedra.