El pastor errante

Luca Fiore • Publicado el 29-07-12

Un sacerdote en Siberia desde hace veinte años, entre páramos nevados, babuske y Bautizos. Donde las misas se hacen en el salón y se pasa la mayor parte de tiempo en el coche. ¿Qué hay de imponente en la misión de este cura de la Valtelina? Le hemos acompañado en sus encuentros casa por casa, a través de los rostros y las historias con que Cristo planta Su cruz en la tierra más fría: «Mi corazón»

«¿Contento? No, si miro el resultado, no. Más alegre que cuando llegué, sí. La alegría no tiene que ver con el éxito. La alegría tan sólo depende de estar ante Cristo resucitado». Desde el punto de vista de las cifras, Francesco Bertolina, sacerdote misionero de la Fraternidad de San Carlos Borromeo, en Siberia desde 1991, tiene razón: su tarea es un fracaso. En veinte años ha preparado para el Bautismo a 286 personas. Poco menos de la mitad se ha ido a Alemania o se han trasladado a lugares lejanos por estudio o trabajo. Muchos han muerto, otros se han perdido. Una decena de fieles frecuenta su parroquia. En las dos misas dominicales a las que asisto, una en Polovinnoje y otra en Karasuk, participan siete mujeres y un chico. Las cifras son más o menos las del principio. Si bien hay algo de imponente en la obra de este tímido sacerdote de cincuenta años de la Valtelina. Algo que se escapa no sólo a la lógica del mundo, sino también a la del que piensa que ya lo sabe todo del cristianismo. Este relato quiere ser el relato de esa imponencia. Una gorra negra de piel sintética. Un chaleco verde militar sobre un forro polar negro. Francesco sube a su Toyota gris y se sumerge en el tráfico de Novosibirsk. Con un millón y medio de habitantes, es la tercera ciudad de Rusia, después de Moscú y San Petersburgo. A lo largo de la Krasny Prospekt, la Perspectiva Roja, la larga calle que atraviesa la ciudad, conviven los edificios soviéticos de cemento armado y las nuevas construcciones de cristal y acero. «Este es el Ob», dice Bertolina apenas enfilamos el puente que franquea el lecho de uno de los ríos más grandes del mundo: «La gente en verano viene a tomar el sol en esa ribera. Ahora hay un telesilla con una pista de esquí». Estamos en el centro de Siberia, una región tan grande como todo un continente. De los Urales al Océano Pacífico. En línea recta, Moscú está tan lejos como Pekín. Algo menos de tres mil kilómetros. Las temperaturas mínimas llegan a menos cuarenta en invierno. En julio, el único mes realmente veraniego, se superan los treinta. Ahora el invierno está acabando y el termómetro marca cinco bajo cero. «Voy a la ciudad el lunes por la tarde para descansar un poco y tener un encuentro fraternal con Alfredo Fecondo, el otro misionero que está aquí conmigo. Después me vuelvo a marchar el jueves por la mañana».

El arcoiris invertido.
La carretera a Polovinnoje está bloqueada por la nieve. La aldea en la que Francesco pasa cinco días a la semana dista de Novosibirk cuatro horas en coche. La llanura se repite, siempre igual y siempre distinta. El blanco se interrumpe con breves pero frecuentes bosques de abedules. Cañaverales, algún pino y pocos alerces. Al dejar atrás la ciudad, los lugares poblados se espacian hasta casi desaparecer. Ser misionero en Siberia supone pasar en el coche la mayor parte del tiempo para llegar a los pueblecillos donde viven los pocos fieles. «Siempre llevo una almohada en el coche», cuenta Francesco, «Cuando siento que me viene el cansancio, me acuesto y duermo unos minutos. Después me pongo otra vez en marcha». Tiene la determinación del montañés de la Valfurva, Bertolina. De niño trabajó de hojalatero en el negocio de su padre. Ha reconstruido los tejados de muchos refugios de la alta Valtelina. Pocos gestos, precisos. ¿Palabras? Sólo las necesarias. Pero tiene la mirada llena de estupor de un poeta. «Una mañana, mientras conducía, vi algo que no tenía ni idea que pudiese existir», cuenta: «Noté que el sol había hecho sobre el manto de nieve un inmenso arcoíris invertido. Duró media hora. Desde entonces uso esta imagen para explicar al que quiere bautizarse la originalidad del cristianismo: también Dios, como ese arcoíris, ha dejado el cielo para bajar a la tierra». El sol toca el horizonte hacia las ocho de la tarde y el cielo se enciende. Llegamos a Polivinnoje cuando ha oscurecido. Bertolina baja del coche y remueve con una pala la nieve caída entre la valla y la entrada de la casa. La iglesia está en el centro del pueblo. Frente a ella está el colegio, el asilo, una tiendecilla de alimentación y la casa de la cultura, una especie de centro social que el sábado por la noche se convierte en discoteca. Más adelante está el “Policlínico”, que resulta ser un pequeño ambulatorio. Si no fuese por la nieve, parecería un pueblo de película del Oeste: dos hileras de casas, y nada más. Bertolina llegó aquí en 1994 para ocupar el puesto de Ubaldo Orlandelli. Son los primeros sacerdotes que llegan aquí tras la caída de la Unión Soviética. «Los únicos católicos son los alemanes deportados durante la Segunda Guerra mundial», explica Francesco: «Sólo quedaron para conservar la fe las babuskas, las abuelitas. Algunas de ellas no habían visto nunca un cura. Aprendieron a rezar gracias a la devoción de sus madres». Tras la caída del régimen soviético, Alemania aprueba una ley que permite el regreso de los deportados. Basta con un abuelo alemán para tener la oportunidad de regresar. Muchísimos hijos y nietos de las babuskas la aprovechan. De desayuno, Francesco toma un café soluble para no demorarse. Tras la ventana se ven los chicos que salen del colegio con los esquís de fondo. «Es la hora de gimnasia», dice sonriendo. El viernes por la tarde se celebra en Polovinnoje la misa precedida del Via Crucis. Llegan a la iglesia tres abuelas. Se cubren la cabeza con bufandas de colores, al modo de las señoras ancianas de aquí. Viven en las afueras del pueblo y Bertolina ha ido a buscarlas en coche. Son baba Marta, baba Emma y baba Galia. Cuando el sacerdote nombra la estación del Via Crucis, las tres mujeres se giran a la imagen correspondiente colgada de la pared de la iglesia. Tendría que estar con ellas también baba Margarita, que está enferma y no ha podido venir. «Una vez, en la misa de Navidad, durante la narración del nacimiento de Jesús del Evangelio de san Lucas, la vi llorar», cuenta Bertolina: «Después de la misa le pregunté qué le pasaba. Me respondió que lloraba porque no sabía que “Dios había compartido mi cama”. Y me contó que, tras la deportación en Siberia durante los primeros siete años también ella había dormido sobre pajas». Karasuk es una pequeña ciudad de treinta mil habitantes a un centenar de kilómetros al este de Polovinnoje. Los condominios a lo largo del camino están hechos de grandes bloques prefabricados de cemento armado. Es sábado y hay mercado. Llegamos aquí tras haber pasado Krasnozjorsk, donde vive desde hace unos meses Viktor Bilotas, un sacerdote de cuarenta años de origen lituano (su padre había sido deportado en los años cincuenta). Con él hemos pasado también por Blagadatnoie, el pueblo de Viktor, un hombretón alrededor de los sesenta y su mujer Liudmila, que ha pedido recientemente el bautismo. En Karasuk, Bilotas se encuentra con ellos en casa de Marina. Marina pidió hace algunos meses los sacramentos en la iglesia católica. Hasta hace unos años sólo venían a la iglesia las babuskas. En los últimos tiempos, inesperadamente, se han acercado también algunos jóvenes.

En casa de Oleg.
«¿Cómo conocí a Marina? Es una larga historia». Con Bertolina es siempre así. La historia es complicada. Se sabe la vida y milagros – como se suele decir – de todas las personas que conoce. «Baba Lidia tenía dos nietos: Sacha y Slava. Sacha estaba ya casado. Pero su matrimonio, como sucede aquí a menudo porque se casan muy jóvenes, se rompe: se casa con Julia. Entre tanto Slava se casa con Marina, y poco después inicia conmigo la catequesis para el Bautismo». Cuando habla de Slava, a Francesco se le ensombrece la cara. Es un peso que lleva en el corazón. «Un día me llama baba Lidia diciéndome que Slava ha desaparecido. No está en el trabajo. Me dicen en qué calle vive, pero no el número. Voy llamando puerta a puerta hasta que le encuentro. Está borracho. Le dije que viniese a vivir conmigo. Y él vino. Durante un tiempo consiguió volver con Marina. Luego se perdió otra vez». Mientras el padre Viktor da catequesis en la casa de Marina, vamos con el padre Francesco a casa de Natasha y Oleg. Ella tiene veinticinco años, él, veintisiete. Ella tiene un hijo nacido de un primer matrimonio. «Se puso en contacto conmigo porque quería bautizar a su segundo hijo», cuenta Bertolina: «Oleg no era cristiano, pero no se oponía al bautizo. Los que se oponían eran sus padres. Vivían todos juntos y no me permitían que le visitara para darle la catequesis. La situación se desbloqueó cuando ellos se fueron a vivir por su cuenta. Les visité un par de veces, y casualmente, estaba también Oleg. Se quedó sorprendido. Pidió el Bautismo». El padre Francesco se sienta en el sofá-cama. Natasha, a su lado, Oleg en un taburete. Vania, de cuatro años, juega en el ordenador. Dima, un año, juega con un libro sonoro. En la televisión corren las imágenes de un dvd de Aladin. En este ambiente empieza la catequesis. La primera pregunta es de Natasha: «¿Qué es la cuaresma?». El padre Francesco responde. Luego, con el Compendio del Catecismo de la Iglesia católica en la mano, retoma desde donde se habían quedado: «¿Qué es la vida eterna?». Bertolina lee las preguntas y las respuestas y las comenta. Los dos jóvenes le miran casi absortos. «Quiero que no repita los errores que he cometido yo», dice Natasha para explicar por qué ha pedido el Bautismo para su hijo. «Quisiera protegerle y encaminarle desde ahora por el buen camino». El marido abre de par en par sus ojos azules cuando le preguntas por qué pide ser bautizado: «Me cuesta decir con palabras lo que llevo dentro. Pero entiendo que es muy importante la salvación del alma». La amistad con Bertolina está convirtiéndose en algo significativo para su vida. «Este trabajo es una ayuda», dice Natasha: «Después de momentos como este o tras haber asistido a la misa, me doy cuenta de que estoy más tranquila, mucho más en paz». Oleg, recientemente, ha avalado un préstamo que un colega suyo había pedido al banco. Ahora, su colega ha desaparecido y la deuda recae sobre sus hombros. Desde hace algunas semanas le retienen una cuarta parte del sueldo. Cuando Natasha habla de paz, quizás piense también en esto. «Parecía que la comunidad en Karasuk se estuviese extinguiendo con la muerte de las últimas babuskas», dice Bertolina: «Pero, inesperadamente, se han dado estos nuevos encuentros». Piensa también en Vladimir y Natasha, una joven pareja de músicos. En Alexia y Sasha, que viven en la aldea de Svabodnoe Truda. No se podía dar por descontado que sucedieran estos encuentros. Y sin embargo han sucedido, un poco como en la película Sacrificio de Tarkovski: «Hay un viejo monje ortodoxo que le ordena a su discípulo que plante en una montaña un tronco seco y que vaya todos los días a regarlo. Él va allí durante tres años, todos los días. Luego, un día, llegando, se da cuenta que el tronco ha florecido». Para que floreciera el tronco de la amistad con Vania han sido necesarios diecisiete años. En 1994, era un chiquillo que ejercía de custodio de la iglesia de Polovinnoje. Hoy es un hombre que ha pasado diez años en la cárcel por homicidio involuntario. En prisión enfermó de tuberculosis. Pero jamás se olvidó de ese cura italiano. Así, al cabo de mucho tiempo, volvió a buscarle y se hizo bautizar.

Silencio en el coche.
El domingo volvemos de nuevo a Karasuk, donde nos espera la misa en casa de baba Katia. Además están baba Mina y Vania, un joven de poco más de veinte años que Bertolina conoció cuando todavía de niño. Deberían estar también Sacha y Julia, su mujer. Pero al final no llegan. El padre Francesco lleva un tiempo yendo a dar catequesis a su casa. «Sacha es muy callado. Julia, en cambio, muy vivaz», cuenta Bertolina: «Piden el Bautismo para ellos y sus dos hijos. Lo primero que trato de hacerles entender qué están pidiendo, porque ni siquiera lo saben bien. Pero Sacha y Julia hacen preguntas inteligentes…». ¿Por ejemplo? «¿Por qué los judíos no reconocieron a Cristo? ¿Dónde acabó san José?». Antes de la misa, en casa de baba Katia, el padre Francesco enseña la versión en ruso del himno Attende Domine. Justo después de la consagración, Katia y Mina pronuncian a media voz: «Mein Herr und mein Gott». Señor mío y Dios mío. Le sale el alemán de sus madres, al que no saben renunciar. Regresamos a Polovinnoje, donde nos espera otra vez la misa. Empieza a nevar. El paisaje se cubre de blanco. El padre Francesco pasa a recoger a las babuskas. Margarita sigue enferma. Tampoco baba Marta se encuentra muy bien. Sin embargo, Emma y Galia acuden a misa. Llega también Ania con su hija y una amiga no católica. «Conocí a baba Galia porque es la abuela de Katia, una chica cuya madre tuvo tres maridos. Del primero, que murió en un accidente de trabajo, tuvo dos hijos. Uno de ellos, Valodia, se encontraba en la cárcel. El padre de Katia se suicidó. Su madre volvió a casarse con un alcohólico y ella empezó también a beber. Katia acabó también en un orfanato. Mientras tanto conocí a su abuela, baba Galia, que me pidió que la bautizara. Un día Katia me dijo que su hermanastro, Valodia, iba a salir de la cárcel. Le dije que le buscase y que le dijera que fuera a verme, porque sé que el que sale de la cárcel casi siempre acaba volviendo. Una noche, me llama por teléfono baba Galia, hecha un mar de lágrimas: “Valodia, se ha ahorcado”». En el camino de regreso a Novosibirsk, la nieve cubre el asfalto. «Antes, durante mis largos viajes en coche escuchaba música para entretenerme. Ahora ya no puedo», cuenta Bertolina: «Cuando era un joven sacerdote, la hora diaria de silencio me parecía interminable. Ahora ya no me basta. Así que sigo en silencio cuando estoy en el coche. Rezo mentalmente el Rosario. Canto. De lo contrario, sin estar ante el Misterio, no podría sostenerme ante el drama de todas estas personas». Empieza a recitar de memoria una poesía de Giuseppe Ungaretti, San Martino del Carso: De estas casas/ no ha quedado/ más que algún despojo de muros.// De muchos/ que me correspondían/ no ha quedado/ ni siquiera esto.// Pero en el corazón/ no falta ninguna cruz.// Mi corazón es el país más asolado. «De vez en cuando la repito para mis adentros. Pero cambio el último verso y digo: Mi corazón es el país más poblado. Poblado de estos rostros, de estas historias. Cada pedazo de muro me recuerda a alguien que he conocido en estos años».

El tiempo y el “sí”.
A las diez de la mañana falta todavía una hora de coche para llegar a Novosibirsk. ¿En estos años no ha deseado nunca el padre Francesco un destino más fácil? «No, nunca. Estoy aquí para compartir la vida de estas personas. No tengo el problema de los números, los resultados no me preocupan… Es la persona la que encuentra a Cristo». ¿Pero cómo puede resistir después de tanto tiempo? «Siguiendo a Cristo se puede estar con Él. Es Él que dicta la modalidad. Sólo con el tiempo puede renovarse mi “sí” y cumplirse. No deseo estar en otro sitio. Porque Cristo me ha llamado aquí – trato siempre de recordarlo – no para obtener no sé qué resultado, sino para plantar su cruz en una tierra mucho más fría que Siberia: mi corazón».