Descubrir la diferencia: entrevista a Tony Anatrella

Carmen Giussani • Publicado el 09-08-12

La ideología de género y la concepción antropológica que le subyace van calando en la sociedad. Se advierte en las familias una dificultad excesiva en aceptar la diferencia, percibida como una dificultad más que una riqueza. Negar la diferencia nos sume en la confusión y la inseguridad. Y de la confusión y la inseguridad viene la violencia. ¿Dónde encuentra fundamento adecuado la diferencia? 


Conocido en España por su libro sobre La diferencia prohibida (Ediciones Encuentro, 2008), Tony Anatrella, sacerdote, psicoanalista y profesor en las Facultades Libres de Filosofía y de Psicología de París, ha participado en el último congreso de Católicos y Vida Publica, celebrado en Madrid el pasado mes de noviembre. En esa ocasión, hemos hablado con él para comprender mejor el mundo en que vivimos, marcado por una extremada confusión en las relaciones entre sexos y entre adultos y niños. 
La devaluación de la figura paterna en nuestra sociedad tiene graves consecuencias sobre el desarrollo psicológico equilibrado de los hijos. Además, se ha perdido el sentido de la educación como acto de transmisión, mientras que «la educación es esencialmente una actitud, antes que una técnica y unos medios», que depende de la personalidad del adulto más que de la multiplicación de medios pedagógicos. 

 La concepción antropológica que se refleja en su libro La diferencia prohibida va calando en las relaciones y teniendo consecuencias que afectan a las parejas y a las familias españolas tradicionales. En este sentido, se advierte una dificultad excesiva en aceptar la diferencia sexual: la diferencia se percibe como una dificultad y no una riqueza.
Efectivamente, la gran dificultad del mundo contemporáneo es la de aceptar la diferencia. De hecho, cuanto mayor dificultad existe en aceptar la diferencia hombre-mujer, más se reivindican diferencias “periféricas”; más se quiere suprimir leyes que organicen la familia, más se crean leyes marginales para valorizar situaciones problemáticas. Se da una verdadera paradoja. 
A lo largo del siglo XX, la diferencia hombre-mujer ha sido puesta en duda. Basta con pensar en la literatura de Jean Paul Sartre o de Simone de Beauvoir, y en cierta literatura feminista, las cuales al principio reivindicaban cuestiones legítimas –igualdad entre el hombre y la mujer–, pero que han llegado a reivindicaciones extremas e irracionales en las que para valorar a la mujer se desvaloriza al hombre, hasta suprimir la imagen misma de hombre y suprimir la figura del padre. Este modelo nos viene de EEUU y Canadá, donde se presenta una imagen del hombre y del padre como un ser violento, un ser primario que no sabe educar a sus hijos ni ocuparse de su mujer. Ésta ha influenciado mucho no sólo a los sociólogos de familia, sino también a la literatura y la televisión; las series televisivas presentan a menudo a un hombre indeciso y a un padre débil, mientras que la mujer es conquistadora y tiene éxito. De hecho, en la mayoría de estas series se presenta a las mujeres ejerciendo profesiones de abogado, de juez, de comisarios de policía, capaces a la vez de sacar adelante a la familia estupendamente, mientras que los hombres resultan ser unos inútiles.
Por lo tanto, se ha “fragilizado” esa visión que inicialmente era enriquecedora del hombre y de la mujer para, finalmente, desarrollar como única representación de la pareja a la mujer, a la mujer sola. De hecho, a mi consulta acuden muchos pacientes adolescentes y adultos que presentan un cuadro clínico en el que se tiene como única imagen mental paterna, la madre, y pocas imágenes paternas del padre, a saber, del hombre. Y ello, evidentemente, incide en la homosexualidad. Por lo tanto, ha habido esta primera involución que ha replanteado la diferencia sexual en nombre, formalmente, de un cierto feminismo, de un único sexo, el de la mujer en detrimento del hombre. Esto desemboca en una sociedad matriarcal repleta de símbolos esencialmente femeninos, que impregnan cada vez más la sociedad. Hay que tener en cuenta que, cuando una sociedad se feminiza y pierde el sentido de la diferencia sexual, se vuelve violenta e irracional.

¿Qué relación tiene este proceso con la homosexualidad?
Esta negación de la diferencia sexual coincide con la emergencia, cada vez más enfatizada y valorada, de la homosexualidad. Que las personas homosexuales deban ser respetadas es evidente, pero que se parta de la homosexualidad para redefinir la pareja, la filiación y la familia conlleva graves problemas. De hecho, los homosexuales llevan años presentándose como víctimas, primero de una enfermedad como el SIDA, y luego como víctimas de la sociedad, en la medida en que no todos seríamos iguales ante la Ley para casarnos y tener hijos. Pero una cosa es ser iguales ante la Ley y otra cosa es considerar todas las situaciones de convivencia como si fueran iguales. Dicho de otra forma, por el hecho de su condición, los homosexuales no están en situación de casarse, concebir, adoptar y educar a los niños. Esto es evidente, si no se pierde la razón y se olvida que tanto para el matrimonio, como para la familia, y la adopción y educación de los niños es absolutamente imprescindible un criterio de sexualidad, porque en la base del principio de “realidad” se encuentran el hombre y la mujer. La relación hombre-mujer no sólo está en el origen de la pareja, del matrimonio, de la familia, sino también del bien social, mientras que la homosexualidad no lo está. Nos encontramos, entonces, en este caso, con una visión puramente abstracta. Y se ve bien cómo todos los movimientos filosóficos que sostienen estas ideas hoy en día, ya sea la filosofía feminista o la teoría del género, son ideologías desencarnadas, idealistas que parten de un modelo preconcebido para forzar y “violar” la realidad, a fin de que esas personas que tienen situaciones muy particulares sean reconocidas. 

¿Qué papel juega en esto la teoría de género?
Muchas personas no son conscientes de que este doble movimiento del feminismo extremista y de la homosexualidad vuelve a poner en cuestión el verdadero sentido de la pareja y de la familia. La filosofía que estructura este pensamiento es la teoría de género, que ahora se ha convertido en la referencia de la ONU y sus agencias, del Parlamento Europeo, de la Corte Europea de Derechos Humanos de Estrasburgo, y que modifica el sentido de las leyes. Por ejemplo, en España se suprime la noción de padre y madre para reemplazarla por progenitor uno y progenitor dos. En Venezuela, se quiere suprimir la noción de hombre y de mujer para cambiarla por el concepto de “contrayentes” para permitir, a todos los que quieran, casarse. Es decir, se inscribe la negación de la diferencia sexual en la Ley en beneficio de la indiferenciación. Cuando una sociedad da a entender que somos seres indiferenciados desde el punto de vista sexual, por un lado, nos equivocamos, y, por otro, sumimos a la sociedad en una confusión que se transforma en fuente de inseguridad. Y de la confusión y la inseguridad viene la violencia.
De la misma forma, como ya no se sabe reconocer la diferencia fundamental que estructura la humanidad –la del hombre y la mujer–, se llega a reivindicaciones ideológicas de respeto de la diversidad, de sociedades multiculturales, o de tener que reconocer la diferencia de las particularidades, pero nos equivocamos de objeto, y no hacemos más que mantener el síntoma de la negación de la diferencia sexual. 
Aquí, tocamos uno de los pilares esenciales de la cultura y de la civilización, que es el respeto de la diferencia sexual. Junto a ello, la prohibición del incesto, el respeto a la diferencia de las generaciones y la prohibición del asesinato: estos son los cuatros pilares de la civilización. Si tocamos a uno de estos pilares se desestabiliza por completo la sociedad. Los efectos, evidentemente, no se perciben de forma inmediata, sino que se verán en treinta, cuarenta, cincuenta o, incluso, setenta años, como sucedió con el marxismo. Pienso que esta negación de la diferencia sexual en el seno de las sociedades occidentales –cosa que se encarna en la Ley– causará mayores estragos que el marxismo, y lo veremos cuando por fin nos despertemos del letargo, aunque ya será muy tarde. Estos estragos no los podemos ver ahora, por el momento, porque las personas tienen la sensación de emanciparse, de ser más libres, de liberarse de estructuras fundamentales, siendo ésta una de las dificultades de la humanidad: aceptar estas estructuras y querer permanentemente salir de ellas en lugar de asumirlas y transformarse en creadores a partir de ellas. Cuando se cree ser creador, saliéndose de estas estructuras, nos convertimos en unos destructores, en suicidas
De hecho, no es de extrañar que los índices de suicidio sean más elevados en las sociedades más desarrolladas. Canadá, que ha ido muy lejos en el reconocimiento de la negación de la diferencia sexual, es un país, especialmente en Québec, en que la tasa de suicidio entre las edades de 15 a 50 años es la más elevada del mundo, y todos se preguntan por qué. Sencillamente, porque sabemos muy bien que los factores sociales, culturales y antropológicos contribuyen a la formación de la personalidad. A partir del momento en el que la antropología no es un factor asegurador de la personalidad, los sujetos se agreden a sí mismos y a los demás, no por miedo, sino por no saber cómo desarrollarse, cómo reconocerse

Lo que resulta bastante sorprendente es que, al final, todo lo que hemos denunciado del marxismo y del nazismo, lo volvemos a justificar…
Hemos denunciado la eutanasia del nazismo y a la vez queremos imponer la eutanasia y el aborto o el hecho de matar a las personas al final de sus vidas o cuando son ancianas. Hemos cuestionado los planteamientos marxistas de la familia, en concreto, los principios de Hegel y Hengels, que pensaban que la familia era el punto fuerte del capitalismo que había que destruir. Es lo primero que hicieron los marxistas en Rusia y que también quiso hacerse en Alemania, poniendo en duda a la familia favoreciendo el divorcio, lo que propició grandes problemas de inseguridad afectiva, pero también de empobrecimiento económico en las familias y en la sociedad, por lo que hubo que volver de nuevo al matrimonio del hombre y de la mujer. Por lo tanto, todo lo que el marxismo y el nazismo nos quisieron imponer fue rechazado, pero, al final, como si del Síndrome de Estocolmo se tratara, nos hemos identificado con esos modelos que habíamos rechazado, interiorizándolos y asumiéndolos, y ahora, en la actualidad, se están aplicando, dentro de la ceguera más grande, por parte de la mayoría de los ciudadanos. Basta con mirar al nuevo mini Tratado de Lisboa, que está impregnado de esta ideología de la negación de la diferencia sexual en beneficio de las orientaciones sexuales, para comprender que las leyes se encuentran repletas de estas ideas y que las políticas están llenas de una especie de “locura” libertaria, sin darse cuenta de que estamos “secando” la rama, se están cortando las raíces de la sociedad europea.

Pocas voces siguen contando con la diferencia sexual y hablan de ella. Quizás sólo quede la Iglesia…
En la mayoría de las series televisivas siempre hay un homosexual, un transexual o un travestí: es una imagen impuesta a la fuerza. Se quiere imponer una norma alegando que somos sexualmente indiferenciados. El fin de la sexualidad no es la indeterminación, sino alcanzar la madurez de la heterosexualidad, es decir, la interiorización del otro sexo, porque interiorizando el sexo del otro, se interioriza el sentido del otro, cosa que no sucede con la homosexualidad.

El fundamento de la diferencia sexual nos remite al Dios trinitario. ¿Dónde encuentra su fundamento de la diferencia sexual en un ámbito no cristiano?
En una simple visión realista. De hecho, el cristianismo nos ha enseñado a mirar la realidad. Que seamos creyentes o no, lo que cuenta es la realidad. Y, de hecho, la realidad es que hay hombres y mujeres, es decir, hay dos identidades sexuales, la de la mujer y la del hombre, y no hay más. La homosexualidad no es una identidad, es una orientación sexual como pueden existir otras: los voyeuristas, los exhibicionistas… Hay una gran cantidad de orientaciones sexuales, pero sólo hay dos identidades sexuales: la del hombre y la de la mujer. En cambio, en el contexto contemporáneo nos quieren hacer creer que una orientación sexual es una identidad sexual y que cada uno construye su propia identidad. Hay una confusión psicológica y antropológica muy grave, porque uno no construye su identidad, sino que la elabora, lo que no es para nada lo mismo. Son dos palabras diferentes: la identidad nos es dada con el nacimiento –un niño, una niña– y, por lo tanto, esa identidad objetiva la recibimos y tenemos que interiorizarla, pasamos años interiorizando esa identidad. No hay más que ver cómo crece un niño. Durante la infancia y la adolescencia, se pasa mucho tiempo integrando, elaborando esta identidad que no construimos, sino que nos es dada. En cambio, las orientaciones afectivas, sexuales, son las consecuencias de las primeras tendencias, de las primeras pulsiones de la infancia (lo que llamamos “pulsiones parciales”). Y todo depende del desarrollo de cada uno. En el mejor de los casos estas primeras tendencias van a unirse a la madurez afectiva de la heterosexualidad, mientras que ciertas tendencias van a buscar el fin en sí mismas, por toda una serie de cuestiones que tienen que ver con la psicología infantil y adolescente. Y si se buscan a ellas mismas fuera de su identidad sexual entonces es que hay un problema psicológico.
En cambio, en el contexto intelectual actual se quiere hacer tabla rasa de los datos proporcionados por la psicología empírica, por la antropología realista, olvidando que lo que prima es el hombre y la mujer y es sobre este punto de vista totalmente objetivo, casi diría trascendente, por el que un sexo trasciende, en cierta forma porque no depende de mí; el otro, es un yo distinto de mí. Es como si al final no se quisiera reconocer esta dimensión de lo real lo que nos lleva a elaborar ideologías totalmente idealistas y desencarnadas. Por lo tanto, se sea o no creyente, podemos estar de acuerdo con este hecho de realidades primeras de la existencia. La fe cristiana añade, ilumina, indicando que esta alteridad, este diálogo adquiere sentido en la comunión trinitaria, donde para ser dos es necesario ser tres, donde para comunicar, para ser comunión es necesario tres. El hombre y la mujer se comunican a través de la intermediación del hijo, del hijo que está, que nunca estará –porque se sea estéril– o del hijo que ya no está, pero siempre somos tres. En este sentido, el cristianismo presenta unos instrumentos intelectuales de gran riqueza para darnos cuenta, incluso, de nuestra humanidad, de nuestra humanidad encarnada ahí donde existen movimientos intelectuales que nos quieren “hacer salir” de nuestra condición carnal, como, por ejemplo, ciertos movimientos espirituales que existen en Asia, en Oriente, que pretender hacernos salir de la condición humana, porque no se logra saber cómo afrontarla. 

Desde este punto de vista, ¿qué novedad introduce el cristianismo?
Los Padres de la Iglesia hablan de la sexualidad de una forma muy interesante. Hasta la época de los griegos, cuando se hablaba de sexualidad y de afectividad, se entendía algo trágico; en Roma hablar de la sexualidad resultaba un espanto ligado a los pensamientos de alguien como Séneca. Mientras que cuando llegaron los cristianos se empezó a mirar a la cara a estos seres encarnados, repletos de emociones y sentimientos. Y cuando los Padres de la Iglesia identificaron y dieron nombre a estas emociones, a esta especie de combate interior en el plano psicológico –¿qué hago yo con estas emociones?– es la primera vez, también en la literatura, que se aborda crudamente el movimiento interno de la sexualidad humana, entendida en su sentido global (de instintos, afectos, sentimientos…). Entonces los Padres de la Iglesia afrontaron todo el dinamismo de la sexualidad y lo aclararon a la luz del misterio cristiano, a la luz del amor de Dios, Uno y Trino. Por ello, todo el erotismo del ser humano resulta liberado en el amor conyugal. Y ahí donde tanto los griegos y los romanos tenían dificultad en asociar el erotismo con el amor conyugal (por una parte, la matrona y, por otra, la concubina), el cristianismo, por el contrario, lo inscribe dentro del amor conyugal. De ahí que se empiece a contraer matrimonio por amor, para liberarse de la prisión de la familia o del grupo que obligaba en aquella época a casarse entre ellos. El matrimonio católico aparece en el plano de la Historia como un matrimonio de libertad. Este matrimonio va a tardar veinte siglos en implantarse en Europa. Veinte siglos, porque las familias y el poder político no aceptaban que los jóvenes eligieran a su pareja amorosa. Fue necesario esperar hasta finales del siglo dieciocho para que este tipo de matrimonio fuese reconocido civilmente. El matrimonio cristiano es, por lo tanto, un matrimonio revolucionario fundado sobre el amor.

¿Dos palabras sobre los aspectos más novedosos de la encíclica Deus caritas est?
La Deus caritas est nos enseña que el hombre y  la mujer son verdadero icono del amor de Dios. Representan en el vínculo matrimonial el amor de Dios. Además, muestra cómo el erotismo entre el hombre y la mujer adquiere sentido en esta comunión de los cuerpos y enseña también cómo la diferencia sexual se encuentra en el centro mismo de la diferencia de la alteridad. Es verdad que, cuando se adquiere y se reconoce la diferencia de sexos, se está más cerca de reconocer el amor de Dios que cuando se niega esta diferencia. Si se niega la creación, si se niega la diferencia sexual no se puede amar. Sólo se aman un hombre y una mujer. Dos personas del mismo sexo no se aman; tienen sentimientos, emociones, pero eso no es amor, no es sexualidad conyugal, es sexualidad indiferenciada. Y por ello, el amor del hombre y de la mujer es un camino que lleva hacia Dios y nos permite acercarnos a la comunión de la Trinidad.

BIOGRAFÍA BREVE
Tony Anatrella (1941) es sacerdote, psicoanalista y especialista en psiquiatría social. Nombrado en 2000 por Juan Pablo II y confirmado en 2007 por Benedicto XVI como consultor del Consejo Pontificio para la Familia, y del Consejo Pontificio para la Pastoral de la Salud. Es profesor en las Facultades Libres de Filosofía y de Psicología de París (IPC). Ha publicado numerosos libros y artículos, entre los que destacan, además de La diferencia prohibida, El sexo olvidado (1990), L’amour et le préservatif (1995) y Le règne de Narcisse (2005).