Mi secreto es volar

Alessandro D'Avenia • Publicado el 16-08-12

Mi secreto es volar. Para volar hace falta tener alas y yo las alas ahora las tengo. Son las que me construyó mi padre. Son alas hechas de carne, plumas y cera. Son alas pesadas, parecen pesadas, pero su peso me permite no tener peso. Lo aprendí de las gaviotas y de las águilas, que tienen alas grandes, mas pesadas que todas las otras aves: así planean altos en el aire por mas tiempo que todas y miran fijo al sol.

No me conformé nunca con la tierra. Yo quería mirarla desde lo alto, sorprenderla en su vivir y respirar, desde lo alto. Lo descubrí mirando las estrellas en las noches tranquilas del verano y en las fría del invierno. Tenia hambre de eso.

Todo pasa... Los sufrimientos, los tormentos, la sangre, pero las estrellas quedaran, también cuando la sombra de mi cuerpo no se arrastre mas en la tierra. No hay hombre que no lo sepa. Las estrellas me enseñaron a volar, a quererlas contar de una en una entiendes como se hace.

Pedí a mi padre las alas. Él es un inventor, un creador, además de ser mi padre. Me construyó y regaló las alas: las construyó para mi como una medicina [prótesis] para curar mi nostalgia por el cielo. Así empecé a volar. Quería levantarme en el puro azul de los cielos y acompañar águilas y gaviotas en sus cazas.

Pero luego... tuve nostalgia de la tierra. Mirándola desde lo alto me enamoré de ella así como me enamoré del cielo, porque solo desde el cielo descubres que también la tierra está llena de estrellas, de fuegos que se encienden.

Quería aprender los caminos de los hombres, rozar sus construcciones, los palacios, los techos, los pináculos, las casas de los hombres con sus fuegos encendidos para los cuentos, las palabras, los cansancios y los amores. Amaba las vidas de los hombres ahora que las miraba desde lo alto. Acaricié la tierra con mi vuelo y descubrí el secreto de las golondrinas y de su vuelo rasante, que habla con las cosas mas de cerca, sin miedo. Cuántas vidas escuché detrás de paredes, ventanas, puertas... cuantos fuegos vi encenderse y pulsar como estrellas en el cielo cotidiano.

Pero cuando desciendo demasiado sobre la tierra, vuelve la nostalgia de la altura, de las estrellas. Cuando estoy solo con las estrellas, me aferra la nostalgia de los abismos de la tierra, de los fuegos en las casas. No estoy hecho ni para el cielo ni para la tierra, nunca estoy contento sólo con el uno o con el otro, o quizás será porque estoy hecho para unir esos dos mundos, como hacen los poetas. Sólo las palabras en efecto tienen el mismo poder, por esto los poetas las llaman “aladas”.

Volando he descubierto que el cielo y la tierra no se unen en la línea del horizonte, sino en la altura de mi corazon. Ahora asciendo en el cielo con mis miembros de barro, ahora desciendo en la tierra con la luz del cielo. Llevo al cielo la tierra de la cual estoy hecho, soplo dentro de la tierra el cielo del cual estoy hecho.

Renuevo el uno y el otro, doy aliento al (uno) [tierra], carne al (otro) [cielo]. Salvo cuando me pierdo y uno se pierde ya sea en el cielo ya sea en la tierra. Me pierdo en las alturas celestes cuando no quiero saber mas del peso de la tierra. Siento mis alas secarse, mis plumas destacarse, mi carne derretirse y el vuelo se vuelve loco, porque no soy un ángel, tengo la sangre hecha de tierra. Y me pierdo. Me pierdo en los abismo terrestres, cuando me canso de la ligereza del cielo. Siento entonces las alas humedecerse, recargarse hasta no lograr tomar el vuelo y el vuelo se estrella, la boca pegada a la tierra, los ojos llenos de polvo.

Cuantas veces mi padre reparó mis alas, como un padre repara la bicicleta de su hijo, para liberarlas del peso de la humedad o de la aridez del sol. El me lo dice siempre: tu te pareces a los árboles, suspendido entre el cielo y la tierra. Tu estás hecho para vivir en el medio, entre cielo y tierra. Tú estas hecho para unirlos. Y cuando no tendrás más fuerzas harás como el martín pescador que se apoya en la espalda del alción que lo lleva aun mas hacia lo alto cuando el por si mismo ya no puede mas. ¡Mi padre!

Y cuando caeré ya cansado quisiera escuchar una vez más aquella canción que mi madre hace tiempo cantaba: las hojas caen, caen / como si jardines lejanos marchitaran en el cielo. / En las noches cae, cae la tierra pesada de todas las estrellas. / Todos nosotros caemos. Esta mano cae. / Sin embargo hay Uno que sin fin, dulcemente, / tiene este caer en sus manos. Estoy hecho para caer hacia lo alto.

Dedicado a quien no quiere dejar de volar.