La isla

Víctor Barrios • Publicado el 03-09-2012

-Es de ésta forma –dijo Mamá Pato a sus pequeños cuando les enseñaba a nadar.- Y recuerden, no se queden atrás. Fue lo último que dijo antes de alejarse por el mar en dirección a La Isla y sin volver el rostro, razón por la que no se percató de que el más pequeño y el único con plumas doradas de sus hijos no la seguía, sino que se había encantado por el brillo de una moneda que pronto atesoraría como el único recuerdo del día en que su madre se alejó para siempre.
Sin hogar y sin más dinero que su moneda, que por cierto jamás gastaría, tuvo que comenzar a pensar en que haría con su vida ahora que no tenía a nadie quien le recordase aquello para lo que se encontraba aquí y que necesitaba dinero para seguir.
En primera instancia vagó por la orilla del mar sintiendo mucha pena y sin olvidar a su madre y lo mucho que la detestaba por dejarlo en este mal mundo… se preguntó por qué los patos tenían que ir hasta La Isla, pero no encontraba respuesta pues ni siquiera sabía qué era La Isla, de hecho ni siquiera sabía qué era una isla, así que, sin poder dar respuesta a su pregunta, se durmió en la playa.
A la mañana siguiente sintió algo muy extraño que jamás en su vida había sentido: era como si su boca se secara poco a poco y, al desconocer la naturaleza del agua de mar, la bebió. En cuanto lo hizo sintió cada vez más sed, así que siguió bebiendo, pero esa sed no se apagaba, sino que seguía creciendo hasta que el pato, con su panza llena, se percató de que el agua de mar no era lo que necesitaba para saciar su sed. De pronto comenzó a marearse y, sin saber cómo llegó ahí, una zarigüeya comenzó a darle a beber de su agua personal.
-Esto calmará tu sed, pero sólo por un rato, por lo que tendrás que llegar al pueblo si vuelves a sentirla -le dijo.
-Espera, ¿cómo llego al pueblo?, ¿querrías acompañarme? Siento que tu vida está ligada a la mía así que no quiero separarme… de cualquier forma, tú también necesitarás agua tarde o temprano.
-Sí, tienes razón, nuestras vidas están fuertemente ligadas… y sí, necesitaré agua en el futuro, así que vamos, es hacia el Este.
En cuanto llegaron al pueblo Pato preguntó sobre La Isla a zarigüeya, quien, al no saber qué responder, lo llevó a la biblioteca. Aquí Pato comenzó a buscar sobre La Isla, pero, desafortunadamente, no encontró nada. Siguieron tristes su camino hasta que Pato encontró un libro que hablaba sobre cómo funcionaban las fuerzas, un atlas donde no figuraba ninguna isla y un diorama que explicaba la última masacre indiscriminada al reclamar derechos civiles y leyes más justas donde todos sean iguales: que los que tienen más paguen un porcentaje igual al que pagan los que tienen menos. Estas dos últimas cosas dejaron muy triste a Pato, porque La Isla no existía y porque moría gente inocente sólo por querer justicia.
-¿Crees de verdad que La Isla no existe?- preguntó zarigüeya- porque si no ¿hacia dónde fue tu madre?
-No lo sé, no lo sé… tal vez hacia la muerte segura… o quizás no- dijo lo último con un notorio dejo de alegría en su voz- ella siempre dijo que mis hermanos y yo veníamos de La Isla, que nos concibió allí… debe tener razón, porque mi abuelo la llevó allí cuando ella era joven.
Siguieron su camino buscando información sobre La isla y, para ello, preguntaron a cada persona que vieron en la calle. La primera persona fue un zorrillo que sólo conocía un pestilente olor que venía desde atrás, razón por la que huía constantemente de él y, como sólo conocía eso, no pudo ayudarlos. Luego encontraron un cachorro y su padre, quienes, al oír la pregunta quedaron totalmente descolocados: el hijo comenzó a ladrar mientras que el Padre los miró con odio y se puso a caminar lo más rápido que pudo para alejarse de ellos. Finalmente se toparon con una paloma que cargaba una banda presidencial sobre su inflado pecho quien, al oír “La Isla” miró hacia todos lados antes de responderles:
-No deberían hablar de estas cosas aquí… vengan conmigo, así hablaremos seguros…
Caminaron por horas a través de calles sin fondo, doblando en cada esquina, tomando direcciones que luego se alternaban para no caminar en círculos. Paloma les advirtió que no mencionaran La Isla hasta que llegaran y que, mientras tanto, se mantuvieran alejados de toda trifulca y de todo escándalo para, así, no llamar la atención. Cuando se acercaba el atardecer y se veía el final del pueblo se detuvieron, no en la última casa, porque llamaría mucho la atención, sino en la penúltima casa, en una choza semiderruida, como cualquier otra de esa zona, no la más erguida, tampoco la más caída, sino una intermedia para que no llame la atención.
-Bien, llegamos- dijo Paloma al abrir la puerta. El interior de la casa no era muy distinto del exterior: tenía una mesita de centro con un par de flores marchitas, una cama, una cocina pequeña y un retrete, todo cubierto por una fina capa de polvo que dejaba a la vista el desuso temporal de estas cosas.
Al centro de la casa se encontraba un número muy extraño escrito en el piso, al menos Pato pensó que era un número, sobre el que terminaría parándose Paloma. En cuanto estuvieron todos reunidos sobre el número Paloma saltó permitiendo un descenso raudo y veloz de todo el piso de la casa. Abajo se encontraba una especie de laboratorio con luces azules, batas blancas y mucha gente corriendo de aquí para allá, siempre buscando algo.
-Los he traído aquí porque no está permitido hablar sobre La Isla en la superficie, pues a la gente le causa mucho daño- les dijo Paloma.
-¿Por qué?- inquirió Pato.
-Sencillo: todos aquí fuimos abandonados por nuestros padres al irse ellos a La Isla, nadie pudo jamás encontrar La Isla… A mí, por ejemplo, mi madre me dejó aquí mientras yo miraba una rebanada de pan que luego devoraría. Ella no me esperó y jamás volvió por mí… Es por esto que nadie habla sobre ese maldito lugar allá arriba- dijo con lágrimas en sus ojos- la hemos buscado, por supuesto, pero tal Isla no aparece… hemos navegado todos los mares de este mundo y jamás hemos avistado ninguna isla… hemos recorrido todo el continente y hemos creado ciudades, carreteras, economía, ¡PODER! Y ustedes pueden ser parte de esto si aceptan unirse a nosotros, dejar de hablar de La Isla, dejar de pensar en ella y dejar de buscarla por siempre… ¿Qué me dicen?
Pato pensó por un momento, sin dejar que Paloma entrara en sus pensamientos, pues esta decisión le correspondía sólo a él y a nadie más.
-Jamás lo haremos. Mi madre tenía razón, es por eso que quería irse a La Isla, es por esto que no podía esperar más… porque habló y ustedes la castigaron, porque pensó y ustedes la golpearon… por eso no pudo mirar atrás, porque se habría quedado y habría olvidado todo por culpa de su poder… Debemos irnos, zarigüeya… ¡Ahora!
Comenzaron a correr perseguidos por Paloma mientras pensaban cómo se habían metido en ésto, habían pasado tantas cosas en las últimas veinte y cuatro horas, había crecido tanto Pato que ya no era el mismo… Ahora lucharía por su Libertad, lucharía por vivir, lucharía por encontrar La Isla, aunque sólo fuese una ilusión… lucharía por volver con su madre… lucharía por volver a casa…
Pero no sería tan sencillo el regreso, pues se había dado la alarma y estaban muy lejos de la costa, debían esquivar a todas las creaturas que les perseguían, a todas las creaturas que querían atracarles, a todas las creaturas que les impedirían luchar por su Libertad. Corrieron todo el camino que recorrieron horas antes, no se demoraron tanto, pues se perdieron en una esquina y atinaron a correr a la derecha, lo que resultó un movimiento acertado, pues acortaron cuatro esquinas y eludieron al contingente popular que los esperaba del otro lado del camino.
Doblaron por la derecha y se encontraron con el puerto, lugar que añoraban desde mucho tiempo atrás y al llegar al borde del último madero Pato se detuvo.
-Tengo miedo… no quiero continuar… creo que la opción del Poder es buena también- dijo de forma muy triste- no hay nada más que hacer…
-Busca tu felicidad, amigo mío, eras feliz al saber de tu madre, eras feliz mientras la buscabas, eras feliz haciendo aquello para lo que naciste… ¡eras feliz siendo Tú!
Y al decir ésto ambos se lanzaron al mar sin mirar atrás y en busca de La Isla.