La sociedad del cansancio y la misericordia que libera

Redacción  • Publicado el 11-11-2016

Un filósofo coreano ha definido el contexto en que vivimos “sociedad del cansancio”. Un cansancio profundo es la consecuencia de la lógica por la cual vales sólo si rindes, si estás a la altura de las expectativas de éxito que otros te plantean. Vales si tienes y haces, no por lo que eres. También la familia a menudo se vuelve el lugar donde cada uno le pide al otro cumplir y rendir. De tal manera el hijo está cargado de todas las expectativas de los padres, por supuesto “por su bien”. Entonces uno no puede equivocarse. Quien se siente mirado por lo que tendría que hacer y ser, se cansa de su existencia. No aprende a conocerse y amarse a sí mismo, lo grande que es, actúa con un guión ya establecido, no ve la realidad “amiga”, dentro de la cual lanzarse sin miedo.
Un amigo nuestro nos ha contado que hay una experiencia, un gesto del cual está aprendiendo a mirarse a sí mismo de verdad: la confesión: La confesión, podríamos decir, se está volviendo el lugar donde encuentra el verdadero éxito. En efecto, ¿cuándo tengo éxito? Cuando finalmente soy yo.
Este joven se descubre liberado del chantaje del rendimiento, del  proyecto de los demás y propio sobre su vida, ve su persona dilatada por la gratuidad de Jesús, que sirve y dona la vida. Alguien que se educa así, cada vez más será capaz de servir y donar la vida. El planteamiento ya no será “Tengo que rendir a toda costa para llegar a ser alguien en la vida, entonces, ¿cómo puede servirme el todo?”. Sino: “¿Como puedo entregar este milagro que soy a Quién me lo ha donado todo? ¿Qué has preparado para mí, Señor? ¿Cómo puedo servir al todo?”.

«Quisiera partir describiendo un poco el contexto familiar en el cual vivo: soy hijo único y durante toda mi vida sobre mí ha caído el peso de tener que hacer cosas, esforzándome para poder lograr -en un futuro- “ser alguien en la vida”. Pongo un ejemplo muy común para todos: la famosa prueba que todos los jóvenes rendimos tras egresar del colegio. Si sacas desde 700 puntos hacia arriba eres bueno y si sacas menos eres un fracasado: este criterio llegó desde mis padres hacia mí. Desde pequeño crecí pensando que todo funcionaba así, había que lograr el éxito, el prestigio, una vida “estable”, etc.  Entonces no me quedaba más que familiarizarme con esta mirada sobre mí mismo e incluso sobre los demás. Se había vuelto normal mirarse a partir de la posibilidad de un status, me di cuenta de que en todas las relaciones yo comencé a vivir con ese chantaje, esperando incluso ser medido de alguna forma. Es como si en cada cosa tuviera que cumplir con un estándar, y en caso de no cumplirlo decepcionaba al chantajista, perdía su cariño. Por lo tanto, en varias  ocasiones yo cedía a esto con tan solo de gustarle al otro. Es como si el Daniel Ideal -que no existe- fuera el enemigo más grande del Daniel Real.
Sin embargo, me encontraron unos curas y unos amigos que me rescataron y me rescatan de mí mismo. Ellos me han querido de una forma distinta. Cuando he compartido con ellos, en ningún instante primó el cumplimiento de ciertos requisitos para lograr su afecto. He recibido un amor gratuito por parte de ellos y de estos amigos que pertenecen a la Iglesia y al movimiento de Comunión y Liberación.
El mejor ejemplo para poder afirmar que yo no soy lo hago es el gesto de la confesión. No soy un experto sobre ella y ni tampoco logro discernir todo el misterio que contiene. Pero si he entendido una cosa: el sacramento de la confesión es el único lugar donde yo soy más transparente y libre. En este sacramento me veo a mi mismo completamente necesitado del abrazo del Padre. Él me libra del juicio que hago sobre mí mismo. Sucede totalmente lo contrario de lo que normalmente ocurre: a partir de mi herida soy perdonado».

Al principio, este joven lleva incluso en la confesión el miedo de ser juzgado a partir de sus límites. Y la sociedad del rendimiento no es capaz de mirar los límites. Sin embargo, a partir de la experiencia de gratuidad que ha empezado a hacer, se expone con cada vez menos miedo y con cada vez más dolor. Porque la conversión es estar sin defensas frente a la gran misericordia. Sólo cuando nuestra miseria está frente a la misericordia, comenzamos a experimentar dolor por nuestro pecado. Si hay Alguien frente al cual puedo mostrarme con toda mi debilidad, es una experiencia liberadora: si el enfermo reconoce la herida y la muestra a Dios, porque sabe que de otra manera no podría curarse, la misericordia lo alcanza. El joven no minimiza, no oculta lo que hizo, va como un mendigo. Reconoce su mal porque confía en la misericordia de Dios. Como el así llamado “buen ladrón” afirma la justicia aceptando acusarse de sus pecados, acepta la justicia porque se sorprende esperado por la misericordia. La misericordia desea que el mal sea mostrado para iluminarlo y así vencerlo. “Nuestro pecado se vuelve casi la joya que le podemos regalar para procurarle la consolación de perdonar” (papa Francisco). Tocar a Dios con la propia herida abierta es el secreto para experimentar la misericordia y ver la belleza que, finalmente, sin defensas todo vence y envuelve, belleza integra y nueva, que nunca es tarde para ser seducidos por ella, como justamente aconteció al ladrón y asesino que admitió su culpa y se dirigió al único inocente de la historia, y aquel mismo día fue acogido en el Paraíso.
Uno está en Paraíso cuando puede mirarse con los ojos de Dios. Esto acontece todavía en cada confesión.