Bendecir es bien decir

Michele Lugli e Marco Aleo  • Publicado el 11-11-2016

"Nos casamos porque queremos la bendición de Dios": no es infrecuente escuchar esta frase de parte de personas que tienen dos o tres hijos y que viven juntos desde hace quince años. Es bello hacer un camino juntos para descubrir que el sacramento del matrimonio no es como una guinda en la torta (una amiga nuestra dice que Cristo no es la guinda en la torta, sino que es la torta!), sino lo que hace posible amar y amar para siempre (es decir volviendo a empezar todos los días). Entonces uno pide el sacramento precisamente porque no sabe amar: no es posible, en efecto, construir un edificio comenzando por el techo y poner los pilares al final. Se pide el sacramento porque a partir de este don siempre nuevo se puede aprender a "bendecir" todo.
"No quiero plata, quiero una bendición", nos decía siempre un amigo que cuida auto. "Bendiga a mi hijo" o "bendiga a mi casa", le piden frecuentemente al sacerdote.
¿Qué significa entonces bendecir? La pregunta es importante para no reducir la bendición a un rito mágico -que no involucra quien la pide- para traer la buena suerte y alejar la mala.
“Bendecir” significa “decir bien”. Toda la realidad en el principio fue bendita, bien dicha: «Dios dijo: “haya luz”, y hubo luz. Vio Dios que la luz estaba bien, y apartó Dios la luz de la oscuridad, y llamó Dios a la luz “día” y a la oscuridad la llamó “noche”» (Gn, 1, 3). Dios crea con su Palabra: todo ha sido bien dicho y bien hecho por Él.
Entonces, ¿por qué bendecir de nuevo lo que nace bendito y bien dicho? Porque somos nosotros quienes “maldecimos” las cosas, somos nosotros quienes “hablamos mal”, afeamos las palabras fundamentales de la vida, deformamos el orden original creado por Dios.
No podemos decidir lo que está bien y lo que está mal según nuestros gustos y ganas, porque nosotros no somos el Creador. No dominamos el secreto de la vida. En la creación hay un orden establecido por Dios: el hombre no puede inventarlo, sino sólo reconocerlo y promoverlo. Si no lo hace, afea y rompe lo que tiene entre las manos.
Lo mismo vale en primer lugar para el ser humano: "muere" si no respeta el orden creado por Dios. No puedo usar un lápiz como si fuera un clavo. Quizás en un comienzo parece que funcione, pero antes o después se despedaza. Si no descubro mi vocación -aquello por lo que Dios me ha hecho, a lo que Dios me llama- me hago daño y antes o después me rompo.
¿Recuerdan cuando Chile tenía que tirar el último penal, en la final de Copa América? Había un silencio, una expectación grande. San Anselmo imagina a todos los seres, a toda la humanidad, en una tremenda expectación -mucho mayor que la del partido de Chile, porque la puesta en juego es inconmensurablemente mayor- después de que el Ángel anuncia a María. Todo está en una ardiente espera de la respuesta de María, como en un instante que deja en suspenso al mundo. Después del sí de la Virgen, toda la realidad salta de alegría porque se regocija cuando es mirada y tratada por quien ama a Dios -cuando es bendecida, bien dicha-, es decir por quien reconoce y promueve el orden con que Dios ha hecho cada cosa.
Para bendecir la vida, entonces, tenemos que volver a escuchar la voz de Dios, aprender su lenguaje, descubrir su gramática, fiarnos. Esto no nos es inmediato, como le pasaba a Davide, un bellísimo niño de pocos meses, muy inteligente.
El papá le regala a Davide un lindo juguete. El niño lo toma y lo tiene en sus manos, intenta ver cómo funciona. Sin embargo lo toma por el lado equivocado porque no ha entendido cómo se usa. Quizá Davide se pone terco con su idea, o quizá es demasiado pequeño para entender. Entonces el papá se le acerca para ayudarlo a usar el juguete, para que pueda jugar con él, empezando con ponerlo derecho. Pero el niño se asusta, teme que su papá -¡el mismo que se lo ha regalado!- se lo quite. Entonces se encierra en su intento de usarlo como él quiere. Quizás en un momento puede parecer que funcione su tentativa, pero en realidad el juguete fácilmente -si insiste- se va a romper. Evidentemente el juguete “sufre” -por así decirlo- por el manoseo de Davide. El papá sigue allí, paciente mientras el niño se va obsesionando y enojando porque no logra hacer funcionar el juguete. Llega un momento en el cual el papá llama a su hijo por su nombre. O quizás llevaba tiempo llamándolo y sólo ahora Davide se da cuenta. Entonces el niño acepta despegar los ojos del juguete y mira a su padre a la cara. Sólo en este momento afloja sus manos para soltar lo que estaba apretando. Y de repente Davide se encuentra con el juguete bien puesto en sus manos. El juguete ahora funciona. El niño finalmente empieza a entender y a disfrutar. En el diálogo con el padre, en el contacto con sus miradas, el hijo ha podido descubrir que eso que le parecía una pérdida, era en realidad un regalo. Es como si se le hubiera devuelto el juguete, pero de nuevo, como lo volviera a recibir como regalo. Davide ha descubierto que el padre no quería quitar, sino donar más: ahora el juguete es cien veces más suyo, más bello.
¿Qué representa este “juguete”? Es “nuestro patrimonio”: nuestra misma vida y todo lo que amamos, lo que hemos recibido y sin embargo normalmente queremos gestionar según nuestra pequeña medida.
“Bendecir” significa tener el deseo de volver a “decir bien” este patrimonio, es decir las palabras fundamentales de la vida -corazón, conciencia, razón, libertad, talentos, trabajo, familia, amistad, sacrificio, justicia, caridad, perdón, alegría, vacaciones, presente y futuro...- para tratar todo según el designio original de Dios y volver a dar a cada realidad su forma, su lugar, su valor y su significado verdadero.
“Bien-decir” las palabras fundamentales de la vida como dijimos no es automático, sino que es el fruto de un camino. Tenemos que volver a ser niños para aprender de nuevo a hablar bien. Davide aprende mirando y escuchando a sus padres. Repite las palabras que en un comienzo no entiende, pero lentamente descubre su significado.
Que vale la pena emprender este camino lo vemos en la belleza de la vida de muchos amigos. Pensemos por ejemplo en Chiara Corbella. ¿Por qué nos ha conmovido tanto su persona? Precisamente porque ella se descubre "bendecida": reconoce su vida y su historia bendecida, y por eso puede bendecir todo, incluso la muerte, haciendo de su vida un Magnificat.
La belleza de una vida bendita y capaz de bendecir nos lleva a pedir a Dios nuestro Padre: “Enséñanos a hablar! Enséñanos a bendecir nuestra vida!
Por esto y para esto nuestro Padre no nos ha dejado solos: ha puesto a nuestro lado un gran fonoaudiólogo, Jesucristo, que nos acompaña a través de la compañía de la Iglesia.