La ternura del platillo y la co-rección

Redaccion  • Publicado el 11-11-2016

«“Quien bien te quiere te hará llorar”, dice el refrán. Hay una ternura del palo. El que quiere mi felicidad, cuando me alejo de ella no puede sino corregirme. El buen padre no trata de otra forma a su hijo querido. Si por sensiblería o por temor a disgustarlo le evitara la reprimenda cuando es necesaria, su amabilidad sería de una crueldad refinada. El niño al que acaricia de esta forma sería un niño más maltratado que uno al que se golpea: se le dejaría pudrirse por dentro, sin incurrir en delito. Sufriría un maltrato espiritual. Disfrutaría de golosinas tan azucaradas que le provocarían caries hasta en el alma. Una buena trabajadora social debería citar al padre y ordenarle que castigara a su hijo, bajo la pena de retirarle la custodia: “Usted le consiente sus caprichos, lo adormece en la pereza y la comodidad, ¿qué va a ser de él? Su alma será tan pusilánime y susceptible que odiará a todo el que contraríe sus apetitos: será incapaz de escuchar a los demás, caerá en la presunción o en la desesperanza”» (F. Hadjadj).

Tantas veces, quien propone algo grande, es como aquel médico, imaginado por Platón, acusado por un confitero ante el tribunal de niños: “Niños -diría el abogado- éste es el hombre que les hace sufrir, que les hiere, que les ahoga, que les obliga a beber brebajes amargos! Y no como yo, que les ofrezco montones de cosas buenas y agradables”. En una sociedad de niños mimados, al confitero se le concederá el premio Nobel de la paz y nuestro médico será condenado a la pena capital.

«Los seres humanos somos, no metafóricamente sino de verdad, obras de arte divina que Dios hace y con lo que, por consiguiente, no quedará satisfecho hasta que posea determinadas características. Aquí nos topamos con lo que llamamos “cortesía intolerable”. Ningún artista se tomaría seguramente demasiadas molestias en hacer un boceto en ratos de ocio para distraer a un niño. No tendría, tal vez, el menor inconveniente en dejarlo a medio hacer, aun cuando no reflejara exactamente su idea. En cambio, se tomará infinitas molestias si se tratara de la gran obra de su vida, de una pintura a la que amara tan intensamente, aunque de manera distinta, como un hombre ama a su mujer, o una madre a su hijo. Y si el cuadro fuera capaz de sentir, le causaría sin duda molestias interminables. No es difícil imaginar que, después de haber sido frotada, raspada y recomenzada por décima vez, una pintura viva deseará ser tan sólo un bosquejo minúsculo que el pintor termina en un minuto. De manera semejante, no es menos natural nuestro deseo de que Dios hubiese proyectado para nosotros un destino menos glorioso y menos arduo. Pero, cuando deseamos tal cosa, no anhelamos más amor, sino menos» (C.S. Lewis)

«Un padre o un amigo que está delante mío con firmeza, que me mira con estima y precisamente por esto me recuerda lo que es verdadero aunque esto pueda hacerme sufrir, me está diciendo que no estoy solo» (P. Sottopietra)

¿Cómo dejo que Cristo de forma a mi persona? ¿Cómo le dejo actuar concretamente en mi vida?
Sin corrección, Cristo no podría dar forma a mi vida. La corrección es una amistad que me acompaña a reconocer el nexo entre Cristo y mi vida, en todo sus ámbitos. 
Sin corrección el Ideal adquiere la forma de lo que yo pienso, de lo que siento, de lo que hago. Es decir se evapora: no salgo de mi mismo, no estoy frente a nadie, sólo delante de la prolongación de mi mismo.
Si Cristo es el Artista que quiere plasmar nuestra vida, sacar a flote la belleza escondida, entonces hasta la corrección se vuelve deseable. Corrección significa regirse juntos, acompañarse, ayudarse a descubrir algo grande, a Él  en nuestra vida.   
Si miramos a un alfarero, es el movimiento del pulgar lo que le da la forma a la vasija. El pulgar de Dios siempre es alguien y algo muy concreto.
Deseo que todo se vuelva contenido del diálogo con Él: las amistades, las dificultades, las decisiones, la vida afectiva, las dudas... Si es así, entonces todo esto se volverá contenido del diálogo con quien es autoridad en mi vida. Lo que es entregado a Dios viene entregado también a los hombres. Ya no domina el miedo, sino la confianza y el deseo de que Cristo pueda esculpir este trozo de mármol que soy y hacer algo nuevo.
Escribe un amigo: “Quería crecer. Por eso fui a ver al sacerdote que en ese entonces era como el padre que Dios me había regalado. Reconocía que en la relación con él se jugaba el punto que más me apremiaba: la construcción de mi persona, la posibilidad de una relación viril con la realidad. Le dije: 'quiero que me corrija más'. Ha sido la relación que me ha construido en aquellos años, con la cual mirarlo todo, muy exigente. Un padre. Cuando pensaba haber dado un paso me daba cuenta de que el Ideal era más grande. No ha sido una relación fácil, nunca me ha cobijado, pero ha sido una relación de verdadera amistad porque una amistad donde no hay corrección no merece este nombre. Con el tiempo esta relación ha florecido en co-responsabilidad, que es otro nombre de la amistad”.

En la película Whiplash, el director de la orquesta se vuelve a encontrar con Andrew, el baterista de cuando daba clase en Shaffer. A causa de Andrew el director había sido despedido, aunque cuando se desarrolla este diálogo el director no muestra saberlo.

Director - La verdad es que no creo que la gente haya entendido lo que yo estaba haciendo en Shaffer. No estaba ahí para dirigir. Cualquier idiota puede mover los brazos y mantener un tempo. Estaba ahí para empujar a la gente más allá de lo esperado. Yo creo que esa es una necesidad absoluta. De otro modo, le estamos negando al mundo el próximo Louis Armstrong, el próximo Charlie Parker. Te conté cómo Charlie Parker se convirtió en Charlie Parker, ¿no?
Andrew - Jo Jones le echó un platillo.
Director - Exactamente. Parker es joven, bueno con el saxofón. Se levanta a tocar en una sesión de grabación y mete la pata. Y Jones casi lo decapita por eso. Lo corren a risotadas. Llora toda la noche por eso. Pero al día siguiente, ¿qué hace? Practica, y practica y practica con una sola meta en mente: que nunca se vuelvan a reír de él. Y al año siguiente regresa al Reno y se sube al escenario y toca el mejor solo que el mundo haya oído.
Imagínate si Jones hubiera dicho: “Estuvo bien, Charlie. Estuvo bien. Buen trabajo”. Entonces Charlie piensa: “A la mierda, hice un buen trabajo”. Y se acabó la historia. No hay Bird. Eso, para mí, es una tragedia absoluta. Pero eso es lo que el mundo quiere ahora. Y se preguntan por qué el jazz está muriendo. Te digo -y cada álbum de “jazz” de Starbucks lo demuestra- que no hay dos palabras más dañinas en nuestro idioma que “buen trabajo”.
Andrew - ¿Pero no hay una raya? ¿Quizá un día se te pasa la mano y desalientas al próximo Charlie Parker?
Director - No, hombre, no. Porque el próximo Charlie Parker jamás se desalentaría.
Andrew – Es verdad.
Director - La verdad, Andrew, es que nunca tuve a un Charlie Parker. Pero lo intenté. Realmente lo intenté. Es más de lo que muchos hacen. Y jamás pediré perdón por cómo lo intenté.

Se necesita un platillo. El platillo es una relación concreta en la cual, justamente porque se me acoge incondicionalmente, se me pide volverme más yo mismo.
El Señor normalmente ejerce su platillo matándome de belleza. El platillo “del mundo” es violento, se me impone, me aplasta, no parte de una estima real.