¿Qué tiene que ver conmigo ese hombre? ¿porque me importa?

Testimonio de Constanza Caniulef en la peregrinación de los Andes 2016

Constanza Caniulef  • Publicado el 11-11-2016

Tengo 18 años y estoy estudiando terapia social. En el mes de junio de este año, gracias a un trabajo de la universidad, visité el Albergue Víctor Jara para encontrarme cara a cara con la miseria de los hombres en situación de calle: ladrones, drogadictos, alcohólicos, violadores, enfermos, viejos... Hombres que, por primera vez frente a mis ojos, he visto que no son discriminados. En esta "no discriminación" debe estar Dios: eso fue lo primero que pensé cuando fui la primera vez. 
Tengo en mente el hombre de Ghana: abogado, inmigrante, consumido por las drogas, y víctima de intentos de abuso sexual. O el hombre ciego, que por su discapacidad visual fue abandonado por su familia, perdió su empleo y su casa y ahora es un "deshecho social". Para ellos el Albergue es su única casa.
Pero escuchen, yo no quiero que suene una historia triste con un final donde todos terminan llorando… todo lo contrario, más bien fue un acontecimiento lleno de descubrimientos, de amor y de vida. Frente a estos hombres me fue imposible no conmoverme y también fue imposible no intentar salir corriendo por el miedo y la impotencia que me generaba estar con ellos. Aún me sorprende que estos hombres me provoquen de esta manera y es uno de los motivos por el cual empecé a escribir cada detalle de todo lo que acontecía. Cuando se me propuso dar testimonio de lo que viví no pude negarme: se me ha donado algo tan Bello que siento la necesidad de compartirlo. Además es la oportunidad perfecta para pedirles también a ustedes que tengan presentes a estos hombres -tan humanos como nosotros- durante el camino y pidan por ellos.
Hay dos hechos particulares que quisiera compartir hoy, dos hechos que han puesto a prueba mi fe y la carrera que se me ha dado recorren en la Universidad.
Partiré hablando de Felipe [nombre de fantasía]. Él estudió filosofía y es muy inteligente en su área, es muy educado y decidido, vive en el albergue porque así lo decidió. Pero, ¿por qué un hombre tan inteligente quiere estar en un lugar así? La verdad es que no es su ‘‘inteligencia’’ la que me preocupa, sino su ignorancia, que él no toma en cuenta. Él es ateo y la idea de un Dios le parece absurda. No había duda de que era un hombre convencido y nada lo haría cambiar de opinión. Por un momento, debo confesar, casi me convencía  por todos los argumentos superficiales que me daba. Me di cuenta de que era mucho más absurdo comprar su ideología porque yo sí veo a Dios a través de mis amigos, de mi papá, de mi pololo… Gracias a mi experiencia, pude combatir esta duda tan incómoda.
También, me di cuenta de dos cosas. Primero: Felipe se pregunta dónde está Dios y eso me indica que en el fondo lo está esperando, por lo tanto, lo necesita y cree, aunque sea un poquito. ¡Es así, no me lo estoy inventando, está todo grabado! Pero Felipe espera que ese Dios, al que tanto adoran las personas, que es compasivo y lo es todo, salga entre medio de toda la basura de la sociedad y elimine la pobreza, la delincuencia, el tráfico de órganos, la prostitución, las drogas, con un movimiento mágico, rápido y sencillo. El hombre quiere que sea así de concreta la vida, y a mi igual me gustaría que fuera así. Recientemente leí la carta de una chica que decía que Jesús no quita los dolores, no se los quitó a sí mismo pese a que podía hacerlo. ¡Podía hacerlo, y no lo hizo! Si yo pudiera quitarme los dolores de encima, lo haría sin pensarlo dos veces...
Segundo: estoy convencida de la existencia de Dios, por lo tanto, sé que Cristo no es una especie de Tinker Bell que cuando dicen <<No creo>> desaparece de este mundo. Si Felipe no cree, no significa que Cristo deje de estar presente en su vida. No es sencillo quitarse a Cristo de encima, se pega a la vida y yo veré si lo escucho o no. Lo sé porque a mí hasta el día de hoy no deja de buscarme en mi vida cotidiana (la universidad, confirmación, la misa…) y pido encontrarlo todos los días.
El segundo hecho, creo que lo resume todo.
El coordinador encargado nos lleva a mí y a una amiga a un pasillo largo, cubierto de camarotes en fila al lado izquierdo. Caminamos hasta menos de la mitad y somos interrumpidos por un hombre que está tirado al lado de la cama. El encargado rápidamente corre hacia él y le toma el pulso de cuello mientras pide refuerzos por su radio. Mi primer pensamiento al ver esta escena es el de la muerte. Creo por un instante que ese hombre esté muerto. Me paralizo por completo, pero ¿por qué? ¿Qué tiene que ver conmigo ese hombre? ¿Por qué me importa? ¿Muerto? ¿Y qué? ¿Por qué me preocupo? No lo conozco. Y sólo veo la ropa que lleva puesta, su mano desnuda sobre el colchón cubierto de plástico, y su blanco trasero descubierto.
Es completamente humano que me haya preocupado por él, pero también es humano que me haya hecho estas preguntas para escapar lo más lejos de su necesidad.
El hombre está bien, está ebrio, se cayó de la cama y se quedó dormido. Insisto de nuevo: ¿por qué me interesa su condición? No sé. No he sabido responderme yo sola, y es una suerte que así sea. Sin embargo, he logrado captar algo mucho más importante frente a estos interrogantes que tanto se me aferraban: si me surgen tantas dudas al ver su miseria, para empezar significa que me importa, de lo contrario la preguntas no serían preguntas sino indiferencia. Y si me importa y surgen preguntas, quiere decir que algo tiene que ver conmigo, aunque no lo conozca. Y si tengo razón al decir esto, con mayor seguridad puedo decir que ese hombre miserable tiene un valor, un valor que aún no entiendo por completo. ¡Él tiene un valor para mí! Sí, me importa porque habla de mí. Lo verifico mil veces al verme conmovida. Aquí nace otra cosa más completa y viva: ahora es un hecho que él tiene un valor, pero ¿este valor de dónde sale, de dónde nace? Dudo mucho que sea producto de mi imaginación. Al final, sólo me salva una cosa: existe una Presencia que lo está amando más allá de su condición. Existe esta Presencia, por lo tanto existe también él. Todo pasa primero por mis ojos, y luego se vuelve todo esencial. Por eso existe, ese es el sentido, y puede que también ese sea su valor, ese es nuestro vinculo, que se reduce a ese simple hecho. No sé quién es ese hombre, pero estoy contenta de que esté vivo, aunque no de la forma que a mí me gustaría que lo estuviera, pero lo está… es lo importante. Exactamente lo mismo pasa con los demás.
Ese hombre que ni siquiera vi su rostro, fue el puente principal para entender que ellos tienen el mismo deseo, el mismo sentido de existencia que tengo yo.
Saber y ser consciente de todo esto, no me quita el sufrimiento. Sin embargo, espero que NUNCA se me quite porque este dolor que tengo es signo de que estoy amando y además me permite ver y vivir esta realidad. Es difícil, no lo voy a negar, pero están mis amigos y mi pololo para acompañarme.