El fundamento de la caridad

Intervención de Luigi Giussani en un congreso de Familias para la acogida

De Luigi Giussani • Publicado el 11-11-2016

Veamos los motivos profundos que mueven al hombre por naturaleza y que le impulsan a compartir.
Si queremos inmediatamente sentirnos llenar de riqueza en la vida del pensamiento, tenemos que partir siempre de una gran verdad primordial: antes no existíamos y ahora existimos; por tanto el ser -es decir el vivir, el existir, el actuar- consiste en participar en otra cosa. ¡Cuánto llena de paz poder decir con claridad que todo lo que hacemos participa de otra cosa! Aquí hunde su raíz la gratuidad: todo lo que hacemos y somos nos ha sido dado, participamos de otra cosa. No existe ninguna otra verdad más evidente que ésta: en cada instante de nuestra existencia no nos hacemos a nosotros mismos. La vibración de esta autoconciencia hace posible en nosotros una oración verdadera.
La raíz de la gratuidad reside enteramente en esto, precisamente porque nada es nuestro. En el fondo quiero aludir a lo que dice la primera página de la Biblia: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”, es decir, en la actividad del hombre se refleja, según una analogía inmensamente lejana, pero real, la vida del Misterio. Se deducen tras consecuencias.

La conciencia de ser amados
No podemos “compartir”, es decir no podemos abrir nuestra presencia a la presencia de otro, acoger la presencia de otro, si nosotros no nos sentimos acogidos, si no nos sentimos amados.
Entonces se entiende que afrontar el problema sin Dios es afrontarlo sin una hipótesis adecuada. Porque pueden darse una magnanimidad, una apertura, una condescendencia y una capacidad de acogida (por usar una palabra sintética) grandiosas, aunque uno no sea correspondido, porque tiene una clara percepción de qué es lo está en el origen del instante que vive: si existe, es porque es amado.
He hablado de percepción clara, pero puede darse también una conciencia no tan clara, confusa; un presentimiento o una intuición incluso en una persona que no se declara religiosa, pero que lo es sin saberlo. De todos modos, sin la presencia de Dios en el horizonte de nuestra vida no podemos abrirnos de par en par a la acogida, entregarnos a compartir, aceptar a una presencia que no sea la nuestra y, por lo tanto, que no coincida con la nuestra.
Lo que define nuestro comportamiento es una imitación (“Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”) o, como he dicho antes, la participación en otra cosa. Por eso una religiosidad verdadera se manifiesta en la capacidad de compartir y de acoger antes que en cualquier otra cosa -en cierto modo, antes que en decir “Dios”- porque si se experimenta lo que hemos dicho es porque se pre-siente a Dios, incluso inconscientemente.
De todas maneras, sólo si se es amado se ama: amados no por quien queremos y de la manera que queremos, sino mucho más profundamente, esencialmente. Yo lo intuyo por la experiencia de mi vida. Porque si un hijo es verdaderamente amado por los padres, sabe lo que es amar, crece sabiéndolo, aunque esta sabiduría suya (sí, en efecto es una sabiduría) no sea consciente.

El perdón de la diversidad
La característica de la acogida que se define con la palabra cristiana “misericordia” es el perdón de la diversidad. Para entender bien los fundamentos, los motivos últimos de la capacidad de acogida, no tenemos que pensar en el pobre que hemos acogido en casa, sino en la esposa, en el esposo, o en el hijo que se hace mayor: si en estas relaciones no salen a flote estos factores es porque se viven de manera obtusa, se dan por obvias, no nos damos cuenta de lo que está aconteciendo.
La palabra “misericordia” expresa la acogida como una energía, una libertad que -como inteligencia y afectividad- supera el vacío, el hueco, la distancia de la diversidad. ¡Cuán impresionante es pensar en la infinita distancia que Dios ha superado respecto a nuestra nada! “Te he amado con amor eterno”, dice la Biblia. “Te atraje hacia mí, te acogí apiadándome de tu nada” (Jr 31, 3). ¡No hay una diversidad tan grande como la que existe entre el ser y la nada!
Creo que éste es un aspecto de la conciencia que debe reavivarse siempre, porque si un hombre acoge una mujer, agudizando -paradójicamente- la conciencia de su diversidad,  y la abraza con esta conciencia, la acogerá enteramente: es necesario que sea consciente de esta diversidad y que la presencia sea abrazada en esta conciencia.
No estoy “definiendo” la misericordia con la que Cristo identifica al Dios viviente, la palabra más profunda que existe para describir al Dios vivo. Estoy indicando la conexión impresionante que estamos llamados a vivir con ella: porque, como observa san Pablo: “Cristo nos amó cuando aún éramos pecadores” (Rm 5, 8), por lo tanto nos ama como pecadores (¡imaginémonos cuánto nos ama cuando lo buscamos invocándole!).

El amor a la persona   
La acogida y el gesto de compartir son la única modalidad de una relación humanamente digna, porque sólo en ellas la persona es realmente persona, es decir relación con el Infinito. “Sus ángeles, en los cielos, ven continuamente el rostro de mi Padre que está en los cielos” (Mt 18, 10), decía Jesús hablando de los niños. Pueden recorrerse muchos caminos para que acontezca el compartir y por tanto, el abrazo y la acogida de una presencia a otra presencia. El camino será el que sea, pero tiene un punto a quo [desde el que parte] y un punto ad quem [de llegada]. El punto de partida puede ser cualquiera, incluso un interés banal y concreto, pero el punto de llegada obligado es la persona, es decir un ser cuyo ángel ve el rostro del Padre que está en los cielos, un ser que es relación con el Infinito: el abrazo al otro no se puede, por tanto, agotar en la motivación por la cual lo he conectado conmigo, lo he aceptado. Por eso, en última instancia, en la acogida de un pobre y la de la persona más amada debe vivir la misma gratuidad.
La participación en el Acontecimiento inicial es entonces la fuente de la gratuidad: participación en la que la vigilancia o la conciencia contribuyen con una claridad y una posibilidad de alegría que de otra manera sería más difícil. Sólo si tenemos conciencia de ser amados -clara o confusamente, implícita o explícitamente- podemos amar, es decir, abrazar, acoger en nosotros, compartir.
El camino que tenemos que recorrer para volvernos más parecidos a la imagen que la Biblia da de Cristo -que desde la eternidad viene recorriendo el camino de nuestra tierra como un gigante- es el de superar, de atravesar la diversidad: la misericordia. Abrazar al otro significa abrazar a alguien que es diferente -recordemos que Dios es el Diverso, el Otro por excelencia.
El camino puede arrancar de cualquier punto, incluso el más banal (el Señor nos es maestro en esto, a través de la naturaleza), pero debe llegar al amor a la presencia como lugar de la relación con lo Eterno, con el Infinito: el punto de llegada es la persona, que tiene un destino infinito, que es relación con el Infinito.

Factores metodológicos 
1.Ser libres. Sin libertad no puede haber acogida. La libertad, que es ser plenamente uno mismo, tiene unos rasgos característicos muy precisos. Ante todo, la conciencia de la propia pertenencia al Infinito, al Misterio. Cuanto más uno vive la relación con Dios, cuanto más tiene conciencia de su destino, y cuanto más reconoce su destino, tanto más vive un afecto al ser. El afecto al destino, al ser, se demuestra en el calmo afecto a las circunstancias (salvando todos los temperamentos posibles: ¡un carácter impulsivo lo demostrará como puede; un carácter flemático lo demostrará como puede!).
Por tanto, el primer factor es la libertad. Con aquella punta aguda que es el perdón a uno mismo, la capacidad de perdonarse. Ésta es la más difícil imitación de Dios. Porque el perdón es Su “condena”, la misericordia Su forma de juzgar. Aquí radica la humildad que hace posible la gratuidad: porque la humildad está hecha de una conciencia de la propia miseria que vibra, paradójicamente, dentro de una certeza total, porque Cristo ha resucitado, ha vencido y vence en mí.

2.El segundo factor metodológico es lo que los Padres de la Iglesia han subrayado más, explicando la figura de Cristo en su relación con el hombre: su condescendencia. Esta libertad, este ser uno mismo, debe plegarse y plasmarse, por así decir, adhiriendo a la presencia que acoge, teniendo en cuenta todos los aspectos de su persona, respetando las formas que esa presencia presenta, incluso las más ásperas.
Esto quiere decir que hay que evitar la pretensión. No tenemos ningún motivo para pretender que el otro sea diferente: ¡No sería acogida! Muy distinto es el deseo de que el otro se vuelva sí mismo, según el ideal que nuestra conciencia tiene de la relación con Dios; pero entonces se convierte en el deseo de caminar juntos hacia el mismo Destino, Cristo.
El realismo por lo cual uno consigue aceptar a otro está ya implicado en lo que hemos llamado el camino a seguir y en lo que hemos dicho a propósito de la libertad. La condescendencia como tal insiste sobre la adecuación al otro, sin pretensiones.

3.Esta condescendencia es amor al dolor, no como masoquistas, sino como lo ha querido Cristo: “Padre, si es posible, que yo no muera” (Mt 26, 39). El dolor nace de la imposibilidad de hacer que la postura o la actitud del otro corresponda con lo que nosotros hemos pensado o imaginado, ya sea como proyecto bueno sobre él, ya sea como satisfacción de una exigencia afectiva nuestra. El dolor nace del darse cuenta de ser incapaces de colmar el abismo de la diversidad. Porque la diversidad es verdaderamente un abismo, que sólo un nexo con el Infinito, con Dios, puede hacer superar (piensen en la relación entre marido y mujer, en la diversidad sobre una cosa concreta: ¡también ésta es un abismo!).
En la práctica, la gratuidad nace en este dolor. Nos purifica, en el fondo, del proyecto que es natural tener, de la exigencia de correspondencia afectiva que es natural tener, de la exigencia de sentirnos útiles que es natural tener, de la exigencia de manipular algo que es natural tener. No es que la gratuidad consiste en este dolor, sino que este dolor la prueba y la purifica, la hace existir de una manera concreta. La pureza que está en la gratuidad es salvada por el dolor, entendido como percepción de la falta de correspondencia: una falta de correspondencia que está en la raíz de cualquier relación, porque solamente en lo Eterno experimentaremos la verdadera correspondencia.  
Siempre contaba a mis alumnos un episodio que me impresionó mucho y que me sucedió en los primeros años de mi sacerdocio.
Una señora que venía a confesase todas las semanas estuvo sin venir durante un tiempo. Volvió al cabo de un mes, había dado a luz a su segunda hija. Me dijo: “¡Supiera! El primer sentimiento que tuve en cuanto se despegó no fue la curiosidad de saber si era niño o niña, si estaba bien o mal, sino: “Mira, ¡empieza ya a irse!”. Aceptar esta separación es una sublime gratuidad. Y ésta es precisamente la semilla inicial que normalmente todos los padres deben afrontar ante la vocación del hijo. “Empieza a irse” significa que quien nace, nace para su destino, que no lo fija ni siquiera él, porque la vocación la da Dios y nadie más.
En el capítulo decimotercero de la carta a los Hebreos se dice: “Sufran con los que son perseguidos como si sufrieran en vuestro mismo cuerpo y preocúpense por los prisioneros como si ustedes estuvieran en prisión” (Hb 13,3). Esto quiere decir: la acogida es identificación: tú eres yo, yo soy tú. La hospitalidad es grande si la persona comprende y siente que toda relación es hospitalidad, es acogida de otro. Es en la hospitalidad donde se expresa lo que es la acogida, es en la hospitalidad donde se realiza la identificación con el otro, con toda la concreción de sus factores.
No existe objetivamente ningún acto más grande que la hospitalidad: desde la hospitalidad radical de la adopción hasta la hospitalidad para dar de comer u ofrecer un techo a una persona que pasa por Milán aunque sea una sola vez.
Una de las cosas más bonitas que he visto realizarse entre mis amigos es este tejido de familias dispuestas a hospedar a cualquiera.