El corazón de la vida

(de La Misa, parte tercera de Escuela de oración)

Massimo Camisasca  • Publicado el 11-11-2016

Después de casi cuarenta años de sacerdocio, la misa es el centro de mi jornada y de mi semana. En nuestra vida su celebración sigue el ritmo cotidiano y semanal. Cotidiano porque la Pascua de Cristo es contemporánea a cada instante de nuestra vida. Es suficiente abrirse a ella para gustar sus frutos. Semanal porque cada domingo revive de manera solemne el momento misterioso y real en que Cristo ha resucitado, el tiempo de la creación y el día definitivo que no verá el ocaso.
La misa en su totalidad vive los misterios de la vida de Jesús: encarnación, pasión, muerte, resurrección y ascensión al cielo. Si se oscurece uno sólo de estos momentos, como la participación en la pasión o la realidad de la resurrección, el misterio eucarístico se aleja de nuestra vida.
Afirmar que la misa es el centro de la jornada puede parecer abstracto. En efecto, es así para muchos cristianos: la mayor parte de ellos ya no participa en la misa dominical e incluso muchos de los que participan lo hacen ya por un sentido del deber, viviéndola como un rito. La misa tiene poca incidencia en su semana y en su jornada. La luz que de ella brota permanece cerrada dentro de aquellos minutos, de aquellos gestos, de aquellas palabras y no se refleja dentro de la existencia. Muy a menudo la distracción parece tomar la delantera.
Sin embargo, es importante subrayar que la participación en la misa, incluso cuando se está distraídos, incluso cuando se vive como ritualidad o deber, siempre lleva fruto por la fuerza objetiva del sacramento.
Claro, es importante salir de esta inconsciencia y ponerse delante de la realidad de la celebración eucarística para dejarse siempre y de nuevo instruir por ella.

El encuentro con lo infinitamente cognoscible
La  celebración de la liturgia debe favorecer en nosotros el encuentro con lo que es sagrado. Participando en la misa crece en nosotros la conciencia de la grandeza de Dios, de su indisponibilidad a ser reducido a nuestros esquemas, conceptos, previsiones. Todo esto no está hecho para alejarnos de Dios, sino, por lo contrario, para acercarnos a él. Lo que es sagrado no es lo que es incomprensible, lejano, inalcanzable, y sobre todo no es presa de una lógica misteriosa reservada a unos pocos. Lo sagrado es más bien lo que es infinitamente cognoscible, misterioso precisamente porque es infinitamente cercano. Su inalcanzabilidad consiste en la profunda infinitud de su amor, no en su lejanía.
Favorecer el sentido de lo sagrado quiere decir educar al silencio frente a Dios. Sólo el silencio nos permite entrar pacientemente en la realidad del otro. Nos permite escucharlo, respetarlo, no sobreponer palabras nuestras que no serían sino chácharas, iniciativas nuestras arbitrarias o desatinadas. Sólo en el silencio se aprende donde puede llegar la audacia del amor y por lo tanto de la introducción de algo nuevo. "El silencio crea el lapso de tiempo, la demora en la que el hombre se da cuenta de lo que permanece" (J. Ratzinger). En el silencio el amor nunca es repetitivo, pero al mismo tiempo nunca es arbitrario. El silencio nos educa a la simplicidad, a la sobriedad, hace capaces de significado signos, símbolos, palabras, que en el multiplicarse de las chácharas y de las acciones pierden su visibilidad.

Mysterium fidei
Son dos las experiencias que el misterio de la eucaristía desvela para nuestra vida: el sacrificio y la comunión.
Anunciamos tu muerte, Señor. En primer lugar la eucaristía es el sacrificio de la cruz. Cristo no sólo ha muerto por nosotros, sino que ha muerto donándose y nos ha dejado el camino para participar en su donación como si hubiéramos estado presentes en los eventos de la pasión y de la resurrección. La lógica de su donación realizada por cada hombre conlleva que ella sea alcanzable, que se pueda sacar de ella, participar en ella. 
Cristo no sólo se ha entregado a sí mismo por nosotros como víctima y comida espiritual: él se ha ofrecido en sacrificio al padre: "Sacrificio que el Padre aceptó, correspondiendo a esta total donación de su Hijo [...] con su paterna donación, es decir con el don de la nueva vida inmortal en la resurrección" (Juan Pablo II, Redemptor hominis n.20).
En la eucaristía nosotros no sólo tomamos parte en el misterio de la muerte de Cristo, sino que también participamos en aquella respuesta que el Padre dio al acto de obediencia del Hijo.
Anunciamos tu muerte y proclamamos tu resurrección. "Es como viviente y resucitado que Cristo en la eucaristía puede volverse pan de vida (Jn 6, 35-48), pan vivo (Jn 6, 51)" (Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistía n.14). En el sacrificio eucarístico podemos entrever esta real y misteriosa donación en el momento en que el sacerdote, partiendo el pan, pone una parte de él, el fermentum, dentro del cáliz del vino. El cuerpo y la sangre así se han reunidos: es Cristo resucitado que viene a nosotros en la eucaristía.
Sin embargo, no existe sólo la dimensión del sacrificio. También tenemos que recordar que la eucaristía es un verdadero banquete que realiza la comunión. Cristo se hace presente en las especies eucarísticas y se vuelve así para nosotros comida y bebida.
Sacrificio y comunión nunca pueden ser separados porque la eficacia salvadora del sacrificio se realiza en plenitud sólo recibiendo el cuerpo y sangre de Cristo. Esto actúa la unión de los fieles, edifica el cuerpo de Cristo que es la Iglesia (cf. Col 1, 24).
Ven Señor Jesús: la eucaristía se vuelve para nosotros pignus futurae gloriae, adelanto de la alegría plena que nos has sido prometida.

La obra del Espíritu
La celebración de la misa nunca es fin en sí misma, sino que, como ha dicho correctamente el Concilio, es culmen et fons, es decir lugar educativo a la comunión y expresión privilegiada de ella. Una liturgia que se cierra en sí misma, que se autocelebra, que se complace de su belleza, no es una liturgia cristiana. Ésta tiene la finalidad de introducirnos en la realidad del misterio cristiano, en una historia que va de la creación a la salvación y que conlleva, por su naturaleza, la misión.
La liturgia es obra del Espíritu que me vuelve participe de la vida de Jesús presente en la historia de hoy a través de su pueblo. La liturgia entonces no acepta ninguna reducción: ni la reducción espiritualista, ni la política.
He encontrado jóvenes curas que se refugian en la liturgia por miedo a la vida y a la historia. Se vuelven unos especialistas de las vestimentas, de las rúbricas, de los inciensos... perdiendo así del todo el sentido de lo que auténticamente la liturgia quiere ser para el pueblo cristiano.
Ninguna ciencia humana puede explicar la misa de manera adecuada. No puede hacerlo la sociología. Sin embargo, en estas décadas después del Concilio, hemos visto el misterio litúrgico leído con las categorías con las que se miraba a una asamblea, a un líder, a las dinámicas de grupo, a las relaciones entre personas. En los años Sesenta y ochenta he asistido también a una instrumentalización de la misa para promover la justicia en clave revolucionaria. La liturgia ciertamente crea un mundo más justo. Precisamente porque instaura en el mundo el reino de Dios, adviento de la única verdadera justicia, abre las puertas de la reconciliación con él, donado a nosotros como Padre, nos educa a la caridad con lo hermanos que nos dona como comunión.