El extraordinario poder de las mujeres

De Costanza Miriano   • Extracto de Quando eravamo femmine. Lo straordinario potere delle donne • Publicado el 11-10-2017

El misterio de la mujer. Esposas del Esposo
[A las hijas] Cada mujer tiene un espacio interior para acoger y "reparar la vida". Que ustedes, niñas, descubran vuestra verdadera, profunda belleza es fundamental, porque cuando una mujer funciona, todo alrededor suyo florece. En cambio, cuando una mujer no halla paz para sus contradicciones puede sembrar el caos, la locura alrededor suyo. El trabajo de vigilancia sobre nosotras mismas, sobre nuestra emotividad durará mucho, diría que toda la vida. ¿Cómo se hace este trabajo? No sé cómo lo hagan las demás. Yo creo que se trata de un trabajo de rodillas. Sólo rezando se puede lograr, no haciendo esfuerzos de voluntad. Sólo rezando se logra no escuchar demasiado los sentimientos que vaguean enloquecidos, las emociones que parecen prevalecer sobre nuestra libertad y sobre el juicio que se nos pide dar sobre la realidad. Sólo pidiendo a Dios aquella mirada que mendigamos a los demás, sólo pidiendo al Señor que llene todas nuestras esperas, incluso las pretensiones a veces, más a menudo las necesidades.
Palabras bonitas, lo sé. Pero en concreto, ¿qué quiere decir? Por ejemplo, que una mujer que reza no se ofende por una respuesta áspera, por una petición no acogida, por un estado de ánimo no comprendido. Mejor: se ofende, incluso mucho. Pero lleva todo delante del Señor, lo pone todo en sus manos. Él cura nuestras heridas, ignora nuestro sentimentalismo y los humores, nos impide absolutizar nuestros estados de ánimo, impide dramatizar pequeñas partes de nuestra vida, enamorarnos de nuestro estar mal. Nos permite recordar, como dice Chesterton, que la medida de toda felicidad es el estar agradecido, es decir recordar lo que ya tenemos. La oración limpia los ojos. Y es una gran fatiga porque te impone entrar en relación con Otro que no siempre te da la razón, una persona viva que puede decirte la verdad sobre ti misma. Siempre es posible ser una mujer sin recriminaciones, resentimientos, reivindicaciones, cuando cumplirnos no son las vicisitudes humanas, cuando a decirnos quiénes somos no son en primer lugar los que tenemos cerca: "yo soy Tú que me haces", me repito siempre las palabras de Giussani.
La grandeza a la cual la mujer es llamada es revelar a la humanidad su verdadera identidad: estamos hechos para preocuparnos no sólo de nosotros mismos, para cuidar de los demás, y para abrirnos al Otro, porque Dios quiere casarnos con nosotros. Y la mujer es signo -de manera especial- de esta apertura a la unión con él. La mujer cuando es profundamente sí misma tiene una especial apertura al otro, sabe cuidarlo, poner la mirada en el otro. 

Ser hijas, es decir la mirada del Padre
Tener la actitud de niñas incluso siendo grandes es la forma más rápida de obtener la atención de un hombre. Sin embargo es un atajo, una manera de estar frente a un hombre sin hacer la fatiga de entablar con él una relación verdadera, sincera y no maliciosa. Es una manera para no volverse grandes nosotros, adultas, y para que tampoco él se vuelva grande. El hombre mira a los ojos de una mujer como en un espejo, y por ella está llamado a la grandeza. Ya sea las relaciones de dependencia infantil hacia el hombre, ya sea las [relaciones] de rechazo de toda dependencia, a menudo nacen de una relación herida con el padre. Ni la dependencia ni la independencia son un signo de verdadera libertad.
Toda elección de [mi amiga] Ester ha sido una petición de atención: que le fuera bien en el colegio, que nadara mejor que las demás, el ser más delgada,  más simpática, no disgustar a nadie, y sobre todo complacer a sus pololos. Y visto que se adecuaba a ellos, a sus deseos y esperas, siempre se cansaba muy a menudo de ellos: ser otra persona tan distinta de uno mismo es demasiado fatigoso.
Cuando uno no sabe quién es, y constantemente se deja definir por la mirada, por las palabras, por el juicio de los demás, es muy difícil mantener una relación -para estar en relación antes hay que ser alguien- y es una paradoja, porque de la relación se tiene una necesidad vital. Sin embargo, en cuanto conquistaba a sus chicos, [Ester]se cansaba de ellos, de seguir siendo aquello que se había esforzado ser para conquistarles.
Después, durante un periodo ha tenido la valentía de permanecer sola y de buscar la mirada que de verdad pudiera sanarla, la de Dios. Ha decidido dejarse definir por su mirada, no hacer nada más sólo para gustar a las personas. En este tiempo Ester ha entendido quién era. Oración y silencio (en el sentido de silencio del corazón, de no buscar para accá y para allá fáciles consuelos afectivas) y la ayuda de un padre espiritual... De a poco ha perdonado a sus padres (y a su vez ha decidido ser madre), ha empezado a mirar con mirada de misericordia a sus faltas, aquellas carencias por las que ellos primeros sufrían. Ester ha aprendido a hacer cuentas con estas heridas, porque la paternidad de Dios la ha sanado. De otra manera, uno pasa quejándose de lo que no ha tenido, y espera un "reembolso" durante toda la vida o le cobra a aquellos que lo rodean. En cambio, incluso una infancia herida puede ser curada si se aprende a estar bajo la mirada del Padre.
Como la Ester bíblica, ella también ha usado de su belleza para sobrevivir, para buscar miradas que le dieran lo que necesitaba. Y ella también ha logrado neutralizar al enemigo, que se llamaba dependencia, vanidad, ficción. Una mujer así deja de hacer elecciones en función de la mirada de los demás y se vuelve fecunda y fuente de vida.
Ser fecundas y fuentes de vida es aquello por lo cual hemos sido pensadas, es aquello a lo que tiende cada una de nuestras células y, finalmente, es aquello que nos hace felices. Por esto es tan importante reconciliarnos con nuestro ser hijas para poder ser madres.
Volverse grandes significa salir de la fase de las elecciones tomadas en función de los demás, para gustar y no disgustar, no herir, no molestar, aplastadas por una hermana o una mamá, en búsqueda de un padre, siempre dependiendo de la mirada de los demás.
Ser libres en el juicio nuestro y de las miradas de los demás es la verdadera libertad femenina, de nosotros, seres ipercríticos hacia nosotras mismas, perfeccionistas inseguras. Los caminos son dos: o el psicoanálisis o la contemplación. Yo voto por la segunda, porque el análisis te pone un parche, pero sólo Dios salva y cura y hace nuevas todas las cosas, nos hace descubrir que no somos perfectas, sino imperfectas y amabilísimas.
Dios, gracias... por mis pretensiones absurdas y constantemente frustradas, que me obligan a levantar los ojos hacia ti. Gracias porque no soy capaz de estar de pie por mi misma, y por eso no puedes ser para mí como una guinda en la torta. Gracias porque tienes que ser la torta, de otra manera me muero de hambre. Gracias por las grandes cosas que has hecho en mi vida, aunque la materia prima habría hecho vacilar a cualquiera, pero no por nada tu no eres cualquiera, eres Dios. Gracias porque una mujer que reza es la fuerza más grande del mundo, gracias porque nos confías la fe de los demás, porque pides a los varones que indiquen los caminos, y a nosotras las mujeres nos pides retomar quienes se han quedado atrás, gracias porque antes nos sanas en nuestro ser hijas, después nos regalas volvernos madres, de nuestros hijos o de los de las demás.

Ser mujeres, es decir, ¿a quién quiero gustar?
La necesidad de la mirada, de aquello que yo llamo el abismo, aquel vacío que llenar que parece no tener fondo, aquella vulnerabilidad al reconocimiento de los demás, la reconozco en mi y en todas las mujeres que he encontrado, cada una a su manera. No sólo lo reconozco, sino que lo considero profundamente constitutivo de nosotras, este bendito abismo.
Tengo amigas que son campeonas olímpicas de ofensa pasiva, sujetos que si les dice algo totalmente neutro, como "¿te molesta si me siento aquí?", responden automáticamente "¿quieres decir que soy gorda?", transformando una pregunta inocente en una ofensa...
La inseguridad está íntimamente vinculada a la necesidad de la mirada, y esta misma necesidad puede ser bendita cuando nos empuja a buscar no sólo los ojos de otro, sino del totalmente Otro, del único que de verdad pueda colmar este abismo. Porque ningún hombre podrá mirarnos con suficiente atención, con la sensibilidad de sismógrafo de la Nasa que serviría para entender todos nuestros humores. El problema no es entonces el abismo, sino con qué lo llenamos. El problema es siempre, constantemente, a cada instante, recordarnos de vigilar sobre nuestro corazón, y preguntarnos a quién, de verdad, queremos gustar, porque nosotras siempre querremos gustar a alguien. Siempre estaremos tentadas por el pensamiento que el amor, de alguna manera, tendremos que merecérnoslo.
La pregunta que habita a cada mujer sería aquella -¿a quién quiero gustar yo?-, la respuesta que daremos decidirá de nuestra vida. Es un verdadero y feroz trabajo sobre nosotros mismas lo que se nos pide. Es una fatiga que a nosotras, las mujeres, cuesta más que a los varones, porque tenemos una interioridad más rica y complicada.
En el centro del corazón, en el centro de nuestra afectividad es donde tenemos que vencer nuestra batalla en contra de la vida instintiva, en contra del exceso de poder de los sentimientos. Es allí donde podemos pasar de una manera de amar que es esclava de nuestras emociones e inseguridades e deseos, a un amor maduro. Una mujer que lo logra, desprende una belleza que no se puede explicar, sólo se puede mostrar. Es una mujer que no escucha sólo sus emociones, no se ofende si le parece no ser entendida, porque ha aprendido que ella misma es un misterio para sí misma, y por eso sabe que no es a la mirada de otra criatura donde puede dirigirse para saber quién es.
(...) A nosotras, las mujeres, nos sale mucho más natural tener -incluso con nuestra pareja- una relación de amor maternal, por el cual lo tratamos como a un niño; o una relación de hijas, por la cual nos hacemos adoptar por él.
Muchas de mis amigas, sí, van donde las lleva el corazón, pero después llaman al cerebro y le piden que les vaya a buscar. Son mujeres que trabajan sobre su deseo, que han entendido que el paraíso es ejercer nuestro deseo para acoger a Dios y por eso dejan sangrar sus heridas hasta que no sea Él a sanarlas, a llenarlas de una carne nueva que no es sólo humana. Y de a poco se transforman.
Aquel abismo del que he hablado es también una cavidad física. La mujer está hecha para hacer espacio dentro de sí. A pesar que cierto discurso feminista reivindique las exigencias del "para sí misma", la mujer conserva la intuición profunda de que lo mejor de su vida está hecho de actividades orientadas a despertar al otro, a su crecimiento, a su protección. La mujer tiene que volverse lo que tiene que ser ella misma, y ayudar a los demás a hacer lo mismo.
La capacidad de hacer espacio y acoger, es decir de ser verdadera y fecundamente compañeras y madres, sin embargo, puede esclerótizarse y degenerar sin un trabajo serio y objetivo sobre sí mismos. El riesgo es de vivir un excesivo deseo de penetrar en la vida personal de los demás, de acaparar a  los demás para sí... Y el amor materno puede ser incapaz de ver a los demás por lo que son y de no hacerlos crecer según sus potencialidades.
Las mujeres podemos, más que los varones, ser íntimas con el misterio. La mujer, cuando entiende a qué riqueza la llama su vacío, su fragilidad, se interioriza, pone las palabras sobre su corazón y las medita, mientras que el varón sale de sí mismo, se prolonga y se agranda. De estas dos formas de ser -hacer entrar y salir afuera- son figura también nuestros cuerpos en su amarse, y dar la vida.
Creo que es necesario que sepan a qué belleza están llamadas y qué enorme poder tienen. El poder de despertar el deseo de bien y de belleza en todas las personas que encuentran, el poder de aceptar a los hijos, de ofrecer nuevas personas a la eternidad, el poder de hacer más bello el mundo incluso fuera de la casa.

Ser esposas, es decir llevar al hombre hacia la grandeza
Nosotras mujeres tenemos una interioridad muy rica y compleja, o complicada, según los puntos de vista. Tenemos una necesidad sin confines e incumplida de amar y ser amadas. Pero no sólo aquello. Somos sensibles de una manera que a veces puede hacer enloquecer a los hombres que deciden prestarnos atención, o hacernos enloquecer a nosotros mismas, si ellos se cansan de hacer caso a nuestras tempestades, o a las mareas. Tenemos, a fin de cuentas, una parte animal muy fuerte, que a veces nos puede dominar totalmente (por ejemplo en ciertos periodos del mes) e inconscientemente nos hace enojar con nuestro hombre.
Además, nosotras más de los hombres tenemos la dificultad de estar en una relación entre pares, de no hacerles de mamás, o de hijas. Ser aliadas de verdad para nosotras es difícil, y podemos hacerlo sólo si empezamos una vida espiritual seria y profunda, que tome la delantera sobre la vida natural. La mujer toda natural, Eva, es capaz de malicia, confusión, de una locura... aquella mujer puede manipular a todos los hombre que quiere. O puede ser víctima de emociones como la tristeza y el malestar. En cambio, la mujer que intenta parecerse a María, se vuelve -con fatiga, a través de un camino- capaz de poner al hombre en el lugar de guía que le corresponde y dar a cada uno el lugar que necesita. María en Caná dice: "Hagan lo que Él les diga". No remplaza al hombre, ni le pone en la boca las cosas que tiene que decir, sino que le presenta lealmente una necesidad, e intercede por los débiles (como hacemos todas las madres con nuestros hijos), dice al hombre exactamente lo que ella piensa, mientras tanto hace lo que él quiere.
Ésta es una mujer potentísima, capaz de pedir lealmente cualquier cosa, libre de sus fragilidades, y por lo tanto libre de no obtener lo que ella pide, y por ende liberadora para los que la rodean. Es una mujer que, aunque tenga el corazón abierto y los brazos ensanchados, no hace depender su felicidad de otro.
No es fácil vivir con este artefacto delicadísimo que llevamos adentro, no es fácil ser nosotras, pero esta riqueza nuestra, esta sobreabundancia, esta capacidad (en el sentido etimológico de hacer espacio), y al mismo tiempo esta nuestra animalidad, nosotros podemos decidir secundarla o contenerla y ponerla en Dios, y de tal manera ser pacificadas.
[...] Ningún hombre, ni siquiera uno casi perfecto, logrará satisfacer todas nuestras expectativas. Si queremos, es siempre el error de Eva: entrar en la relación con el hombre queriendo excluir la mirada de Dios. Y ha sido precisamente el romper la relación con Dios lo que ha introducido un mecanismo de dominio en la relación, que lo introduce este mecanismo en todas las relaciones entre hombre y mujer: el hombre intenta dominar a la mujer con su fuerza, física y no sólo, viviendo como egoísta; la mujer, en cambio, intenta hacerlo de manera más sutil y quizás más peligrosa, manipulando.
Amar a otro [a tu marido, pero también al marido de otra] por su destino, querer de verdad su felicidad, aquello que Dios ha pensado para él, puede conllevar un desgarro, una herida cuya cicatriz permanecerá durante toda la vida. Se trata de transformar nuestro corazón en algo que nutre a las personas que nos son confiadas. Todo lo que nos hace sufrir se vuelve combustible para un amor más grande. Así también nosotras las mujeres, que no estamos llamadas al sacerdocio, podemos hacer sagradas todas las emociones y todas las cosas que tenemos entre las manos... Una mujer que se haya acogido a sí misma, que haya aceptado las heridas y las faltas -no por una genialidad particular, sino porque ha encontrado alguien a quien entregarlas- precisamente gracias a aquellas heridas se vuelve capaz de curación, para sí y para aquellos que les serán confiados.
Nosotras tenemos que ser conscientes de nuestro enorme poder. En primer lugar sobre el varón. Nosotras somos la casa para el hombre, somos el espacio donde puede sentirse acogido, ayudado a mirarse a sí mismo, a entender quién es, a entender, sobre todo, quién puede volverse. La mujer despierta al hombre con el poder de la acogida leal, con el don gratuito y sin interés de sí misma, cuando tiene la certeza de que obedeciéndole a él a través de sus límites, está obedeciendo al Señor. Yo te obedezco no porque soy pequeña, porque me deje explotar por ti, ni por ser masoquista, sino porque quiero tu bien, te quiero más grande, más fuerte, quiero nutrirte con mi afecto, y te obedezco en la libertad incluso cuando no estoy de acuerdo contigo -de otra manera, ¿qué obediencia sería?-, que es la máxima expresión de grandeza.
El varón se mira a sí mismo en la mirada de la compañera. Si la mirada es hostil, es difícil para él mantenerse fiel a la búsqueda de la belleza, de la grandeza: se siente inducido a ser feo, así como ella lo ve.

Sobre la belleza  
[A las hijas] Que se amen a sí mismas, reconociendo vuestra belleza, volviéndose mujeres fuertes, capaces de dar vida, dependerá muchísimo de la mirada que papá y yo tenemos sobre ustedes y que intentamos enseñarles. La gloria de Dios es el hombre viviente, dice san Ireneo. La primera cosa que hacer es agradecer por cómo son: se dice que la santidad consiste esencialmente en agradecer, que la felicidad parte siempre de la gratitud. Lo sé, no es fácil. Existe un enemigo que nos susurra siempre en los oídos que damos un poco de asco, y que nuestra vida no es nada importante.
Aunque la visión de mi misma en el espejo es cómica (y trágica si me miro la parte trasera), siempre puedo aprender a mirarme como me mira Dios, es decir como un prodigio a sus ojos. Multipliquen al infinito el amor loco que les tengo y pueden hacerse una idea de cuánto nos adora el Padre.
Yo soy perdonada, "muchísimo perdonada", y por esto quiero vivir de perdón como Pedro, y no atormentarme como Judas. Es la fortuna de ser cristiana: nosotros tenemos a un Padre que prepara fiestas para nosotros cuando hemos dado unas vueltas haciendo mucho daño. Y mirando a nuestro pasado todas las veces podemos elegir si ser como Pedro o como Judas, si creer que somos perdonados o seguir acusándonos a nosotras mismas. Si lo creemos, no podemos sino perdonar a quien nos hace algo feo, y a quien nos lo hizo en el pasado. Alguna cicatriz permanece, pero la gratitud es un medicamento tan potente que podemos llegar a decir que es precisamente gracias a ciertas cosas terribles que han ocurrido que hoy me encuentro en la verdad delante del Señor. Son aquellas que permiten decir, como san Francisco, "mi Dios y mi todo", porque es sólo cuando nos cuesta, cuando reconocemos que solos no lo logramos, que entendemos que necesitamos de Dios. [...]
La gracia del Señor tiene el poder de borrar todo lo que hemos hecho. Sin embargo, solemos ser nosotros aquellos que no nos perdonamos, que seguimos atormentándonos con el mal cometido, y olvidamos que nuestro Padre nos está esperando con la comida de fiesta lista. No sólo el Señor borra, sino que precisamente gracias a aquella feliz culpa nos inunda de misericordia, nos quiere más que antes.
Aprender a ver nuestra belleza para muchas de nosotras (¿todas?) es un largo camino, por lo menos aprender a hacerlo de manera sana, no como un ídolo, con equilibrio. Sinceramente no tengo la receta, pero sé que el secreto está en una relación viva y personal con Él. Se trata de aceptar que nos defina la mirada del Esposo, y no preocuparse de los demás. 

Sobre la sexualidad
[A las hijas] Podría insertar ahora la "modalidad prédica fome", hablarles de valores, de la ética. Sin embargo, seamos sinceras, ¿para qué serviría?
[...]Quisiera decirles, antes de que sea demasiado tarde, que me gustaría que no se enamoraran tan perdidamente antes de haber construido un sólido sentimiento de ustedes mismas, de vuestra personalidad, porque arriesgarían aferrarse a él, al caballero sobre el caballo blanco, para no ahogarse. Sin embargo un hombre, aunque sea muy joven y por lo tanto lleno de energías, no puede ser un salvavidas: se agarrarían a él y se ahogarían los dos. Se necesita antes aprender... no digo a nadar bien, sino por lo menos a flotar solos, para después aprender a nadar juntos. No pueden pertenecer a otra persona antes de conocerse y poseerse bien (nunca del todo, lo sé, somos  siempre un misterio incluso a nosotros mismos). Pero quiénes son ustedes de verdad, profundamente, el sentido profundo y estable, consistente de vuestra persona, sólo se lo puede dar quien lo conoce todo de ustedes, todas las fragilidades y la inconsistencia y las ficciones junto a vuestra gran belleza. Y ciertamente no soy yo quien puede decirles quiénes son. El profundo misterio vuestro, sólo uno lo posee completamente, aquel que es más íntimo a ustedes que ustedes mismos, el Señor. Quisiera mucho que se enamoraran antes de Él, y después, sólo después, del rubiecito. Si ustedes y vuestros hombres no sólo se encontraran entre ustedes, sino se encontraran con quien les revela a ustedes mismos y el sentido de vuestro amor, entonces tendrían la posibilidad de vivir una historia de amor plena, en la cual el otro no es un parche para las heridas, ni un remiendo para las faltas, ni el que satisface mi sed, ni  alguien a quien aferrarse casi con violencia para no sentirse morir.
Quisiera recordarles mirar a alguna bella cara de mujer feliz, de vez en cuando. Miren su historia e intenten entender si hay algo que copiar, porque en el colegio no se puede copiar, pero en la vida se les aconseja hacerlo, lo importante es elegir bien a quién [copiar].
[...] Michela, por ejemplo, cuando se enamoró de Carlo estaba en la enseñanza media, y el tiempo que tendría que esperar antes del matrimonio parecía infinito. Y, sin embargo, se fió de lo que dice la Iglesia: vivir la sexualidad dentro del matrimonio. Siempre pensamos que nos quieren quitar algo, como si no hubiera sido Dios quien inventó el sexo y confió lo más querido, es decir el nacimiento de nuevos hijos. Y ha sido siempre él quien ha confiado al sexo, aún antes de la capacidad de dar vida, el máximo placer que podamos probar, la más grande belleza, la más profunda unión, la más completa capacidad de amar al otro. Y él no nos lo quita este regalo, ni siquiera cuando sabe que lo ensuciamos y lo desperdiciamos, y siempre tiene abierta para nosotros la posibilidad de aprender a ser una sola carne, para ser plenamente felices, no sólo con los sentidos, sino mucho más profundamente.
Por el deseo de esta plenitud, Michela decidió que habría usado, o mejor, que intentaría usar -han habido momentos en los que habría jurado que no lo habría conseguido- aquel tiempo para conocer aquel chico más profundamente, con el corazón libre, no ofuscado por las emociones y por el temblor que una relación sexual conlleva, sobre todo para una mujer. Con el sexo en nosotras comienza inmediatamente, fortísima, la necesidad de pertenencia total al hombre al que abrimos la entrada en nuestra intimidad más profunda, y después es difícil entender quién es él, quiénes somos nosotras, cuando por lo menos físicamente nos pertenecemos totalmente, cuando estamos fundidos y los confines ya no son claros. Michela no sabía si lo lograría, pero lo ha intentado, porque otras mujeres le habían dicho que era posible, que ellas habían logrado aprender una mirada virgen, es decir, como dice Giussani, saber ver la creación entera y todos los hombres como signos de Él, y amarlo atravesando todo otro amor y todo otro afecto. La cosa bella es que esta mirada virginal puede ser aprendida incluso después de muchos años de matrimonio, por ejemplo decidiendo renunciar a la contracepción y aprendiendo los métodos naturales. Carlo no estaba super de acuerdo con la elección de Michela. O mejor, casi siempre lo estaba, atraído por la belleza profunda de esta mujer que comenzaba a conocer y que lo atraía misteriosamente. A los quince años Michela había aprendido que la verdadera posesión es aprender una distancia: sirve para aprender a amar el destino del otro, no quererlo cambiar, detener, plasmar, poseer para nosotros. Sirve entender que no es del otro de quien depende mi felicidad, y tenemos que entregarlo, cuando nos ha raptado el corazón, pidiendo a Dios que nos permita amarlo como Él lo ama. [...]
La sexualidad vivida dentro de una entrega total recíproca definitiva es más verdadera: el cuerpo dice lo que la vida confirma (soy tuya en todo, para siempre) y lo que el corazón desea.
No se trata de ser sexofóbicos, o de considerar el sexo una cosa fea, sino, por el contrario, de considerarla una cosa hermosísima, importantísima, fundamental para la felicidad humana, y entonces desear vivirla en la plenitud de la persona plenamente formada, y no sólo con el cuerpo.