El secreto del hijo

De Massimo Recalcati • Extracto de la introducción de Il segreto del figlio. Da Edipo al figlio ritrovato  • Publicado el 11-10-2017

Nuestro tiempo sostiene en distintas formas la necesidad del diálogo entre hijos y padres como principio educativo prioritario. Frente al lento, aunque sea traumático, proceso de erosión de la autoridad paterna que ha visto disolverse toda visión patronal de ella, el diálogo parece haber tomado justamente el lugar que antes tenía el comando brutal, la "voz fuerte" y la "mirada severa" que habían caracterizado el rostro -tristemente conocido- del padre-patrón. Un cambio epocal ha acontecido: padres e hijos se hallan en una proximidad que hasta hace poco tiempo era desconocida.
Nunca como en nuestro tiempo se ha dedicado tanta atención y cuidado a la relación entre padres e hijos. El hijo se asemeja cada vez más a un príncipe al cual la familia le ofrece sus innumerables servicios. El riesgo es que este cuidado inédito justifique una alteración de la diferencia simbólica que distingue a los hijos de los padres: los hijos reivindican la misma dignidad simbólica de sus padres, los mismos derechos, las mismas oportunidades. De tal manera, la proximidad que caracteriza el nuevo vínculo entre padres e hijos arriesga avalar una cercanía entre iguales o, peor, una especie de identificación confusa fruto de una horizontalización del vínculo que de tal manera extravía cualquier sentido de verticalidad. La retórica pedagógica del diálogo -hoy imperante- es, a mis ojos, un efecto macroscópico de esta confusión.
El mismo discurso vale para la palabra "empatía", que se ha vuelto hegemónica e imprescindible en todo razonamiento psico-pedagógico. Una suposición de fondo sostiene su uso inflacionado: hablar con los hijos significa entender a los hijos, reconocerse en ellos, compartir sus alegrías y sus sufrimientos, en fin, vivir su vida. ¿Quién tendría hoy la osadía de levantar objeciones a esta representación positivamente empática y dialógica del vinculo educativo familiar? ¿No es éste el modelo politically correct que tiene que ser sostenido y difundido? Y ¿quién, además, se atrevería a negar la importancia del diálogo y de la comprensión empática en la relación entre padres e hijos?
En este libro, a través de la lectura de dos célebres hijos y de su compleja relación con los respectivos padres -el Edipo de Sófocles y el hijo rehallado de la parábola evangélica de Lucas-, se quiere problematizar críticamente esta conclusión del discurso educativo ipermoderno intentando indicar la existencia de otro camino. No el de la valorización, a menudo retórica, del diálogo y de la empatía, sino la del reconocimiento que la vida del hijo es en primer lugar una vida otra, extranjera, distinta, diferente, en el límite, imposible de comprender. ¿El hijo no es quizás un misterio que resiste a todo esfuerzo de interpretación? ¿Un hijo no es precisamente un punto de resistencia, de manifestación incontenible de la vida? Y ¿no es ésta su belleza fúlgida y a la vez amenazadora? ¿No es -su vida- un secreto indescifrable que tiene que ser respetado como tal?
El enigma del hijo es lo que inquieta al padre de Edipo, Layo -advertido por el oráculo que su hijo será destinado a volverse su asesino y el posesor de su esposa-, hasta el punto de empujarlo a tomar la terrible decisión de matarle. En el mito de Edipo, Layo reacciona a su destino de muerte, por mano del hijo, exigiendo la muerte del hijo. Él no es capaz de reconocer en el hijo el misterio amenazador y al mismo tiempo fúlgido y fecundo que todo hijo es para sus padres. ¿La vida del hijo no tiene que sobrepasar quizás aquella de quien lo ha generado, no tiene que ratificar su muerte, el ocaso inevitable? El oráculo, cuando predice el destino de Edipo, ¿no está revelando a Layo una verdad insuperable y universal de la relación entre padres e hijos? En su venida al mundo, ¿el hijo no recuerda a quien lo ha generado su destino mortal?
Edipo y el hijo rehallado [de la así llamada parábola del hijo pródigo] indican la oscilación del proceso de filiación. El hijo Edipo queda aprisionado en un conflicto simétrico con el padre sin posibilidad de solución: infanticidio y parricidio se corresponden de manera especular. El padre del hijo vuelto a hallar, diversamente de Layo, en cambio, muestra saber soportar el real incompartible que la vida del hijo encarna. Él no responde al gesto "parricida" del hijo con el odio, sino que elige darle confianza, no obstaculizar su viaje. A diferencia de Layo, él muestra no temer sino amar profundamente el secreto absoluto del hijo. El hijo rehallado encuentra en el gesto de perdón del propio padre que lo acoge a su vuelta una disimetría que rompe todo vínculo con una Ley como destino o castigo inexorable que en cambio aplasta la vida de Edipo. Este padre sabe reconocer el enigma del hijo sin exigir resolverlo; él se ofrece como una Ley cuyo fundamento no se halla en ningún Código, sino sólo en el acto mismo del perdón como forma más alta de la Ley, como libertad de la Ley. Es lo que el hijo aprende sobre su carne viva: no es el hombre que está hecho para la Ley, sino que es la Ley que está hecha para el hombre.
El hijo encarna la incompartible diferencia de la vida y su fuerza ilimitada. Él resiste a toda posible identificación empática. Se mueve en el mundo no sólo llevando consigo la irreductible diferencia de su generación con respecto a la de sus padres, sino también la particularidad más inaprensible de su existencia. El don más grande del padre de la parábola de Lucas -que también es el don más grande que cada padre puede ofrecer a sus hijos- es el don de la libertad del hijo. El padre no exige el diálogo -la comprensión mutua-, sino que reconoce el deseo del hijo como enigma indescifrable. ¿Esta indescifrabilidad no es quizás una experiencia constante de cada padre?  Sin embargo, ¿no es precisamente de aquí desde donde brota el amor como apertura absoluta al misterio del ser otro [otredad] del hijo? ¿El respeto por el secreto del hijo no indica quizás que el ser padres nunca es una experiencia de apropiación, sino de descentralización de sí? El amor no es empático, no se funda sobre la comprensión recíproca, sobre el compartir, sino que es respeto para el secreto absoluto del Otro, de su soledad; el amor se funda sobre la lejanía de la diferencia, sobre lo incompartible, sobre lo real inasimilable del Dos. Esto vale en la relación entre padres e hijos y aún más en cada vínculo de amor. El psicoanálisis autoriza a afirmar que los vínculos de amor que saben durar en el tiempo y ser generativos son aquellos que no disuelven nunca el enigma del deseo del Otro, que saben custodiar el secreto absoluto  -imposible de comprender- del Otro. Sólo sobre el trasfondo de esta soledad, de este enigma que cada uno es y tiene que permanecer para el Otro -además que para sí mismo-, puede darse un ser en relación con el Otro, un ser junto al Otro.

Observo crecer la vida de mis hijos, volverse autónoma y hacerse cada vez más misteriosa a mis ojos. Pienso que este misterio sea el sello de una diferencia que tiene que ser preservada y admirada incluso cuando puede parecer desconcertante. Siempre me quedo asombrado frente a su belleza y a su esplendor como también frente a su desorden y a su indolencia. Infinitamente distintos de como recuerdo mi condición de hijo. Sin embargo, tan incomprensiblemente iguales. No pretendo saber o comprender nada de su vida, que justamente se me escapa y me supera. Caminando codo a codo -en el silencio de nuestros cuerpos cercanos- percibo el ruido de su respiración como una diferencia inexpresable. Es un hecho: todo hijo lleva consigo -ya en su respiración- un secreto inaccesible. Ninguna ilusión de compartir empático podrá nunca resolver esta extraña proximidad. La alegría entre nosotros acontece precisamente cuando lo incompartible que nos separa genera una cercanía sin ninguna ilusión de comunión. Nuestros hijos están en el mundo -expuestos a la belleza y a la atrocidad del mundo- sin amparo. Están -como todos nosotros- a los cuatro vientos de la vida a pesar o gracias al amor que abrigamos para ellos.
De verdad no sé nada de la vida de mis hijos, sin embargo los amo precisamente por esto. Siempre a la puerta esperándolos, sin embargo, sin pedirles que vuelvan. Cerca de ellos no porque los comprendo, sino porque estimo su secreto.