Si lo que está en juego es la felicidad, ¿cuánto apuesto?

Diálogo con el padre José Medina • Publicado el 11-10-2017

«Riccardo: Usted ha dicho que muchas veces uno ve la razonabilidad de las propuestas que se le hacen, pero que por inercia o por pereza no consigue adherirse a ellas, o, por lo que sea, no se deja cautivar por ellas. Yo me he reconocido muchísimo en esto, porque me han hecho propuestas y, aun viendo que eran cosas buenas, atractivas, no he conseguido decir que sí y participar en ellas. Por tanto, mi pregunta es: ¿por qué no soy capaz de hacerlo, incluso cuando veo que es algo bueno para mí? Hay como una especie de rendición ante mí mismo. Creo que es ante todo por pereza, por un malestar que tengo dentro de mí, como si dijera: total, no va a cambiar nada. He participado en algunas experiencias en las que el resultado ha sido algo grande y bonito: ¿por qué unas veces digo “sí” y otras digo “no”? No consigo entender por qué.
Medina: ¿Has hecho alguna vez una apuesta?
Riccardo: He jugado al póker. Miro mis cartas... y busco todas las estrategias posibles para sacarles el máximo partido. Veo qué cartas hay en la banca y miro a ver si puedo ganar esa mano.
Medina: ¿Y para qué quieres ganarla?
Riccardo: Para ganar dinero.
Medina: ¡Ah! Y para ganar dinero, ¿qué tienes que hacer?
Riccardo:Apostar.
Medina: Tú quieres algo, y entonces tienes que poner algo de tu parte. Ves algo ante ti, debes poner algo tuyo para ganar, ¿no? Gracias a esto podemos entender dos cosas. Si hay poco dinero en juego, ¿apuestas mucho?
Riccardo: No, porque no hay necesidad.
Medina: Entonces el primer punto es que uno, para apostar, debe tener delante un bien grande. Cuanto más grande es, más pones, más arriesgas. De aquí se deduce que la razón, el origen de mi riesgo, en primer lugar, radica en que yo reconozco un bien grande en la vida, reconozco un bien grande ante mí, y entonces yo tengo que poner algo. Si tengo cuatro cartas, cuatro reyes –¡bonita mano! Yo también sé jugar al póker –, y hay diez mil dólares sobre la mesa (yo quiero ese dinero, me interesa conseguirlo) pero no juego, ¿qué me dirías?
Riccardo: Que eres estúpido.
Medina: No es pereza, amigo, es estupidez, ¿entiendes? No es pereza, porque si tú reconoces el bien, y está ahí, es atractivo, y tú has experimentado este atractivo, si estás atraído por ese dinero, es absolutamente natural que juegues. Entonces, en tu opinión, ¿por qué no juegas?
Riccardo: Por estupidez. Pero entonces, ¿por qué no me doy cuenta del bote que tengo delante? Porque no consigo verlo.
Medina: No me doy cuenta de verdad de lo que tengo delante. Quedémonos aquí, Riccardo. Si no te das cuenta de verdad de lo que tienes delante, ¿podríamos decir que el problema es cognoscitivo? Si tú no te das cuenta de lo que tienes delante es porque no has conocido. Y no has conocido por una razón muy sencilla: o porque estás distraído, o porque cuando miras estás tan dominado por tus esquemas que no consigues ver lo que tienes delante, estás obtuso.
Ves diez mil dólares y dices: “Cuántas cosas podría hacer con todo ese dinero, podría comprarme una moto e ir a jugar al balón”, y mientras la mano pasa, y pasa, y pasa. Es un problema de conocimiento, es un problema de razón (que quiere decir: esto es un bien para mí, este bien es lo máximo que puedo ganar, y por ello apuesto todo), pero es también un problema de afecto: tienes que implicarte, tienes que estar en el juego, porque si no estás en el juego, la mano gira y gira y tú no estás.
Riccardo: Me doy cuenta de que me hago todas estas elucubraciones mentales mientras tengo delante algo bonito, pero yo solo no consigo lanzarme. Por ejemplo, una vez me hicieron una propuesta; al principio yo estaba dudoso, quería decir que no, pero luego vino un amigo mío y me dijo: «Inténtalo», y entonces lo hice.
Medina: ¿Y qué pasó?
Riccardo:Que fue bonito.
Medina: Entonces, ¿cuál es el problema?
Riccardo:Que necesito tener amigos cerca de mí.
Medina: El Señor nos ha dado la gracia de tener cerca personas que nos ayudan a estar en la realidad. Lo que hoy hemos aprendido juntos es importante: es un problema de conocimiento. Si me distraigo, un amigo me dice: “¡Eh, que tienes que jugar! Concéntrate un momento”. Esto es importantísimo. Es un problema de conocimiento, y el afecto tiene que ver con el conocimiento. Si tu afecto no está implicado, no conoces. El corazón es razón y afecto. Tú puedes estar ante un montón de dinero, diez mil dólares, y te das cuenta de ello, es un bien, es un bien pequeño pero un bien al fin y al cabo: tienes que entrar en el juego. Si en lugar de diez mil dólares, lo que se juega es la felicidad en la vida, entonces la apuesta sube. La pregunta, querido amigo, es esta: si lo que está en juego es la felicidad, ¿cuánto apuestas?
Riccardo:A la fuerza todo, si es la verdadera felicidad. [...]
Medina:Por eso cuando está en juego la felicidad, la razón [darse cuenta de lo que se trata] es importante.
Sin embargo, se presenta una cuestión que tenemos que afrontar: se produce un gran vértigo porque, si quiero la felicidad debo poner todo, debo ponerlo todo de mi parte. Debes poner de tu parte, debes poner todo de tu parte. En tu opinión, ¿por qué tenemos miedo?
Riccardo: Tememos perder algo.
Medina: Perder algo. “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si luego se pierde a sí mismo?”, dice Jesús. Este es el desafío, el desafío se produce a este nivel. Porque tú, ante la felicidad de la vida, ¿pondrías todo, todo el dinero, todo lo que puedas imaginar, para obtenerla? Este es el problema. En el evangelio se dice que cuando uno ha encontrado la perla en un campo, vende todo lo que tiene para comprar ese campo.
En un momento dado, cuando has encontrado la cosa más valiosa del mundo, vendes todo lo demás para conseguirla. Este es el punto en el que todo entra en juego. El evangelio está lleno de desafíos de este tipo. El Señor le dice al joven rico: «Vende todo y vente conmigo».
Te planteo de nuevo la pregunta: me has dicho que, en tu opinión, el problema es de pereza. ¿Es así?
Riccardo: Ahora que me has ayudado a razonar mejor, puedo decir que el problema es si estoy dispuesto o no a jugarme todo en esto.
Medina: Entonces debes volver sobre esto, porque puede ser un problema de conocimiento, puede ser que seas perezoso (aunque la pereza no es el mayor problema que tenemos habitualmente), o puede ser un desafío para adherirte. ¿Cómo lo resuelves, entonces?
Riccardo: Tengo que intentarlo. Para ver si verdaderamente es lo que buscaba, tengo ante todo que seguirlo y hacer experiencia de ello, y ponerme en juego por completo.
Medina: En este sentido, el compromiso es necesario. “Compromiso” es una palabra más bonita que “apuesta”. Si quieres verificar, debes estar presente. Pero yo añado algo. Volvamos al póker. ¿Cuándo tienes más posibilidad de distraerte, cuando hay cinco euros o cuando hay diez mil? Cuando hay cinco estás tranquilo, ¿no? Cuando hay diez mil estás más atento. Mi compromiso, naturalmente, es despertado por un bien. Si el bien es pequeño, entonces me comprometo poco, pero si reconozco que el bien es grande, entonces me lanzo. Cuando reconocemos el bien ante nosotros como algo grande, este algo, este acontecimiento, este hecho atrae todo mi ser, despierta un atractivo. Por eso no es que tenga que hacer algo, sino que tengo que adherirme de verdad. Cuando reconozco algo grande en la vida, algo importante, que reclama todo – porque si quieres algo debes poner todo de tu parte –, entonces yo me veo aferrado, atraído por esa cosa. En nuestra vida somos reclamados de mil formas, pero lo más importante, lo más bonito es cuando somos reclamados a reconocer la belleza que nos ha tocado. La moral, el actuar moralmente, nace de reconocer algo bonito que tengo ante mí. Por eso ayer por la tarde decía que el problema es la memoria, es reconocer a Cristo presente».