Con Cristo, ¿la vida se reduce de valor o es exaltada?

Diálogo con el padre Julián Carrón • Publicado el 11-10-2017

«Francisca: Con respecto a lo que has dicho, en unos momentos me he sorprendido molesta. Si soy sincera, en el fondo permanece en mí una objeción, la sospecha de que se descalifiquen las cosas concretas y materiales de la vida, mis deseos particulares, más o menos grandes. Es decir: si en el fondo mi deseo es mucho más grande de lo que yo me imagino, si mi deseo encuentra paz sólo en ti, Cristo, entonces ¿qué valor tienen todas las demás cosas? ¿Por qué tengo que perder el tiempo detrás de los deseos cotidianos y particulares que tengo encima, si en el fondo ya sé que me dejarán un sabor amargo?
Carrón:¿Te has enamorado alguna vez?
Francisca: Sí.
Carrón: Y cuando te has enamorado, las demás cosas, ¿qué valor tenían?¿Las cosas concretas y todo el resto de tu vida se vieron descalificados?
Francisca: No.
Carrón: Entonces, ¿qué experiencia haces cuando te enamoras? ¿Las cosas se reducen de valor o son exaltadas?
Francisca: Vuelven a florecer.
Carrón: Vuelven a florecer! Si nosotros no partimos de la experiencia, hay cosas que en abstracto parecen estar en contradicción. Sin embargo, basta que yo ponga una pregunta -una!- y tú, que eres inteligente, llegas al tiro al centro de la cuestión. Es decir, cuanto más uno halla la respuesta al deseo que tiene -en este caso la persona amada- tanto más las demás cosas no pierden el valor, sino todo lo contrario: son exaltadas en su valor, sin comparación. Imagina, por ejemplo, que un día, por razones de trabajo, te inviten a una fiesta en un lugar paradisíaco; puedes usar toda tu fantasía para imaginártelo: el lago, las velas, la música... en fin: un lugar espectacular! Después vas a la fiesta y todas aquellas cosas las tienes delante, todas son bellísimas, todo es como te lo habías imaginado. Pero falta él. Sólo él. Todo lo demás es estupendo, sin embargo, ¿qué fiesta es sin él? No “Él”, con mayúscula, sino  “él”, con minúscula.
Francisca: Sería el desierto. 
Carrón: Sería el desierto! Bien! Entonces no es él que descalifica las cosas, sino que es él quien las vuelve interesantes. Y sin él las cosas no son suficientes a satisfacer el deseo, aunque uno estuviera en el lugar más espectacular. Lo que emerge en la relación afectiva, de la cual todos podemos  tener experiencia, es precisamente el método que Dios usa para salvarte a ti, para salvar las cosas, todas las cosas que amas, incluso para salvar a tu pololo de la decadencia: te hace encontrar a alguien a través del cual descubres una Presencia por la que ya nada es descalificado, sino que todo es exaltado. Pensemos en Juan y Andrés después del encuentro con Jesús. Cuando Andrés volvió a casa no ha mirado a su esposa pensando: “Pff, no hay comparación entre ella y Él!”, descalificando el valor de ella, sino que la ha abrazado como nunca la había abrazado y su esposa no ha percibido el encuentro hecho por Andrés como algo contrapuesto a ella. Si yo hubiera estado en su lugar le habría dicho: “Ve a buscar de nuevo a aquel hombre, porque nunca me has abrazado como ahora!”.  Y si nosotros nos vinculamos a nuestra compañía, donde Cristo se hace presente, esto -para poner un ejemplo- ¿descalifica a los cantos? ¿Y cuando vamos a la montaña y gozamos de su belleza? ¿O cuando jugamos juntos y vivimos la amistad? ¿Es descalificado algo o es exaltado todo? […]
Hay algo que tiene un valor más grande y que vuelve interesantes todas las demás cosas. Es una Presencia, que vuelve todo distinto.
La cuestión es si estamos dispuestos a aprender de lo que sucede en la experiencia. De otra manera uno, en lugar de estar contento, se molesta. Sin embargo, incluso cuando nosotros nos molestamos, los demás, viéndonos, nos envidian: “Yo nunca he visto una amistad como la que viven ustedes!”. Aquello por lo cual muchas veces los demás deciden estar con nosotros, aquel factor que genera en nosotros una vida distinta y por la cual nos envidian, nos molesta! En lugar de percatarnos de aquello que se nos dona y gozar de ello, porque nos permite vivir una experiencia totalmente nueva, somos como uno que halla un tesoro, pero no se da cuenta de lo que tiene entre las manos» (J. Carrón)