La estructura de la Misa(I)

De Massimo Camisasca • De La Misa, parte tercera de Escuela de oración • Publicado el 11-10-2017

Cuando fui ordenado sacerdote tenía una conciencia auténtica, pero todavía muy pobre de la santa misa. Quizás también entonces habría reconocido que ella representaba el centro de mis jornadas, sin embargo habría sido una afirmación formal. Para aprender el sentido auténtico de estas palabras ha tenido que pasar mucho tiempo y he tenido que atravesar numerosas experiencias. Acercándome cotidianamente a la existencia, a las preguntas y al drama de muchas personas que se dirigían a mí, el encuentro con su dolor, unido al del mundo entero, me ha abierto de par en par al valor del sacrificio eucarístico y a su extrema necesidad.
Celebrar la misa es la acción más importante que tengo que cumplir en las horas del día. A ella se conectan como a través de tantos hilos invisibles, todos los instantes de mi jornada. El sacrificio de Cristo, vivido en el presente, es el eje de la historia alrededor del cual todo rota, halla su corazón y el movimiento hacia Dios.
Durante estos años, como superior de la Fraternidad san Carlo, he deseado que la liturgia, en nuestra Casa de formación, fuera bella, cuidada, sobria, para que permaneciera en los seminaristas un bagaje vivo de memoria, de ejemplo y de experiencia del que podrán sacar para toda la vida.

En el nombre de la Trinidad
La misa comienza con la palabras: En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Este comienzo es mucho más que el normal inicio de toda oración. En ello ya está contenido todo lo que acontecerá. La liturgia eucarística es una acción de la Trinidad.
En aquella hora es abrazada toda la historia de la humanidad, desde Adán hasta el último día. Es una extrema concentración, la síntesis de toda la historia de la salvación. Sin esta conciencia, se nos escapa la profundidad de su significado.
En cada misa el Padre realiza la nueva creación. El mundo es llevado a su origen, es "el mundo renovado". El Hijo revive todos los misterios de su existencia, desde el nacimiento a la ascensión. Y el Espíritu permite que la obra del Padre y del Hijo penetre dentro de nuestro ser y, a través de nosotros, en toda la realidad, de ramificarse en ella, de transformarla en oración y así devolverla al Padre.
A través de la celebración eucarística cada latido secreto del corazón del hombre, cada deseo suyo profundo y escondido, purificado y unido al sacrificio de Cristo, se vuelve parte de la eternidad. El tiempo entra así dentro del eterno sin ser anulado.
Cada misa es un evento cósmico al que participa la creación entera: los actores principales son el Padre, el Hijo y el Espíritu y los espectadores los ángeles, los santos y, aunque la mayoría no lo sepa, todos los hombres del mundo. Ésta es, en el fondo, la razón por la cual ninguna misa es privada. Cada celebración es siempre pro omnibus, en favor de todos. A través de la liturgia, la oración de Cristo que no tiene confines abraza la existencia de cada hombre, extendiendo a cada época el único sacrificio.
El Señor esté con ustedes. Y con tu espíritu. En este intercambio entre el sacerdote y el pueblo se anuncia la entera realidad del sacrificio eucarístico: Cristo impregna toda nuestra existencia. Sin embargo, para que esto pueda acontecer, tenemos que reconocer antes que nada  nuestra condición de criaturas y de pecadores.

El acto penitencial
La misa se abre con el Confiteor, con el reconocimiento de nuestro pecado frente a Dios. "En nuestra nada sólo en ti esperamos", cantamos con el himno de las monjas trapenses de Vitorchiano. No se trata de un grito desesperado, sino de la oración que los hijos dirigen al Padre, llena de esperanza y de certeza en su obra recreadora.
Podemos decir que el Confiteor dicta la forma de cada comienzo de la vida del hombre, de cada acción suya, de cada instante suyo. No tenemos alternativas: o reconocemos nuestra nada o ya ponemos las premisas para cumplir un acto en contra de Dios y por tanto en contra de nosotros mismos. Al peregrino que quería saber cómo hacer para rezar incesantemente, el staretz le aconseja: "A cada respiro, di en voz baja con los labios o sólo con la mente: 'Señor Jesús, Hijo de Dios, ten piedad de mí". A las palabras del Confiteor hacen eco las que la Iglesia nos hace repetir todos los días al comenzar el rezo de la Liturgia de las Horas: Dios mío, ven en mi auxilio, Señor date prisa en socorrerme.

El Gloria
La confesión de los pecados purifica el corazón y la mente para que el sacerdote y los fieles se abran al acto más significativo de toda la existencia: la adoración. En la liturgia dominical se canta el Gloria in excelsis. El himno comienza con las palabras de los ángeles alrededor del pesebre de Belén. También aquí, en la santa misa, millones de ángeles acuden y repiten la misma invitación: demos gloria a Dios. Sólo así podremos obtener la paz sobre la tierra. Cuando Dios es reconocido en su grandeza como Señor, Rey y Padre, el hombre vuelve a hallar la justa directriz de su pensamiento y de su acción. Al Dios omnipotente no se le reza con miedo, sino que se invoca con súplica llena de entrega y confianza.
El himno es entonces una gran puerta que, después del saludo inicial y el acto penitencial, introduce progresivamente a los fieles en una actitud correcta para que la celebración no sea superficial, sino que obtenga los frutos que Dios desea para cada uno de sus hijos.

La Colecta
Terminado el acto penitencial, toda la asamblea se reúne alrededor de la oración pronunciada por el sacerdote. Esta oración se llama Colecta, porque acontece cuando es pueblo está todo congregado, comprende y expresa el misterio entero de la celebración. Sobre todo, son muy preciosas las Colectas en los tiempos de Adviento y Navidad, Cuaresma y Pascua, que por la mayoría remontan a las grandes recolecciones de oraciones litúrgicas del VII-VIII siglo. En estas palabras es contenida y custodiada la fe de la Iglesia de los orígenes y de la Iglesia de siempre.

La liturgia de la Palabra
Las dos partes de las que se compone el sacrificio de la misa, la liturgia de la Palabra y la liturgia eucarística, están estrechamente relacionadas   la una con la otra. En efecto, no hay sacramento sin palabra. En la vida de Jesús palabra y acción están profundamente enlazados. Su palabra ya es acción y su acción siempre es palabra. Es portadora de logos, de sentido, de luz. Al mismo modo, como Jesús ha mostrado inmediatamente después de la resurrección a los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 13-35), la celebración eucarística desde el comienzo se ha estructurado en una primera parte, que retomaba la liturgia de la sinagoga, con la lectura de textos de la Escritura y su comentario, y una segunda específicamente llamada liturgia eucarística.
La Iglesia desde los orígenes ha reaccionado ya sea a la tentativa de restar valor al Antiguo Testamento, ya sea a una lectura de ello que prescindiera del Nuevo. Jesús lee explícitamente la Tora y los Profetas a la luz de su vida y de ellos constituye el cumplimiento preanunciado y sorprendentemente nuevo. Este método de lectura es también el que Benedicto XVI ha tan profundamente iluminado en los dos volúmenes sobre Jesús de Nazaret y en su homilética: leer la Biblia con la Biblia. No tenemos que volvernos unos especialistas de la Escritura, sino adquirir aquellos instrumentos que nos permiten entrar cada vez más en la realidad de Jesucristo a través de aquellas páginas. El estudio de la Biblia siempre es un evento de conocimiento que tiene como actor principal el Espíritu Santo. Por eso no podremos conformarnos con un acercamiento puramente filológico. Las palabras de la Escritura, durante largo rato miradas y meditadas, nos permiten ver siempre nuevos aspectos de la persona del salvador.
El la liturgia de la Palabra es custodiado uno de los más grandes dones de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II. Antes de entonces, las lecturas se reducían a un numero mínimo de pasajes, proclamados en lengua latina.
Con tal elección reformadora la Iglesia quiere invitar a sus hijos a leer y conocer los textos bíblicos para poder acceder a su riqueza, que ha permanecido escondida durante demasiado tiempo. Aquellas páginas dirigen la vida de los creyentes hacia una identificación profunda con la vida misma de Jesús que allá es narrada y ofrecida.

El Credo
En las solemnidades la liturgia de la Palabra se concluye con el rezo común del Credo. Antes de entrar en la parte más solemne de la misa es necesario expresar la propia fe. Sin ella, en efecto, es imposible vivir con seriedad el misterio supremo de la muerte y resurrección de Cristo. Más bien, es imposible acceder a ello. Todo se volvería un burlarse de Dios. El Credo es llamado también Símbolo de los apóstoles, porque en ello se expresa de forma extremamente sintética toda la fe de la Iglesia, es decir la visión de la historia y del mundo que Cristo ha traído a los hombres. Sobre todo aquí está la revelación de Dios, comunión de amor, creador del cielo y de la tierra, Padre que ha enviado al Hijo. Están las distintas etapas de la vida de Jesús culminada en el envío del Espíritu Santo, alma y motor del tiempo de la Iglesia, a través del cual son remitidos nuestros pecados y se nos dona la unidad en que pregustamos la vida definitiva.

El Ofertorio
El Ofertorio es el momento de la misa que más me rapta. Si ponemos atención en la doble bendición del pan y del vino, que Pablo VI ha querido insertar en la liturgia actual, notaremos la gran riqueza allá contenida.
Bendito seas Señor Dios del universo por este pan y este vino, frutos de la tierra y del trabajo del hombre.
Frutos de la tierra y del trabajo del hombre. La tierra da su fruto porque Dios existe y ha dado a la semilla la potencia de crecer. Él ha permitido la alternancia del sol y de la lluvia y ha asignado los tiempos al crecimiento y a la maduración de la semilla. El pan y en el vino simbolizan toda la creación que halla su cumbre en la vida misma del hombre. En el Ofertorio la realidad cósmica de la celebración eucarística aparece en toda su plenitud.
Dios no actúa solo, sino que pide al hombre su colaboración para transformar el mundo y la historia. En la misa la obra de Dios y la del hombre se encuentran. En los signos del pan y del vino vienen presentados sobre el altar todas las expresiones de la vida de la persona: preguntas y esperas, fatigas y sacrificios, alegrías y sufrimientos. Mientras celebro la eucaristía digo para mis adentros: "Acoge, Señor, la voz de todos los hombres que en esta celebración gritan a ti de todo rincón del mundo".
A través del Ofertorio toda la humanidad pide entrar a formar parte del cuerpo de Cristo. Y así participan en esta comunión también las personas que encuentro, las preguntas que me dirigen, las angustias que viven.
Ellos [pan y vino] serán para nosotros pan y bebida de salvación. El pan y el vino se convertirán, por las palabras del sacerdote, cuerpo y sangre de Cristo. Ellos son cuerpo y sangre donado. A través del pan y del vino  quienes recibirán la eucaristía y todos aquellos que están unidos espiritualmente a la celebración se volverán también de manera real cuerpo de Cristo. La creación es recapitulada en Jesús y será presentada al Padre en el último día.