“¿Me amas tú?”

“¿Me amas tú?”

9 de octubre 2021

Proponemos la homilía que padre Marco hizo en el matrimonio de nuestros amigos
Byron y Mariangel, Pablo e Ivette,
porque con sus vidas nos provocan a vivir respondiendo, como ellos, al Señor

Queridos Byron, Mariangel, Pablo, Ivette, el corazón inquieto de Jesús, quien ha esperado desde siempre vuestra libre respuesta de amor, vuelve a preguntarles, a cada uno: “¿Me amas tú?, ¿te fías de lo que has visto?”
Toda vuestra historia los ha traído aquí, sobre todo a través de la presencia de tantos rostros y momentos luminosos. Ahora sólo puedo recordar a Chiara, una de las grandes amigas que les ha mostrado que el matrimonio es una vocación hermosa, es la forma definitiva con la cual ustedes responden a Jesús que los llama a la amistad consigo: “el día de mi boda he dado mi vida al Señor y todos los días digo mi sí a lo que acontece y ha acontecido hasta ahora”.

Cuando muy jovencita, una de ustedes formuló como una petición: “Necesito una mirada que no pase por encima de mí. Necesito a alguien que me ame sin medidas. ¿Podré algún día mostrarme sin máscaras?”.
La historia de amor que el Señor ha tejido con cada uno es Su respuesta sobreabundante a esta petición. Por esto vuestro “sí” de hoy no es ante todo un acto de valentía, sino más bien el explotar de una gratitud, un rendirse frente a un exceso de belleza que les ha mostrado que amar es posible.
“Mi vocación -decían- es un llamado al que deseo responder”. En efecto, ante cualquier cosa, a través de mil hechos, Jesús les ha dicho: «Tú eres mi elegido. Si te dejas amar por mí, si me dejas entrar en tu forma de mirar a ti mismo y a la vida, tendrás parte conmigo, amarás como yo amo. Ya no se trata de tus incertidumbres, de tus fragilidades, se trata de mi amor».
“¿Quién nos separará de este amor de Cristo?”.

Ustedes han visto que en compañía de un Amor tan grande, capaz de vencer incluso sobre vuestro mal y vuestra traición, ya no son los mismos: ¡qué creatividad, qué capacidad de donación y de perdón, qué colores se les regalan!
Entonces, como para Simón Pedro, también para ustedes, todos los días de vuestra vida serán la ocasión de entrar cada vez más en este diálogo -“Me amas tú?”, “Sí Señor tú lo sabes que te quiero”-, el dejarse interpelar por Sus ojos ardientes, respondiéndole con la misma vida.
A través de la presencia del otro, y dentro de cada circunstancia, Jesús seguirá preguntándote: “¿Me amas?”. Así recibirán el don de volverse cada vez más responsables de todo lo que han experimentado con Él, el regalo de entrar más personalmente dentro de la conmoción que el Señor ha vivido y vive frente a ustedes.
“El matrimonio -decían- es la forma concreta con la que el Señor me muestra lo mucho que me ama”. Y esto, añadían, “abraza la fragilidad y las diferencias” porque por el sacramento, el uno para el otro se vuelven la carne de Cristo. ¡La vida cotidiana de vuestras familias será así la modalidad fascinante e incómoda a través de la cual eres tocado y tocas la carne de Cristo!
¡Qué posibilidad formidable de renacer todos los días, qué necesidad de cambiar siempre de nuevo conlleva esto! Cuiden sagradamente todo aquello -pienso ahora en los sacramentos, en la oración- que les permite recobrar esta mirada capaz de sorprender, admirar y promover la obra de Dios en el otro -¡la obra de Dios que es el otro!- porque “a quien ama otra persona no le queda otra que tirarse de cabeza con todo el ímpetu de su corazón hacia la intimidad de Dios; así él profundiza su propia intimidad y se acerca al otro” (Egied).
¡Déjense alcanzar todos los días por Sus ojos de los cuales sale la luz que nos guía los pasos! Cuántas veces en un imprevisto, incluso en un detalle que parecía banal o desagradable, han reconocido Su mirada sedienta de vuestra respuesta de amor. Ha sido posible entonces preferir lo que el Señor les ofrecía y lo que el Señor les pedía, y el lugar concreto donde sus manos abiertas los esperaban se volvía sagrado: “la vida ya no es algo fragmentado, porque yo sé que en cada cosa hay Alguien que me espera”.

Hoy, como a Simón Pedro, el Señor les pide: “Síganme: dónenme sus pies sucios, déjenselos siempre lavar por mí y entren cada vez más en comunión conmigo, en una mirada que no se termina de aprender, porque yo soy el siempre más, el siempre nuevo, para que ustedes también sean siempre más maduros y más jóvenes. Mi supremo anhelo es vivir en ustedes y a través de ustedes en el mundo: deseo vivir en vuestros gestos y palabras, mirar con vuestros ojos, trabajar a través de vuestras manos, amar a través de vuestro corazón.
Dónenme todos los días vuestras manos vacías, dispuestas a dejarse llenar y tomar y llevar por mí. Confíen en mi fidelidad, que como han visto es un amor indisoluble e incansable que les permitirá dar el paso de cada día”.

Queridos amigos, eligiendo esta forma comunitaria para celebrar vuestra boda han querido afirmar que los protagonistas hoy no son ustedes, sino el Señor en medio de su pueblo.
Con la respuesta de Simón Pedro a Jesús explota dentro de la historia de los hombres la revolución de la gratitud, la revolución hecha por un pueblo de hijos que se saben amados. Ahora bien, esta revolución que los ha alcanzado a través del gran coro polifónico de los santos, no sólo ahora les entrega al mundo, sino que les entrega el mundo —siempre a través de un detalle concreto, ámbitos precisos, rostros— como un lugar que iluminar, custodiar y cultivar. No faltan músicos entre ustedes: donen vuestra voz y vuestros instrumentos a este gran coro, generen el pueblo que los ha generado, sean “casa” para otros.
Esto es lo que ya hemos visto comenzar a acontecer en ustedes, que se han vuelto protagonistas del gran “club de los fracasados”, amistad de artistas que portan la luz y dan a luz la belleza escondida dentro del corazón de las personas que encuentran, en medio de nuestro barrio y en sus distintos ámbitos y ambientes.
Lo que voy a decir suena difícil, pero lo hemos visto: la íntima naturaleza del amor es la fecundidad, así como la íntima naturaleza de la comunión es la misión (la fecundidad y la misión son el irradiarse del amor y de la comunión vivida): el Señor desea que vuestro amor sea fecundo como el suyo, que vuestra comunión libere la libertad de otros, así como ha liberado la de ustedes, sacándolos una y otra vez de la opacidad y donándoles unos colores que nadie les podrá quitar si siguen expuestos a Su compañía luminosa.
En este sentido, vuestra vocación, la de tantas familias y de los amigos consagrados que los acompañamos se cruzan. Contagiar la gratitud, generar en otros la Vida verdadera que constantemente es generada en nosotros: ¿existe una aventura más exaltante que ésta?