¡Ven a buscarme!

¡Ven a buscarme!

De Valeska Cabañas

Hace un par de semanas, por la invitación del padre Lorenzo, comencé a ir la Caritativa que él junto a algunos amigos empezaron hace un par de años en la capilla san José Obrero. Es muy simple: consiste en ir ahí, jugar, comerse un pan con Nutella con los chicos que encontramos, y terminar la tarde con la misa; es decir, la caritativa consiste en compartir la vida, entre nosotros, con ellos. Debo decir que fue un amor a primera vista, aunque esta primera vista para mí tuvo que ser renovada, por un largo camino, por tantas calles, por tantos rostros y estrellas.

La caritativa de san José Obrero es un espectáculo de vida, de energía, de novedad. La vida, la energía y la novedad es evidente en los niños que ahí nos esperan cada martes. Esta vida, energía y novedad se ve desde que llegamos a las callecitas delante de la capilla y la cancha. Cuando nos acercamos en el auto, alrededor, mientras abrimos las puertas ya está lleno de niños que esperan, que nos gritan “hola tía! Hola tío! ¿A qué jugaremos hoy? ¿se acuerda de mi nombre?”, y con un abrazo afectuoso -aunque sea la primera vez que llegas- te acogen. Son ellos los que nos acogen en sus calles, en sus juegos, en su capilla, y si aprendes su nombre también en su corazón. Son niños sedientos de una mirada de afecto, de amistad, de perdón e, incluso de corrección; buscan miradas de adultos que los quieran, que quieran su bien, y entonces con sus miradas, con su espera nos transforman, nos llaman a ser adultos, a buscar con ellos, con su sed, el gran Bien.

Uno de los martes que fuimos me sorprendió Diego. Un chico “terremoto”, que la mayoría de las veces lo encuentras peleando con algún otro, enojado, triste, o gritando como loco. A un cierto punto lo descubrí entrando en la capilla y subiendo al segundo piso, escondiéndose. Fui a buscarlo y le dije: “Diego, ¿qué haces? ¡ven acá, vamos afuera!”, evidentemente su respuesta mientras corría, riendo, desafiándome fue: “¡no!”, pero mirándolo insistí, y con un solo gesto le dije: “¡Ven, de aquí no me muevo hasta que salgas!”, con mirada amiga me dijo: “ok” y luego me invitó a jugar taca-taca. Cuando se aburrió de jugar hizo la misma historia, pero no a escondidas, empezó a intentar que lo viera entrar y empezó a gritarme: “tía, ¡ven a buscarme!”. Me llenó de ternura, y así fui a buscarlo. El juego se volvió ir a buscarlo cada vez que entraba gritando “ven a buscarme”. Mirando a Diego, entrando en su juego, me di cuenta que es cierto: estaríamos dispuestos a todo por una mirada de afecto, por alguien que vaya a buscarnos, y sin una mirada así no vale la pena moverse, caminar y jugar. La vida nos cansaría después de 5 minutos.

Otro hecho que me sorprende siempre es la curiosidad de Krishna, tiene 6 o 7 años, entra con nosotros a la misa y mira todo, cada gesto nuestro y del padre Lorenzo, con atención. Cuando me pongo de rodillas me mira y se pone de rodillas, junta las manitos en el gesto de la confianza en el Padre bueno. Durante la consagración me pregunta: “¿es verdad que el vino se convierte en la sangre de Dios?” “¿Y qué es ese pancito? ¿Qué sabor tiene? ¿qué es la comunión? ¿y yo puedo hacer la comunión?”. Me mira con mirada escrutadora para ver de dónde nace mi respuesta, y delante de mi respuesta, mirando el padre Lorenzo que alza el cáliz se queda sorprendida, agradecida, se gira y lo explica a su amiga… y está contenta, espera el próximo martes…  La última vez llegó con otros tres amigos para mostrarles el espectáculo que ahí veía ocurrir cada martes. A penas entró me dijo: “Tía, es la primera vez que viene aquí mi amiga… ¿puede ponerse al lado suyo? ¿puede enseñarle a orar?”.

Voy a la caritativa de san José Obrero para esto, para ponerme delante de Su mirada, como Diego, para vivir la curiosidad y la gratitud de Krishna; a través de estos niños, al mismo tiempo que busco Su mirada de afecto hacia mí, al mismo tiempo soy Sus ojos, Sus manos, que quieren alcanzar uno por uno a cada uno de estos niños, quienes no buscan otra cosa, incluso en medio del mal que hacen, que alguien que los mire, los busque, los ame para siempre.