Dios murió… Viva la muerte

Dios murió… Viva la muerte

Madeleine tiene diecisiete años.

Es atea.

Si un día Dios, para ella, será Todo,

es porque hoy ella va al fondo de la Nada.

No se amará a Dios sino levemente

si no se ha ignorado su presencia mediocremente

 

de Madeleine Delbrel

Se ha dicho: «Dios ha muerto».

Porque es verdadero, es necesario tener la honestidad para no vivir más como si viviera. Se ha regularizado la cuestión con él: queda por regularizarla con nosotros mismos.

Ahora estamos advertidos.  Si no conocemos la medida exacta de nuestra vida, sabemos que será pequeña, que será una vida pequeñísima. Para algunos la infelicidad ocupará todo el espacio de su vida. Para otros la felicidad ocupará más o menos espacio. Nunca será una gran infelicidad o una gran felicidad, porque estará toda contenida en nuestra pequeñísima vida.

La infelicidad grande, indiscutible, razonable, es la muerte. Es delante de ella que es necesario volverse realistas, positivos, prácticos. Digo «volverse». Yo estoy sorprendida por la falta generalizada de buen sentido. Sin embargo, es verdad que no tengo más que diecisiete años y que me queda aun mucha gente por encontrar.

Los revolucionarios me interesan, pero han entendido mal el problema:  ellos pueden ordenar el mundo lo mejor que pueden,… ¡pero hará falta despejarlo de nuestra presencia! Los científicos son un poco como los niños: siempre creen que matan la muerte: en cambio solamente matan los modos de morir, la rabia, la viruela. La muerte, ella, goza de buena salud.

Le tengo mucha simpatía a los pacifistas, pero son débiles en el cálculo. Si en 1914 hubieran logrado poner el bozal a la guerra, todos aquellos que la guerra no hubiera matado entonces habrían estado definitivamente ordenados en sus cementerios personales en 1998.

La gente decente me asombra por su seguridad: le falta modestia. Están seguros que trabajan por la felicidad de los demás.  Esto es bastante discutible: más la vida es buena, más duro es morir. La prueba: la gente se mata a sí misma cuando matan su razón de vivir.

Los enamorados son radicalmente ilógicos y reacios a razonar: «te amaré para siempre…». No quieren tomar conciencia del hecho de que sí o si serán infieles; y que esta infidelidad se acerca cada día un día más…, sin considerar la vejez, esta muerte en cuotas. Por lo que me atañe, no quisiera quedarme junto al hombre que debería amar: él vería caer mis dientes, arrugarse mi piel, mi cuerpo convertirse en un odre o un higo seco…. Si amaré, será como en una instantánea, como en un instante de tregua, de prisa y corriendo.

Las madres, pobrecitas, cuánto les cuesta no decir, no hacer locuras: “Mi niño, cuánto quisiera que fuera feliz…». Serían capaces de inventar la felicidad para poder dársela a su chiquillo. Hay aquellas que no quieren generar carne de cañón -pero vayan a decirles que siempre generarán carne de muerte… Yo no quiero tener hijos. Ya es suficiente con acompañar por adelantado todos los días el funeral de mis padres.

Los más lógicos quizá son los albañiles, los carpinteros, los fotógrafos, los artistas, los poetas. Hacen cosas que duran y que hacen durar algo de la gente. Los reyes han muerto, han quedados sus sillones en los museos. Tener la propia fotografía en algún lugar es un modo de existir. Los monumentos resisten. La Gioconda llevaría ya mucho tiempo sin su cabeza si no le hubieran hecho el retrato. Cuando en clases se recita una fábula de La Fontaine, lo que pensaba La Fontaine sigue viviendo un poco.

Luego están aquellos que se divierten, que matan el tiempo esperando que el tiempo los mate a ellos… yo soy una de estos. Las personas serias nos desprecian en nombre de sus ocupaciones serias.

¡Ah! Mientras tanto no ha sido solucionado el asunto de la sucesión de Dios. Se dejaron en  todas partes hipótesis de eternidad, de potencia, de alma… y ¿quién fue el heredero? La muerte… Se permanece: sin embargo, no hay nada más que ella que permanezca; se intenta de todo: pero al final de todo y de todos siempre llega ella. Se es espíritu -no sé mucho lo que es-, pero ella, ella está por todas partes, invisible, eficaz; da un pequeño golpe y, toc, el amor cesa de amar, el pensamiento de pensar, un niño de reír, … y ya no hay nada.

Una vez alguien dijo: «nosotros bailamos sobre un volcán». Está bien, yo bailo. Pero quiero saber qué hay sobre el volcán. Cerca de los volcanes hay villas y cabañas, jóvenes y viejos, genios e imbéciles, enfermos y campeones, quien es muy amado y quien es muy mal amado; cuando el volcán eructa sólo hay fuego: es decir sólo se ve el fuego.

Todos estamos cerca de la única verdadera desgracia: ¿tenemos o no tenemos el valor de decírnoslo? ¿Decirlo? ¿Y cómo? Junto a Dios, también las palabras han estrellado… ¿A un moribundo se le puede decir, sin faltar de tacto, «buenos días» o «buenas tardes»? Entonces se le dice «hasta-luego» o «a-dios»… hasta que no se aprenda a decir «hasta-no-verse en ningún  lugar»… «a-la-nada absoluta».