La altura de los cuadros

La altura de los cuadros

de Alessandro D’Avenia | 14 novembre 2021

«¿Qué hacer si un chico busca la oscuridad? Rechaza los libros que hay por la casa o los que portan luz, y da para leer a su hermano menor el Club de la Pelea, quien se lo devora? Lo ha atraído un lenguaje vulgar, quizás la sensación de libertad sin reglas. Intentaré escuchar sus impresiones, pero no será fácil. Leí su libro L’Appello, me lo regaló aquel mismo hijo, pero él no tiene intención de leerlo».

En muchas cartas, como ésta de una madre dolida, se me pide la solución educativa ideal.

Siempre respondo: no lo sé, pero la solución ideal son ustedes. El manual del perfecto educador hace perder de vista (y de vida) el presente que -dentro de su fatigoso darse-, es el único espacio educativo eficaz. Educar no es forzar la vida en una regla o una idea, sino ayudar a que la vida florezca: las soluciones se esconden en las ocasiones. Si el educador no vive como fracaso personal y como consecuente sentimiento de culpa estéril el desafío lanzado por el niño/adolescente, podrá transformarlo en una oportunidad de crecimiento personal (son ellos quienes nos hacen madurar) y del otro (¿qué es lo que necesita ahora?): ellos ponen a prueba nuestras verdades para entender si son reglas vacías o si tienen un fundamento sólido para vivir felices.

Dice un escritor cuya lucidez amo: «El otro día colgué un cuadro y le pregunté a mi hijo, que tiene tres años, si estaba bien. No, respondió molesto, tienes que ponerlo ahí. Y señalaba un punto mucho más cercano al piso. Tenía razón, ahí era donde había que ponerlo para que pudiera verlo bien. En el mundo de los niños, todos los cuadros están colgados demasiado alto». «Es entonces cuando -continúa el escritor- el educador ideal se plantea el problema: ¿a qué altura es correcto colgar los cuadros? Hay quienes eligen la transacción en nombre de la armonía y cuelgan los cuadros a mitad del camino entre el piso y la altura anterior, para que ambos [adulto y niño] vean igual de mal. O está el educador que deja de tener vida propia desde que tiene hijos. Y colgará los cuadros tan abajo que los padres serán obligados a arrodillarse para verlos. Y finalmente está el tirano que, con fines educativos, cuelga los cuadros justo debajo del techo, por todo lo que tuvo que padecer cuando niño. Pero lo que más importa es la reacción del verdadero educador. Es razonable suponer que dejará el cuadro a la altura a la que está mejor y le enseñará al niño a usar la silla correctamente” (Stig Dagerman).

Las decisiones educativas “ideales” son aquellas en las que la crisis se convierte en inspiración para lo nuevo en lugar de una repetición cansada de hábitos y reglas, que quizás nosotros primero no vivimos. Por ejemplo, ¿cómo puede un chico moderar el uso del teléfono celular si la persona que lo educa hace lo contrario? En el mismo texto, Dagerman habla de una pareja cuyos hijos pequeños no quieren dormir y siguen saltando sobre la cama. Es de noche, afuera es oscuro y el padre amenaza con sacarlos a dar un paseo: «Afuera llovía y estaba oscuro como boca de lobo; finalmente se hizo silencio en la habitación de los niños. ¡A salvo! Los padres suspiraron aliviados, hasta que descubrieron la causa del silencio. Los niños se apresuraron a vestirse para dar el paseo prometido. Sólo quedaba resignarse a salir bajo la lluvia y en la oscuridad; los niños estaban terriblemente despiertos y el atontado padre comprendió que lo que para él tenía que ser un castigo, por ellos había sido recibido como una aventura fantástica». Los niños se divierten mucho pero también el padre, sorprendido por el resultado obtenido: no se trataba de reprimir la energía de los niños, sino de encauzarla de forma creativa y constructiva. «Fue un paseo memorable. Cuando regresaron, los niños se durmieron instantáneamente, mientras él permaneció despierto a meditar sobre la educación de los hijos».

Para educar es necesario meditar sobre la “locura” de los chicos, buscando en la ocasión, no en la regla, la solución que ensancha el sentido de la vida. Y así, en lugar de corregir los sentimientos de los hijos por el Club de la Pelea, marido y mujer podrían leer el libro de Palahniuk para encontrar dónde canalizar la energía destructiva que seduce al adolescente, que destruye sólo cuando no logra crear.

Y luego atreverse, desafiando la libertad desordenada de una narración en la que la violencia es una protesta en contra de un sistema que vuelve esclavos: vivir un día sin reglas en el que los padres no hacen la compra, no cocinan, apagan la luz de la que pagan la cuenta… y si los hijos se rebelan, responden con palabrotas o con un palo en la mano.

Transformar la casa en Club de la pelea ciertamente es arriesgado, pero los efectos podrían sorprender: la realidad educa, las reglas y las palabras nunca son suficientes. Los chicos experimentarían que la hipótesis narrativa de la novela es provocativa y parcial, y los padres descubrirían que sus hijos sólo están buscando dónde dirigir sus energías.

Y en todo caso, es lindo tener a un hijo que regala un libro que su mamá amará: él la conoce, ella tiene la oportunidad de conocerlo, gracias al Club de la pelea.