La gloria del Padre

La gloria del Padre

El día de la fiesta del papá —poco tiempo después de habernos conocido— una joven me entrega una carta: “Gracias a ti he descubierto la Fuente, gracias a ti he encontrado a padre Martino, padre Michele…“, y sigue con una cantidad larguísima de nombres, entre los cuales menciona a Giussani, Chesterton, Lewis, san Bernardo, san Benito, santo Tomás…

Ésta es la experiencia del cumplimiento de la paternidad: que el otro descubre una Paternidad más grande y se reconoce parte de la comunión de los santos, de una historia infinita dentro de la cual tiene un nombre y una tarea.

Esta joven se define “la primera estrella marina”.

Una historia explica por qué́: «Dos hombres están paseando por una playa; la arena está cubierta por una alfombra de estrellas marinas, arrojadas allí por la tormenta. Parece un cielo estrellado al revés. El sol las está abrasando, sin piedad. Las estrellas marinas se retuercen lentamente, antes de cristalizarse del todo.

Uno de los dos amigos se agacha cada cierto tiempo, recoge una y la arroja al mar. Son miles y miles.

El otro tiene prisa, quiere volver a su casa cuanto antes, y le dice: “¿Qué pretendes, devolverlas todas al mar? Es imposible. Tardarías una semana en hacerlo. ¿Estás loco?”.

El primero le enseña la estrella marina que tiene en la mano y, un segundo antes de

lanzarla al agua, le responde: “¿Crees que ella diría que estoy loco?” (A. D’Avenia, Lo que el infierno no es, La esfera de los libros, Madrid 2018, p. 143. 252)

 

“La primera estrella” ahora se dedica a devolver a las demás estrellas marinas al mar

y me escribe:

«El sábado pasado me acordé mucho de ti. Llevaba dos semanas sin ver a los chicos de Confirmación de la parroquia. Cuando los volví a ver, me vino una alegría inmensa, ¿sabes? Es cuando te asombras precisamente por el otro, eres feliz de que otro esté, de que exista, de que se te haya donado. Y así les hice una fiesta inmensa. Me miraron como diciendo “Ha enloquecido…”. Y pensé en ti. ¡Porque a veces te miraba así cuando me hacías las fiestas!

Entendí que la cuestión no es que el otro haya enloquecido, sino que en el fondo no  nos lo creemos que somos tan bellos, que existir es bello hasta el fondo… y ¡que alguien  nos haga una fiesta así nos parece extraño! ¿De cuántas de estas fiestas necesitamos para creerlo? Yo las haría todos los días por mis chicos, así como tú las has hecho y las  haces por mí, ¡como las hace Él por mí! ¡Qué bello es existir!».

Ésta es la reciprocidad que el padre desea.

El padre y el hijo son canales de un don que los precede. Para el hijo, acoger con gratitud el don del padre significa acoger la historia grande que se le ha entregado y, agradecido, volverse donante de la Vida recibida, generando así “nuevos inicios”. El hijo que hace circular el don, lo lleva lejos, allí donde el padre, sin él, no podría llegar: “restituye” al padre volviéndose fecundo.

La gloria del padre son los hijos de su hijo.