Un hombre verdadero: ¡Eso es lo que tengo que ser!

Un hombre verdadero: ¡Eso es lo que tengo que ser!

Silvio Cattarina

Un hombre. Un hombre verdadero. ¡Eso es lo que tengo que ser! Quien quiero ser. Yo no nací para hacer Comunidades Terapéuticas, para ayudar a los demás. Esto es lo que estuve haciendo durante muchos años, pero esto no estaba bien. Es necesario empezar por la necesidad de felicidad, la necesidad de amor de mi corazón. Antes que nada, tengo que mirar mi corazón. Yo el mío, ustedes -les digo a los chicos- vuestro corazón. ¡No estamos aquí por las drogas! No estamos aquí porque nos falten manos y brazos y piernas… estamos aquí para nuestro corazón, estamos aquí porque queremos conocer la alegría, la alegría plena.

Mi corazón quiere mucho, quiere todo. Nosotros buscamos, pedimos todos los días y buscamos algo grande. Lo buscamos porque existe. Deseamos encontrar un acontecimiento continuo y grande, el más grande del mundo.

Sólo un acontecimiento infinito y eterno puede responder al abismo, al grito de mi corazón. Los problemas, las necesidades de la vida, las deficiencias, los miedos y la inseguridad se curan encontrando a personas con las cuales se emprende un camino de amistad, cercanía, educación, educación a la vida, a la palabra, al coraje, a la fuerza. El encuentro con personas. Sin embargo, con personas que dan y te dan más que sí mismas, mucho más que sí mismas. Si tú que estás conmigo, si tu que me ayudas me das sólo a ti mismo… es muy poco. Tú educador, tú profesor, tú sacerdote, eres un pobrecito como lo soy yo… pero yo lo quiero todo, yo quiero mucho… yo quiero a Dios.

Si te quedas conmigo, si me ayudas, debes decirme que en este mundo hay dos cosas, dos realidades que son las más bellas, las más importantes y preciosas.

La primera realidad que existe es mi persona. Tú me tienes que decir que yo, que la persona de cada uno de nosotros es el hecho, la presencia más hermosa que jamás haya existido. Y que la segunda presencia más importante es la realidad. La realidad porque, además de tenerme a mi, tiene una invitación adentro (un llamado adentro de la vida), tiene dentro una fuerza, una promesa segura y grande: de hecho tiene dentro una presencia, un rostro. Tú que me ayudas debes decirme, todos los días, que el bien es siempre más grande que cualquier gran mal.

¡Hazme ver esto! Debes decirme que siempre he sido amado, que siempre he sido querido, incluso cuando estaba solo, abandonado, cuando todo se derrumbaba a mi alrededor y todo estaba en mi contra… tú debes saber decirme y explicarme que siempre seré amado, para siempre… Que Dios nunca me ha abandonado, que siempre ha estado conmigo. No es el pasado, no es el mal lo que define mi vida, mi persona. El punto, el centro, el valor de la vida es la alegría. La unidad de medida es la alegría, no el dolor. “¡Atormentados por la alegría!” Incluso, especialmente el dolor, la cruz, la muerte, se vuelve alegría.

Ser felices, se debe, se puede. Incluso cuando estás lleno de dolor, incluso cuando todo sale mal. La vida es un canto, una alabanza. Enséñame esto.

Tú que dices que me ayudas, enséñame esto. No mires solo mi dolor, mira la necesidad de vida, de felicidad y de amor que tengo y que mi íntimo grita al mundo entero. Grita conmigo. Ves que soy pequeño, pobre, ves que estoy todo encerrado en mí mismo, todo encogido dentro de mí. Enséñame a gritar, ayúdame a explotar toda la alegría que urge en mi pecho. Da voz, palabra, sonido, cántico, al clamor de mi corazón, da voz a mi carne.

El mal no es el abandono, la renuncia, la derrota, la enfermedad, el verdadero mal es no tener un alma que grite, que quiere todo el bien del mundo para sí mismo. Tener un alma llena de miseria. Sí, yo soy pequeño, pobre, miserable, no tengo familia, soy un prófugo (prófugo… los de verdad. Pero incluso los nuestros… el campo de prófugos más grande es el de los jóvenes…). Sí, sufro, entonces ponme en el centro de tu vida, de ti que me ayudas, de ti educador… ponme delante de ti para que pueda realmente llamarte y llamarte de vuelta al verdadero sentido de la vida, a la postura correcta del corazón.

El pequeño, el pobre, si sabemos mirarlo, si nos permitimos y nos ayudamos a mirarlo, nos hace ver lo esencial, el corazón de las cosas, la extraordinaria belleza del corazón, la profundidad de los acontecimientos. El pequeño, el pobre, nos invitan continuamente a mirar la grandeza del ser, el sentido de todo.

Nos hacen ver y comprender que la lógica de la vida no es el logro, el éxito, la conquista de mis manos. En cambio, nos dicen que la vida es un encuentro, un regalo, una gracia. La vida es el testimonio del encuentro realizado, recibido. La persona es el encuentro, se puede decir. Esto es lo que deseo, es lo que pido que se conviertan nuestros muchachos: testigos de una gran cosa. Jóvenes llenos de coraje, orgullosos, que dan su vida por la vida de los demás. El otro no como un objeto de consumo, como objeto para descargar mi violencia, sino como una presencia llena de petición, llena de un dolor que quiere traspasar mi corazón. Oh, cómo sabemos, cómo sentimos y vemos, que la condición para experimentar la alegría es la Cruz. Yo que soy pequeño, yo que soy pobre te digo a ti educador, a ti maestro, a ti padre: ¿no entiendes, no ves que lo que realmente desea mi corazón es dar mi vida por otro; ofrecer, dar la vida, sacrificarse para otros? ¿No ves, no has entendido que éste es el verdadero sentido del dolor, del sufrimiento? Es por el bien del mundo, para ser ofrecido al mundo.

Entonces enséñame, explícame, ayúdame, enséñame… Quiero que mi cruz -así como la otra famosa, Cruz fatídica- sea historia, haga historia, construya mi historia y la historia del mundo.

Pero, ¿de dónde viene este grito? ¿De dónde viene esta pregunta continua, esta necesidad de pobreza, de esencialidad? “¿Dónde se ha conocido la alegría para desearla tanto?” (San Agustín). Dónde, en cuál otro mundo, en qué misterioso paraíso del Ser, ya hemos encontrado la alegría para desearla así, terriblemente.

Sí, de una conciencia profunda, de una voz antigua y siempre nueva, de nuestro padre y nuestra madre, del constante reclamo que viene de los hechos, de la realidad, del ligero soplo del viento que pasa, de la necesidad de justicia y de amor. ¿De dónde viene? De Cristo, de ti oh Cristo, de ti Cristo que hablas, que llamas a través de nuestros chicos, de ti oh Cristo que vienes con el rostro de nuestros chicos.

Con el bello y conmovedor rostro de nuestros chicos.