¿Vale la pena traer un hijo al mundo?

A los pocos días de llegar a Chile, en la misa de Navidad, conté la historia de Barioná, protagonista de una obra teatral escrita por Jean Paul Sartre[1]. En aquella ocasión unos jóvenes —con los cuales nacería una hermosa amistad que habría llegado a poner en escena la pièce— se sorprendieron por haber escuchado que la Navidad “es la fiesta de los hombres”. Desde entonces esta historia no ha dejado de acompañarme.

El personaje de la obra que más me conmueve es Sara, la esposa de Barioná, jefe de un pequeño pueblo de Palestina exasperado por la dominación del Imperio Romano.

La noticia de estar embarazada la llena de alegría, mientras que el marido considera una “enorme incongruencia traer nuevos seres a este mundo fallido”. La noble impotencia de Sara no logra hacer frente a las objeciones de Barioná, que se pueden así sintetizar: ¿Vale la pena dar a luz a un hijo, si junto a la vida no es posible comunicarle la experiencia de un Sentido bueno, capaz de atravesar incluso el dolor y la muerte? Su respuesta es un rotundo “no”: “los naipes están marcados de antemano” y por eso no basta nacer para vivir. Falta Vida a la vida: aunque Sara se entregue por completo al hijo, el mundo seguirá siendo nada más que “una mota de polvo” y ella no logrará detener su “caída interminable”.

Sara no se resigna y cuando los pastores traen la noticia de que en el cercano pueblo de Belén una mujer ha dado a luz al Hijo de Dios, salta de alegría y necesita ir a verificar, presintiendo que, si lo que anuncian es verdadero, cambia todo, para el hijo, para ella, para el mundo:

«Allí hay una mujer feliz y plena, una madre que ha dado a luz por todas las madres y lo que ella me ha dado es como un permiso: el permiso de traer a mi hijo al mundo. Quiero ver a esa madre feliz y sagrada, quiero verla. Ella ha salvado a mi hijo. Nacerá, ahora lo sé. ¿Dónde?, poco importa. Al borde de un camino o en un establo, como el suyo. Y sé también que Dios está conmigo»[2].

Sara es la fuerza de la debilidad y de la pasión por la vida, que la hace poner en camino para ir a ver.

Me gusta rehacer constantemente el recorrido de los protagonistas, para poder redescubrir siempre que la Navidad es la fiesta de los hombres. Aquello que nos da el permiso de celebrar nuestros cumpleaños —porque nos dice que es un bien haber nacido— y nos permite donar con alegría la vida.

 

[1] J. P. Sartre, Barioná, el hijo del trueno, Vozdepapel, Madrid 2006. El filósofo francés cayó prisionero de los alemanes en 1940. Durante su estancia en el campo de prisioneros de Tréveris, en Alemania, escribió esta obra y la puso en escena con los compañeros de reclusión en las noches del 24, 25 y 26 de diciembre de 1940.

[2] Ib., p. 146.